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miércoles, 24 de marzo de 2021

Domingo de Pasión

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 8, 46-59):

“En aquel tiempo, decía Jesús a las turbas de los judíos: ¿Quién de vosotros me convencerá de pecado? Si os digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios, oye las palabras de Dios. Por eso vosotros no las oís, porque no sois de Dios. Los judíos respondieron: ¿No decimos bien que eres un Samaritano y que estás endemoniado? Jesús respondió: Yo no estoy poseído del demonio, sino que honro a mi Padre y vosotros me habéis deshonrado a Mí. Pero Yo no busco mi gloria; hay quien la promueva y la vindique. En verdad, en verdad os digo: que quien observare mi doctrina, no morirá jamás. Los judíos le dijeron: Ahora conocemos que estás poseído del algún demonio. Abraham murió y los Profetas, y tú dices: Quien observare mi doctrina no morirá eternamente. ¿Por ventura eres mayor que nuestro padre Abraham, el cual murió, y que los Profetas, que también murieron? Tú ¿por quién te tienes? Jesús les respondió: Si Yo me glorifico a Mí mismo, mi gloria nada vale; mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros decís que es vuestro Dios, y no lo conocéis; mientras que Yo lo conozco. Y si dijese que no lo conozco, sería tan mentiroso como vosotros. Mas lo conozco y observo sus palabras. Abraham, vuestro Padre, deseó con ansia ver mi día; lo vio y gozó mucho. Y los judíos le dijeron: Aún no tienes cincuenta años y ¿has visto a Abraham? Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo, que antes de que Abraham fuera creado, Yo soy. Tomaron entonces piedras para lanzárselas; mas Jesús se escondió y salió del Templo”.

 ***

La liturgia de estos últimos días antes de Semana Santa nos lee especialmente el Evangelio de San Juan, que es quien nos informa de los dramáticos enfrentamientos finales de Jesús con los incrédulos judíos. La intensidad de los diálogos, la gravedad de lo que en ellos se discute, los peligros cada vez más claros y abiertos en que se va poniendo Jesús alcanzan en el presente domingo una cumbre final, después de la cual ya no se alivia la tensión y no viene otra cosa que el desenlace atroz de la Pasión y Muerte del Señor, que el diablo tendrá (“burlador burlado”) como su triunfo, cuando no será más que su definitiva derrota y condenación.

Termina el texto de hoy con la declaración solemne del Señor: “Yo soy”. Es la declaración de su identidad que Dios dio a Moisés en la zarza ardiente: “Yo soy el que soy”. Es una formulación que, considerada desde la filosofía, resulta incomprensible para la época en que se la escribió en el Antiguo Testamento, cuando faltaban muchos siglos todavía para que surgiera la gran filosofía griega. La densidad inefable de ese “Yo soy” sólo algunos grandes pensadores del siglo XX, como Heidegger, se han acercado a meramente vislumbrar, sin poder hacer más que eso. Y es ésta la declaración que Jesús hará a los judíos por última vez en el momento supremo en que van a detenerlo en el Getsemaní: “Yo soy”. También es San Juan quien nos cuenta que al oír esta declaración tremenda, los judíos retrocedieron y cayeron de espaldas, como al impulso de una fuerza irresistible, como empujados por un instante de omnipotencia divina. Los judíos reconocieron, en el texto de hoy, lo que ese “Yo soy” quería decir: “Yo soy Dios”. Y cogieron piedras para matar a quien ellos creyeron blasfemo. Y el diablo, en el Getsemaní, no habrá tampoco tenido ya más dudas; pero viendo cómo Jesús era clavado en la cruz, habrá creído asegurada su victoria, sin sospechar que quedaba sellada su derrota: “La obra de nuestra salvación ya había previsto este orden: que el arte del maligno traidor fuera vencida por el arte divina, y que el remedio nos viniese por el mismo instrumento por el que el enemigo nos había herido” (himno Pange Lingua). Por el árbol de la ciencia del bien y del mal vino nuestra perdición; por el árbol de la Cruz, vino nuestra salvación. ¡Cómo Dios sabe sacar bien del mal! ¡Cómo su sabiduría derrotó en su propia arena a la astucia del Malo!

Nuestra meditación de la Pasión del Señor, que haremos todos estos días, debiera inflamarse de horror y de gratitud al considerar Quién es la Víctima que va camino a una muerte inmerecida, para que no caigamos nosotros en la muerte merecida. “Yo soy” ha tomado sobre sí nuestro pecado y se encamina a comprarnos a ese Malo que nos tenía aprisionados entre los suyos: “Yo soy“ va a comprarnos, a re-comprarnos (que es el sentido etimológico de “redimirnos”) pagando, como precio, su propia vida humana. ¡No habría aceptado ese precio el Malo si hubiera sabido cuál iba a ser el resultado del negocio, es decir, la pérdida de los hombres que tenía en su poder! ¡No se hubiera regocijado con aquella muerte! Pero el arte divino había de vencer al arte diabólico en su propia lid: el diablo pagó con treinta monedas para que “Yo soy” cayera en sus manos; pero “Yo soy” pagó con su vida esta mercancía que somos nosotros, arrancándonos para siempre de las manos diabólicas que nos poseían.

Si bien el sentimiento de máxima humildad es lo primero que sentiremos estos días ante la grandeza de “Yo soy”, ojalá prevaleciera otro: el de la alegría de que el arte divino haya vencido al arte diabólico. Porque, al fin, cantaremos en la Vigilia de Pascua: ¡Feliz culpa, que nos mereció tan grande Re-comprador!     

Jesús y los fariseos

miércoles, 17 de marzo de 2021

Cuarto Domingo de Cuaresma

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (San Juan 6, 1-15):

“En aquel tiempo, pasó Jesús a la otra parte del mar de Galilea, que es el lago Tiberíades, y le seguía una grande multitud de gente, porque veían los milagros que hacía con los enfermos. Subió, pues Jesús a un monte, y sentóse allí con sus discípulos. Acercábase ya la Pascua, día de gran fiesta para los judíos. Habiendo, pues, alzado Jesús los ojos, y viendo que venía a Si tan gran multitud, dijo a Felipe: ¿Dónde compraremos pan para que coma esta gente? Esto lo decía para probarlo, pues Él sabía bien lo que había de hacer. Felipe le respondió: Doscientos denarios de pan no les alcanzan para que cada uno tome un bocado. Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo: Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, mas ¿qué es esto para tanta gente? Pero Jesús dijo: Haced sentar a esas gentes. En aquel lugar había mucha hierba. Sentáronse, pues, como unos cinco mil hombres. Tomó entonces Jesús los panes, y habiendo dado gracias a su Padre, los repartió entre los que estaban sentados, y lo mismo hizo con los peces, dando a todos cuanto querían. Y cuando se hubieron saciado dijo a sus discípulos: Recoged los trozos que han sobrado, para que no se pierdan. Hiciéronlo así, y llenaron doce cestos de los pedazos que habían sobrado de los cinco panes de cebada, después que todos hubieron comido. Aquellos hombres, cuando vieron el milagro que había hecho Jesús, decían: ¡Este es verdaderamente el profeta, que ha de venir al mundo! Y Jesús, notando que habían de venir para llevárselo y hacerlo Rey, huyó otra vez al monte Él solo”.

 ***

San Agustín, en el tercer nocturno de Maitines de hoy domingo, comenta lo siguiente:

“Los milagros que hizo nuestro Señor Jesucristo son obras ciertamente divinas y estimulan a la mente humana a comprender a Dios a partir de lo visible. Dios no es sustancia tal que los ojos puedan ver, y sus milagros, por los que rige el mundo entero y gobierna toda la creación, por su frecuencia se han depreciado hasta el punto de que casi nadie se digna observar en cualquier grano de semilla las admirables y asombrosas obras de Dios. Por esto, según esa misma misericordia suya, se ha reservado ciertas obras para realizarlas en tiempo oportuno, fuera del curso y orden normales de la naturaleza, para que, aquellos que han despreciado las cotidianas, se queden estupefactos al ver otras no mayores, pero sí insólitas.

“En efecto, mayor milagro es el gobierno del mundo entero que saciar a cinco mil hombres con cinco panes; y, sin embargo, nadie se asombra de aquello; en cambio, se asombran los hombres de esto no por ser mayor, sino por ser raro. ¿Quién, en efecto, alimenta ahora al mundo entero, sino quien de pocos granos crea las mieses? Jesús, pues, obró como Dios, ya que, si con su poder hace que de pocos granos se multipliquen las mieses, con ese mismo poder multiplicó en sus manos lo cinco panes. La potestad estaba, en efecto, en las manos de Cristo; en cambio, los cinco panes eran cual semillas, no ciertamente echadas en tierra, sino multiplicadas por quien creó la tierra.

“Esto, pues, se hizo ante los sentidos para levantar la mente, y se mostró a los ojos para aguijonear la inteligencia, para que admirásemos, mediante las obras visibles, al invisible Dios y para que, erguidos hacia la fe y purgados por la fe, deseásemos ver invisiblemente al Invisible, que a partir de las cosas visibles habíamos conocido. No basta, sin embargo, mirar esto en los milagros de Cristo. Interroguemos a los milagros mismos, qué nos dicen de Cristo, ya que, si se los entiende, tienen su propio lenguaje porque, ya que Cristo es la Palabra de Dios, también las acciones de la Palabra son, para nosotros, palabra. Ya que hemos oído cuán grande es este milagro, busquemos también cuán profundo es; no nos deleitemos sólo en su superficie, sino investiguemos también su profundidad, pues lo que por fuera nos asombra, tiene algo dentro”.

¿Qué es, pues, lo que este milagro nos dice? ¿De qué nos habla? Nos habla del hambre humana. Un hambre que no puede saciarse con meras buenas intenciones, ni con declaraciones solemnes contenidas en grandes textos legales. Por mucho que se multiplique la declaración de los derechos humanos, el hambre no se calma leyendo tales declaraciones. Es necesario pasar a la acción. No bastan las buenas intenciones. De otro modo, lo que se entrega al hombre no es más que una comida simbólica, verbal, insustancial, incapaz de saciar verdaderamente el hambre.

Pero esa hambre humana no es sólo de pan. El mismo Señor ya nos ha dicho que “no sólo de pan vive el hombre”. Hay cristianos cuya penetración de la fe se detiene en el hambre de pan, y creen que, con proporcionar comida y bebida y techo y abrigo y educación y pasatiempos se ha hecho por los hombres todo lo que se podía hacer. Eso es lo que hacían los paganos, y lo hacían no por caridad o compasión, sino por consideraciones políticas: al pueblo había que darle “pan y circo” para mantenerlo políticamente sumiso, incluso aletargado.

La fe católica nos dice, en cambio, que el hambre que experimenta el hombre es, sobre todo, hambre de oír la palabra de Dios, de contemplar la belleza de la liturgia, de tomar contacto con lo sagrado y con el misterio que nos envuelve y nos supera, de alimentar nuestra esperanza en el premio que la bondad infinita de Dios nos tiene reservado.

Si la Iglesia no se consagra a satisfacer esta hambre espiritual, se corrompe y llega al estado de ONG, se transforma en una Iglesia asistencial; “en salida”, pero asistencial. Y esa es la peor corrupción, como ya sabían los romanos: “corruptio optimi, pessima”; la corrupción de lo que es más alto y elevado, es la peor de todas.

Giovanni Lanfranco, Milagro de los panes y los peces, 1620-1623, Galería Nacional de Irlanda
(Imagen: Wikipedia)

viernes, 12 de marzo de 2021

Tercer Domingo de Cuaresma

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 11, 14-28):

“En aquel tiempo, estaba Jesús lanzando un demonio, el cual era mudo. Y así que hubo lanzado el demonio, habló el mudo, y se maravillaron las turbas. Mas algunos dijeron: Por arte de Belzebub, príncipe de los demonios, expulsa los demonios. Y otros para tentarle, le pedían algún prodigio del cielo. Pero Jesús, cuando vio sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido en bandos quedará destruido, y toda casa se derrumbará. Pues si Satanás está también dividido contra sí mismo, ¿cómo subsistirá su reino? porque decís que Yo lanzo los demonios en virtud de Belzebub. Pues si Yo por virtud de Belzebub lanzo los demonios, vuestros hijos ¿por virtud de quién los lanzan? Por tanto ellos mismos serán vuestros jueces. Mas si con el dedo de Dios lanzo los demonios, ciertamente el reino de Dios ha llegado ya a vosotros. Cuando un valiente armado guarda la puerta de su casa, está seguro todo cuanto posee. Mas si asaltándole otro más fuerte que él le venciere, le quitará todas sus armas, en que confiaba, y repartirá sus despojos.  El que no está conmigo, está contra Mí, y el que no recoge conmigo, desparrama. Cuando el espíritu inmundo ha salido de un hombre, anda por lugares áridos buscando reposo; y no hallándolo, se dice: Volveré a mi casa, de donde salí. Y tornando a ella, la encuentra barrida y adornada. Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrando en ella moran allí, y así el último estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Y aconteció que diciendo Él esto, una mujer de en medio del pueblo levantó la voz y exclamó: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó, y los pechos que te amamantaron! Y Él dijo: Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios, y la practican”.

 ***

De las muchas lecciones que nos deja el Evangelio de hoy, detengámonos en la liberación del endemoniado, a quien tenía atrapado un demonio mudo.

Dentro de las etapas del desarrollo normal de un hombre, llega cierta edad, la llamada “edad del uso de razón”, en que se adquiere los conceptos morales de “bueno” y de “malo”, que nos permiten distinguir entre estas dos realidades. Si se da el caso de un individuo que, superada ya la edad de la razón, no capta que hay una diferencia entre “lo bueno” y “lo malo”, estamos en presencia de una enfermedad psicológica, una anormalidad profunda que le impide el trato normal con el resto de los seres humanos (tal como no entender que “uno más uno es dos” impide igualmente una relación normal con los demás).

Quien está en esa situación patológica no puede, obviamente, ser juzgado por la ley moral como “moral” o “inmoral”: se trata de alguien profundamente enfermo de una enfermedad que, al cabo, le quita toda libertad de elegir entre el bien y el mal porque no es capaz de distinguir uno de otro.

Pero, desgraciadamente, en el mundo actual abundan, quizá más que en otros tiempos, aquellos que, sin ser enfermos, o sea, sin desconocer que existe “lo bueno” y “lo malo”, se encuentran atrapados por un demonio mudo, que les impide reconocerse pecadores. O sea: se justifican siempre a sí mismos. Su conciencia “la tienen siempre perfectamente tranquila”; no reconocen haber hecho jamás nada malo; creen ser buenos. Son, en otras palabras, “de conciencia muda”. Pedir a esos seres humanos que confiesen sus pecados, sus culpas, es decir, sus acciones “malas”, es toparse con un muro impenetrable: ellos piensan que no han pecado, que, simplemente, no pecan. Son moralmente mudos.

Pero no existe una supuesta “inocencia universal” que le quitaría el fundamento a la idea de pecado. No es esto lo que nos dice la religión católica, que nos enseña, por el contrario, que todos pecamos: “Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos” (I Jn 1, 8). “… [hasta] el justo cae siete veces” (Pr 24, 16); “no hay quien haga el bien, no hay ni uno solo” (Sl 52 Vulg., 4).

El “demonio mudo” ha atrapado a tantos pobres hombres: o bien les impide reconocer como pecado lo que es pecado, o bien les hace insuperablemente difícil confesar su pecado.

Pero una vez que el Señor, por nuestra incesante oración, nos libra de ese “demonio mudo”, fluye la confesión y el Señor nos perdona: “Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos” (I Jn 1, 9).

El demonio mudo sabe perfectamente que hemos pecado, pero nos impide reconocerlo y confesarlo, porque, odiándonos intensamente, se guarda para sí el placer demoníaco de acusarnos ante Dios en el día del Juicio. ¿Y qué diremos ahí, cuando tengamos todas las luces y nos demos cuenta de que, en efecto, sí habíamos pecado? Recordemos que “Terrible cosa es caer en manos del Dios vivo” (Hb 10, 31). ¡Qué absurda es, si tenemos esto en cuenta, la vergüenza de confesar nuestros pecados, por grandes que sean!

Pero si nos adelantamos al acusador, si, como quien dice, “le quitamos la bandera” y nos acusamos a nosotros mismos ante Dios, confesando nuestro pecado, no pasaremos aquel día por esa atroz situación de ser acusados por el enemigo que nos odia: “Te confesé mi pecado y no oculté mi iniquidad. Dije: Confesaré a Yavé mi pecado; y Tú perdonaste la culpa de mi pecado” (Sl 31 Vulg., 5).

Pidamos a Dios con insistencia y perseverancia que no nos deje ser atrapados por un demonio mudo o que nos libre de él, si ya estamos endemoniados. Pidámosle la suprema gracia de acusarnos nosotros mismos en la confesión: esa confesión lo moverá infaliblemente a misericordia.

Jesús expulsa el demonio de un muchacho, tomado de Las muy ricas horas del Duque de Berry (1410)
(Imagen: Wikipedia)

jueves, 4 de marzo de 2021

Segundo Domingo de Cuaresma

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt 17, 1-9):

“En aquel tiempo, tomó Jesús consigo a Pedro y a Santiago y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y allí se transfiguró en su presencia, resplandeciendo su rostro como el sol, y quedando sus vestiduras blancas como la nieve. Y en esto se aparecieron Moisés y Elías, hablando con Él. Tomó entonces Pedro la palabra y dijo a Jesús: Señor, bueno es que permanezcamos aquí; si quieres, hagamos aquí tres tiendas, una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías. Estaba Pedro hablando, cuando vino una nube resplandeciente a cubrirlos. Y de pronto se oyó una voz desde la nube que decía: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias, ¡escuchadle! Y al oír esta voz los discípulos cayeron sobre su rostro en tierra, y tuvieron grande miedo. Mas Jesús se acercó a ellos y los tocó, y les dijo: Levantaos, y no temáis. Y alzando ellos sus ojos no vieron a nadie sino sólo a Jesús. Y al bajar ellos del monte, les mandó Jesús diciendo: No digáis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.

***

En la Transfiguración del Señor se cumple lo que Éste había dicho seis días antes: “Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras. En verdad os digo que hay algunos entre los presentes que no gustarán la muerte antes de haber visto al Hijo del hombre venir en su reino” (Mt 16, 27-28). Estas palabras, referidas al último día del mundo (como otros anuncios que el Señor hace sobre este punto), tenían también un significado para el presente: el Señor quiso, mostrando la misma gloria que lo rodeará el día del Juicio Final, dar a los tres discípulos que habrían de contemplar Su humillación en el Huerto de los Olivos, un anticipo de su Divinidad, para que ellos, al recordar después esta visión gloriosa, no se escandalizaran de verlo sudar sangre de miedo, en aquella terrible agonía a solas. Así pues, tuvo para esos tres su actualidad durante sus vidas, lo que habrá de ser una realidad también para todos nosotros el último día. Y los que sean llamados entonces a la derecha del Juez, experimentarán, como aquellos tres, el mismo deseo de permanecer así para siempre, ante la gloria de Dios. Pero entonces habrá no sólo tres tiendas, sino todas las que el Señor ha ido a preparar para sus elegidos. Y veremos cuán bueno es estar allí.

El papa San León Magno sigue explicando este episodio: “Al decir el Padre “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias, escuchadlo”, ¿no es evidente que lo que se ha oído es: “Éste es mi Hijo, que es salido de Mí y es Conmigo desde siempre”? Porque ni el que engendra es anterior al engendrado, ni el engendrado es posterior al que engendra. Éste es mi Hijo, de quien no me separa la deidad, ni me aleja el poder, ni me distingue la eternidad. Éste es mi Hijo, no adoptivo, sino propio; no creado a partir de otra cosa, sino engendrado por Mí; ni es de otra naturaleza que la mía y hecho comparable a Mí, sino que de mi esencia me ha nacido igual a Mí. Éste es mi Hijo, por quien todo ha sido hecho, y sin el cual no se ha hecho nada, quien hace igual que Yo todo lo que Yo hago, y todo lo que yo obro, lo obra conmigo inseparable e indiferentemente. Éste es mi Hijo, que es igual conmigo; igualdad que no apetece como si le fuera algo ajeno ni la tiene como usurpación, sino que permaneciendo en la misma forma de mi gloria, y a fin de reparar el género humano y para ejecutar una decisión que hemos tomado en común, inclinó la inconmutable Deidad hasta la forma servil”.

Sí: esto es lo que estamos contemplando en este tiempo de Cuaresma. Lo dice San Pablo, en un texto que iremos recitando en el Triduo Sacro (Fil 2, 6-8): Cristo, “quien a pesar de tener la forma de Dios, no reputó como algo codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó, tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y así, por el aspecto, siendo reconocido como hombre, se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, muerte de cruz”.

“Inclinó la inconmutable Deidad hasta la forma servil”, como dice San León Magno: para redimir la soberbia de quienes quisimos (¡aun lo queremos!) ser como Dios, Cristo humilla la Deidad hasta la forma servil; y para redimir la desobediencia de la ley de Dios que nos prohibió comer del árbol (¡y seguimos comiendo!), se hizo obediente, y obediente hasta la muerte. Pero, no, no es eso todo: porque no fue cualquier muerte, sino una muerte de cruz, que es quizá la más terrible forma de morir y, con toda seguridad, la más humillante, reservada a los esclavos.

Quiera Dios que nos estremezcamos finalmente de espanto, de estupor, por lo que se nos ha dicho en el día de hoy, y que escuchemos a ese Hijo que no trepidó, como tampoco su Padre, en humillar la Deidad por salvarnos.

Rafael Sanzio, La Transfiguración, 1517-1520, Pinacoteca Vaticana
(Imagen: Wikipedia)

martes, 23 de febrero de 2021

Primer Domingo de Cuaresma

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt 4, 1-11):

“En aquel tiempo, fue llevado Jesús al desierto por el Espíritu Santo, para ser allí tentado por el diablo. Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, después tuvo hambre. Y llegándose a Él el tentador, le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Mas Jesús le respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Entonces le transportó el diablo a la santa ciudad, y púsole sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo, porque escrito está: Que mandó a sus ángeles cerca de ti, y te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie contra alguna piedra. Jesús le dijo: También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios. De nuevo le subió el diablo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo, y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si prosternándote me adorares. Díjole entonces Jesús: ¡Vete de aquí, Satanás! Porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a Éñ solo servirás. Entonces le dejó el diablo; y he aquí que los ángeles se acercaron y le servían”.

 ***

Ya se nos ha advertido: batalla es la vida del hombre sobre la tierra. Nos lo han dicho al comenzar la Cuaresma. Y el Señor nos lo demuestra en forma realísima y gráfica en este estremecedor episodio del Evangelio.

Nadie podrá ir adonde Jesús y decirle “Señor, es que soy tentado todo el día, es que la tentación es demasiado feroz…”. El Señor le dirá: “Yo soy hombre igual que tú, y sé lo que es ser tentado; y sé lo que es la feroz tentación de la urgencia trófica, la del hambre desesperada, una tentación de comer en que al hombre se le va, literalmente, la vida; pero resistí y vencí y tú, que eres parte de mi Cuerpo Místico, puedes resistir y vencer conmigo”. ¡Con cuánta razón puede decir el Señor “hombre soy, y nada de lo que es humano desconozco”! ¡Y con cuánta misericordia permitió que la Bestia se le aproximara y le echara encima su fétido aliento, para poder darnos, con su victoria, ejemplo, aliento y ayuda! Sobre todo, ayuda: “fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas; antes dispondrá con la tentación el éxito para que podáis resistirla” (1 Co 10, 13). Más todavía: si queremos, el Señor permite que de la tentación aprendamos y saquemos beneficio, porque, como dice San Pablo, “la tribulación produce la paciencia; la paciencia, una virtud probada, y la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones” (Rm 5, 4-5).

Hay quienes, luego de largas y terribles luchas interiores, logran apartarse de la tentación, pero sin imaginárselo, de pronto ceden a ella y caen. Estando en el suelo y humillados, sobreviene la peor tentación de todas, la del desaliento, la de la soberbia herida que ve que, al fin y al cabo, uno es débil y no logra jamás consolidarse por sus propias fuerzas: porque, en efecto, no hay “técnica mental” o “espiritualidad oriental” capaz de purificarlo a uno por dentro y dejarlo convertido en un santo. El hombre santo no es el que no peca nunca sino el que, vencido por la tentación, cae y, caído, se levanta inmediatamente de un salto, como impulsado por un resorte, y se pone de pie y pide perdón a Dios. Perdón y ayuda. Aun más: agradece la humillación de la caída, y pide perdón y ayuda. “¡Gracias, perdón y ayuda!”: tal es la exclamación que debe estar en nuestros labios cada vez que pecamos.

Se dice que Lutero fue siempre víctima de terribles tentaciones de diverso tipo, y que ello terminó por hundirlo en una depresión que, al cabo, no es más que una profunda humillación, y a convencerlo de que la naturaleza humana no es capaz de vencer el mal: en último término, no es capaz de adquirir el mérito de vencer; es incapaz absolutamente de mérito.

Hay aquí varios errores juntos porque, primeramente, la tentación no es mala por sí misma: la tentación rechazada no es pecado, por mucho que nos zarandee y humille; y, en segundo lugar, si Cristo venció la tentación, nosotros, que somos parte de su Cuerpo Místico, también podemos vencer, pero no por ser nosotros quienes somos, no por nuestras propias fuerzas, sino por ser parte de ese Cuerpo y por la fuerza que, siéndolo, nos comunica Dios como a miembros suyos. Es la fuerza que Dios nos da lo que hace que podamos merecer y ser capaces del premio que Él nos tiene reservado: sin mérito, no hay premio, así como, sin culpa, no hay castigo. Pero nuestro mérito lo debemos a Su misericordia que nos da la fuerza para vencer y merecer. Por eso, San Bernardo dice, en uno de sus sermones, con fórmula breve y lapidaria: “mi mérito es tu misericordia”.

Finalmente, si las tentaciones nos agobian, huyamos de ellas. En otras palabras, evitemos las ocasiones de ser tentados. No nos pongamos al alcance del diablo. Santa Teresa de Ávila decía que el diablo es como un perro feroz, pero encadenado: no puede causarnos mal, si no nos acercamos a él. Y recordemos que el Señor nos da, junto con la lección tácita de estas tentaciones en el desierto, la lección expresa del Padre Nuestro: no le pedimos a Dios no ser tentados; lo que le pedimos es no caer en la tentación, no ceder a ella.

Sandro Botticelli, Las tentaciones de Cristo, 1498-1500, Capilla Sixtina (Vaticano)
(Imagen: Wikipedia)

sábado, 20 de febrero de 2021

Miércoles de Ceniza

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt 6, 16-21):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Cuando ayunéis, no os pongáis tristes, como los hipócritas, los cuales desfiguran su rostro para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo, que ya recibieron su paga. Mas tú, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava bien tu cara, para que no conozcan los hombres que ayunas, sino solamente tu Padre, que está presente a todo, aun lo que hay de más secreto; y tu Padre que ve lo más secreto te lo premiará. No amontonéis tesoros en la tierra, donde el orín y la polilla los roen, y donde ladrones los desentierran y roban. Mas atesorad para vosotros tesoros en el cielo, donde no hay orín, ni polilla que los consuma; ni tampoco ladrones que los desentierren y roben. Porque en donde está tu tesoro, allí está también tu corazón”.

***

La hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud, según decía La Rochefoucault. Pero siendo un acto del vicio, la hipocresía es mala. Aun así, sólo hay hipocresía donde se distingue la virtud del vicio, el bien del mal. Que es más de lo que se puede decir del mundo moderno en que vivimos, donde la frontera entre lo bueno y lo malo ha desaparecido, y donde es “bueno” lo que “yo” digo que es: un “yo” que cree haber comido del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, pero que, en esto, está profundamente equivocado, no siendo más que una víctima del Enemigo que, como dice la Escritura, “fue mentiroso desde el principio”.

Siendo un mal, el Señor condena la hipocresía en el texto de hoy. Más que una condena, sin embargo, el Señor señala su necedad, aludiendo a aquel que se mortifica, pero deseando con ello solamente ser visto y admirado por quienes lo rodean. ¡Magro premio, dice el Señor!: ¡qué paga tan miserable, tan exigua, y tan frágil! ¡Mortificarse y hacer penitencia sólo por que los demás nos alaben -y nos envidien-!...

Y, llamándonos a la cordura, nos anima el Señor, en esta cuaresma que comienza, a hacer penitencia, pero de tal modo que sólo Dios lo sepa. Y añade: “y tu Padre que ve lo más secreto te lo premiará”.

Son muchas las veces que Jesús, en el Evangelio, habla del premio de nuestras buenas obras, incluida, ciertamente, la penitencia. También San Pablo, en la Epístola de Septuagésima que hemos leído hace algunas semanas, nos dice que los que corren en el estadio, haciendo todo tipo de esfuerzos y entrenándose y privándose de cosas con el fin de ser más rápidos, lo hacen por un premio corruptible, animándonos, de este modo, a mortificarnos por un premio incorruptible, que Dios tiene preparado a los que, corriendo espiritualmente, perseveran hasta el fin: “¿No sabéis que los que corren en el estadio todos corren, pero uno solo alcanza el premio? Corred, pues, de modo que lo alcancéis” (1 Co 9, 24)

El Señor nos premia, y nosotros no debemos despreciar ese premio que Él, a cada momento, nos pone ante la vista. Algunos maestros de vida espiritual dicen que el bien debe hacerse sólo por amor a Dios, olvidándonos del premio o, en otras palabras, que no debemos ser buenos por el premio que ello nos consigue. Pero Dios es más que un maestro espiritual, y sabe de qué barro estamos hechos, y nos sostiene en la lucha con la promesa del premio. ¿Cómo no desear ese premio? ¿Cómo decir “no quiero tu premio”, sino que te quiero a Ti? ¿Es que, realmente, podemos tenerlo a Él sin el premio que nos tiene preparado? ¡Y qué premio! Sobre él nos dice San Pablo: “Pero, según escrito está, ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co 2, 9).

Todavía más, el propio Señor nos ha dicho: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo diría, porque voy a prepararos el lugar” (Jn 14, 2).

Deseemos ese premio, esforcémonos en esta Cuaresma por correr para ganarlo, esperemos que el Señor cumpla su promesa. De este modo, estaremos ejercitando, en primer lugar, la virtud de la humildad, sin la cual no hay otra virtud posible: tengamos la humildad del que recibe agradecido, no la soberbia del campeón que declina aceptar la Gran Copa que ha ganado con un vanidoso “me basta con haber competido”. ¡Que a nosotros no nos baste!

Y estaremos ejercitando también la virtud de la esperanza: el Señor ha hecho una promesa (¡se ha dignado prometernos algo!), y debemos poner nuestra confianza en su Palabra y desear lo que nos quiere dar.

No seamos interiormente hipócritas: ya es suficiente desgracia ser hipócritas ante los demás; no queramos ser hipócritas ante nosotros mismos, diciéndonos en nuestra conciencia -que es nuestro “púbico” más querido- que somos buenos y admirables porque nos mortificamos “desinteresadamente”. Seamos humildemente interesados: con ello agradaremos más al Señor, empeñado en premiarnos, que si le dijéramos “sólo te quiero a Ti; guárdate tus premios”.

Joaquín Sorolla, Sevilla. Los nazarenos, 1914, Sociedad Hispánica de América (Nueva York, EE.UU.)
(Imagen: Wikipedia)

Nota bene: aquí se puede leer el Mensaje de Cuaresma para este año 2021 del papa Francisco, donde nos exhorta a renovar la fe, la esperanza y la caridad a partir de la perícopa "Mirad, estamos subiendo a Jerusalén..." (Mt 20, 18).

sábado, 13 de abril de 2019

Las estaciones cuaresmales

Las estaciones cuaresmales consisten en una compleja liturgia católica, de carácter estacional, que se desarrolla en los días de Cuaresma en la diócesis de Roma (si bien existen y han existido intentos, con mayor o menor éxito, de llevarla a otras diócesis, como ocurría en el antiguo rito parisino). El nombre que recibe esta liturgia procede del latín statio, vocablo militar que significa "estar en guardia, velar", para significar que este modo de proceder era una manera de recordar al cristiano la necesidad de permanecer vigilantes en estos días. Así "hacer estación" o "estar de estación" llevaba implícita la necesidad penitencial de ayunar y de velar en la fe. 

 Juan XXIII preside la cuarta estación cuaresmal (12de marzo de 1961)

En principio se trataba de reunirse en un lugar conveniente para la liturgia cuaresmal presidida por el obispo de Roma, que honraría sucesivamente con su presencia las comunidades más significativas en la que se ejercía su jurisdicción litúrgica. Con el paso del tiempo, a esta práctica se fue añadiendo la costumbre de que los fieles se reunieran en un lugar fuera de la iglesia para dirigirse luego en procesión hacia ella, llevando, donde la hubiere, la reliquia de la “Vera Cruz”. La procesión simboliza el camino penitencial de la Cuaresma como tránsito hacia la Pascua. Era costumbre que la iglesia estacional estuviera engalanada y abierta al pueblo durante todo el día en que le correspondía su turno. 

Esta práctica, que se remonta a los siglos V y VI, pero con antecedentes en otros lugares de la Cristiandad, tuvo su origen en la antigua costumbre de los Papas de celebrar la Eucaristía asistidos por todos los presbíteros de Roma en una de las 43 basílicas estacionales de la ciudad de Roma; aunque el término “estación” se aplicaba ya desde el siglo II a la reunión de la comunidad los días de ayuno y oración (miércoles y viernes). De un primer momento histórico proceden las estaciones a las basílicas principales romanas, San Pedro, San Pablo, Santa María la Mayor, San Lorenzo y Santa Cruz de Jerusalén. En estos templos tenían lugar los oficios litúrgicos los domingos y las ferias importantes de la semana (miércoles, viernes y sábado). Al surgir esta costumbre, la elección de la basílica quedaba al arbitrio del Papa, pero pronto fue regulada según un orden fijo más estable, y explicitada en los libros litúrgicos. En un momento posterior, en el siglo V, se fueron incorporando más templos para cubrir todos los días de la semana, excepto los jueves. Del siglo VIII proceden las Misas estacionales de este último día. La observancia de las estaciones sufrió con el exilio de Aviñón y con los tiempos turbulentos que lo siguieron, evitando la participación en persona de los Papas, pero la costumbre experimentó un resurgimiento luego de las reformas tridentinas.  

En cuanto al desarrollo de las estaciones, cada día se reunía la comunidad en una iglesia menor (llamada collecta). El Papa salía desde el palacio de Letrán en procesión. Lo precedían los acólitos, luego los siete diáconos de Roma junto a sus subdiáconos, y finalmente el Papa montado a caballo. No se dirigía a la iglesia estacional, sino a la iglesia menor, ya referida, en donde lo esperaba la asamblea de los fieles. Al llegar, entraba a la sacristía y se revestía con el alba, la tunicela, la dalmática, la casulla, el palio y la mitra. Ya revestido, subía al altar y saludaba al pueblo. Luego decía “Oremus”. En ese momento el diácono pedía a todos que se arrodillaran (flectamus genua) y, tras un momento de oración en silencio, pedía que se incorporaran (levate). Cuando todos se habían puesto de pie, el Papa rezaba la oración colecta estacional. 

Cuando terminaba la oración colecta, el diácono mandaba iniciar la procesión (procedamus in pace, a lo que se respondía In nomine Christi). Entonces se iniciaba una procesión hacia la iglesia estacional. El subdiácono llevaba la cruz procesional, a la que seguía la férula papal. A la usanza imperial, avanzaba un turiferario y siete acólitos con candeleros. El Papa caminaba asistido por dos diáconos. Mientras tanto se entonaban himnos penitenciales. Cerca de la iglesia estacional el subdiácono que portaba la cruz iniciaba el canto de las Letanías de los Santos.

 Juan XXIII peregrinando hacia Santa Sabina
(Foto: Ceremonia y rúbrica de la Iglesia española)

Llegados a la iglesia estacional, el Santo Padre se dirigía al presbiterio y se cantaba el introito de la Misa. Al concluir, omitido el Kyrie porque ya se había cantado en las letanías, el Papa decía “Oremus”. Nuevamente el diácono pedía a los fieles arrodillarse por un momento, tras lo cual el Papa rezaba la oración colecta de la Misa. Luego la Misa continuaba como de costumbre hasta antes de la comunión.

Los sacerdotes que acudían a esta celebración recibían una partícula del pan consagrado por el Romano Pontífice. Este fragmento se llamaba fermentum. Esta partícula la llevan a sus iglesias para añadirla al pan que ellos consagraban o al cáliz (costumbre que es el origen de la partícula del Agnus Dei). Con este fermentum se significaba la unión de las demás Misas con la estación papal, y era un signo de comunión con el Santo Padre.

Como algunos fieles se retiraban de la iglesia antes de la comunión, el subdiácono anunciaba antes de dicho momento en dónde se celebraría la siguiente estación: "Crastina die veniente collecta erit in Ecclesia N., statio in Ecclesia N.", a lo que respondía la schola: "Deo gratias".

Tras la oración después de la comunión, el diácono pedía a todos los presentes que inclinaran la cabeza. Entonces el papa rezaba una oración sobre el pueblo. Luego, el diácono terminaba la celebración con el Ite Missa est.

 (Foto: Liturgia papal)

Si el Papa no podía presidir la estación, un acólito le llevaba un algodón mojado en el aceite de las lámparas de la iglesia estacional y le decía: “Hoy ha sido la estación en Santa Sabina, que te saluda”. El Santo Padre recibía el algodón y lo entregaba a su cubiculario, quien lo conservaba para rellenar la almohada fúnebre del pontífice.

Las oraciones y las lecturas hacían referencia a los santos y mártires relacionados con esos templos. A veces, la relación era sencilla de identificar; en otros casos, la referencia era muy sutil. Por ejemplo, el día en que se celebraba en la Iglesia de San Vital, que fue arrojado a una fosa, se leía la historia del patriarca José, que fue arrojado por sus hermanos a un pozo; en Santa Susana, mártir romana, se leía la historia de Susana en el libro de Daniel; en San Marcos, donde está la tumba de los santos Abdón y Senén, que llegaron a Roma desde Persia, se leía la historia de Naamán, que peregrinó desde Siria hasta Israel para encontrarse con el profeta Eliseo; en Santa Prudenciana, se leía un evangelio relacionado con san Pedro, que se alojó en su casa; etcétera. 

Al pasar de los años esta práctica fue cayendo en desuso, aunque la Iglesia de Roma siempre la conservó. Para el resto de la Iglesia (salvo intentos de revitalizar la práctica, como por ejemplo en Venecia, donde la costumbre fue introducida en 1917), progresivamente quedó  solamente como reminiscencia el hecho que en los misales se especificara la iglesia en la cual debía hacerse la estación ese determinado día de Cuaresma. Así, por ejemplo, para el Miércoles de Ceniza, cuya estación era celebrada en la Basílica de Santa Sabina, el misal decía: “Miércoles de Ceniza: Feria de primera clase. Estación en Santa Sabina”.

Las estaciones romanas se suspendieron en 1870, año en que los saboyanos insurgentes tomaron Roma y prohibieron los actos de culto fuera de los templos. Fueron restauradas, tras sesenta años, en 1931, gracias al ambiente favorable creado por los Pactos Lateranenses de 1929. Tras una fuerte decadencia en los años setenta del siglo XX, en que la mayoría del clero las consideró obsoletas, hoy se asiste en Roma a una progresiva recuperación. En 1993 el Oficio Litúrgico del Vicariato publicó nuevos textos y esquemas celebrativos. Incluso, desde 2010, en su difusión, se realizan convocatorias para colocar en los templos con fechas y horarios estacionales. En la actualidad, el Papa celebra una estación romana el Miércoles de Ceniza. Se reúnen la asamblea en la Iglesia de San Anselmo, y desde ahí parten a la Iglesia de Santa Sabina, en donde el Santo Padre celebra la Misa. En los demás días de Cuaresma, y en la Octava de Pascua, se celebran estaciones en las iglesias estacionales que corresponden a cada día. Suelen hacerse dos celebraciones al día: una en la mañana y otra en la tarde. Esta última se procura que sea presidida por el cardenal titular de la iglesia y, de no ser posible, por un obispo.

Hoy en día se está experimentando la promoción en zonas de la periferia de la urbe de iglesias estacionales vicarias, para los fieles a los que les es dificultoso por la distancia asistir a las tradicionales. De la misma manera se ha trasplantado esta costumbre fuera de Roma, por ejemplo en Chieti, por citar algún lugar de Italia, e incluso en algunas diócesis de Estados Unidos.

 (Foto: Liturgia papal)

Por último consignamos aquí el listado de estaciones cuaresmales (disponible en la página de la Santa Sede):

Miércoles de Ceniza Sta. Sabina, en el Aventino
Jueves S. Jorge al Velabro
Viernes Ss. Juan y Pablo, en el Celio
Sábado S. Agustín, en Campo Marzio
Domingo I de Cuaresma S. Juan de Letrán
Lunes S. Pedro en Cadenas, en Colle Oppio
Martes Sta. Anastasia (S. Teodoro), en el Palatino
Miércoles Sta. María la Mayor
Jueves S. Lorenzo, en Panisperna
Viernes Ss. XII Apóstoles, en el Foro de Trajano
Sábado S. Pedro en la Ciudad del Vaticano
Domingo II de Cuaresma Sta. María en Domenica alla Navicella
Lunes S. Clemente, junto al Coliseo
Martes Sta. Balbina, en el Aventino
Miércoles Sta. Cecilia, en Trastévere
Jueves Sta. María en Trastévere
Viernes S. Vital en Fovea (Via Nazionale)
Sábado Santos Marcelino y Pedro, en Letrán (Via Merulana)
Domingo III de Cuaresma S. Lorenzo extramuros
Lunes S. Marcos, en el Capitolio
Martes S. Prudenciana en el Viminal
Miércoles S. Sixto (Ss. Nereo y Aquiles)
Jueves Ss. Cosme y Damián in Via Sacra (Foros Imperiales)
Viernes S. Lorenzo en Lucina
Sábado Sta. Susana en las Termas de Diocleciano
Domingo IV de Cuaresma S. Cruz de Jerusalén
Lunes Los Cuatro Santos Coronados en el Celio
Martes S. Lorenzo en Dámaso
Miércoles S. Pablo Extramuros
Jueves Ss. Silvestre y Martín en el Monte
Viernes S. Eusebio en el Esquilino
Sábado S. Nicolás in Cárcere
Domingo  V de Cuaresma S. Pedro en la Ciudad del Vaticano
Lunes S. Crisógono en Trastevere
Martes S. Ciríaco (S. María en via Lata al Corso)
Miércoles S. Marcelo en el Corso
Jueves S. Apolinar en el Campo Marzio
Viernes S. Esteban en el Celio
Sábado S. Juan ante la Puerta Latina
Domingo de Ramos S. Juan de Letrán
Lunes Sta. Práxedes en el Esquilino
Martes Sta. Prisca all'Aventino
Miércoles Sta. María la Mayor
Jueves S. Pedro en la Ciudad del Vaticano (Misa Crismal) -S. Juan de Letrán (Misa in Coena Domini)
Viernes Sta. Cruz de Jerusalén (Liturgia de la Pasión del Señor)
Sábado S. Juan de Letrán (Vigilia Pascual)
Domingo de Pascua Sta. María la Mayor (Misa del día de Pascua de Resurrección).
Lunes del Ángel S. Pedro en la Ciudad del Vaticano
Martes S. Pablo extramuros
Miércoles S. Lorenzo extramuros
Jueves Ss. XII Apóstoles, en el Foro de Trajano
Viernes Sta. María de los Mártires, en Campo Marzio (Panteón)
Sábado S. Juan de Letrán
Domingo II de Pascua (in Albis) S. Pancracio

Respecto del listado anterior, cabe hacer notar que
antes de la reforma litúrgica (1969), existía un período de antecuaresma en la que ya se practicaba el rito estacional: el Tiempo de Septuagésima, tres semanas de transición entre las alegrías de la Navidad y la Epifanía y las austeridades cuaresmales. Sus iglesias estacionales indicaban una gradualidad ascendente: San Lorenzo Extramuros, San Pablo Extramuros y San Pedro del Vaticano.

Nota de la Redacción: La presente entrada ha sido preparada a partir de las siguientes fuentes de información: (i) la entrada de Wikipedia en español dedicada a las estaciones cuaresmales; (ii) la sección dedicada a la liturgia estacional romana cuaresmal en Ceremonia y rúbrica de la Iglesia española; (iii) las entradas que dedica la bitácora Principios católicos a la liturgia estacional y las iglesias estacionales; (iv) la entada sobre las Misas estacionales en el sitio Liturgia papal; (v) la entrada sobre el sentido y significado de las estaciones cuaresmales en la bitácora Antorcha de Cristo

sábado, 4 de marzo de 2017

Renuncie

Habiéndose iniciado el pasado Miércoles de Ceniza la Cuaresma, queremos ofrecer a nuestros lectores las siguientes reflexiones de Russel Shaw sobre el sentido de este tiempo litúrgico, aparecidas recientemente en The Catholic Thing, medio al cual agradecemos su gentil autorización para reproducir el artículo. La traducción es de la Redacción y el original (en inglés) puede leerse aquí.

 Russel Shaw
(Foto: Crux)

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Renuncie

Russell Shaw

Hacer algo positivo por ser Cuaresma es una buena idea. Pero también lo es renunciar a algo. En uno de sus Sermones anglicanos, el Cardenal Newman argumenta de modo claro y vigoroso en favor de esto último. Dice lo siguiente: “Algún tipo de negación de sí mismo, como es evidente, va implícito en la noción misma de renovación y de santa obediencia. Cambiar nuestros corazones es aprender a amar cosas que no amamos naturalmente, como dejar atrás el amor de este mundo; pero esto conlleva, por cierto, el restringir nuestros deseos y gustos naturales”.

Continúa este gran pensador:

“Ser bueno y obediente implica autocontrol, pero para tener poder debemos ganarlo, y no podemos ganarlo sin una lucha vigorosa, una guerra perseverante contra nosotros mismos. La noción misma de religiosidad implica negación de sí mismo, debido a que no amamos por naturaleza a la religión”.

¿Y la Cuaresma? “Estación del año consagrada al ayuno y la humillación”.

 George Richmond, retrato de John Henry Newman (1844)

Supuesto el desprecio, hoy predominante, por cosas como ayuno y humillación, hay que desenredar la madeja.

Debiera ser suficientemente claro que uno no puede renunciar a cosas que no posee o, por lo menos, quisiera poseer. Ni se puede poner en práctica una renuncia ascética mínimamente significativa en relación a algo que uno no valora. No tendría sentido, por ejemplo, decir que me he propuesto renunciar a pilotear aviones, porque no piloteo aviones y no tengo interés alguno en hacerlo. Pero conozco alguien para quien volar ha sido una parte importante de su vida durante muchos años, de tal modo que renunciar a pilotear sería, para él, auténticamente un sacrificio.

En lo que a mí respecta, renuncié a fumar hace ya mucho tiempo, y hacerlo fue para mí un sacrificio porque hasta ese momento fumar siempre me había gustado mucho. Y es aquí donde entra el tema de la motivación: el porqué uno se niega algo es muy importante desde el punto de vista ascético.

Yo dejé de fumar porque seguí la advertencia del médico y deseaba conservar la salud. Pero, aunque renunciar a algo en beneficio de la salud es cosa muy buena, en sí y por sí ello no tiene mucha conexión con la vida interior y la relación de uno con Dios, cosa que resulta clara del hecho que un ateo puede renunciar a fumar por la misma razón. Además, no sería en absoluto un buen motivo el que alguien dejara de fumar para sentir orgullo de sí mismo (“vean que estupendo tipo soy, capaz de dejar de fumar”).

“Bueno”, preguntarán Uds., “entonces ¿qué es un buen motivo?”

La respuesta es fácil. En la medida en que la auto-negación es auténticamente negación de sí mismo, el objetivo ascético que se tiene es aumentar el dominio de sí para ser capaz de darse más perfectamente a Dios. Y si esto contradice alguna suposición determinística sobre el modo humano de obrar, estupendo que así sea. La lucha ascética actúa alegremente sobre la base de que una libertad perdida, es una libertad recuperada en virtud de una combinación de autodisciplina y gracia.

 Pieter Brueghel El Viejo, El combate entre don Carnal y doña Cuaresma (1559, Kunsthistorisches Museum de Viena)
(Imagen: Wikimedia Commons)

Es importante no creer que la lucha tiene lugar sólo en ambientes enrarecidos, accesibles sólo a unos pocos elegidos. Esto es el corazón mismo de la espiritualidad del “pequeño camino” de Santa Teresa de Lisieux, que ella describe en su autobiografía, con ejemplos tomados de su propia experiencia.

Santa Teresa vivía en el mismo convento que una monja vieja y enferma, llamada Sor San Pedro. Se hizo necesario que alguien ayudara a esta monja a ir al refectorio todas las tardes para comer. Teresa escribe que ella “no quería ofrecerse de voluntaria para esta tarea”, pero al ver que ella era una oportunidad para el progreso espiritual, se decidió a encargarse de cumplirla.

“Todas las tardes, apenas yo veía que ella comenzaba a agitar su reloj de arena [durante la oración colectiva], yo ya sabía lo que significaba: “Comencemos”… Antes de partir, había que levantar su asiento y llevarlo de cierta manera. Sobre todo, no debía darse impresión alguna de apresuramiento: yo tenía que seguirla, apoyándola… Si, con todo, ella tropezaba por algún motivo, se ponía a pensar que era porque yo no la sostenía como se debía y que iba a caerse: “Oh cielos, Ud. camina demasiado rápido. Me voy a caer”. Pero si yo trataba de guiarla demasiado lentamente, la oía decirme: “Póngase cerca, no siento su mano. Me ha dejado suelta. Me voy a caer. ¡Siempre dije que Ud. era demasiado joven para cuidarme!”.

Y esto duraba hasta que llegaban al refectorio, donde comenzaban nuevas quejumbres.

Teresa perseveró. Un día, advirtió que la monja tenía dificultades para partir su pan. Y escribe: “ Me acostumbré a no dejarla sola hasta hacerlo por ella”. De este modo, “Ella se emocionó mucho a causa de esto, porque nunca me había pedido que se lo hiciera. Con esto me gané toda su confianza y, especialmente –cosa que supe mucho después-, porque al terminar todos mis pequeños deberes para con ella, yo la miraba con lo que ella llamaba “mi mejor sonrisa”.   

 Santa Teresa de Lisieux en 1894
(Imagen: Wikimedia Commons)

La vida en un convento carmelita de Francia a fines del siglo XIX era totalmente diferente de la vida en el mundo actual. Pero es muy parecida en lo que se refiere a la negación y a la donación de sí mismo. San Josemaría dijo alguna vez que la autonegación se compone de “pequeñas victorias, como sonreír a quien nos molesta, negar al cuerpo algún capricho superfluo, acostumbrarse a oír a los demás, usar perfectamente el tiempo que Dios nos concede”. El hogar, el lugar de trabajo y la sala de clases proporcionan normalmente muchas oportunidades para tales cosas.

Todo esto apunta hacia la conclusión de que renunciar a algo con recta intención es, en sí mismo, “hacer algo positivo”. ¡Feliz Cuaresma!

Nota de la Redacción: Este artículo fue publicado originalmente en The Catholic Thing (www.thecatholicthing.org). Copyright 2017. Todos los derechos reservados. Publicado con autorización.


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Actualización [5 de marzo de 2017]: El sitio Religión en libertad ha publicado un artículo con diez claves que explican el sentido de la imposición de las cenizas al comienzo de la Cuaresma.