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domingo, 2 de junio de 2024

La liturgia tradicional con los ojos de Manuel Vicent

Les ofrecemos hoy una columna del escritor y columnista valenciano Manuel Vicent sobre la conversión de Paul Claudel. Si bien sobre este último autor hemos tratado con anterioridad en esta bitácora (véase aquí), el texto resulta de interés por provenir de un autor que se declara de izquierdas y anticlerical, como se comprueba de algunas de las afirmaciones que vierte, y que escribe a propósito del restablecimiento de la liturgia antigua por parte del papa Benedicto XVI a través del motu proprio Summorum Pontificum (2007). 

Más allá de algunas alusiones provocadoras, la columna demuestra el atractivo que la liturgia tradicional despierta en las personas abiertas a la sensibilidad artística y con inquietudes culturales. Son innumerables los ejemplos a través de la historia. Quizá el más elocuente sea la carta dirigida por un grupo de intelectuales al papa Pablo VI pidiendo la conservación de la Misa de siempre, que dio lugar al llamado "indulto inglés" o "indulto Agatha Christie". Entre otras cosas, ahí se dice: "Los firmantes de este pedido [...] quieren llamar la atención de la Santa Sede sobre la apabullante responsabilidad en la que incurriría en la historia del espíritu humano si se negara a permitir la subsistencia de la Misa Tradicional".

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La cáscara

Manuel Vicent

El poeta Paul Claudel era todavía un ateo militante cuando una Nochebuena en medio de la soledad de París, bajo una intensa nevada, entró en la catedral de Notre-Dame para guarecerse. Se estaba celebrando en ese momento la misa del Gallo. El poeta acababa de ver innumerables poetas ateridos bajo los puentes del Sena, e imbuido en la propia desesperación, de pronto, fue acogido por un tibio perfume de incienso y el sonido del órgano que acompañaba el Adeste fideles cantado por un coro de infantes. En el altar brillaban los los brocados de las vestiduras de los oficiantes confundidas con las ascuas de las lámparas y los dorados del retablo. A través de aquel compacto resplandor también sonaban palabras en latín, que no comprendía. "Algo parecido a esta gloria debe ser el cielo", pensó Paul Claudel, quien trasportado por la belleza de la liturgia, olvidó las miserias de este mundo y se convirtió al catolicismo. Lutero se había llevado la nuez de la fe dejando la cáscara de la religión para la Iglesia romana, pero esta envoltura barroca y resplandeciente, sin nada adentro, acabó por adquirir la máxima profundidad estética que tienen las formas. El Concilio Vaticano II trató de recuperar la pureza de la fe limpiándola de las adherencias del teatro. En el desguace desapareció el latín, la polifonía de Palestrina fue sustituida por guitarras aflamencadas y las casullas bordadas por unos jerséis de grano gordo, tipo peruano. Los curas desde el altar tuvieron que dar la cara y hablar en la lengua nacional. Muchos fieles comenzaron a alarmarse al comprobar que lo entendían todo. "Yo soy el pastor y vosotros sois las ovejas", decía el oficiante, y algunos devotos se miraban sorprendidos. "¿Has oído eso? Nos está llamando borregos." Quedó patente que las epístolas, antífonas y salmos no transportaban sino pensamientos vulgares, mientras, a su vez, el gregoriano exquisito se transformó en canciones desafinadas, llenas de mansedumbre, cantadas por la grey. Un día, en una misa mayor de un pueblo mediterráneo, los fieles entonaban a coro una de estas plegarias al Señor, todos excepto un jornalero adusto que permanecía con la boca cerrada. "¿Por qué no cantas?", le cuchicheo el vecino de banco. El jornalero contestó como en el tute: "No cantó porque me falta el caballo". Benedicto XVI quiere recuperar la cáscara antigua y retornar a la liturgia en latín, cosa que celebran los estetas, pero, si hay que preservar la fe, lo mejor es no entender nada. 

Primera Misa solemne transmitida por televisión desde la catedral de Notre-Dame de París. Se trata de la Misa de Navidad celebrada en la medianoche del 24 de diciembre de 1948 por el cardenal Emmanuel-Célestin Suhard
(Foto: Te Igitur)

Nota de la Redacción: El texto está tomado de Vicent, M., El cuerpo y las olas, Barcelona, Alfaguara, 2007, pp. 219-220.

domingo, 6 de febrero de 2022

El advenimiento del Rey: Por qué la Epístola se lee hacia el este y el Evangelio hacia el norte

Les ofrecemos hoy un artículo del Dr. Peter Kwasniewski sobre el sentido que tiene en la Misa tradicional la lectura del Evangelio hacia el norte. Dicha proclamación tiene un profundo significado espiritual, pues no se trata de repetir simplemente el libro sagrado. 

El artículo original fue publicado en el número 12 de la Revista Gregorius Magnus, correspondiente al invierno de 2021, que edita la Federación Internacional Una Voce. La traducción proviene de una colaboradora que la ha remitido a la Redacción. 

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El advenimiento del Rey: Por qué la Epístola se lee hacia el este y el Evangelio hacia el norte

Peter Kwasniewski

En una Misa Solemne -la forma más antigua y completa del rito romano, con sacerdote, diácono y subdiácono- el subdiácono canta la Epístola en el lado derecho del presbiterio, claramente de pie ad orientem, es decir, hacia la pared oriental ante la cual está montado el altar. En otras palabras, la canta de espaldas a la gente. Esto podría parecernos extraño, si pensamos que la lectura es sólo una lectura en beneficio de la asamblea. A continuación, después de los cantos entre las lecturas, el diácono, el subdiácono y los acólitos forman una pequeña procesión hasta el lugar donde se cantará el Evangelio, y el diácono lo proclama mirando hacia el norte, en el lado izquierdo de la iglesia, de cara a la pared izquierda. También esto podría parecernos extraño, porque es evidente que no se dirige al pueblo en absoluto. En ambos casos, es evidente que "algo pasa". Si el ceremonial exige esto, no es al azar sino por una razón.

En una Misa rezada o en una Missa cantata, donde sólo hay un sacerdote sin sus ministros habituales, el diácono y el subdiácono, encontramos una especie de versión "abreviada" o "modificada" de la misma práctica.

Podemos decir, por razones históricas, litúrgicas y teológicas, que la proclamación de las lecturas en la Misa tiene tres propósitos. En primer lugar, las lecturas son instructivas para los fieles. Las lecturas del Misal tradicional se eligieron, en primer término, por su contenido moral, dogmático y eucarístico universal, y por su relación con santos individuales o clases de santos. Las lecturas presentan grandes ejemplos de virtud y preparan a los fieles para la comunión con el Señor en la adoración y en el banquete celestial.

En segundo lugar, las lecturas son en sí mismas una ofrenda de adoración a Dios Todopoderoso: se proclaman para su gloria y honor, y para obtener su bendición. El clero canta las palabras divinas en presencia de su Autor como parte de la logikē latreia o culto racional/verbal que debemos a nuestro Creador y Redentor. Estas palabras hacen presente la alianza con Dios, son una puesta en práctica de su significado en el contexto sacramental para el que fueron concebidas, una recitación agradecida y humilde bajo la mirada de Dios de las verdades que ha prometido. Esto está muy en consonancia con la forma de orar a Dios que se recoge en la Escritura: "Acuérdate, Señor, de las promesas que has pronunciado"; no es que Él vaya a olvidar, sino que quiere que no olvidemos Sus promesas, y quiere, con amor, que se las hagamos cumplir, por así decirlo. El estilo solemne y formal de la lectura, que se dirige hacia otro lugar distinto de las personas inmediatamente presentes, deja claro que estamos reconociendo que el Dios al que estos textos mencionan está realmente aquí en medio de nosotros, o más bien, venimos ante su presencia con acción de gracias. Las lecturas se convierten así en dones que, habiendo sido puestos en nuestras manos por Dios, le devolvemos y se los ofrecemos a Él, al igual que hacemos con el pan y el vino. O para usar una metáfora diferente, las lecturas son una forma de incienso verbal con el que elevamos nuestras manos a sus mandamientos, como dice el gran canto del Ofertorio: Meditabor in mandatis tuis, quae dilexi valde: et levabo manus meas ad mandata tua quae dilexi ("Meditaré en tus mandatos, que he amado mucho; y alzaré mis manos hacia tus mandatos, que he amado", Sal 118, 47-48). 

Cuando tomamos en serio la visión tradicional de la inspiración divina de la Escritura, podemos ver claramente que el cuidado amoroso, los actos de reverencia tributados a la Palabra de Dios en la primera parte de la Misa –todo, desde rezar para que uno sea digno de decir su contenido, acompañar el libro con velas, hacer la señal de la cruz sobre él, incensarlo, besarlo, y cantar las lecturas con tonos de canto dignos y penetrantes– se parece mucho al culto que se rinde a la cruz en la Misa de los Presantificados del Viernes Santo, o a la veneración que se da a los iconos bizantinos: en cierto modo, entramos en contacto con Dios mismo. Él es la verdad que se hace presente cuando se proclama la lectura: no es un recuerdo pasado sino un poder actual que lleva a la conversión y la iluminación. La Escritura no es por cierto la Presencia Real de la Sagrada Eucaristía, pero es divina de una manera en que ninguna otra palabra humana lo es. Por eso tiene tanto sentido el rico ceremonial en el que el antiguo rito romano envuelve la lectura o el canto de la Palabra de Dios: la liturgia quiere acentuar el hecho de que, en este escenario, la palabra sobre el papel, la palabra que flota en el aire, es superior a nuestras mentes, determinante de nuestras voluntades. En resumen: es Dios, en modo verbal, y entramos en su presencia verbal con signos de veneración. Le glorificamos mediante la proclamación litúrgica de su Revelación.

Pero, ¿no hay algo que va contra la intuición en la idea de que el canto de las lecturas en la Misa es un acto de adoración dirigido a Dios? Después de todo, parece evidente que la razón por la que se leen las Escrituras en la Misa es para educar a la asamblea. Pero no es tan simple como una opción binaria de sí o no. La liturgia romana tradicional ha tendido a lo largo de los siglos, a convertir todo en una oración dirigida a Dios, como si no hubiera lugar en la liturgia para algo que sea exclusivamente "para el pueblo".

Un gran ejemplo de esta tendencia puede verse en cómo se recita o canta el Credo. Todos sabemos que el Credo es una confesión de fe, cuyo contenido consiste básicamente en una lista de dogmas sostenidos por los cristianos. No tiene características evidentes de ser una oración dirigida a Dios; no se dirige a Dios en absoluto. Más bien parece un signo de ortodoxia con el que significamos nuestra fe, expresada en dogmas. Sin embargo, en el usus antiquior el sacerdote recita el Credo ad orientem en el altar mayor, inclinando la cabeza al pronunciar el nombre de Jesús y las palabras adoratur et conglorificatur en honor del Espíritu Santo, haciendo una genuflexión en Et incarnatus est, y haciendo la señal de la cruz en Et vitam venturi saeculi, concluyendo con un "Amén" y un beso al altar. De este modo, la profesión de ortodoxia se ha convertido en una oración a Dios Uno y Trino, una manera de comulgar con Aquél que ha revelado graciosamente sus misterios al hombre, y en respuesta a cuya misericordiosa auto-revelación respondemos con la obediencia de nuestros labios y nuestras mentes a su verdad objetiva.

Toda la liturgia es para Dios, y de hecho su mayor valor educativo consiste justamente en comunicar al pueblo la primacía y la ultimidad de Dios, que Él es el Alfa y la Omega de todos nuestros actos exteriores e interiores, incluido el acto de escuchar las lecturas y comprenderlas. En cierto sentido, las lecturas se ofrecen a Dios para que nosotros nos ofrezcamos a Él en nuestra comprensión de la Palabra y en los afectos que ésta suscita. Por eso no importa tanto si se capta o no inmediatamente el sentido de cada palabra; lo que importa mucho más es ver que esta Palabra es divina, santa, celestial, que estamos pisando tierra santa. La comprensión verbal puede seguir a su debido tiempo, pero nunca captaremos bien la Palabra si antes no la veneramos como divina y adoramos al Dios del que emana y en cuya presencia cobra vida.

Canto del Evangelio por el diácono en una Misa solemne

Martin Mosebach escribe sobre cómo la proclamación litúrgica de las lecturas en general, y del Evangelio en particular, no son meras declaraciones de textos, sino formas de hacer presente a Cristo en la Iglesia. Cito de su libro The Heresy of Formlessness [La herejía de lo informe]:


La lectura del Evangelio es mucho más que un "anuncio": es una de las formas en que Cristo se hace presente. La Iglesia siempre ha entendido que es una bendición, un sacramental, que remite de los pecados, como afirma el "Per evangelica dicta deleantur nostra delicta" ["Por las palabras del Evangelio sean borrados mis pecados"] que evoca el Misereatur que sigue al Confiteor. El carácter sacramental del Evangelio, que perdona efectivamente los pecados, es, por cierto, el argumento decisivo para su lectura en lengua sagrada. Los signos litúrgicos de la procesión ponen de manifiesto este carácter. La liturgia ha tomado del ceremonial de la corte de los emperadores paganos el lenguaje simbólico en presencia del soberano supremo: velas, que precedían al emperador, y el turíbulo. [...] Las lecturas no son simplemente una "proclamación", sino sobre todo la creación de una presencia.1 

Por lo tanto, si el acto de la lectura litúrgica trae a Cristo vivo en medio de la Iglesia –incluso podría llamarse una cuasi-transubstanciación del texto en una presencia– las lecturas mismas deben ser preparadas y pronunciadas con tanto cuidado, amor y devoción como las propias palabras de la consagración. 

El uso del latín demuestra, sin necesidad de ninguna explicación, que la liturgia no pertenece al ámbito cotidiano de las revistas y los periódicos, ni siquiera de las conferencias académicas o los estudios bíblicos protestantes, como el uso de una lengua vernácula moderna sugiere inevitablemente por un proceso de asociación. Tanto por su ropaje latino como por sus melodías gregorianas, se trata la Palabra de Dios como algo santo, imponente, especial, en un plano diferente a cualquier otra palabra.

Ofrecer la oración hacia el este es una de las costumbres más antiguas y universales del cristianismo.2 En el año 375, San Basilio de Cesarea, uno de los más grandes Padres de la Iglesia, habla de la costumbre apostólica de "volverse hacia Oriente en la oración [eucarística]"3. Esta práctica encontró inspiración y confirmación en los pasajes de la Escritura que llaman a Cristo "Oriente" o dicen que asciende a Oriente, o que vendrá de Oriente, como escuchamos en el Evangelio del último domingo después de Pentecostés, donde Jesús dice de sí mismo, en Mt 24, 27: "Porque como el relámpago sale del oriente y brilla hasta el poniente, así será la venida del Hijo del Hombre". El profeta Malaquías llama a Cristo "sol de justicia" (3, 20), como San Juan llama a Dios "Luz" (1 Jn 1, 5). En una homilía sobre por qué el libro del Levítico habla de "rociar al oriente", el gran escritor patrístico Orígenes comenta:


Esto os invita a mirar siempre "hacia el oriente" de donde surge para vosotros "el Sol de la Justicia", de donde nace una luz para vosotros; para que nunca "caminéis en las tinieblas" y que ese último día no os atrape en las tinieblas; que la noche y la niebla de la ignorancia no os sorprendan, sino que siempre os encuentren en la luz del conocimiento [...]4.

Como nos enseña el Evangelio de San Juan, el lugar del verdadero culto es Cristo crucificado y resucitado, que como hombre es el camino a la casa del Padre, y como Dios es el destino. Así que miramos hacia el este no porque nos refiramos a un "lugar sagrado" concreto en la tierra, como Jerusalén o La Meca, sino porque nos dirigimos a quien es el templo en su cuerpo, Cristo Nuestro Señor, y nos dirigimos con Él al Padre que está por encima de todo (cf. Ef 4, 6). El oriente opera como símbolo cósmico y bíblico de Cristo mismo, de su gobierno sobre nosotros, de su regreso en gloria y de su reino celestial que anhelamos con esperanza.

Lectura del Evangelio en la Misa rezada

Así, cuando la Epístola se proclama ad orientem, nos hace volver a Dios y al cielo en espíritu, al Oriente y a la Luz, insinuando que nuestra vida de cristianos creyentes –nuestras inteligencias, nuestras voluntades– se orienta fuera de nosotros mismos, lejos de la carne, lejos de los modos de pensar y actuar exclusivamente humanos; conformamos nuestra mente a la mente de Cristo, volvemos nuestro rostro a su rostro. La individualidad del lector se ve reducida; no vemos su rostro; está en lugar de los Apóstoles y los profetas, que tienen la precedencia. La palabra apostólica o profética nos guía hacia el reino, que obtenemos adhiriendo fielmente a la enseñanza divina. Como dice el Cardenal Sarah: "La orientación exterior nos lleva a la orientación interior que simboliza"5.

Habiendo dicho todo esto en elogio de la adoración hacia el este (y eso incluye la lectura o el canto de la Epístola), a estas alturas deberíamos estar absolutamente desconcertados y profundamente confundidos en lo que respecta al Evangelio. Pareciera que, dado el simbolismo mencionado, el Evangelio, sobre todo, debe hacerse ad orientem, ¡pero se hace mirando hacia el norte! ¿Cómo puede ser?

Aquí, queridos amigos, es donde la liturgia nos sorprende tomando una nueva dirección. Pero tiene mucho sentido si nos detenemos a pensar en ello. Si el Evangelio es la presencia verbal de Cristo por excelencia y el sacerdote o diácono que lo proclama está, en ese momento, actuando in persona Christi, entonces no tendría sentido que el lector del Evangelio mirara ad orientem, hacia Cristo, el Oriente. Sería como decir que Cristo está hablando consigo mismo. Más bien, en el Evangelio Cristo se dirige al mundo, es decir, a las naciones, a los gentiles, a toda la creación, a la que hay que predicar el Evangelio para que se convierta, sea bendecida, santificada y salvada. Por lo tanto, en el desarrollo histórico del rito romano, el Evangelio terminó por cantarse mirando hacia el norte, porque el norte era el símbolo del mundo pagano no convertido que debía ser evangelizado. Se podría decir que el norte representa el último grado de impiedad del mundo, hundido en la mala noticia del pecado original y la maldad humana cada vez mayor. Es el mundo sin la buena noticia, que espera, que anhela el Evangelio, pero que también se opone a él. Esto explica la formación romana, casi militar, de los ceroferarios, del turiferario, del subdiácono y del diácono: marchan hacia el extremo norte de la iglesia, como si fueran a establecer una fortaleza en la frontera del enemigo. El Evangelio es una luz para exponer y derrotar el mal que se ha apoderado de la creación buena de Dios. “Según una antigua tradición, el norte representa el reino oscuro donde la luz del Evangelio aún no ha brillado. Leemos el Evangelio hacia el norte para representar la misión de la Iglesia hacia los no evangelizados”.6

Los textos del Antiguo Testamento relacionan especialmente el norte con el mal, ya sea con los imperios paganos de los grandes enemigos de Israel, Asiria y Babilonia, o con el propio Israel adúltero que rompe la alianza (que está al norte de Jerusalén). En Jeremías leemos: "Del norte se difundirá el mal sobre todos los habitantes de la tierra, pues he aquí que voy a llamar a todas las tribus de los reinos del norte" (1, 14); "Pues se deja ver un azote que viene del norte, una gran calamidad" (6, 1). Como si estuviera redactando una rúbrica litúrgica, el profeta Jeremías sale al paso y dice: "Anda, pues, y grita estas palabras hacia el norte, y di: Conviértete, apóstata Israel –oráculo del Señor–, no os miraré con rostro airado; porque soy piadoso, –oráculo del Señor–; no guardo rencor para siempre" (3, 12). Este profeta pone una nota de esperanza al decir que Dios traerá de "la tierra del norte [...] al ciego y al cojo, a la mujer que está encinta como a aquélla que da a luz", y los conducirá "con misericordia [...] a corrientes de agua" (es decir, mediante el bautismo) (Je 31, 8-9). Por su parte, el profeta Isaías pone en boca de Babilonia, potente símbolo del mal, estas palabras: "Me sentaré en el monte de la asamblea, en lo más recóndito del septentrión" (14, 13-14; cf. 41, 25).7 Tan fuerte era la equiparación del "norte" con el "mal" que, después del Concilio de Trento, se permitió la construcción de iglesias, con autorización episcopal, en cualquier dirección excepto hacia el norte.8

Pero hay razones aún más profundas para la aversión bíblica al norte. En The Ancient Cosmological Roots of Facing North for the Gospel, el Dr. Jeremy Holmes, estudioso de las Escrituras, argumenta lo siguiente: Los antiguos no conocían el norte magnético; encontraban el norte mirando al cielo, donde las constelaciones giran alrededor de la estrella polar:

 

En el lapso de unos 26.000 años, una línea trazada a través del eje de la Tierra describe un círculo completo en el cielo y, a lo largo del camino, varias estrellas se convierten en la "estrella polar" o del norte, es decir, en la estrella alineada con el eje de la Tierra. Hoy en día, la estrella que indica el norte es Polaris, pero hace 4.000 años la estrella del norte era Thuban, situada en una constelación completamente diferente. Los egipcios construían sus templos de modo tal que Thuban fuera visible a través de una puerta en un lado concreto. Si uno sale por la noche y encuentra a Thuban en el cielo, estará viendo la estrella polar tal y como la habrá conocido Abraham cuando Dios lo llamó en el año 2000 a.C. aproximadamente.

Holmes señala que todas las constelaciones conocidas del cielo nocturno, que los griegos no inventaron sino que recibieron, están dispuestas alrededor de Thuban, por lo que las civilizaciones que por primera vez las nombraron debieron ser la sumeria y la babilónica. Pero ¿qué es Thuban? Es una palabra árabe que designa la constelación de la que forma parte: Dragón.

 

Para los antiguos babilonios (nuestros testigos más cercanos de la tradición sumeria original), la constelación de Dragón era Tiamat, el mar. Según la historia, Tiamat era la madre de todos los dioses, pero luego se volvió contra ellos en forma de serpiente e intentó comérselos a todos [...] Para los antiguos griegos, Dragón tenía un papel paralelo. Al igual que Tiamat se volvió contra Marduk y compañía, los griegos hablaban de la ocasión en que los Titanes intentaron derrocar a los dioses del Olimpo. En un momento de la batalla, un dragón atacó a Atenea, pero ella lo mató y lo lanzó al cielo, donde se enrolló alrededor del eje de la tierra para formar la constelación que vemos hoy. 

Si nos volvemos nuestra mente al capítulo 12 del libro del Apocalipsis, recordaremos a la mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. El gran dragón intentó devorar a su hijo; esta antigua serpiente es Satanás. Por lo tanto, el texto de Isaías conecta con precisión a Satanás con las estrellas del norte. El Dr. Holmes dice: "Dado el rastro de evidencias expuesto que asocia a Satanás con el norte y con las estrellas y con el dragón de la mitología antigua, no creo que sea un salto demasiado grande ver a Satanás representado por la constelación de Dragón". 

(Imagen: St Timothy's)

Resumiendo lo anterior, tiene todo el sentido del mundo que nos pongamos de cara al sol naciente durante el culto. Tiene todo el sentido del mundo que no miremos hacia el norte, hacia el Dragón, durante el culto. Y aunque pueda resultar sorprendente en un primer momento, tiene perfecto sentido para la infinita misericordia de Dios que proclamemos el Evangelio hacia el norte, para todos los que están bajo el dominio de Satanás.

Ya hemos hablado de las razones geográficas o climáticas, bíblicas e histórico-cosmológicas para que el Evangelio se anuncie hacia el norte. Podemos añadir un poco de realismo literario para completar el cuadro. Después de que el centro del cristianismo se desplazara de Jerusalén a Roma (como ya presagian los Hechos de los Apóstoles), las asociaciones bíblicas se vieron ampliadas respecto del mapa del mundo tal y como lo veían los antiguos romanos. Desde finales del siglo I hasta principios del siglo V, e incluso después, los romanos construyeron y mantuvieron miles de kilómetros de limites o defensas fortificadas a lo largo de la frontera del imperio. Entre los más famosos estaba el limes Germanicus, que se extendía desde la desembocadura del Rin en el Mar del Norte hasta Ratisbona en el Danubio. Al norte de este límite había vastas regiones de "bárbaros", gente considerada sin cultura ni religión ordenada, sino tribus germánicas salvajes con deidades y creencias extrañas. Eran los enemigos de la Roma imperial, pero también los gentiles que los sucesores de los apóstoles fueron enviados a evangelizar; y, de hecho, fueron los pueblos bárbaros, bautizados y civilizados, los que se convirtieron en la savia de la cristiandad medieval.  Al igual que el Canon Romano, escrito en el caluroso Mediterráneo, concibe el cielo como un lugar de frescor (locum refrigerii), también las rúbricas de la Misa reflejan un hábito de pensamiento sobre el norte que lo relaciona con peligrosos bárbaros aún por convertir a Jesucristo. Estos son sólo algunos de los muchos ejemplos de cómo las palabras y las rúbricas de la Misa reflejan la confluencia de las antiguas civilizaciones hebrea, griega y romana. Al igual que nuestra teología tiene una triple raíz –Jerusalén, Atenas y Roma–, nuestra liturgia también la tiene, aunque quizás en ese caso sería mejor decir Jerusalén, Constantinopla y Roma.

En este punto podría plantearse una objeción bastante obvia. Antes he argumentado que la razón por la que la Epístola se lee hacia el este es que no es simplemente didáctica, que nos es ofrecida, sino también latréutica, es decir, un acto de culto ofrecido a Dios, y que es importante señalar el aspecto vertical o trascendente sobre el horizontal o inmanente. Sin embargo, acabo de explicar que leemos el Evangelio mirando hacia el norte para simbolizar la predicación de la buena nueva a los incrédulos, lo que parecería una perspectiva demasiado orientada a este mundo y al pueblo, no un modo de glorificar a Dios mediante la recitación de sus propias obras y maravillas. Dicho así, parece un dilema; pero creo que es un falso dilema.

La postura hacia el norte es un símbolo de la proclamación de la verdad a los paganos –dado que hoy, en principio, no hay paganos congregados en el lado norte de la iglesia. Lo que esta postura pretende mostrar es el poder de la Palabra para convertir los corazones humanos de la incredulidad a la fe. Es una forma de glorificar a Dios por el poder de su palabra, y de esta manera, se ajusta a la función latréutica de la lectura. El énfasis, en otras palabras, no está en la instrucción per se, sino en la confrontación, convicción, conversión y cristianización. Evidentemente, la Palabra tiene que ser recibida para que su poder se sienta y se manifieste; pero el poder está en la Palabra y glorifica al Padre, de quien procede, y al Espíritu, por el que mueve los corazones. El énfasis está en el calor que derrite el hielo, la luz que destierra la oscuridad, la verdad que triunfa sobre la ignorancia, el error y el engaño. De este modo, la proclamación hacia el norte del Evangelio es tan teocéntrica como la proclamación hacia el este de la Epístola.

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1. Mosenbach, M., The Heresy of Formlessness, pp. 28, 98, 185-186.

2. Este párrafo y el que sigue después de la cita son una adaptación de mi libro Reclaiming OurRoman Catholic Birthright (véase pp. 33-34).

3. Basilio de Cesarea, The Holy Spirit, 27:66, en Schaff, P. (ed.), A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers, Series II, vol. 8: Saint Basil: Letters and Selected Works (New York: The Christian Literature Company, 1888; varias reimpresiones), p. 41.

4. Orígenes, Homilies on Leviticus 1–16 (trad. de Gary Wayne Barkley, Washington, DC, The Catholic University of America Press, 1990), 9.10.2, p. 199, énfasis añadido. También se encuentra, irónicamente, en el Oficio de Lecturas postconciliar del lunes de la cuarta semana de Cuaresma.

5. “Cardinal Robert Sarah on ‘The Strength of Silence’and the Dictatorship of Noise”, The Catholic World Report, 3 de octubre de 2016.

6. Como dice el Dr. Jeremy Holmes, estudioso de las Escrituras, en el artículo mencionado más abajo. [Nota de la Redacción: La referencia al trabajo de Jeremy Holmes y la cita respectiva no figura en el artículo original]. 

7. Is 14, 13-14, considerado por todos los Padres de la Iglesia como una descripción del orgulloso intento de Lucifer de apoderarse de la gloria mediante su propio poder: "Tú que dijiste en tu corazón: al cielo subiré, sobre las estrellas de Dios levantaré mi trono; me sentaré en el monte de la Asamblea, en lo más recóndito del Septentrión; subiré a las alturas de las nubes; seré como el Altísimo" (Is 14, 13-14). A lo que, por supuesto, la respuesta de San Miguel fue: "¿Quién como Dios?"

8. Fiedrowicz, M., The Traditional Mass. History, Form, and Theology of the Classical Roman Rite, p. 147.

martes, 29 de junio de 2021

Un recuerdo del papa Benedicto XVI al cumplir 70 años de su ordenación sacerdotal

Hoy, 29 de junio, Solemnidad de San Pedro y San Pablo, el papa emérito Benedicto XVI celebra el 70° aniversario de su ordenación sacerdotal. La Asociación Litúrgica Magnificat quiere rendirle un homenaje desde esta bitácora a quien tanto hizo por devolver la visibilidad a la liturgia tradicional de la Iglesia a través del motu proprio Summorum Pontificum (2007). Con ese fin les ofrecemos una galería fotográfica de las cuatro ocasiones en que el cardenal Ratzinger celebró la Santa Misa de siempre y de las que ha quedado registro, además de compartir una anécdota de su estadía en la Abadía de Fontgombault con ocasión de las Jornadas litúrgicas celebradas en ese lugar hace 20 años. 

(Foto: Hoc Signo)

Nacido el 16 de abril de 1927, Joseph Ratzinger recibió la ordenación sacerdote el 29 de junio de 1951 en la catedral de Frisinga (Alemania) junto con su hermano Georg, fallecido el 1° de julio de 2020. El sacramento le fue conferido por el cardenal Michael von Faulhaber (1869-1952), entonces arzobispo de Múnich y Frisinga. Sobre ese momento, que el futuro Benedicto XVI recuerda como el más importante de su vida y donde sintió una "conciencia de menesterosidad", dejó escrita una anécdota: "En el momento en que el anciano arzobispo me impuso las manos, un pajarito, tal vez una alondra, voló desde el altar de la catedral y trinó una pequeña canción alegre". El sitio New Liturgical Movement ha dedicado dos artículos a la ordenación sacerdotal del futuro papa Benedicto XVI (véase aquí y aquí). Joseph Ratzinger cantó su primera Misa el 8 de julio de ese año en la parroquia de San Oswaldo, situada en la capital comarcal de Traunstein. El 30 de julio de 1951, dijo también la Santa Misa en la Iglesia de San Nicolás de Rimsting, lugar de nacimiento de su madre. El 24 de marzo de 1977, poco después de haber celebrado sus bodas de plata sacerdotales, Joseph Ratzinger fue consagrado arzobispo de Múnich y Frisinga, y el 27 de junio el papa Pablo VI lo creó cardenal bajo el título de Sancta Maria Consolatrice al Tiburtino. Para escudo episcopal eligió el lema "Cooperatores veritatis". El 25 de noviembre de 1981, el papa Juan Pablo II lo nombró Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cargo que ocupará hasta el final de su pontificado. El 19 de abril de 2005 fue electo por el cónclave como el 265° Romano Pontífice de la Iglesia católica, adoptando el nombre de Benedicto XVI. Su pontificado concluyó el 28 de febrero de 2013 al hacerse efectiva su renuncia al ministerio petrino. Desde entonces vive retirado en el Monasterio Mater Ecclesiae, al interior de la Ciudad del Vaticano. 

En una reciente entrevista concedida a Il Timone, el cardenal Robert Sarah, Prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, ha señalado que, "en la historia, Benedicto XVI será recordado, además de como un gran teólogo, como el Papa del Summorum Pontificum, de la paz litúrgica, el puente ecuménico hacia el Oriente cristiano a través de la liturgia latino-gregoriana, la voluntad de recuperación de las raíces cristianas y la unidad de Europa contra todo laicismo vacuo y desestructurador de la cultura europea". Sin duda, su mayor legado es haber devuelto la posibilidad de celebrar la Santa Misa de siempre sin restricciones, permitiendo que las nuevas generaciones pudiesen acercarse a ese tesoro de nuestra fe católica. 

Primera Misa de Joseph Ratzinger
(Foto: Pinterest)

En 1989, un año después del motu proprio Ecclesia Dei que creó la Pontificia Comisión de ese nombre y permitió el surgimiento y regularización de varios institutos tradicionales, el cardenal Joseph Ratzinger visitó la localidad alemana de Weimar y celebró ahí una Misa Pontifical según el antiguo rito romano en una Iglesia del Sagrado Corazón repleta de fieles. Volvió al lugar una década más tarde. El 17 de abril de 1999 celebró nuevamente una Misa pontifical, que fue organizada por la asociación de fieles Pro Missa Tridentina, junto con Una Voce Deutschland uno de los dos capítulos oficiales de la Federación Internacional Una Voce (FIUV) en Alemania. Sobre esa última Misa publicamos en su día una entrada en esta bitácora (véase aquí más información). 




No pasó mucho tiempo antes de que el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe volviese a celebrar públicamente la Misa de siempre, cuando todavía regía la disciplina prevista por la instrucción Quattuor abhinc annos (1984), que dejaba en manos del ordinario del lugar la autorización para recurrir a los antiguos libros litúrgicos. En el mes de abril de 1990, dos años después de la creación de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (FSSP), el cardenal Joseph Ratzinger hizo una visita al seminario internacional de la misma advocación que dicha institución tiene en la localidad de Wigratzbad (Opfenbach, Baviera, Alemania), donde se forman principalmente los seminaristas de habla francesa y alemana. Con ocasión de esa visita, el domingo 15 de abril celebró una Misa Pontifical de la que han quedado bastantes registros gráficos. En el sitio oficial de la FSSP es posible leer (en inglés) el texto de la homilía pronunciada por el cardenal Ratzinger en esa Misa.














Entre los días 22 y 24 de septiembre de 1995, el cardenal Joseph Ratzinger realizó una visita a la Abadía Sainte Madeleine del Barroux, Francia. El domingo 24 celebró una Misa Pontifical según el rito tradicional en la iglesia abacial. El día anterior, con ocasión de su visita a la vecina abadía femenina de Notre-Dame de l’Annonciation, también ofició la Misa según el antiguo rito romano. De esas visitas dio cuenta la revista The Latin Mass, vol. IV, núm. 4 (1995), pp. 10-14.


Entre el 22 y el 24 de julio de 2001 se celebraron en en la Abadía de Note Dame de Fontgombault unas Jornadas Litúrgicas convocadas por el abad Dom Antoine Forgeot OSB, con el propósito de iniciar un nuevo movimiento litúrgico en la Iglesia. Uno de los asistentes fue el cardenal Joseph Raztinger, entonces Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, quien dio una de las conferencias previstas en el programa e improvisó otra cuando le pidieron que pronunciase el discurso de cierre el lunes 24 de julio por la noche. Las demás intervenciones estuvieron a cargo de André Mutien Léonard, Stratford Caldecott, François Clément, Dom Cassian Folsom OSB, Dom Daniel Field OSB, André Rose, Dom Charbel Pazat de Lys OSB,  Robert Spaemann, Miguel Ayuso-Torres y Roberto de Mattei. A las 7.30 del martes 25, el cardenal se despidió para regresar a Roma. Antes de irse, Dom Forgeot lo invitó a entrar en la iglesia abacial en ese momento tan notable en que los monjes dicen sus Misas privadas en los distintos altares laterales. Situado en la parte trasera de la iglesia, el cardenal quedó cautivado, casi estupefacto. Se puso de rodillas sobre el suelo y rezó durante un largo rato. Al marcharse, ahora en el nártex de la abadía, le dijo en voz baja al padre abad, que aún recuerda su precisa inflexión de voz: "¡Esa es la Iglesia católica!" La anécdota ha sido relatada por Nicolas Diat en dos de sus libros: L'homme qui ne voulait pas être pape (Albin Michel, 2014) y Le grand bonheur (Fayard, 2020). 

Lo que el cardenal Ratzinger vio esa mañana de verano fue algo así: 



Nota de la Redacción: Las fotografías de la Misa celebrada en Weimar en 1999 proceden de aquí y aquí. Las fotos de la Misa de 1990 en el seminario de la FSSP están tomadas de aquí,  aquí y aquí. La portada de la revista The Latin Mass está tomada de aquí. Las dos fotografías de la Abadía de Sainte Madeleine de Fontgombault y la anécdota provienen de Rorate Caeli. 

martes, 30 de abril de 2019

20 años de la Pontifical del Cardenal Ratzinger en Weimar (30-IV-1999)

Quiséramos recordar hoy con una galería fotográfica el vigésimo aniversario de la Misa pontifical en el rito romano tradicional que el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, a la sazón Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, celebrara en la ciudad alemana de Weimar el 30 de abril de 1999, la cual fue organizada por la asociación de fieles Pro Missa Tridentina, junto con Una Voce Deutschland uno de los dos capítulos oficiales de la Federación Internacional Una Voce (FIUV) en Alemania.

Hoy en día, a más de diez años del motu proprio Summorum Pontificum y habiéndose hecho a partir de su promulgación más frecuente la celebración de pontificales tradicionales (al menos en Europa y los Estados Unidos, y ocasionalmente en Chile), puede no parecer un gran acontecimiento, pero por cierto lo era en ese entonces, más en Alemania, donde el olvido y la represión de la liturgia tradicional eran particularmente intensos, sin importar las normas de 1984 emanadas de la Santa Sede que permitieron expresamente su celebración y que precedieron a Summorum Pontificum.

Teniendo ello en cuenta, así como la repercusión que tuvo el hecho en los círculos tradicionales e incluso en los medios de prensa alemanes, no cabe duda de que la pontifical de Weimar fue un hito clave en el camino a la liberación y normalización de la Misa tradicional en 2007, bajo el pontificado del mismo Cardenal Ratzinger/Benedicto XVI, a quien no cabe sino agradecerle su paternal cuidado respecto de los fieles cercanos a la Misa de siempre, persistentemente olvidados y despreciados por sus pastores, y el valor que tuvo para romper lo que era un verdadero tabú en Alemania y en muchos otros lugares del mundo.
 














Crédito de las fotografías: Pro Missa Tridentina

martes, 13 de noviembre de 2018

El rito lionés

El rito lionés o de Lyon (ritus lugdunensis) es uno de los ritos de la Iglesia católica latina u occidental. Está documentado como rito propio de la arquidiócesis de Lyon (antiguamente conocida en castellano como León de Francia, para distinguirla de la ciudad española) desde el siglo IX, mas, a diferencia de los ritos ambrosiano y mozárabe, casi ha desaparecido luego de las reformas litúrgicas posconciliares. Con todo, además de los pocos lugares donde se sigue celebrando en su forma tradicional, algunas de sus características (sobre todo cuestiones de detalle) persisten en ciertas iglesias de Lyon, como por ejemplo en la iglesia primacial de San Juan Bautista, la catedral de Lyon. Así, por ejemplo, el rito de la incensación es diverso y se hace con la cadena larga, al modo oriental, y no con la cadena recogida, como es habitual en el rito romano.

Catedral de Lyon.

Orígenes del rito

El rito lionés adquirió sus particularidades en una larga historia, rica en elementos fijados desde la Baja Edad Media. Él se sitúa, tal como el rito romano, en la familia litúrgica occidental, pero posee una impronta dada por los ritos galicanos en vigor alrededor del siglo IX. Estos últimos fueron progresivamente marginalizados por la gradual romanización de los ritos galicanos deseada por Carlomagno, pero el rito lionés conservó su existencia, pese a dicho proceso, manteniendo hasta cierto punto una identidad propia.
 

El pilar principal sobre el cual reposa la liturgia lionesa es el rito romano del siglo IX como se celebraba en la corte del Emperador, al cual se añaden relictos de la liturgia galicana. Sin embargo, mientras el rito romano se encuentra en constante evolución, el rito lionés se caracteriza por un conservadurismo extremo. Formado alrededor del año 850, conocerá los primeros cambios significativos recién en el siglo XVIII, al momento de las reformas de Monseñor de Montazet. Defendido ardientemente por el arzobispo y el capítulo catedralicio, el rito hasta ese entonces había resistido incluso las reformas litúrgicas del Concilio de Trento.

 Misal lionés, copiado en el siglo XV. Introito Ad te levavi, del 1er domingo de Adviento.

Romanización

Antes de las reformas de Monseñor de Montazet, otras innovaciones litúrgicas (que el liturgista Dom Denys Buenner llegó a comparar con una mutilación), comenzaron a modificar el rito lionés, iniciando un proceso de paulatina romanización. Las innovaciones fueron recogidas en el Misal promulgado por Monseñor de Rochebonne (1671-1740, arzobispo de Lyon entre 1731-1740) en 1737, detrás del cual era posible advertir una intención de acercar los libros litúrgicos a aquellos del rito romano.
 

En 1749, Monseñor de Montazet (1713-88, arzobispo de Lyon entre 1758-88), sin la aprobación del capítulo catedralicio, promulga un nuevo misal. Su voluntad era acercar el misal lionés al misal parisino, lo cual vino a profundizar la tendencia romanizante antes descrita, iniciada en el siglo XVII. Sin embargo, el clero lionés, apegado a su rito propio, no aceptaron la reforma y se opusieron a ella empleando todos los medios y recursos jurídicos a su alcance, escalando el conflicto hasta el Parlamento, el que se pronunció a favor del arzobispo. Durante el conflicto, Monseñor de Montazet reformó igualmente el breviario local. Sus acciones le valieron la acusación de jansenismo, por entonces muy difundido en Francia. Con todo, si bien los textos litúrgicos cambiaron, la práctica litúrgica subsistió con pocos cambios. Luego de la Revolución francesa, el clero lionés consiguió expurgar el breviario de aquellas partes juzgadas como excesivamente jansenistas. 

A propósito del breviario lionés, se cuenta que San Juan María Vianney (1786-1859), el Santo Cura de Ars, quien celebraba la Misa conforme al rito lionés, consideró en algún momento emplear el Breviario romano para sentirse así más cerca de Roma, pero la mayor extensión de éste en comparación con el Breviario lionés le hubiera sustraído demasiado tiempo a sus labores pastorales (considerando especialmente las muchas horas al día que destinaba a escuchar confesiones, 16 a 18 en los últimos años de vida), por lo que decidió proseguir con la recitación del breviario lionés.


El rito también sufrió modificaciones en el curso del siglo XIX. En la catedral se instaló un órgano, en circunstancias que hasta ese entonces las ceremonias empleaban exclusivamente el canto llano, sin acompañamiento instrumental de ninguna especie. El cardenal de Bonald promulgó en 1866 un misal cuyo título anuncia por sí mismo la naturaleza de su contenido: Missale Romano-Lugdunense, sive missale Romanum in quo ritus Lugdunenses ultimi tridui ante Pascha, ordinis missae et vigiliae Pentecostes auctoritate Sanctae Sedis Apostolicae iisdem ritibus romanis proprio loco substituuntur.

La edición de 1904, dirigida por el cardenal Coullié, intercala ritos y fiestas propias. La última edición típica del Misal lionés fue publicada en 1956, con el cardenal Gerlier. Nueve años más tarde, en 1965, encontrándose en curso las reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II, se publicó un ritual propio de la diócesis de Lyon. 

El coro y la nave de la catedral de San Juan a fines del siglo XIX (fotografía anónima, Archivo del capítulo primacial).

Pese a esta última publicación, las reformas litúrgicas de 1970 entrañarán la casi completa desaparición del rito lionés, el que fue reemplazado por el rito romano reformado de Pablo VI. En ese entonces, solamente algunos canónigos del capítulo catedralicio y algunos sacerdotes miembros de la Sociedad de San Ireneo (sociedad sacerdotal diocesana de Lyon) mantuvieron la celebración ocasional del rito.

Al establecerse en los años setenta en la arquidiócesis la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX), caracterizada por su empleo de los libros litúrgicos preconciliares, utilizará la forma tridentina del rito romano, la que antes del Concilio nunca fue empleada habitualmente en ninguna parroquia de Lyon. Posteriormente, sin embargo, la iglesia de San Jorge (Saint-Georges), que estuvo desafectada entre 1970 y 1989, fue confiada por el Cardenal Decourtray a la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (FSSP), quienes reinstauraron la celebración en el rito lionés, la cual se mantiene hasta el día de hoy (si bien no exclusivamente, pues también se celebra en el rito de San Pío V). La iglesia pasó a ser diocesana en 2006, pero continuaron sirviéndola sacerdotes tradicionales originalmente miembros de la FSSP, quienes solicitaron la incardinación en la arquidiócesis. 

Asimismo, a partir de julio de 2017, la Misa dominical de 8.30 AM en la iglesia de San Justo de los Macabeos (Saint-Just des Macchabées), entregada a la FSSP desde 2014, se celebra en el rito lionés.

Capilla de los Borbones de la Catedral de San Juan en el siglo XIX (grabado de E. Challis sobre un diseño de T. Allom).
(Imagen: Wikimedia Commons)

Diferencias con el rito romano tradicional. Los distintos tipos de Misa

Si bien es en el desarrollo de la Misa pontifical donde se encuentran las diferencias más notables entre el rito romano y el lionés, en la Misa rezada también es posible detectar algunas peculiaridades. Así, entre otras, para la Misa rezada, las oraciones al pie del altar tienen un texto diferente; se conservan las secuencias, desaparecidas del rito romano luego del Concilio de Trento; se emplea un corporal de quince partes; el ofertorio es diverso (hostia y cáliz se preparan antes del ofertorio, como es habitual en muchos ritos pretridentinos, y la plegaria para presentación de los dones en el altar es una sola para el pan y el vino y se recita sobre ambas especies simultáneamente; para más detalles sobre el ofertorio, puede verse aquí); los brazos del sacerdote está extendidos en cruz al momento del Unde e memores y cruzados sobre el pecho durante el Supplices te rogamus; el transporte del Misal por los ministrantes se hace con el libro cerrado (en el rito romano se transporta abierto); luego de la llamada pequeña elevación ("Per ipsum.."), el sacerdote sigue sosteniendo la Sagrada Forma sobre el Cáliz durante el Pater noster y los eleva al decir "sicut in caelo"; el embolismo se dice en voz alta (en la Misa cantada o solemne se canta); etcétera.
 

En la Misa pontifical, el máximo despliegue de la pompa litúrgica lionesa acentúa todavía más las diferencias (para una explicación de detalle de la Misa pontifical en el rito lionés, véase aquí). Mientras la liturgia romana requiere el servicio de una quincena de clérigos, la Misa pontifical lionesa requiere la participación de treinta y seis personas, incluyendo siete acólitos, siete subdiáconos, siete diáconos y siete sacerdotes (contando el obispo que pontifica más sus seis sacerdotes asistentes revestidos de casulla), además de dos sacerdotes con capa pluvial y otros ministrantes (crucífero y otros), sin contar el "suizo" y el macero que abren la procesión. En la Catedral de San Juan, por ejemplo, hasta la reforma litúrgica de Pablo VI, el coro descendía de la sillería para asegurar el espacio suficiente para el desarrollo de las ceremonias pontificales. Para las Misas solemnes, la mayoría de las salmodias se cantaban en tonos distintos de aquellos del rito romano; un subdiácono permanecía durante la elevación detrás del altar, motivo por el cual el altar en el rito lionés jamás estuvo adosado al muro del ábside; y, por último, la incensación tenía lugar a la manera bizantina previamente descrita. Por último, los ministros inferiores llevan manípulo, tal como el sacerdote, y durante el gradual tiene lugar un rito propio de la liturgia de Lyon, la "administración" (o "servicio"), equivalente lionés de la praegustatio (para una descripción de detalle del rito de la administración, véase aquí). Para ello, el altar mayor en una iglesia destinada al culto según el rito de Lyon tiene al otro lado el llamado "altar de la administración" (para una ilustración de éste, véase más abajo), aunque eventualmente podía tener lugar también en una capilla lateral. En la Misa solemne, luego del canto de la Epístola, la hostia y el cáliz se preparan también en ese altar por el diácono, con la asistencia del subdiácono. 

Coro alto de la catedral de Lyon en el s. XVIII (J. B. Martin, l'Histoire des églises et chapelles de Lyon, 1908).
(Ilustración: Wikimedia Commons)

Una última diferencia mayor se hace presente en la Misa pontifical el Jueves Santo: los seis sacerdotes asistentes concelebran junto al obispo, mientras que en el rito romano tradicional la concelebración sólo está prevista en los ritos de la ordenación sacerdotal y de la consagración episcopal.
 

Estas particularidades se hacen evidentes para los fieles con la simple comparación de las oraciones del Misa, pero las diferencias entre la forma tridentina del rito romano y el rito lionés en la Misa rezada, e incluso en la Misa cantada, son mínimas. Con todo, los católicos lioneses conocían bien sus costumbres propias, como la administración, antes mencionada, y el "rite des tablettes" (nos referimos con esto último al uso para el ósculo de paz del llamado osculatorio o portapaz, objeto litúrgico prácticamente desaparecido en el rito romano y que consiste en una especie de tablilla o cuadrito con imágenes de relieve semejando una portadita o un pequeño retablo, del cual puede verse una imagen aquí).

"Altar de la administración" (l’autel de l’administration), Iglesia de San Justo (Lyon).

Por otro lado, ciertos elementos presentes desde siempre en la liturgia de Lyon adquirieron un nuevo valor con las reformas del Concilio Vaticano II, particularmente la concelebración. Ello explica la falta de oposición que esta práctica encuentra en la arquidiócesis de Lyon, mientras otros la consideraron como algo ajeno a la tradición litúrgica.

Mayor información, así como los libros propios de este rito, puede encontrarse aquí. 

Por último, ofrecemos a continuación una galería de fotografías e ilustraciones del rito lionés que permitan a nuestros lectores hacerse una idea visual de éste, incluyendo el impresionante registro de una Misa pontifical del Jueves Santo.

I. Misa en el rito de Lyon celebrada (2018) en el apostolado de la FSSP en la iglesia de San Justo de esa ciudad (New Liturgical Movement/FSSP Lyon):

 El amito se usa sobre el alba.

 Ornamentos color ceniza (cendrée) se utilizan en las ferias de Cuaresma.

 En el ofertorio, el celebrante pone la hostia sobre la patena y, extendiendo las manos, dice: "Dixit Jesus discipulis suis: Ego sum panis vivus, qui de caelo descendi. Si quis manducaverit ex hoc pane, vivet in aeternum." Luego hace la señal de la Cruz en silencio (foto siguiente).


 Luego de preparar el cáliz a la derecha del altar, el celebrante pone la patena con la hostia sobre el cáliz y hace la señal de la Cruz en silencio sobre los dones.

 Luego los eleva a la altura del mentón, diciendo: "Hanc oblationem, quaesumus, omnipotens Deus, ut placatus accipias, et omnium offeréntium, et eorum pro quibus tibi offértur, peccata indulge".

 Elevándolos al nivel de los ojos, recita la oración "In spiritu humilitatis".

 Luego cubre los dones con el corporal lionés, de mayor tamaño que el romano y que sirve tanto de corporal como de palia.



 Como en muchos usos medievales, luego de la consagración del Cáliz, el celebrante extiende sus brazos en forma de cruz para el "Unde et memores".

 En el "Supplices te rogamus", se inclina profundamente y cruza sus brazos sobre el pecho.

 "Domine non sum dignus".

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II. Misa solemne en el rito lionés celebrada en 1993 por sacerdotes de la FSSP en Lyon en presencia del Arzobispo Primado, Cardenal Decourtray (Fuente: The Rad Trad/FSSP Wigratzbad):

 Reverencia al primado luego de las oraciones al pie del altar.

 El subdiácono trae el portapaz al Primado durante la preparación para la Comunión. La mayor parte de los ritos pretridentinos usan este instrumento para distribuir la pax. 

 Los dones cubiertos por el corporal, según era habitual en el Norte de Europa durante la Edad Media.

 Incensación al modo oriental.

 El subdiácono sostiene la patena con el manípulo durante el Pater noster. Para la explicación de esta práctica véase aquí.

Las abluciones.

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III. Misa pontifical ofrecida el Jueves Santo de 1934 por S.E.R. Mons. Louis-Joseph Cardenal Maurin, Arzobispo de Lyon y Primado de las Galias, en la Catedral de San Juan Bautista de Lyon (Dom Denys Buenner, O.S.B., L'Ancienne Liturgie Romaine. Le Rite Lyonnais; reproducidas desde el sitio New Liturgical Movement):






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IV. Ilustraciones de una Misa pontifical en el rito lionés, tomadas de La Messe Pontificale Lyonnaise: Explication illustrée des cérémonies (Lyon, 1939):


Confíteor.
 Delante del altar el ratelier, un gran candelabro, que se perdió en el siglo XVIII y nunca fue repuesto. En él ardían siete velas, una de ellas permanentemente, mientras las otras eran encendidas según el oficio de que se tratara.