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martes, 11 de agosto de 2026

Conferencia del LX Aniversario: "La Misa, corazón de la cultura cristiana" (Rubén Peretó)

Les ofrecemos el texto íntegro de la conferencia pronunciada el sábado 8 de agosto de 2026 en la sede Bellavista de la Universidad San Sebastián por el Prof. Rubén Peretó Rivas, profesor titular de filosofía medieval de la Universidad Nacional de Cuyo, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), y director del Centro Internacional de Estudios Litúrgicos (CIEL), con ocasión de los festejos por el LX Aniversario de nuestra asociación. Basada en la obra de John Senior (1923-1999), de quien el Prof. Peretó ha sido traductor, la conferencia se tituló "La Misa, corazón de la cultura cristiana". 

El Prof. Rubén Peretó impartiendo su conferencia magistral en el LX Aniversario de nuestra Asociación 
(Imagen: Asociación Litúrgica Magnificat)

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La Misa, corazón de la cultura cristiana

Rubén Peretó Rivas

I. Una pregunta y una respuesta escandalosa

Quisiera comenzar con una pregunta que parece sencilla y no lo es: ¿qué es la cultura cristiana? Si la formuláramos hoy en una universidad, recibiríamos respuestas eruditas y vagas: un conjunto de valores, una herencia artística, una cierta ética, quizás un capítulo venerable pero clausurado de la historia de Occidente. Todas esas respuestas tienen algo de verdad y ninguna toca el centro.

John Senior, aquel profesor de la Universidad de Kansas que convirtió a centenares de jóvenes con la sola fuerza de los grandes y buenos libros y de la verdad dicha sin rodeos, respondió a esa pregunta con una afirmación que a muchos les pareció, y les sigue pareciendo, escandalosa: ¿Qué es la cultura cristiana? Esencialmente, la Misa. Y se apresuraba a aclarar que esto no era una opinión personal, ni una teoría, ni un piadoso deseo, sino el hecho central de dos mil años de historia. La Cristiandad —eso que el secularismo prefiere llamar, con nombre neutro, Civilización Occidental— es la Misa y todo el aparato que la protege y la favorece. Toda la arquitectura, el arte, las instituciones políticas y sociales, la economía entera, las formas de vivir, de sentir y de pensar de los pueblos, su música y su literatura: todas estas realidades, cuando son buenas, son medios de favorecer y de proteger el santo sacrificio de la Misa.

Nosotros, que amamos la liturgia latina tradicional y hemos organizado buena parte de nuestras vidas en torno a ella —a veces con sacrificios considerables de tiempo, de distancias, de incomprensiones—, intuimos que esa frase no es una exageración retórica. Pero quisiera que hoy la tomáramos completamente en serio, que la siguiéramos hasta sus últimas consecuencias. Porque si Senior tiene razón, entonces se siguen dos cosas de enorme importancia práctica. Primera: que la cultura cristiana no murió por accidente, sino que empezó a morir cuando su corazón —el culto— fue debilitado, oscurecido, retirado de la experiencia sensible de los hombres. Y segunda: que su restauración no comenzará por la política, ni por los medios de comunicación, ni siquiera por las escuelas, con ser todo eso necesario, sino por el altar. Quien quiera restaurar la cultura cristiana debe empezar por restaurar el culto cristiano.

John Senior

II. El culto es la raíz de la cultura

Empecemos por lo más elemental, que es lo que con más frecuencia olvidamos: la palabra misma. Cultura viene de cultus, y cultus significa, antes que nada, culto: el cultivo de lo que se venera. El campesino cultiva la tierra; el pueblo cultiva a sus dioses. No es un juego etimológico. Es la constatación, que cualquier historiador honrado puede verificar, de que toda gran cultura de la historia ha nacido alrededor de un templo. "El culto es la base de la cultura", escribió Senior; y el cardenal Ratzinger, desde una sensibilidad distinta pero convergente, lo confirmaba: el núcleo de las grandes culturas es que interpretan el mundo en relación con lo divino.

Josef Pieper lo demostró con un ejemplo luminoso: la fiesta. No existe, decía, una fiesta "sin dioses", una fiesta desvinculada del culto. Desde la Revolución Francesa se ha intentado una y otra vez fabricar fiestas laicas, celebraciones cívicas sin referencia al culto divino, y el esfuerzo penoso que exige darles alguna apariencia festiva es la mejor prueba de que la festividad solo es posible donde el culto divino sigue siendo un acto vivo. Comparen ustedes una fiesta tradicional, enraizada en el culto —una Navidad de verdad, un Corpus Christi con su procesión—, con una de esas celebraciones artificiales, cuidadosamente preparadas y sin espontaneidad alguna, tan artificiales, como encender luces navideñas en agosto, o lanzar fuegos artificiales al mediodía. La diferencia salta a la vista, y la diferencia es Dios.

Ahora bien: si toda cultura nace del culto, la cultura cristiana nace del culto cristiano, y el culto cristiano tiene un centro absoluto, que no es una idea ni un sentimiento, sino un acto: el santo sacrificio de la Misa, la plegaria perfecta de Cristo mismo, sacerdote y víctima, en la cual el sacrificio del Calvario se hace presente de modo incruento sobre nuestros altares. Todo lo demás —la doctrina, la moral, la piedad, el arte— brota de ahí y remite ahí. La religión no es primero un catecismo que luego se celebra; es primero una Presencia que se adora, y de esa adoración nace todo lo demás, incluido el catecismo.

Y aquí conviene hacer una precisión que nos concierne muy directamente: la cultura no es un lujo, ni un adorno de la fe. La cultura es parte de los medios ordinarios de la salvación. ¿Por qué? Porque la gracia supone la naturaleza, y la naturaleza del hombre incluye los sentidos, la imaginación, las emociones. La fe entra normalmente en el alma por los ojos y los oídos; se apoya en imágenes, en músicas, en gestos, en historias. Un niño que crece rodeado de campanas, de procesiones, del aroma del incienso, de imágenes de la Virgen, de cantos que hablan de Dios, tiene la imaginación preparada para creer; el acto de fe encontrará en él un terreno arado y abonado. Un niño que crece en un ambiente donde nada le habla de Dios tendrá que hacer el mismo acto de fe, pero en un terreno de cemento. Es la observación de Newman sobre las poblaciones católicas de la vieja Europa: para ellas el Señor, la Santísima Virgen, los ángeles y los santos, el cielo y el infierno estaban tan presentes como si fueran objetos visibles. Eso es una cultura cristiana: un mundo donde lo invisible se ha hecho, por así decirlo, sensible; donde la Presencia lo penetra todo.

Procesión de la Diosa de la Razón durante la Revolución Francesa (1793)

III. Cómo la Misa construyó un mundo

Veamos ahora cómo ocurrió esto históricamente, porque la afirmación de Senior no es una tesis abstracta sino la descripción de mil años de historia europea, aproximadamente desde san Benito hasta el final de la Edad Media, o si se prefiere otra periodización, desde Carlomagno hasta la Revolución Francesa.

Pensémoslo con la sencillez con que lo pensaban nuestros padres. Para celebrar la Misa hace falta un altar; y sobre el altar, un techo, por si llueve. Para reservar el Santísimo Sacramento construimos una pequeña Casa de Oro, y sobre ella una Torre de Marfil con una campana, y alrededor un jardín con rosas y lirios, emblemas todos de la Virgen María —Rosa Mystica, Turris Davidica, Turris Eburnea, Domus Aurea—, que llevó en su seno el Cuerpo y la Sangre del Señor. Junto a la iglesia, el cementerio donde duermen los fieles difuntos, esperando. Alrededor viven quienes se ocupan de ella: el sacerdote y los religiosos, cuyo trabajo es la oración y que custodian el misterio de la fe en ese tabernáculo de música y de palabras que es el Oficio Divino. Y en torno a ellos se reúnen los fieles, que participan del culto y realizan todos los demás trabajos necesarios para perpetuar y hacer posible el Sacrificio: producen el alimento, confeccionan el vestido, construyen, guardan la paz, para que las generaciones futuras puedan vivir por Aquel por quien el Sacrificio continuará hasta la consumación de los siglos.

Eso es una civilización. No un sistema económico con capillas decorativas, sino un pueblo entero ordenado, como los radios de una rueda, hacia un centro que es un altar. La arquitectura renació en la Edad Media para dar una casa digna al sacrificio de la Misa; la escultura y la pintura, para adornar esa casa y señalar los misterios que en ella se celebran; la música y la literatura, para cantar y comentar esos misterios. Chartres no es un museo con techo alto: es, como toda iglesia, una custodia de piedra. El canto gregoriano en sus diversas versiones, no es música religiosa antigua: es la oración de la Iglesia hecha melodía, tan casta y tan objetiva que puede sostener siglos de contemplación sin gastarse. Y hasta el orden social —el campesino, el artesano, el clérigo, el soldado— puede entenderse, en su forma cristiana, como cultivo y protección del Santísimo Sacramento.

Esta ordenación llegaba a los detalles más pequeños de la vida, y ahí precisamente estaba su fuerza, porque una cultura no se compone de grandes declaraciones sino de detalles cotidianos. Antiguamente los límites de la parroquia los marcaba la distancia hasta donde llegaba el sonido de la campana. Recordemos el cuadro de Millet, el Ángelus: el labrador cansado, de pie en medio del campo, con el sombrero en la mano y su mujer al lado, la cabeza inclinada, porque la campana lejana anuncia que el Verbo se hizo carne; y su jornada de trabajo agotador queda unida, por ese instante de oración, al otro trabajo más grande de gratitud que el sacerdote eleva a Dios en la iglesia que apenas se ve en el horizonte. En las iglesias también sonaban las campanas en el momento de la elevación, para que los que trabajaban en el campo o yacían enfermos pudieran hacer su comunión espiritual. El tiempo mismo estaba consagrado: el año era el año litúrgico, la semana desembocaba en el domingo, el día estaba jalonado por el Ángelus. Y la primera ley de la economía cristiana, que hoy nos suena increíble, era esta: el fin del trabajo no es la ganancia, sino la oración.

Detengámonos un momento aquí, porque este punto suele malinterpretarse. No se trata de idealizar la Edad Media, que fue con frecuencia brutal. Se trata de reconocer un principio de orden. Aquella sociedad estaba llena de pecadores, como la nuestra; la diferencia es que sabía hacia dónde miraba. Sus pecados eran caídas en un camino; los nuestros son, cada vez más, la negación de que exista camino alguno. Y ese principio de orden era litúrgico antes que político: los hombres vivían, sentían y pensaban juntos en relación con Cristo y con su Cruz porque cada semana, cada día, el sacrificio de la Cruz se hacía presente en medio de ellos.

Jean-François Milet, El Ángelus (Museo de Orsay, 1857-1859)
(Imagen: Wikicommons)

IV. La muerte de la cultura cristiana: la retirada de la Presencia

Si esto es así, entonces la decadencia de la cultura cristiana no puede explicarse sólo por causas políticas o económicas. Hay que buscar la herida en el corazón. Y Senior la formuló en una frase que merece ser meditada palabra por palabra: rigurosamente, paso a paso, durante los últimos cuatrocientos años —el triunfo sucesivo del racionalismo, del liberalismo y del modernismo—, la persona de Cristo ha sido retirada de nuestra experiencia. Las generaciones crecen en un vacío religioso, en una atmósfera cargada, por así decirlo, con su ausencia.

Insisto: retirada de nuestra experiencia. No dice, en primer término, de nuestras ideas. El proceso fue más sutil y más devastador. El racionalismo redujo la religión a una idea; el romanticismo la redujo a una emoción; el modernismo la redujo a una metáfora, a un símbolo. En cada etapa, Cristo se volvía menos real, menos presente, menos alguien con quien uno se encuentra y más algo sobre lo cual uno opina. La fe fue confinada al ámbito de lo privado, de las preferencias personales, junto a los gustos musicales y culinarios. Y una vez allí, el paso siguiente era inevitable: del "cualquier creencia puede ser errónea" del viejo agnosticismo se pasó al dogma actual, autocontradictorio pero imperante, de que toda creencia debe ser errónea; un liberalismo dogmático e inquisitorial, decía Senior, que propone la infidelidad a punta de espada.

¿Y cuál es el resultado? Anthony Esolen lo ha descrito. Imaginemos, propone, que preguntáramos a un antropólogo, al margen del ruido político, cuáles serían los signos de una cultura moribunda, de una cultura suicida. La respuesta compone un retrato que reconocemos con escalofrío. Una cultura así estaría más preocupada por la muerte que por la vida: reclamaría el derecho a morir, pero de la vida haría no un don sino una cosa, desechable como la basura. No vería belleza alguna en el rostro humano ni en el niño en el seno materno. Rechazaría la fecundidad, el matrimonio, la inocencia de los niños. Derribaría las estatuas de sus mayores, porque estos habrían caído primero en los corazones. Su arte se volcaría a lo brutal y a lo informe; su humor sería gris; su pecado dominante, la acedia, esa tristeza espiritual que se disfraza de activismo incesante. Habría sustituido la esperanza por el optimismo, que es su parodia. Y como un estribillo fúnebre, después de cada síntoma, la misma frase: nada es sagrado. Ese es el diagnóstico entero en tres palabras. Una cultura muere cuando pierde el sentido de lo sagrado; y pierde el sentido de lo sagrado cuando lo sagrado mismo —la Presencia real de Dios en medio de su pueblo— ha sido retirado de su experiencia, o velado, o tratado con negligencia por quienes debían custodiarlo.

Porque este es el punto doloroso que no podemos esquivar: la retirada de la Presencia no fue obra únicamente de los enemigos de la Iglesia. En las décadas anteriores al Concilio Vaticano II, la celebración de la Misa seguía siendo reverente y hermosa —"la cosa más bella a este lado del cielo", la llamaba el padre Faber—, aunque el mundo circundante se había vuelto ya sordo a sus signos. Tras el Concilio, el remedio que muchos juzgaron conveniente fue rebajar el nivel de la celebración litúrgica al nivel empobrecido de la cultura contemporánea: música ligera en lugar del gregoriano, improvisación en lugar de rito, banalidad en lugar de misterio. Con la introducción del nuevo rito en 1969, muchos aprovecharon para adoptar novedades tomadas de un entorno cultural que había rechazado esencialmente a Dios e introducirlas en la celebración eucarística, a punto tal que muchas veces cada misa es única porque se adapta a la creatividad del celebrante de turno. Y esto no hizo más que acelerar la debacle, porque una misa indignamente celebrada no cultiva el sentido de lo sagrado ni la comprensión de lo que en ella ocurre, y por tanto no puede revitalizar cultura alguna. Lo más grave, en el orden espiritual, es que la libre elección haya pasado a ser parte constitutiva de las reglas para la celebración del acto más grande del universo. El afán de novedades e informalidades en todas las cosas es un signo seguro de vacío espiritual; como los enfermos del poema de Baudelaire, que creen que sanarán si les cambian la cama.

No se trata de discutir aquí las controversias canónicas y teológicas. Situémonos en otro plano, el plano cultural, que no es algo menor ni accidental, sino indispensable en los medios ordinarios de la salvación. Y en ese plano debemos pedir que se restaure la gran liturgia gregoriana que se celebraba antes de la reforma de Pablo VI, sin cuestionar a esta última. Y desde el plano cultural lo pedimos porque la misa tradicional del rito romano es la obra de arte más refinada y más bella que haya existido en el mundo; el corazón, el alma, la fuerza más determinante de nuestra civilización occidental; y la madre nutricia de tantos santos.

José Roldán y Martínez, Una misa (Museo del Prado, 1859)
(Imagen: Museo del Prado)

V. Por qué la restauración comienza en el altar

Llegamos así al centro de nuestro argumento. Si la cultura nace del culto, la restauración de la cultura debe comenzar por la restauración del culto. No es la única tarea, pero es la primera, y las demás dependen de ella. El cardenal Ratzinger lo formuló de manera lapidaria: la Iglesia se levanta y cae con la liturgia. Cuando la adoración de la Trinidad decae, cuando la fe ya no aparece en su plenitud en la liturgia de la Iglesia, la fe ha perdido el lugar donde se expresa y donde habita. Por ello, la verdadera celebración de la liturgia es el centro de toda renovación de la Iglesia.

Quisiera mostrarles por qué esto es así, no como consigna militante sino como verdad antropológica. Y para eso hay que mirar de cerca qué hace la liturgia tradicional en el alma del que la frecuenta.

Pensemos primero en el silencio. En el corazón de la Misa, el canon se pronuncia en voz baja; el Cuerpo del Señor es elevado en silencio, y el sonido de la campanilla no rompe ese silencio sino que lo acentúa, apagando el ruido del mundo. En el santo sacrificio de la Misa Cristo mismo pronuncia las palabras de la consagración a través de lo que Senior llamaba el suicidio voluntario de la personalidad del sacerdote: el sacerdote se convierte en pura persona o máscara según la etimología griega de la palabra, en instrumento a través del cual suena una voz que no es la suya, y es Cristo, no el sacerdote, quien dice: Hoc est Corpus meum. Y luego: Hic est calix Sanguinis mei. En la consagración, la Sangre de Cristo se hace presente sobre el altar sacramentalmente separada de su Cuerpo, renovación incruenta del derramamiento de la Sangre en la Cruz. Este es el Misterio de la Fe. En ese momento hasta los ángeles detienen su canto, el silencio invade la corte del cielo, y sobre la tierra se extienden las tinieblas hasta la hora nona. El velo del templo se rasga de arriba abajo.

Una liturgia que custodia ese momento con silencio, con orientación, con gestos medidos y heredados, enseña sin palabras qué es lo que allí ocurre. El niño que ve a todos arrodillarse, que oye callar hasta a los mayores, aprende en el cuerpo, antes de poder formularlo, que allí está Dios. Esa es la pedagogía del rito: educa los sentidos y la imaginación, y por ellos dispone el intelecto y la voluntad. Los católicos empeñados en salvar la fe solo a fuerza de catecismo y doctrina —siendo el catecismo y la doctrina irrenunciables— olvidan la "música": eso que alimenta la fe y el amor, y que atrae al hombre hacia el misterio. La fe no es solo pensamiento; implica, como recordaba Benedicto XVI, al ser entero: espíritu, alma y cuerpo. Cuando la liturgia habla también a los sentidos —el gregoriano al oído, el incienso al olfato, el oro y la penumbra a la vista, el ayuno y la genuflexión al cuerpo entero—, la fe encuentra dónde habitar.

Pensemos también en la lengua. La oración latina no es un arcaísmo ni una afectación de anticuario. Dos mil años de oración de la Iglesia están tan íntimamente unidos al latín que cualquier intento de vivir la vida católica prescindiendo enteramente de él termina erosionándola. La lengua sagrada hace por el oído lo que el cancel y el atrio hacen por el espacio: marca un umbral, dice al alma que entra en otro ámbito. Y el gregoriano, que es esa lengua hecha canto, es una solemne oración: no música para acompañar el culto, sino culto hecho música.

Y pensemos, finalmente, en la memoria. Esolen ha observado la fuerza del Unde et memores del canon: en él nos declaramos memoriosos, hacemos memoria, pero no de un suceso lejano, sino del sacrificio de Cristo re-presentado, hecho presente ante nosotros ahora. El Señor no mandó a los Apóstoles "recordar esto", sino "hacer esto en memoria mía". La liturgia tradicional es la gran escuela de esa memoria que no es nostalgia sino presencia: en ella el tiempo se abre, y el hombre moderno, ese desterrado crónico que ya no sabe de dónde viene ni adónde va, encuentra el camino de vuelta a casa. Una cultura es precisamente eso: una memoria compartida que se transmite como un don. Por eso una civilización que asesina su memoria muere, y por eso el acto supremo de memoria —el memorial del sacrificio de la Cruz— es la semilla de toda cultura posible.

Enrique Simonet, La primera Misa (1907)
(Imagen: Wikicommons)

VI. El programa práctico: qué podemos hacer

Pero no se trata de escribir obituarios. "La cuestión es qué se puede hacer, qué puede y debe ser hecho, porque no tenemos opción". Es imprudente hablar de desastre irreversible: publicando sus logros se le da al demonio más ventaja de la que merece. Permítanme entonces, en la última parte, bajar al terreno práctico, a partir de la experiencia de las últimas décadas.

Lo primero ya lo hemos dicho, pero hay que decirlo como tarea: asistir, sostener y transmitir el culto digno, cum Petro et sub Petro. Nuestra acción, cualquier cosa que hagamos en el orden político y social, debe tener su fundamento indispensable en la oración, cuyo corazón es el santo sacrificio de la Misa. Cuando ustedes llevan a sus hijos a la Misa tradicional, no están cultivando una preferencia estética ni un apego sentimental al pasado: están reconstruyendo, piedra a piedra, el fundamento de una civilización. Benedicto XVI, al reconocer en 2007 que el misal antiguo nunca había sido abrogado y devolverle carta de ciudadanía en la vida ordinaria de la Iglesia con el motu proprio Summorum pontificum, sabía que después de un colapso semejante el progreso sólo podía ser lento y gradual; y estaba convencido de que la presencia visible del rito gregoriano influiría favorablemente sobre toda la vida litúrgica de la Iglesia, inclinándola hacia la reverencia. Esa convicción nos asigna un papel que excede nuestras parroquias y capillas: somos custodios de un patrimonio que pertenece a toda la Iglesia y que la Iglesia entera volverá a necesitar.

Lo segundo: extender el culto más allá de la Misa, hasta que vuelva a estructurar el tiempo. La Misa es el sol, pero el sol tiene su cortejo. El Oficio Divino, ante todo: la oración pública y perfecta de la Iglesia, que los laicos podemos compartir asistiendo a las horas que se celebren públicamente, o rezando en casa algunas horas del oficio, o el oficio parvo de la Santísima Virgen. Y las devociones aprobadas que constituyen, decía Senior con una expresión fortísima, una obligación de caridad en una época en que la oración ha sido prácticamente silenciada: la bendición del Santísimo Sacramento, el Ángelus, el Vía Crucis, las Cuarenta Horas, el Rosario. Cada familia que reza el Ángelus al mediodía está volviendo a consagrar el tiempo; cada Rosario en familia vuelve a encender un fuego en el hogar. Y recuerden la regla de San Benito: si los contemplativos dan a Dios la vida entera y los sacerdotes una gran parte, a los laicos nos corresponde al menos el diezmo de nuestro tiempo. Calculen lo que es el diezmo de las horas de vela de un día. Todos dirán al unísono que no es posible darle tanto tiempo a Dios porque tenemos muchas ocupaciones importantes. Y esa reacción, respondía Senior, es exactamente la medida de lo lejos que estamos de una vida cristiana.

Lo tercero: la vida monástica. Puede sorprender que un programa de restauración cultural culmine en los monasterios, pero es la lección más segura de la historia: la cristiandad la sembraron los monjes, y la más simple y práctica restauración de la cultura cristiana será la restauración de los conventos y monasterios contemplativos. Sin publicidad y sin grandes colectas, porque la gracia no se ve ni se oye y es muy pobre: una casa humilde con algunas almas consagradas totalmente a la oración puede revitalizar la vida espiritual de una ciudad moribunda. De la obra de Senior nacieron vocaciones que llenaron abadías donde la liturgia tradicional se canta íntegra día y noche; quien haya visitado alguna sabe que no hay argumento apologético comparable. De ahí un deber concreto para padres y educadores: proponer a los jóvenes la vida contemplativa como una opción a considerar, organizar visitas y retiros a los monasterios que conservan la liturgia latina, poner en sus manos libros que expliquen qué es un monje.

Santa Misa celebrada en la abadía benedictina del Barroux (Francia)

VII. Conclusión

Hemos recorrido un argumento simple: la cultura nace del culto; la cultura cristiana nació de la Misa y vivió mil años como el conjunto de las cosas que la protegen y la favorecen; murió en la medida en que la Presencia de Cristo fue retirada de la experiencia de los hombres, por la obra de los filósofos primero y por la negligencia de los cristianos después; y renacerá —si Dios quiere que renazca, y los signos de estos años permiten esperarlo— desde donde nació: desde el altar.

Nosotros, que hemos hecho lo posible por mantenernos fieles a la liturgia de nuestros padres, consideremos una advertencia y una consolación. La advertencia: la fidelidad litúrgica no basta si se queda en trinchera estética o en señal de identidad. Un gran peligro es que acabemos pareciéndonos a los fariseos: católicos, sí, pero fría y absolutamente determinados a tener siempre razón. La liturgia tradicional no nos es dada para tener razón, sino para aprender a amar; ella es la escuela del lenguaje del amor, y quien sale de la Misa sin más caridad hacia su mujer, sus hijos y sus enemigos, no ha entendido lo que allí se ofrece. El camino real de Cristo es un camino caballeresco, lleno de fuego y de pasión; y la vida cristiana no consiste solamente en evitar el infierno, sino en amar como Él nos amó primero: ese es el unum necessarium, y esa caridad —no otra cosa— es la música de la cultura cristiana.

Y la consolación. Una cultura moribunda repite que nada es sagrado. Nosotros sabemos que no es verdad, y lo sabemos no por un razonamiento sino por un hecho que ocurre cada mañana sobre miles de altares: Dios está en medio de su pueblo, Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Mientras eso ocurra, ninguna decadencia es definitiva, porque el corazón de la cultura cristiana no ha dejado de latir ni un solo día desde el Jueves Santo. La única cosa segura sobre el futuro es que estará lleno de sorpresas: cayó Babilonia, cayó Roma, cayeron cien años de profecías que se creían científicas; y en otro tiempo de tinieblas, los hebreos marcaron las puertas de sus casas con la sangre del cordero. En este mismo momento, María pasa delante de la puerta de nuestros corazones y los marca con la Sangre preciosa de su Hijo.

Recemos para que ella nos alcance la gracia de ser, no anticuarios de una liturgia, sino constructores de una cristiandad; de trabajar, rezar y sufrir —las tres cosas— para restaurar un culto que sostenga una fe viva, donde los signos sensibles cultiven la vida interior y renueven el sentido de lo sagrado. Entonces la liturgia volverá a inspirar la cultura, como la inspiró durante mil años.

Procesión de entrada de la Misa de acción de gracias por el LX Aniversario de nuestra Asociación 
(Imagen: Asociación Litúrgica Magnificat)

martes, 4 de agosto de 2026

Carta: "Sesenta años de una aventura"

Les compartimos la carta publicada ayer en el diario El Mercurio de Santiago por nuestro presidente con ocasión del sexagésimo aniversario de la Asociación Litúrgica Magnificat. En ella recuerda a los anteriores presidentes (Alfonso Letelier Llona y Julio Retamal Favereau) y la conexión que ha tenido el propósito de preservación del antiguo rito romano y del arte y la música sagrados con esfuerzos similares en otros lugares del mundo. Por eso, desde su creación, nuestra asociación forma parte de la Federación Internacional Una Voce. Esa aventura de mantener viva la Tradición de la Iglesia ha permanecido hasta hoy, a pesar de los pesares. 

Ernest Biéler, Devant l’église de Saint-Germain à Savièse (1886)

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Sesenta años de una aventura

La Asociación Litúrgica Magnificat cumple sesenta años. Fue fundada en 1966 por un grupo de laicos, para preservar en Chile los ritos de tantos siglos y la música sagrada, siempre en comunión con el Papa y los obispos. La presidieron Alfonso Letelier, compositor y Premio Nacional de Arte, y Julio Retamal, agudo historiador de las ideas.

Esa inquietud era universal. En 1971, más de cincuenta renombrados escritores y artistas pidieron a San Pablo VI que evitase la desaparición del antiguo rito romano. Frente al avance de una civilización materialista y tecnocrática, Agatha Christie, Iris Murdoch y Graham Greene advirtieron que privar a la humanidad de formas de expresión que habían alcanzado su más alta manifestación era una pérdida irreparable. Había una grave responsabilidad ante la historia de garantizar su subsistencia.

Ese propósito sigue inalterado, sostenido por la disposición que el papa León XIV ha pedido custodiar: humildad ante la grandeza de Dios y fidelidad sincera a la comunión eclesial. Hoy esa liturgia se renueva una vez al mes, por la generosidad de los sacerdotes que la celebran. Confiamos en que, prontamente, su frecuencia pueda aumentar. 


Jaime Alcalde Silva
Presidente
Asociación Litúrgica Magnificat

lunes, 23 de junio de 2025

Legado de Julio Retamal Favereau

El pasado lunes 16 de junio murió, a la edad de 91 años, Julio Retamal Favereau (1933-2025), presidente de la Asociación de Artes Cristianas y Litúrgicas Magnificat desde el año 1994. Licenciado en Filosofía con Mención en Historia por la Universidad de Chile y Doctor en Historia por la Universidad de Oxford, fue profesor de teoría de la historia e historia moderna en la Pontificia Universidad Católica de Chile, la Universidad Adolfo Ibáñez y la Universidad Gabriela Mistral. En las dos primeras recibió el nombramiento de profesor emérito. Integró también el Teatro de Ensayo de la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Academia Chilena de la Historia. Ejerció cargos diplomáticos y de gestión académica. 

El profesor Miguel Ayuso le dedicó una sentida necrología al día siguiente del fallecimiento de nuestro presidente. 

Les compartimos la carta publicada en diario El Mercurio de Santiago el miércoles 18 de junio por nuestro vicepresidente, Jaime Alcalde Silva, donde recuerda que el principal legado de Julio Retamal Favereau fue la preservación de la liturgia tradicional, obra que se prolonga en la Asociación Litúrgica Magnificat, capítulo de la Federación Internacional Una Voce desde su creación. Dios mediante esa labor proseguirá. 

Julio Retamal Favereau
(1933-2025)

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Legado de Julio Retamal Favereau

Julio Retamal repetía que su mayor obra era la preservación de la liturgia tradicional. En esa tarea consumió dos tercios de su vida, sufrió incomprensiones y afrontó situaciones difíciles. Jamás dejó de perseverar, porque sabía que por Dios no se trabaja en vano. 

La salvaguarda de ese legado espiritual fue otra proyección de su quehacer de historiador, centrado en la configuración de Occidente como el crisol donde se funden la filosofía griega, el derecho romano y la revelación cristiana. 

Forjada a partir de su institución sacramental por un desarrollo orgánico bimilenario, la liturgia romana pertenece a toda la cultura universal y forma parte de su patrimonio inmaterial. Con ese fin fundó en 1966 la Asociación Litúrgica Magnificat, capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce, que permanece hasta hoy.

Conservar la sacralidad de la liturgia y convertirla en el centro y culmen de la vida cristiana sigue siendo un desafío. Poco después de su elección, León XIV expresaba la necesidad de recuperar el primado de Dios y el sentido del misterio, que involucra a la persona humana en su totalidad, canta la belleza de la salvación y suscita el asombro ante la grandeza divina.  

Tras su partida, corresponde a otros proyectar este legado con idéntico compromiso.  


Jaime Alcalde Silva
Vicepresidente
Asociación Litúrgica Magnificat

domingo, 6 de febrero de 2022

El advenimiento del Rey: Por qué la Epístola se lee hacia el este y el Evangelio hacia el norte

Les ofrecemos hoy un artículo del Dr. Peter Kwasniewski sobre el sentido que tiene en la Misa tradicional la lectura del Evangelio hacia el norte. Dicha proclamación tiene un profundo significado espiritual, pues no se trata de repetir simplemente el libro sagrado. 

El artículo original fue publicado en el número 12 de la Revista Gregorius Magnus, correspondiente al invierno de 2021, que edita la Federación Internacional Una Voce. La traducción proviene de una colaboradora que la ha remitido a la Redacción. 

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El advenimiento del Rey: Por qué la Epístola se lee hacia el este y el Evangelio hacia el norte

Peter Kwasniewski

En una Misa Solemne -la forma más antigua y completa del rito romano, con sacerdote, diácono y subdiácono- el subdiácono canta la Epístola en el lado derecho del presbiterio, claramente de pie ad orientem, es decir, hacia la pared oriental ante la cual está montado el altar. En otras palabras, la canta de espaldas a la gente. Esto podría parecernos extraño, si pensamos que la lectura es sólo una lectura en beneficio de la asamblea. A continuación, después de los cantos entre las lecturas, el diácono, el subdiácono y los acólitos forman una pequeña procesión hasta el lugar donde se cantará el Evangelio, y el diácono lo proclama mirando hacia el norte, en el lado izquierdo de la iglesia, de cara a la pared izquierda. También esto podría parecernos extraño, porque es evidente que no se dirige al pueblo en absoluto. En ambos casos, es evidente que "algo pasa". Si el ceremonial exige esto, no es al azar sino por una razón.

En una Misa rezada o en una Missa cantata, donde sólo hay un sacerdote sin sus ministros habituales, el diácono y el subdiácono, encontramos una especie de versión "abreviada" o "modificada" de la misma práctica.

Podemos decir, por razones históricas, litúrgicas y teológicas, que la proclamación de las lecturas en la Misa tiene tres propósitos. En primer lugar, las lecturas son instructivas para los fieles. Las lecturas del Misal tradicional se eligieron, en primer término, por su contenido moral, dogmático y eucarístico universal, y por su relación con santos individuales o clases de santos. Las lecturas presentan grandes ejemplos de virtud y preparan a los fieles para la comunión con el Señor en la adoración y en el banquete celestial.

En segundo lugar, las lecturas son en sí mismas una ofrenda de adoración a Dios Todopoderoso: se proclaman para su gloria y honor, y para obtener su bendición. El clero canta las palabras divinas en presencia de su Autor como parte de la logikē latreia o culto racional/verbal que debemos a nuestro Creador y Redentor. Estas palabras hacen presente la alianza con Dios, son una puesta en práctica de su significado en el contexto sacramental para el que fueron concebidas, una recitación agradecida y humilde bajo la mirada de Dios de las verdades que ha prometido. Esto está muy en consonancia con la forma de orar a Dios que se recoge en la Escritura: "Acuérdate, Señor, de las promesas que has pronunciado"; no es que Él vaya a olvidar, sino que quiere que no olvidemos Sus promesas, y quiere, con amor, que se las hagamos cumplir, por así decirlo. El estilo solemne y formal de la lectura, que se dirige hacia otro lugar distinto de las personas inmediatamente presentes, deja claro que estamos reconociendo que el Dios al que estos textos mencionan está realmente aquí en medio de nosotros, o más bien, venimos ante su presencia con acción de gracias. Las lecturas se convierten así en dones que, habiendo sido puestos en nuestras manos por Dios, le devolvemos y se los ofrecemos a Él, al igual que hacemos con el pan y el vino. O para usar una metáfora diferente, las lecturas son una forma de incienso verbal con el que elevamos nuestras manos a sus mandamientos, como dice el gran canto del Ofertorio: Meditabor in mandatis tuis, quae dilexi valde: et levabo manus meas ad mandata tua quae dilexi ("Meditaré en tus mandatos, que he amado mucho; y alzaré mis manos hacia tus mandatos, que he amado", Sal 118, 47-48). 

Cuando tomamos en serio la visión tradicional de la inspiración divina de la Escritura, podemos ver claramente que el cuidado amoroso, los actos de reverencia tributados a la Palabra de Dios en la primera parte de la Misa –todo, desde rezar para que uno sea digno de decir su contenido, acompañar el libro con velas, hacer la señal de la cruz sobre él, incensarlo, besarlo, y cantar las lecturas con tonos de canto dignos y penetrantes– se parece mucho al culto que se rinde a la cruz en la Misa de los Presantificados del Viernes Santo, o a la veneración que se da a los iconos bizantinos: en cierto modo, entramos en contacto con Dios mismo. Él es la verdad que se hace presente cuando se proclama la lectura: no es un recuerdo pasado sino un poder actual que lleva a la conversión y la iluminación. La Escritura no es por cierto la Presencia Real de la Sagrada Eucaristía, pero es divina de una manera en que ninguna otra palabra humana lo es. Por eso tiene tanto sentido el rico ceremonial en el que el antiguo rito romano envuelve la lectura o el canto de la Palabra de Dios: la liturgia quiere acentuar el hecho de que, en este escenario, la palabra sobre el papel, la palabra que flota en el aire, es superior a nuestras mentes, determinante de nuestras voluntades. En resumen: es Dios, en modo verbal, y entramos en su presencia verbal con signos de veneración. Le glorificamos mediante la proclamación litúrgica de su Revelación.

Pero, ¿no hay algo que va contra la intuición en la idea de que el canto de las lecturas en la Misa es un acto de adoración dirigido a Dios? Después de todo, parece evidente que la razón por la que se leen las Escrituras en la Misa es para educar a la asamblea. Pero no es tan simple como una opción binaria de sí o no. La liturgia romana tradicional ha tendido a lo largo de los siglos, a convertir todo en una oración dirigida a Dios, como si no hubiera lugar en la liturgia para algo que sea exclusivamente "para el pueblo".

Un gran ejemplo de esta tendencia puede verse en cómo se recita o canta el Credo. Todos sabemos que el Credo es una confesión de fe, cuyo contenido consiste básicamente en una lista de dogmas sostenidos por los cristianos. No tiene características evidentes de ser una oración dirigida a Dios; no se dirige a Dios en absoluto. Más bien parece un signo de ortodoxia con el que significamos nuestra fe, expresada en dogmas. Sin embargo, en el usus antiquior el sacerdote recita el Credo ad orientem en el altar mayor, inclinando la cabeza al pronunciar el nombre de Jesús y las palabras adoratur et conglorificatur en honor del Espíritu Santo, haciendo una genuflexión en Et incarnatus est, y haciendo la señal de la cruz en Et vitam venturi saeculi, concluyendo con un "Amén" y un beso al altar. De este modo, la profesión de ortodoxia se ha convertido en una oración a Dios Uno y Trino, una manera de comulgar con Aquél que ha revelado graciosamente sus misterios al hombre, y en respuesta a cuya misericordiosa auto-revelación respondemos con la obediencia de nuestros labios y nuestras mentes a su verdad objetiva.

Toda la liturgia es para Dios, y de hecho su mayor valor educativo consiste justamente en comunicar al pueblo la primacía y la ultimidad de Dios, que Él es el Alfa y la Omega de todos nuestros actos exteriores e interiores, incluido el acto de escuchar las lecturas y comprenderlas. En cierto sentido, las lecturas se ofrecen a Dios para que nosotros nos ofrezcamos a Él en nuestra comprensión de la Palabra y en los afectos que ésta suscita. Por eso no importa tanto si se capta o no inmediatamente el sentido de cada palabra; lo que importa mucho más es ver que esta Palabra es divina, santa, celestial, que estamos pisando tierra santa. La comprensión verbal puede seguir a su debido tiempo, pero nunca captaremos bien la Palabra si antes no la veneramos como divina y adoramos al Dios del que emana y en cuya presencia cobra vida.

Canto del Evangelio por el diácono en una Misa solemne

Martin Mosebach escribe sobre cómo la proclamación litúrgica de las lecturas en general, y del Evangelio en particular, no son meras declaraciones de textos, sino formas de hacer presente a Cristo en la Iglesia. Cito de su libro The Heresy of Formlessness [La herejía de lo informe]:


La lectura del Evangelio es mucho más que un "anuncio": es una de las formas en que Cristo se hace presente. La Iglesia siempre ha entendido que es una bendición, un sacramental, que remite de los pecados, como afirma el "Per evangelica dicta deleantur nostra delicta" ["Por las palabras del Evangelio sean borrados mis pecados"] que evoca el Misereatur que sigue al Confiteor. El carácter sacramental del Evangelio, que perdona efectivamente los pecados, es, por cierto, el argumento decisivo para su lectura en lengua sagrada. Los signos litúrgicos de la procesión ponen de manifiesto este carácter. La liturgia ha tomado del ceremonial de la corte de los emperadores paganos el lenguaje simbólico en presencia del soberano supremo: velas, que precedían al emperador, y el turíbulo. [...] Las lecturas no son simplemente una "proclamación", sino sobre todo la creación de una presencia.1 

Por lo tanto, si el acto de la lectura litúrgica trae a Cristo vivo en medio de la Iglesia –incluso podría llamarse una cuasi-transubstanciación del texto en una presencia– las lecturas mismas deben ser preparadas y pronunciadas con tanto cuidado, amor y devoción como las propias palabras de la consagración. 

El uso del latín demuestra, sin necesidad de ninguna explicación, que la liturgia no pertenece al ámbito cotidiano de las revistas y los periódicos, ni siquiera de las conferencias académicas o los estudios bíblicos protestantes, como el uso de una lengua vernácula moderna sugiere inevitablemente por un proceso de asociación. Tanto por su ropaje latino como por sus melodías gregorianas, se trata la Palabra de Dios como algo santo, imponente, especial, en un plano diferente a cualquier otra palabra.

Ofrecer la oración hacia el este es una de las costumbres más antiguas y universales del cristianismo.2 En el año 375, San Basilio de Cesarea, uno de los más grandes Padres de la Iglesia, habla de la costumbre apostólica de "volverse hacia Oriente en la oración [eucarística]"3. Esta práctica encontró inspiración y confirmación en los pasajes de la Escritura que llaman a Cristo "Oriente" o dicen que asciende a Oriente, o que vendrá de Oriente, como escuchamos en el Evangelio del último domingo después de Pentecostés, donde Jesús dice de sí mismo, en Mt 24, 27: "Porque como el relámpago sale del oriente y brilla hasta el poniente, así será la venida del Hijo del Hombre". El profeta Malaquías llama a Cristo "sol de justicia" (3, 20), como San Juan llama a Dios "Luz" (1 Jn 1, 5). En una homilía sobre por qué el libro del Levítico habla de "rociar al oriente", el gran escritor patrístico Orígenes comenta:


Esto os invita a mirar siempre "hacia el oriente" de donde surge para vosotros "el Sol de la Justicia", de donde nace una luz para vosotros; para que nunca "caminéis en las tinieblas" y que ese último día no os atrape en las tinieblas; que la noche y la niebla de la ignorancia no os sorprendan, sino que siempre os encuentren en la luz del conocimiento [...]4.

Como nos enseña el Evangelio de San Juan, el lugar del verdadero culto es Cristo crucificado y resucitado, que como hombre es el camino a la casa del Padre, y como Dios es el destino. Así que miramos hacia el este no porque nos refiramos a un "lugar sagrado" concreto en la tierra, como Jerusalén o La Meca, sino porque nos dirigimos a quien es el templo en su cuerpo, Cristo Nuestro Señor, y nos dirigimos con Él al Padre que está por encima de todo (cf. Ef 4, 6). El oriente opera como símbolo cósmico y bíblico de Cristo mismo, de su gobierno sobre nosotros, de su regreso en gloria y de su reino celestial que anhelamos con esperanza.

Lectura del Evangelio en la Misa rezada

Así, cuando la Epístola se proclama ad orientem, nos hace volver a Dios y al cielo en espíritu, al Oriente y a la Luz, insinuando que nuestra vida de cristianos creyentes –nuestras inteligencias, nuestras voluntades– se orienta fuera de nosotros mismos, lejos de la carne, lejos de los modos de pensar y actuar exclusivamente humanos; conformamos nuestra mente a la mente de Cristo, volvemos nuestro rostro a su rostro. La individualidad del lector se ve reducida; no vemos su rostro; está en lugar de los Apóstoles y los profetas, que tienen la precedencia. La palabra apostólica o profética nos guía hacia el reino, que obtenemos adhiriendo fielmente a la enseñanza divina. Como dice el Cardenal Sarah: "La orientación exterior nos lleva a la orientación interior que simboliza"5.

Habiendo dicho todo esto en elogio de la adoración hacia el este (y eso incluye la lectura o el canto de la Epístola), a estas alturas deberíamos estar absolutamente desconcertados y profundamente confundidos en lo que respecta al Evangelio. Pareciera que, dado el simbolismo mencionado, el Evangelio, sobre todo, debe hacerse ad orientem, ¡pero se hace mirando hacia el norte! ¿Cómo puede ser?

Aquí, queridos amigos, es donde la liturgia nos sorprende tomando una nueva dirección. Pero tiene mucho sentido si nos detenemos a pensar en ello. Si el Evangelio es la presencia verbal de Cristo por excelencia y el sacerdote o diácono que lo proclama está, en ese momento, actuando in persona Christi, entonces no tendría sentido que el lector del Evangelio mirara ad orientem, hacia Cristo, el Oriente. Sería como decir que Cristo está hablando consigo mismo. Más bien, en el Evangelio Cristo se dirige al mundo, es decir, a las naciones, a los gentiles, a toda la creación, a la que hay que predicar el Evangelio para que se convierta, sea bendecida, santificada y salvada. Por lo tanto, en el desarrollo histórico del rito romano, el Evangelio terminó por cantarse mirando hacia el norte, porque el norte era el símbolo del mundo pagano no convertido que debía ser evangelizado. Se podría decir que el norte representa el último grado de impiedad del mundo, hundido en la mala noticia del pecado original y la maldad humana cada vez mayor. Es el mundo sin la buena noticia, que espera, que anhela el Evangelio, pero que también se opone a él. Esto explica la formación romana, casi militar, de los ceroferarios, del turiferario, del subdiácono y del diácono: marchan hacia el extremo norte de la iglesia, como si fueran a establecer una fortaleza en la frontera del enemigo. El Evangelio es una luz para exponer y derrotar el mal que se ha apoderado de la creación buena de Dios. “Según una antigua tradición, el norte representa el reino oscuro donde la luz del Evangelio aún no ha brillado. Leemos el Evangelio hacia el norte para representar la misión de la Iglesia hacia los no evangelizados”.6

Los textos del Antiguo Testamento relacionan especialmente el norte con el mal, ya sea con los imperios paganos de los grandes enemigos de Israel, Asiria y Babilonia, o con el propio Israel adúltero que rompe la alianza (que está al norte de Jerusalén). En Jeremías leemos: "Del norte se difundirá el mal sobre todos los habitantes de la tierra, pues he aquí que voy a llamar a todas las tribus de los reinos del norte" (1, 14); "Pues se deja ver un azote que viene del norte, una gran calamidad" (6, 1). Como si estuviera redactando una rúbrica litúrgica, el profeta Jeremías sale al paso y dice: "Anda, pues, y grita estas palabras hacia el norte, y di: Conviértete, apóstata Israel –oráculo del Señor–, no os miraré con rostro airado; porque soy piadoso, –oráculo del Señor–; no guardo rencor para siempre" (3, 12). Este profeta pone una nota de esperanza al decir que Dios traerá de "la tierra del norte [...] al ciego y al cojo, a la mujer que está encinta como a aquélla que da a luz", y los conducirá "con misericordia [...] a corrientes de agua" (es decir, mediante el bautismo) (Je 31, 8-9). Por su parte, el profeta Isaías pone en boca de Babilonia, potente símbolo del mal, estas palabras: "Me sentaré en el monte de la asamblea, en lo más recóndito del septentrión" (14, 13-14; cf. 41, 25).7 Tan fuerte era la equiparación del "norte" con el "mal" que, después del Concilio de Trento, se permitió la construcción de iglesias, con autorización episcopal, en cualquier dirección excepto hacia el norte.8

Pero hay razones aún más profundas para la aversión bíblica al norte. En The Ancient Cosmological Roots of Facing North for the Gospel, el Dr. Jeremy Holmes, estudioso de las Escrituras, argumenta lo siguiente: Los antiguos no conocían el norte magnético; encontraban el norte mirando al cielo, donde las constelaciones giran alrededor de la estrella polar:

 

En el lapso de unos 26.000 años, una línea trazada a través del eje de la Tierra describe un círculo completo en el cielo y, a lo largo del camino, varias estrellas se convierten en la "estrella polar" o del norte, es decir, en la estrella alineada con el eje de la Tierra. Hoy en día, la estrella que indica el norte es Polaris, pero hace 4.000 años la estrella del norte era Thuban, situada en una constelación completamente diferente. Los egipcios construían sus templos de modo tal que Thuban fuera visible a través de una puerta en un lado concreto. Si uno sale por la noche y encuentra a Thuban en el cielo, estará viendo la estrella polar tal y como la habrá conocido Abraham cuando Dios lo llamó en el año 2000 a.C. aproximadamente.

Holmes señala que todas las constelaciones conocidas del cielo nocturno, que los griegos no inventaron sino que recibieron, están dispuestas alrededor de Thuban, por lo que las civilizaciones que por primera vez las nombraron debieron ser la sumeria y la babilónica. Pero ¿qué es Thuban? Es una palabra árabe que designa la constelación de la que forma parte: Dragón.

 

Para los antiguos babilonios (nuestros testigos más cercanos de la tradición sumeria original), la constelación de Dragón era Tiamat, el mar. Según la historia, Tiamat era la madre de todos los dioses, pero luego se volvió contra ellos en forma de serpiente e intentó comérselos a todos [...] Para los antiguos griegos, Dragón tenía un papel paralelo. Al igual que Tiamat se volvió contra Marduk y compañía, los griegos hablaban de la ocasión en que los Titanes intentaron derrocar a los dioses del Olimpo. En un momento de la batalla, un dragón atacó a Atenea, pero ella lo mató y lo lanzó al cielo, donde se enrolló alrededor del eje de la tierra para formar la constelación que vemos hoy. 

Si nos volvemos nuestra mente al capítulo 12 del libro del Apocalipsis, recordaremos a la mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. El gran dragón intentó devorar a su hijo; esta antigua serpiente es Satanás. Por lo tanto, el texto de Isaías conecta con precisión a Satanás con las estrellas del norte. El Dr. Holmes dice: "Dado el rastro de evidencias expuesto que asocia a Satanás con el norte y con las estrellas y con el dragón de la mitología antigua, no creo que sea un salto demasiado grande ver a Satanás representado por la constelación de Dragón". 

(Imagen: St Timothy's)

Resumiendo lo anterior, tiene todo el sentido del mundo que nos pongamos de cara al sol naciente durante el culto. Tiene todo el sentido del mundo que no miremos hacia el norte, hacia el Dragón, durante el culto. Y aunque pueda resultar sorprendente en un primer momento, tiene perfecto sentido para la infinita misericordia de Dios que proclamemos el Evangelio hacia el norte, para todos los que están bajo el dominio de Satanás.

Ya hemos hablado de las razones geográficas o climáticas, bíblicas e histórico-cosmológicas para que el Evangelio se anuncie hacia el norte. Podemos añadir un poco de realismo literario para completar el cuadro. Después de que el centro del cristianismo se desplazara de Jerusalén a Roma (como ya presagian los Hechos de los Apóstoles), las asociaciones bíblicas se vieron ampliadas respecto del mapa del mundo tal y como lo veían los antiguos romanos. Desde finales del siglo I hasta principios del siglo V, e incluso después, los romanos construyeron y mantuvieron miles de kilómetros de limites o defensas fortificadas a lo largo de la frontera del imperio. Entre los más famosos estaba el limes Germanicus, que se extendía desde la desembocadura del Rin en el Mar del Norte hasta Ratisbona en el Danubio. Al norte de este límite había vastas regiones de "bárbaros", gente considerada sin cultura ni religión ordenada, sino tribus germánicas salvajes con deidades y creencias extrañas. Eran los enemigos de la Roma imperial, pero también los gentiles que los sucesores de los apóstoles fueron enviados a evangelizar; y, de hecho, fueron los pueblos bárbaros, bautizados y civilizados, los que se convirtieron en la savia de la cristiandad medieval.  Al igual que el Canon Romano, escrito en el caluroso Mediterráneo, concibe el cielo como un lugar de frescor (locum refrigerii), también las rúbricas de la Misa reflejan un hábito de pensamiento sobre el norte que lo relaciona con peligrosos bárbaros aún por convertir a Jesucristo. Estos son sólo algunos de los muchos ejemplos de cómo las palabras y las rúbricas de la Misa reflejan la confluencia de las antiguas civilizaciones hebrea, griega y romana. Al igual que nuestra teología tiene una triple raíz –Jerusalén, Atenas y Roma–, nuestra liturgia también la tiene, aunque quizás en ese caso sería mejor decir Jerusalén, Constantinopla y Roma.

En este punto podría plantearse una objeción bastante obvia. Antes he argumentado que la razón por la que la Epístola se lee hacia el este es que no es simplemente didáctica, que nos es ofrecida, sino también latréutica, es decir, un acto de culto ofrecido a Dios, y que es importante señalar el aspecto vertical o trascendente sobre el horizontal o inmanente. Sin embargo, acabo de explicar que leemos el Evangelio mirando hacia el norte para simbolizar la predicación de la buena nueva a los incrédulos, lo que parecería una perspectiva demasiado orientada a este mundo y al pueblo, no un modo de glorificar a Dios mediante la recitación de sus propias obras y maravillas. Dicho así, parece un dilema; pero creo que es un falso dilema.

La postura hacia el norte es un símbolo de la proclamación de la verdad a los paganos –dado que hoy, en principio, no hay paganos congregados en el lado norte de la iglesia. Lo que esta postura pretende mostrar es el poder de la Palabra para convertir los corazones humanos de la incredulidad a la fe. Es una forma de glorificar a Dios por el poder de su palabra, y de esta manera, se ajusta a la función latréutica de la lectura. El énfasis, en otras palabras, no está en la instrucción per se, sino en la confrontación, convicción, conversión y cristianización. Evidentemente, la Palabra tiene que ser recibida para que su poder se sienta y se manifieste; pero el poder está en la Palabra y glorifica al Padre, de quien procede, y al Espíritu, por el que mueve los corazones. El énfasis está en el calor que derrite el hielo, la luz que destierra la oscuridad, la verdad que triunfa sobre la ignorancia, el error y el engaño. De este modo, la proclamación hacia el norte del Evangelio es tan teocéntrica como la proclamación hacia el este de la Epístola.

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1. Mosenbach, M., The Heresy of Formlessness, pp. 28, 98, 185-186.

2. Este párrafo y el que sigue después de la cita son una adaptación de mi libro Reclaiming OurRoman Catholic Birthright (véase pp. 33-34).

3. Basilio de Cesarea, The Holy Spirit, 27:66, en Schaff, P. (ed.), A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers, Series II, vol. 8: Saint Basil: Letters and Selected Works (New York: The Christian Literature Company, 1888; varias reimpresiones), p. 41.

4. Orígenes, Homilies on Leviticus 1–16 (trad. de Gary Wayne Barkley, Washington, DC, The Catholic University of America Press, 1990), 9.10.2, p. 199, énfasis añadido. También se encuentra, irónicamente, en el Oficio de Lecturas postconciliar del lunes de la cuarta semana de Cuaresma.

5. “Cardinal Robert Sarah on ‘The Strength of Silence’and the Dictatorship of Noise”, The Catholic World Report, 3 de octubre de 2016.

6. Como dice el Dr. Jeremy Holmes, estudioso de las Escrituras, en el artículo mencionado más abajo. [Nota de la Redacción: La referencia al trabajo de Jeremy Holmes y la cita respectiva no figura en el artículo original]. 

7. Is 14, 13-14, considerado por todos los Padres de la Iglesia como una descripción del orgulloso intento de Lucifer de apoderarse de la gloria mediante su propio poder: "Tú que dijiste en tu corazón: al cielo subiré, sobre las estrellas de Dios levantaré mi trono; me sentaré en el monte de la Asamblea, en lo más recóndito del Septentrión; subiré a las alturas de las nubes; seré como el Altísimo" (Is 14, 13-14). A lo que, por supuesto, la respuesta de San Miguel fue: "¿Quién como Dios?"

8. Fiedrowicz, M., The Traditional Mass. History, Form, and Theology of the Classical Roman Rite, p. 147.

domingo, 14 de noviembre de 2021

Comentario de Joseph Shaw a la respuesta de monseñor Arthur Roche

Ya hemos publicado el intercambio epistolar que tuvieron entre fines del mes de julio y comienzos del mes de agosto de este año el cardenal Vicent Nichols, arzobispo de Westminster y primado de Inglaterra y Gales, y monseñor Arthur Roche, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, respecto de la interpretación del motu proprio Traditionis Custodes, que limita severamente la celebración con el Misal romano previo a la reforma litúrgica de 1970. Les ofrecemos hoy el comentario del Dr. Joseph Shaw, presidente de la Federación Internacional Una Voce y director de la Latin Mass Society, quien figura emplazado en el intercambio entre los dos prelados. El texto fue publicado en OnePeterFive y la página oficial de la Federación Internacional Una Voce, y ha sido traducido por la Redacción. 

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Comentario al intercambio epistolar entre el cardenal Vincent Nichols y monseñor Arthur Roche

Joseph Shaw, PhD

Presidente de la Federación Internacional Una Voce

Director de la Latin Mass Society

Las dos cartas precedentes [del cardenal Vincent Nichols y monseñor Arthur Roche] han estado circulando desde hace algún tiempo por correo electrónico, y fue inevitable el que finalmente se las publicara (parece que por Gloria.tv en primer lugar). Se las ofreció a OnePeterFive y, puesto que desde ese momento pueden ser leídas por cualquiera, las comento ahora públicamente. Algunos de los contenidos son un poco técnicos y obscuros, pero ello no debiera ser sorpresa para nadie, ya que el mensaje fundamental es positivo y nos ofrece la oportunidad de responder a los argumentos que hoy se esgrimen para imponer límites a lo que se nos permite hacer.

En su carta, el cardenal Nichols pide clarificaciones, en una serie de temas específicos, a una institución de la Curia que tiene ahora autoridad en estas materias, como es la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. El arzobispo Roche, prefecto inglés de la misma, da su respuesta, a veces un poco vaga, ya que fue hecha en una primera etapa de la interpretación del motu proprio Traditionis Custodes. Algunos temas no están resueltos todavía; otros, no serán resueltos sino que quedarán entregados a la discreción de los obispos.

Misa de Réquiem 2021 organizada por la Latin Mass Society en la Catedral de Westminster de Londres
(Foto: LMS Chairman)

Los temas más interesantes son los siguientes.

Los demás sacramentos

La pregunta (b) del cardenal Nichols se refiere a “los demás sacramentos”: matrimonio, bautismo, etc. Si las “normas previas” que los autorizaban están abolidas, ¿en qué situación se encuentran ahora? Se trata de una pregunta razonable, ya que no son mencionados en Traditionis Custodes. La respuesta de la Congregación, sin embargo, no es clara ni precisa, ya que dice que la “implementación integral” de Traditionis Custodes pondría fin a los permisos para los otros sacramentos. Esto no sorprende, puesto que Traditicionis Custodes aspira a poner fin a la celebración de la antigua Misa, y sería extraño que continuaran los otros sacramentos una vez que ello se logre. Con todo, esto se matiza de inmediato con la necesidad de sensibilidad pastoral. Luego, al comienzo de la segunda página de la carta, hay un pasaje algo difícil de entender, en que aparece una crítica del modo como estas materias se han desarrollado hasta el presente, en el sentido de que han sobrepasado los límites permitidos.

Quizá al arzobispo Roche le vendría bien refrescar su memoria en relación con los documentos que establecen los institutos sacerdotales tradicionales , a los que se dio autorización explícita para celebrar los sacramentos de acuerdo con los libros antiguos. Así, a la Fraternidad de San Pedro se le dio este privilegio el 10 de septiembre de 1988:

“En virtud de la facultad que le ha sido otorgada por el Supremo Pontífice Juan Pablo II, esta Pontificia Comisión Ecclesia Dei concede a la denominada “Fraternidad de San Pedro”, fundada el 18 de julio de 1988 y declarada de Derecho pontificio por la Santa Sede, la facultad de celebrar la Misa y los ritos de los sacramentos y otras acciones sagradas, así como también el cumplimiento del Oficio Divino, según la edición típica de los libros litúrgicos vigentes en 1962, es decir, el Misal, el Ritual, el Pontifical y el Breviario Romano. Esta facultad puede ser usada en sus propias iglesias u oratorios, y sólo puede serlo en otros lugares con el consentimiento del ordinario del lugar, excepto para la celebración de Misas privadas”. Y esto es no obstante cualquier norma en contrario.

Existen otros ejemplos. Este documento, por cierto, no ha sido abrogado, ya que no entra en conflicto con las disposiciones de Traditionis Custodes (véase el art. 8).

Leccionario y calendario

En los puntos (c) y (d), la Congregación afirma que la antigua Misa tiene un leccionario y un calendario propios, que se debe respetar. Las lecturas en vernáculo (que, yo añadiría, no deben reemplazar la proclamación de la lectura en latín) deben corresponder a los textos litúrgicos, y no a lo que el leccionario Novus Ordo pueda disponer. 

Los grupos

El punto (e) aborda el tema de qué constituye un “grupo”. La Guía Canónica de la Latin Mass Society para Traditionis Custodes sostiene que el término debe referirse a las entidades formalmente constituidas, ya que en el texto se habla de ser “instituidas” por los obispos y de tener un identidad común, opiniones definidas sobre el Concilio Vaticano II, etc. La Congregación sostiene algo parecido: se trata de “parroquias personales” y de “grupos de personas que se han estado reuniendo regularmente” para celebrar la antigua Misa. No se incluye, por tanto, a la gente que simplemente llega a oír Misa. De esto se sigue que un sacerdote puede un determinado día decidir, por ejemplo, celebrar la Misa Vetus Ordo (si es que tiene permiso de su obispo para celebrar la “liturgia anterior”) para todos los que asistan, sin tener que preocuparse de las restricciones enumeradas en el art. 3 de Traditionis Custodes, que se refieren sólo a los “grupos”.

El Indulto Inglés

No resulta claro si el cardenal Nichols consulta sobre el “Indulto Inglés”, cuyo quincuagésimo aniversario se celebró ayer, 5 de noviembre. Que ni el archivo de la arquidiócesis de Westminster ni el de la Congregación para el Culto Divino tengan registros sobre el mismo, es un hecho impresentable, aunque no sea responsabilidad de ninguno de estos dos prelados, quienes pueden tener la seguridad de que la Latin Mass Society sí tiene los antecedentes, y se puede ver la carta que concede el Indulto, fechada y con su número de protocolo, en nuestro sitio web. Está también registrado en el propio libro de Annibale Bugnini intitulado La reforma de la liturgia 1948-1975, en las páginas 297-298 de la edición en inglés.

Sinceramente, Su Eminencia y Su Excelencia: ¡nosotros no hemos inventado esto!

Peregrinación a Walsingham 2021 organizada por la Latin Mass Society

Conclusiones

El cardenal Nichols tiene muy clara la finalidad última y declarada de Traditionis Custodes: la cesación total de la celebración de la antigua Misa. El arzobispo Roche, sin embargo, pone el acento en la necesidad de “delicadeza de cuidado y dirección”: la antigua Misa “ha sido regulada, no suprimida”. Esto constituye, sin duda, una buena noticia, y no debemos dejar que ningún fraseo negativo en estas cartas nos impida verla.  

La Latin Mass Society, tal como los grupos en todo el mundo y la Federación Internacional Una Voce que los representa, “promueve” el Vetus Ordo. En el clima actual no podemos esperar que los órganos oficiales de la Santa Sede aprueben esta actividad, aunque lo hayan hecho hasta hace unos pocos meses. Habrá que esperar para saber cuándo volverá a cambiar su actitud. Mientras tanto, seguiremos defendiendo lo que creemos es lo justo, con el debido respeto a las personas, pues tal es nuestro derecho y nuestro deber como católicos (véase el canon 225 del Código de Derecho Canónico).