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lunes, 17 de agosto de 2026

Fallecimiento del R.P. Jaime Herrera González (1964-2026)

De manera repentina, durante la madrugada de este lunes falleció el sacerdote Jaime Herrera González (1964), párroco de Nuestra Señora de Puerto Claro en Playa Ancha, Valparaíso, donde nunca dejó de celebrar la Santa Misa conforme al antiguo romano. La víspera de su partida fue la última vez que puedo decirla. 

Exalumno del Colegio de los Sagrados Corazones y ordenado sacerdote en 1990, siempre se mantuvo fiel a las mejores tradiciones de la Iglesia. Recién ordenado estuvo destinado como vicario de la Parroquia Nuestra Señora de la Candelaria, en Algarrobo, donde desarrolló una fructífera labor, ayudando al entonces párroco, monseñor Jaime Fernández Sanfuentes (1923-2021). Por más de treinta años sirvió como párroco en diversas parroquias de la diócesis de Valparaíso. Fue también capellán del Estadio Español y del Colegio Saint Peter’s, ambos de Viña del Mar. Previamente y por muchos años tuvo a su cargo la capellanía del Colegio McKay de dicha ciudad. 

Su funeral se llevará a efecto mañana martes 18 de agosto en el Cementerio Parque del Mar de Concón después de una Misa que se oficiará a las 13.00 horas en la Iglesia de los Padres Carmelitas de Viña del Mar (Av. Libertad 390, Viña del Mar) y que será presidida por S.E.R. Jorge Vega Velasco svd, Obispo de Valparaíso.

La Asociación Litúrgica Magnificat expresa sus condolencias a la diócesis de Valparaíso, su parroquia y feligreses, los establecimientos donde servía como capellán y su familia por la partida de este gran y muy apostólico sacerdote. Tuvimos la gracia de contar con su apoyo en las distintas actividades realizadas para promover la Santa Misa de siempre. De hecho, el sábado 8 de agosto, sólo una semana antes de su muerte, asistió desde el coro a la Santa Misa celebrada con ocasión de nuestro 60° aniversario. Dios lo tenga en su Reino y le dé el descanso eterno.

Réquiem ætérnam dona ei, Dómine: Et lux perpétua lúceat ei

Requiéscat in pace

Ámen

domingo, 6 de febrero de 2022

El advenimiento del Rey: Por qué la Epístola se lee hacia el este y el Evangelio hacia el norte

Les ofrecemos hoy un artículo del Dr. Peter Kwasniewski sobre el sentido que tiene en la Misa tradicional la lectura del Evangelio hacia el norte. Dicha proclamación tiene un profundo significado espiritual, pues no se trata de repetir simplemente el libro sagrado. 

El artículo original fue publicado en el número 12 de la Revista Gregorius Magnus, correspondiente al invierno de 2021, que edita la Federación Internacional Una Voce. La traducción proviene de una colaboradora que la ha remitido a la Redacción. 

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El advenimiento del Rey: Por qué la Epístola se lee hacia el este y el Evangelio hacia el norte

Peter Kwasniewski

En una Misa Solemne -la forma más antigua y completa del rito romano, con sacerdote, diácono y subdiácono- el subdiácono canta la Epístola en el lado derecho del presbiterio, claramente de pie ad orientem, es decir, hacia la pared oriental ante la cual está montado el altar. En otras palabras, la canta de espaldas a la gente. Esto podría parecernos extraño, si pensamos que la lectura es sólo una lectura en beneficio de la asamblea. A continuación, después de los cantos entre las lecturas, el diácono, el subdiácono y los acólitos forman una pequeña procesión hasta el lugar donde se cantará el Evangelio, y el diácono lo proclama mirando hacia el norte, en el lado izquierdo de la iglesia, de cara a la pared izquierda. También esto podría parecernos extraño, porque es evidente que no se dirige al pueblo en absoluto. En ambos casos, es evidente que "algo pasa". Si el ceremonial exige esto, no es al azar sino por una razón.

En una Misa rezada o en una Missa cantata, donde sólo hay un sacerdote sin sus ministros habituales, el diácono y el subdiácono, encontramos una especie de versión "abreviada" o "modificada" de la misma práctica.

Podemos decir, por razones históricas, litúrgicas y teológicas, que la proclamación de las lecturas en la Misa tiene tres propósitos. En primer lugar, las lecturas son instructivas para los fieles. Las lecturas del Misal tradicional se eligieron, en primer término, por su contenido moral, dogmático y eucarístico universal, y por su relación con santos individuales o clases de santos. Las lecturas presentan grandes ejemplos de virtud y preparan a los fieles para la comunión con el Señor en la adoración y en el banquete celestial.

En segundo lugar, las lecturas son en sí mismas una ofrenda de adoración a Dios Todopoderoso: se proclaman para su gloria y honor, y para obtener su bendición. El clero canta las palabras divinas en presencia de su Autor como parte de la logikē latreia o culto racional/verbal que debemos a nuestro Creador y Redentor. Estas palabras hacen presente la alianza con Dios, son una puesta en práctica de su significado en el contexto sacramental para el que fueron concebidas, una recitación agradecida y humilde bajo la mirada de Dios de las verdades que ha prometido. Esto está muy en consonancia con la forma de orar a Dios que se recoge en la Escritura: "Acuérdate, Señor, de las promesas que has pronunciado"; no es que Él vaya a olvidar, sino que quiere que no olvidemos Sus promesas, y quiere, con amor, que se las hagamos cumplir, por así decirlo. El estilo solemne y formal de la lectura, que se dirige hacia otro lugar distinto de las personas inmediatamente presentes, deja claro que estamos reconociendo que el Dios al que estos textos mencionan está realmente aquí en medio de nosotros, o más bien, venimos ante su presencia con acción de gracias. Las lecturas se convierten así en dones que, habiendo sido puestos en nuestras manos por Dios, le devolvemos y se los ofrecemos a Él, al igual que hacemos con el pan y el vino. O para usar una metáfora diferente, las lecturas son una forma de incienso verbal con el que elevamos nuestras manos a sus mandamientos, como dice el gran canto del Ofertorio: Meditabor in mandatis tuis, quae dilexi valde: et levabo manus meas ad mandata tua quae dilexi ("Meditaré en tus mandatos, que he amado mucho; y alzaré mis manos hacia tus mandatos, que he amado", Sal 118, 47-48). 

Cuando tomamos en serio la visión tradicional de la inspiración divina de la Escritura, podemos ver claramente que el cuidado amoroso, los actos de reverencia tributados a la Palabra de Dios en la primera parte de la Misa –todo, desde rezar para que uno sea digno de decir su contenido, acompañar el libro con velas, hacer la señal de la cruz sobre él, incensarlo, besarlo, y cantar las lecturas con tonos de canto dignos y penetrantes– se parece mucho al culto que se rinde a la cruz en la Misa de los Presantificados del Viernes Santo, o a la veneración que se da a los iconos bizantinos: en cierto modo, entramos en contacto con Dios mismo. Él es la verdad que se hace presente cuando se proclama la lectura: no es un recuerdo pasado sino un poder actual que lleva a la conversión y la iluminación. La Escritura no es por cierto la Presencia Real de la Sagrada Eucaristía, pero es divina de una manera en que ninguna otra palabra humana lo es. Por eso tiene tanto sentido el rico ceremonial en el que el antiguo rito romano envuelve la lectura o el canto de la Palabra de Dios: la liturgia quiere acentuar el hecho de que, en este escenario, la palabra sobre el papel, la palabra que flota en el aire, es superior a nuestras mentes, determinante de nuestras voluntades. En resumen: es Dios, en modo verbal, y entramos en su presencia verbal con signos de veneración. Le glorificamos mediante la proclamación litúrgica de su Revelación.

Pero, ¿no hay algo que va contra la intuición en la idea de que el canto de las lecturas en la Misa es un acto de adoración dirigido a Dios? Después de todo, parece evidente que la razón por la que se leen las Escrituras en la Misa es para educar a la asamblea. Pero no es tan simple como una opción binaria de sí o no. La liturgia romana tradicional ha tendido a lo largo de los siglos, a convertir todo en una oración dirigida a Dios, como si no hubiera lugar en la liturgia para algo que sea exclusivamente "para el pueblo".

Un gran ejemplo de esta tendencia puede verse en cómo se recita o canta el Credo. Todos sabemos que el Credo es una confesión de fe, cuyo contenido consiste básicamente en una lista de dogmas sostenidos por los cristianos. No tiene características evidentes de ser una oración dirigida a Dios; no se dirige a Dios en absoluto. Más bien parece un signo de ortodoxia con el que significamos nuestra fe, expresada en dogmas. Sin embargo, en el usus antiquior el sacerdote recita el Credo ad orientem en el altar mayor, inclinando la cabeza al pronunciar el nombre de Jesús y las palabras adoratur et conglorificatur en honor del Espíritu Santo, haciendo una genuflexión en Et incarnatus est, y haciendo la señal de la cruz en Et vitam venturi saeculi, concluyendo con un "Amén" y un beso al altar. De este modo, la profesión de ortodoxia se ha convertido en una oración a Dios Uno y Trino, una manera de comulgar con Aquél que ha revelado graciosamente sus misterios al hombre, y en respuesta a cuya misericordiosa auto-revelación respondemos con la obediencia de nuestros labios y nuestras mentes a su verdad objetiva.

Toda la liturgia es para Dios, y de hecho su mayor valor educativo consiste justamente en comunicar al pueblo la primacía y la ultimidad de Dios, que Él es el Alfa y la Omega de todos nuestros actos exteriores e interiores, incluido el acto de escuchar las lecturas y comprenderlas. En cierto sentido, las lecturas se ofrecen a Dios para que nosotros nos ofrezcamos a Él en nuestra comprensión de la Palabra y en los afectos que ésta suscita. Por eso no importa tanto si se capta o no inmediatamente el sentido de cada palabra; lo que importa mucho más es ver que esta Palabra es divina, santa, celestial, que estamos pisando tierra santa. La comprensión verbal puede seguir a su debido tiempo, pero nunca captaremos bien la Palabra si antes no la veneramos como divina y adoramos al Dios del que emana y en cuya presencia cobra vida.

Canto del Evangelio por el diácono en una Misa solemne

Martin Mosebach escribe sobre cómo la proclamación litúrgica de las lecturas en general, y del Evangelio en particular, no son meras declaraciones de textos, sino formas de hacer presente a Cristo en la Iglesia. Cito de su libro The Heresy of Formlessness [La herejía de lo informe]:


La lectura del Evangelio es mucho más que un "anuncio": es una de las formas en que Cristo se hace presente. La Iglesia siempre ha entendido que es una bendición, un sacramental, que remite de los pecados, como afirma el "Per evangelica dicta deleantur nostra delicta" ["Por las palabras del Evangelio sean borrados mis pecados"] que evoca el Misereatur que sigue al Confiteor. El carácter sacramental del Evangelio, que perdona efectivamente los pecados, es, por cierto, el argumento decisivo para su lectura en lengua sagrada. Los signos litúrgicos de la procesión ponen de manifiesto este carácter. La liturgia ha tomado del ceremonial de la corte de los emperadores paganos el lenguaje simbólico en presencia del soberano supremo: velas, que precedían al emperador, y el turíbulo. [...] Las lecturas no son simplemente una "proclamación", sino sobre todo la creación de una presencia.1 

Por lo tanto, si el acto de la lectura litúrgica trae a Cristo vivo en medio de la Iglesia –incluso podría llamarse una cuasi-transubstanciación del texto en una presencia– las lecturas mismas deben ser preparadas y pronunciadas con tanto cuidado, amor y devoción como las propias palabras de la consagración. 

El uso del latín demuestra, sin necesidad de ninguna explicación, que la liturgia no pertenece al ámbito cotidiano de las revistas y los periódicos, ni siquiera de las conferencias académicas o los estudios bíblicos protestantes, como el uso de una lengua vernácula moderna sugiere inevitablemente por un proceso de asociación. Tanto por su ropaje latino como por sus melodías gregorianas, se trata la Palabra de Dios como algo santo, imponente, especial, en un plano diferente a cualquier otra palabra.

Ofrecer la oración hacia el este es una de las costumbres más antiguas y universales del cristianismo.2 En el año 375, San Basilio de Cesarea, uno de los más grandes Padres de la Iglesia, habla de la costumbre apostólica de "volverse hacia Oriente en la oración [eucarística]"3. Esta práctica encontró inspiración y confirmación en los pasajes de la Escritura que llaman a Cristo "Oriente" o dicen que asciende a Oriente, o que vendrá de Oriente, como escuchamos en el Evangelio del último domingo después de Pentecostés, donde Jesús dice de sí mismo, en Mt 24, 27: "Porque como el relámpago sale del oriente y brilla hasta el poniente, así será la venida del Hijo del Hombre". El profeta Malaquías llama a Cristo "sol de justicia" (3, 20), como San Juan llama a Dios "Luz" (1 Jn 1, 5). En una homilía sobre por qué el libro del Levítico habla de "rociar al oriente", el gran escritor patrístico Orígenes comenta:


Esto os invita a mirar siempre "hacia el oriente" de donde surge para vosotros "el Sol de la Justicia", de donde nace una luz para vosotros; para que nunca "caminéis en las tinieblas" y que ese último día no os atrape en las tinieblas; que la noche y la niebla de la ignorancia no os sorprendan, sino que siempre os encuentren en la luz del conocimiento [...]4.

Como nos enseña el Evangelio de San Juan, el lugar del verdadero culto es Cristo crucificado y resucitado, que como hombre es el camino a la casa del Padre, y como Dios es el destino. Así que miramos hacia el este no porque nos refiramos a un "lugar sagrado" concreto en la tierra, como Jerusalén o La Meca, sino porque nos dirigimos a quien es el templo en su cuerpo, Cristo Nuestro Señor, y nos dirigimos con Él al Padre que está por encima de todo (cf. Ef 4, 6). El oriente opera como símbolo cósmico y bíblico de Cristo mismo, de su gobierno sobre nosotros, de su regreso en gloria y de su reino celestial que anhelamos con esperanza.

Lectura del Evangelio en la Misa rezada

Así, cuando la Epístola se proclama ad orientem, nos hace volver a Dios y al cielo en espíritu, al Oriente y a la Luz, insinuando que nuestra vida de cristianos creyentes –nuestras inteligencias, nuestras voluntades– se orienta fuera de nosotros mismos, lejos de la carne, lejos de los modos de pensar y actuar exclusivamente humanos; conformamos nuestra mente a la mente de Cristo, volvemos nuestro rostro a su rostro. La individualidad del lector se ve reducida; no vemos su rostro; está en lugar de los Apóstoles y los profetas, que tienen la precedencia. La palabra apostólica o profética nos guía hacia el reino, que obtenemos adhiriendo fielmente a la enseñanza divina. Como dice el Cardenal Sarah: "La orientación exterior nos lleva a la orientación interior que simboliza"5.

Habiendo dicho todo esto en elogio de la adoración hacia el este (y eso incluye la lectura o el canto de la Epístola), a estas alturas deberíamos estar absolutamente desconcertados y profundamente confundidos en lo que respecta al Evangelio. Pareciera que, dado el simbolismo mencionado, el Evangelio, sobre todo, debe hacerse ad orientem, ¡pero se hace mirando hacia el norte! ¿Cómo puede ser?

Aquí, queridos amigos, es donde la liturgia nos sorprende tomando una nueva dirección. Pero tiene mucho sentido si nos detenemos a pensar en ello. Si el Evangelio es la presencia verbal de Cristo por excelencia y el sacerdote o diácono que lo proclama está, en ese momento, actuando in persona Christi, entonces no tendría sentido que el lector del Evangelio mirara ad orientem, hacia Cristo, el Oriente. Sería como decir que Cristo está hablando consigo mismo. Más bien, en el Evangelio Cristo se dirige al mundo, es decir, a las naciones, a los gentiles, a toda la creación, a la que hay que predicar el Evangelio para que se convierta, sea bendecida, santificada y salvada. Por lo tanto, en el desarrollo histórico del rito romano, el Evangelio terminó por cantarse mirando hacia el norte, porque el norte era el símbolo del mundo pagano no convertido que debía ser evangelizado. Se podría decir que el norte representa el último grado de impiedad del mundo, hundido en la mala noticia del pecado original y la maldad humana cada vez mayor. Es el mundo sin la buena noticia, que espera, que anhela el Evangelio, pero que también se opone a él. Esto explica la formación romana, casi militar, de los ceroferarios, del turiferario, del subdiácono y del diácono: marchan hacia el extremo norte de la iglesia, como si fueran a establecer una fortaleza en la frontera del enemigo. El Evangelio es una luz para exponer y derrotar el mal que se ha apoderado de la creación buena de Dios. “Según una antigua tradición, el norte representa el reino oscuro donde la luz del Evangelio aún no ha brillado. Leemos el Evangelio hacia el norte para representar la misión de la Iglesia hacia los no evangelizados”.6

Los textos del Antiguo Testamento relacionan especialmente el norte con el mal, ya sea con los imperios paganos de los grandes enemigos de Israel, Asiria y Babilonia, o con el propio Israel adúltero que rompe la alianza (que está al norte de Jerusalén). En Jeremías leemos: "Del norte se difundirá el mal sobre todos los habitantes de la tierra, pues he aquí que voy a llamar a todas las tribus de los reinos del norte" (1, 14); "Pues se deja ver un azote que viene del norte, una gran calamidad" (6, 1). Como si estuviera redactando una rúbrica litúrgica, el profeta Jeremías sale al paso y dice: "Anda, pues, y grita estas palabras hacia el norte, y di: Conviértete, apóstata Israel –oráculo del Señor–, no os miraré con rostro airado; porque soy piadoso, –oráculo del Señor–; no guardo rencor para siempre" (3, 12). Este profeta pone una nota de esperanza al decir que Dios traerá de "la tierra del norte [...] al ciego y al cojo, a la mujer que está encinta como a aquélla que da a luz", y los conducirá "con misericordia [...] a corrientes de agua" (es decir, mediante el bautismo) (Je 31, 8-9). Por su parte, el profeta Isaías pone en boca de Babilonia, potente símbolo del mal, estas palabras: "Me sentaré en el monte de la asamblea, en lo más recóndito del septentrión" (14, 13-14; cf. 41, 25).7 Tan fuerte era la equiparación del "norte" con el "mal" que, después del Concilio de Trento, se permitió la construcción de iglesias, con autorización episcopal, en cualquier dirección excepto hacia el norte.8

Pero hay razones aún más profundas para la aversión bíblica al norte. En The Ancient Cosmological Roots of Facing North for the Gospel, el Dr. Jeremy Holmes, estudioso de las Escrituras, argumenta lo siguiente: Los antiguos no conocían el norte magnético; encontraban el norte mirando al cielo, donde las constelaciones giran alrededor de la estrella polar:

 

En el lapso de unos 26.000 años, una línea trazada a través del eje de la Tierra describe un círculo completo en el cielo y, a lo largo del camino, varias estrellas se convierten en la "estrella polar" o del norte, es decir, en la estrella alineada con el eje de la Tierra. Hoy en día, la estrella que indica el norte es Polaris, pero hace 4.000 años la estrella del norte era Thuban, situada en una constelación completamente diferente. Los egipcios construían sus templos de modo tal que Thuban fuera visible a través de una puerta en un lado concreto. Si uno sale por la noche y encuentra a Thuban en el cielo, estará viendo la estrella polar tal y como la habrá conocido Abraham cuando Dios lo llamó en el año 2000 a.C. aproximadamente.

Holmes señala que todas las constelaciones conocidas del cielo nocturno, que los griegos no inventaron sino que recibieron, están dispuestas alrededor de Thuban, por lo que las civilizaciones que por primera vez las nombraron debieron ser la sumeria y la babilónica. Pero ¿qué es Thuban? Es una palabra árabe que designa la constelación de la que forma parte: Dragón.

 

Para los antiguos babilonios (nuestros testigos más cercanos de la tradición sumeria original), la constelación de Dragón era Tiamat, el mar. Según la historia, Tiamat era la madre de todos los dioses, pero luego se volvió contra ellos en forma de serpiente e intentó comérselos a todos [...] Para los antiguos griegos, Dragón tenía un papel paralelo. Al igual que Tiamat se volvió contra Marduk y compañía, los griegos hablaban de la ocasión en que los Titanes intentaron derrocar a los dioses del Olimpo. En un momento de la batalla, un dragón atacó a Atenea, pero ella lo mató y lo lanzó al cielo, donde se enrolló alrededor del eje de la tierra para formar la constelación que vemos hoy. 

Si nos volvemos nuestra mente al capítulo 12 del libro del Apocalipsis, recordaremos a la mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. El gran dragón intentó devorar a su hijo; esta antigua serpiente es Satanás. Por lo tanto, el texto de Isaías conecta con precisión a Satanás con las estrellas del norte. El Dr. Holmes dice: "Dado el rastro de evidencias expuesto que asocia a Satanás con el norte y con las estrellas y con el dragón de la mitología antigua, no creo que sea un salto demasiado grande ver a Satanás representado por la constelación de Dragón". 

(Imagen: St Timothy's)

Resumiendo lo anterior, tiene todo el sentido del mundo que nos pongamos de cara al sol naciente durante el culto. Tiene todo el sentido del mundo que no miremos hacia el norte, hacia el Dragón, durante el culto. Y aunque pueda resultar sorprendente en un primer momento, tiene perfecto sentido para la infinita misericordia de Dios que proclamemos el Evangelio hacia el norte, para todos los que están bajo el dominio de Satanás.

Ya hemos hablado de las razones geográficas o climáticas, bíblicas e histórico-cosmológicas para que el Evangelio se anuncie hacia el norte. Podemos añadir un poco de realismo literario para completar el cuadro. Después de que el centro del cristianismo se desplazara de Jerusalén a Roma (como ya presagian los Hechos de los Apóstoles), las asociaciones bíblicas se vieron ampliadas respecto del mapa del mundo tal y como lo veían los antiguos romanos. Desde finales del siglo I hasta principios del siglo V, e incluso después, los romanos construyeron y mantuvieron miles de kilómetros de limites o defensas fortificadas a lo largo de la frontera del imperio. Entre los más famosos estaba el limes Germanicus, que se extendía desde la desembocadura del Rin en el Mar del Norte hasta Ratisbona en el Danubio. Al norte de este límite había vastas regiones de "bárbaros", gente considerada sin cultura ni religión ordenada, sino tribus germánicas salvajes con deidades y creencias extrañas. Eran los enemigos de la Roma imperial, pero también los gentiles que los sucesores de los apóstoles fueron enviados a evangelizar; y, de hecho, fueron los pueblos bárbaros, bautizados y civilizados, los que se convirtieron en la savia de la cristiandad medieval.  Al igual que el Canon Romano, escrito en el caluroso Mediterráneo, concibe el cielo como un lugar de frescor (locum refrigerii), también las rúbricas de la Misa reflejan un hábito de pensamiento sobre el norte que lo relaciona con peligrosos bárbaros aún por convertir a Jesucristo. Estos son sólo algunos de los muchos ejemplos de cómo las palabras y las rúbricas de la Misa reflejan la confluencia de las antiguas civilizaciones hebrea, griega y romana. Al igual que nuestra teología tiene una triple raíz –Jerusalén, Atenas y Roma–, nuestra liturgia también la tiene, aunque quizás en ese caso sería mejor decir Jerusalén, Constantinopla y Roma.

En este punto podría plantearse una objeción bastante obvia. Antes he argumentado que la razón por la que la Epístola se lee hacia el este es que no es simplemente didáctica, que nos es ofrecida, sino también latréutica, es decir, un acto de culto ofrecido a Dios, y que es importante señalar el aspecto vertical o trascendente sobre el horizontal o inmanente. Sin embargo, acabo de explicar que leemos el Evangelio mirando hacia el norte para simbolizar la predicación de la buena nueva a los incrédulos, lo que parecería una perspectiva demasiado orientada a este mundo y al pueblo, no un modo de glorificar a Dios mediante la recitación de sus propias obras y maravillas. Dicho así, parece un dilema; pero creo que es un falso dilema.

La postura hacia el norte es un símbolo de la proclamación de la verdad a los paganos –dado que hoy, en principio, no hay paganos congregados en el lado norte de la iglesia. Lo que esta postura pretende mostrar es el poder de la Palabra para convertir los corazones humanos de la incredulidad a la fe. Es una forma de glorificar a Dios por el poder de su palabra, y de esta manera, se ajusta a la función latréutica de la lectura. El énfasis, en otras palabras, no está en la instrucción per se, sino en la confrontación, convicción, conversión y cristianización. Evidentemente, la Palabra tiene que ser recibida para que su poder se sienta y se manifieste; pero el poder está en la Palabra y glorifica al Padre, de quien procede, y al Espíritu, por el que mueve los corazones. El énfasis está en el calor que derrite el hielo, la luz que destierra la oscuridad, la verdad que triunfa sobre la ignorancia, el error y el engaño. De este modo, la proclamación hacia el norte del Evangelio es tan teocéntrica como la proclamación hacia el este de la Epístola.

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1. Mosenbach, M., The Heresy of Formlessness, pp. 28, 98, 185-186.

2. Este párrafo y el que sigue después de la cita son una adaptación de mi libro Reclaiming OurRoman Catholic Birthright (véase pp. 33-34).

3. Basilio de Cesarea, The Holy Spirit, 27:66, en Schaff, P. (ed.), A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers, Series II, vol. 8: Saint Basil: Letters and Selected Works (New York: The Christian Literature Company, 1888; varias reimpresiones), p. 41.

4. Orígenes, Homilies on Leviticus 1–16 (trad. de Gary Wayne Barkley, Washington, DC, The Catholic University of America Press, 1990), 9.10.2, p. 199, énfasis añadido. También se encuentra, irónicamente, en el Oficio de Lecturas postconciliar del lunes de la cuarta semana de Cuaresma.

5. “Cardinal Robert Sarah on ‘The Strength of Silence’and the Dictatorship of Noise”, The Catholic World Report, 3 de octubre de 2016.

6. Como dice el Dr. Jeremy Holmes, estudioso de las Escrituras, en el artículo mencionado más abajo. [Nota de la Redacción: La referencia al trabajo de Jeremy Holmes y la cita respectiva no figura en el artículo original]. 

7. Is 14, 13-14, considerado por todos los Padres de la Iglesia como una descripción del orgulloso intento de Lucifer de apoderarse de la gloria mediante su propio poder: "Tú que dijiste en tu corazón: al cielo subiré, sobre las estrellas de Dios levantaré mi trono; me sentaré en el monte de la Asamblea, en lo más recóndito del Septentrión; subiré a las alturas de las nubes; seré como el Altísimo" (Is 14, 13-14). A lo que, por supuesto, la respuesta de San Miguel fue: "¿Quién como Dios?"

8. Fiedrowicz, M., The Traditional Mass. History, Form, and Theology of the Classical Roman Rite, p. 147.

sábado, 28 de noviembre de 2020

500 años de la primera Misa celebrada en Chile

Hasta la construcción del Canal de Panamá, inaugurado el 15 de noviembre de 1914, la única vía de comunicación entre el Océano Pacífico y el Océano Atlántico era el paso natural que hoy conocemos como Estrecho de Magallanes. Su nombre proviene del navegante portugués Fernão de Magalhães (1480-1521), castellanizado como Hernando de Magallanes, quien zarpó del puerto de Sevilla el 10 de agosto de 1519 con una flota de cinco naves (Trinidad, San Antonio, Concepción, Victoria y Santiago) y el propósito de encontrar una ruta hacia las islas de las especias navegando hacia el Oriente. La empresa exigía explorar las nuevas tierras descubiertas por Colón en 1492 y fue rechazada inicialmente por el rey Manuel I de Portugal. El rey Carlos I de España, que a la sazón tenía 18 años, se dejó convencer por el proyecto y apoyó la expedición, designando a Magallanes como capitán general de la "Armada para el descubrimiento de la especería". 

Hernando de Magallanes
El retrato es una variante recortada de la copia que se guarda en el Museo Naval de Madrid
(Imagen: Wikipedia)

Después de cruzar el Océano Atlántico, la expedición se topó con el continente americano a la altura de la Bahía de Santa Lucía, en la costa de Brasil, el 29 de noviembre de 1519. Durante varios meses, ella exploró el litoral occidental de América del Sur, hasta que el 21 de octubre de 1520, fiesta de Santa Úrsula, descubrió un intrincado estrecho que parecía permitir el tránsito hacia el Oriente. El cruce duró hasta el 27 de noviembre, cuando la flota logró salir a las aguas del Océano Pacífico. Como por esos días se celebraba la fiesta litúrgica del 1° de noviembre, Magallanes bautizó la vía descubierta como Canal de Todos los Santos. Para entonces, la flota estaba mermada por motines y la componían sólo tres embarcaciones: Trinidad, Concepción y Victoria. En la primera de ellas viajaba Magallanes.  

El territorio circundante fue bautizado por los tripulantes de la expedición de Magallanes como "Tierra de los Patagones", en honor a los habitantes originales del sector, denominados "patones" o "patagones", debido a las enormes pisadas que dejaban en la nieve. También le dieron el nombre de "Tierra de los fuegos". La razón era la misteriosa existencia de luces en las laderas de los canales. Los viajeros, pensando que correspondían a fogatas encendidas por los habitantes de la zona, desembarcaba para explorar la costa. Sin embargo, no encontraban vestigios de asentamientos humanos ni rastros de los fuegos avistados.

Un vez en el Océano Pacífico, la flota tomó rumbo hacia el nororiente. La resto del viaje estuvo plagado de contratiempos y dificultades. Tras la muerte de Magallanes en Filipinas, el 27 de abril de 1521, durante una escaramuza con los indígenas, fue elegido jefe de la expedición Gonzalo Gómez de Espinosa (1479-1540) y al frente de la nao Victoria se puso de capitán Juan Sebastián Elcano (1486-1526). Tras arribar a las islas Molucas, objetivo del viaje, se emprendió el regreso a España.

Elcano atravesó el Océano Índico y dio la vuelta a África, evitando cuidadosamente los puertos africanos, controlados por los portugueses, hasta completar la primera circunnavegación del globo. Regresó a la costa española y recaló en Sanlúcar de Barrameda el 6 de septiembre de 1522. El mismo día de la llegada tomó a su servicio un barco para remolcar la Victoria por el río Guadalquivir hasta Sevilla, por el mal estado en que se encontraba la nave. Los oficiales de la Casa de la Contratación prepararon una lancha con doce remos, cargada de provisiones frescas. Dos días después atracaba en Sevilla la Victoria. En el muelle esperaban las autoridades de la ciudad y los miembros de la Casa de la Contratación en pleno, junto a un numeroso público que contemplaba la entrada al puerto de la desvencijada nave. Habían pasado más de dos años desde su zarpe, con miles de kilómetros recorridos y tribulaciones superadas.  

Réplica de la nao Victoria anclada en Sevilla
(Foto: Wikipedia)

Pero aquel 8 de septiembre, los navegantes no desembarcaron, para no interrumpir la fiesta de la Natividad de María. Lo hicieron a la mañana siguiente, en camisa y descalzos, con cirios en las manos y en procesión. Se dirigieron a la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria y a la capilla de la Virgen de la Antigua de la Catedral de Sevilla, a la que se habían encomendado antes de iniciar el viaje. De los 239 hombres que iniciaron el viaje bajo el mando de Hernando de Magallanes solamente dieciocho regresaron a España a las órdenes de Elcano después de haber superado los temporales, las inclemencias del tiempo y los ataques sufridos. Sin saberlo, esos hombres habían sido protagonistas de uno de los momentos estelares de la humanidad: habían completado la primera circunnavegación de la Tierra de la que se tenga noticia, descubriendo el único paso natural entre dos océanos. 

En una carta curiosa, donde incluso lo tutea, Elcano solicitó al rey Carlos I de España que por su gesta le fuere concedido el hábito de caballero de la Orden de Santiago (el mismo que tenía Magallanes), la Capitanía Mayor de la Armada y un permiso para poder llevar armas, pero estos honores le fueron denegados a través de su secretario Francisco de los Cobos. El rey sólo accedió a concederle una renta anual de quinientos ducados, una suma realmente importante para la época, y, como cimera de su escudo, una esfera del mundo con la leyenda en latín: "Primus circumdedisti me" ("Fuiste el primero que la vuelta me diste").

Escudo de armas de Juan Sebastián Elcano
(Imagen: Wikipedia)

Juan Sebastián Elcano murió cristianamente el 4 de agosto de 1526, cuando realizaba una segunda expedición a las Islas Molucas. Existe discusión si la causa de su muerte fue el escorbuto o ciguatera, aunque es más probable la segunda. Algunos días antes, el 26 de julio, había otorgado testamento. En él detalle todos sus bienes y herederos, encomienda su alma a Dios y hace numerosas mandas a iglesias de su natural Guipúzcoa.

Después Pedro Sarmiento de Gamboa (1532-1592) cambiará el nombre de este paso natural entre los dos océanos por el de "Estrecho de la Madre de Dios". Con el tiempo, el estrecho comenzó a ser conocido con el nombre que hace honor a su descubridor. El Estado de Chile tomó posesión de él en 1843. Por orden del presidente Manuel Bulnes, el 22 de mayo de ese año zarpó desde Ancud la goleta del mismo nombre al mando del capitán de fragata Juan Williams Wilson (1798-1857), padre del vicealmirante Juan William Rebolledo (1825-1910), comandante de la Escuadra Nacional durante la Guerra del Pacífico. 

El 21 de septiembre, John Williams fondeó en Puerto del Hambre. El mismo día, en la Punta Santa Ana, procedió a efectuar la toma de posesión del estrecho de Magallanes y territorios adyacentes a nombre del Gobierno de Chile, bajo la fórmula "¡Dios salve a la Patria!" y "¡Viva Chile!", y con las formalidades correspondientes. Efectuada esta ceremonia, el capitán William recorrió la costa en búsqueda del lugar más apropiado para establecer un fuerte en el que dejaría al personal designado, finalmente el 12 de octubre regresó a la bahía San Juan y decidió fundarlo en la misma punta Santa Ana donde había sido la toma de posesión. El 30 de octubre el fuerte, bautizado como Fuerte Bulnes, em honor del presidente de la República, estuvo listo para ser habitado. Hasta el 11 de noviembre se aprovisionó y ese día Williams lo entregó oficialmente al teniente de artillería Manuel González Hidalgo, investido como gobernador y al mando de dos suboficiales, cinco soldados, dos mujeres y el piloto Jorge Mabón. Williams emprendió el regreso a Ancud el 15 de noviembre, recalando a ese puerto el 5 de diciembre de 1843.

Ceremonia militar en recuerdo de la toma de  posesión del Estrecho de Magallanes a nombre de la República de Chile
(Foto: Wikipedia)

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El descubrimiento del Estrecho de Magallanes también es importante para la historia religiosa del país, pues fue ocasión del paso de la expedición de dicho navegante portugués que se rezó en Chile la primera Misa. La mermada flota había recalado en una rada situada a 185 kilómetros al suroeste de Punta Arenas. El domingo 11 de noviembre de 1520, fiesta de San Martín de Tours, la Divina Providencia quiso que se ofreciera el Santo Sacrificio en estas nuevas tierras. Pedro de Valderrama, capellán de la nao Trinidad y confesor de Magallanes y de su tripulación, desembarcó en el que fue nombrado como Puerto de las Sardinas esa mañana de primavera para celebrar la Santa Misa teniendo como altar natural la explanada situada a los pies del monte de la Cruz, de casi 1000 metros de altura. Dicho lugar cambió su nombre en 1669 a Bahía Fortescue debido al navegante inglés John Narborough (1640-1688), como lo conoce hoy la topografía oficial. 

Siete meses antes, el 1° de abril, fray Valderrama había celebrado la Santa Misa por primera vez en suelo argentino, aprovechando el desembarco ordenado por Magallanes en Puerto San Julián, hoy provincia de Santa Cruz, para pasar el invierno. 

Además, a fines de noviembre de ese año de 1520, se registró otro acontecimiento importante para la Iglesia católica chilena. El capellán Pedro de Valderrama impartió el sacramento del bautismo al indígena Patagón Pablo, siendo la primera persona en ser incorporado a la Iglesia de Cristo en estas nuevas tierras. Otra primicia sacramental, regalo del Señor, semillas del Reino esparcidas en la Patagonia para la mayor gloria de Dios. De ahí que, evocando el cántico de Habacuc (3, 3), S.E.R. Pedro Giacomini (1904-1982), salesiano y Administrador Apostólico del Vicariato Apostólico de Magallanes, haya elegido como lema del Congreso Eucarístico Nacional celebrado en Punta Arenas en 1946 el versículo “Deus ab austro veniet” (“El Señor entró por el sur”). La Diócesis de Punta Arenas, bajo la dedicación de María Auxiliadora, fue erigida por el papa Pío XII el 21 de enero de 1947.

Representación de la Misa celebrada el 11 de noviembre de 1520 por fray Pedro de Valderrama en Bahía Fortescue
(Imagen: Youtube)

Poco de sabe de este fray Pedro de Valderrama, pues hay otro religioso agustino del mismo nombre que vivió entre 1550 y 1611 y desempeño diversos oficios. Se tiene noticia que nació en Écija, provincia de Sevilla, durante el último tercio del siglo XV. No sé sabe con certeza a qué orden pertenecía, pero se piensa que era franciscano o dominico, dado que en los documentos que se conserva reciben el título de "fray" y esas órdenes mendicantes eran las dos que tenían conventos establecidos en su ciudad natal. Mantuvo su celo misionero hasta el final, sufriendo el martirio. 

Casi un año después de descubrir la Patagonia, la expedición llegó a un lugar que sería fatídico: las Filipinas. En la isla de Masaguá o Massana desembarcan el 31 de marzo. Antonio Pigafetta (1480-1534), el cronista italiano de la flota que sería uno de los pocos en completar el viaje, deja el recuerdo de lo sucedido ese día: "Al oficio de ese día de Pascua, asisten el rey y su hermano. Antes que comenzase la Misa, el comandante aspergió a los dos reyes con agua almizclada. En el momento de la oblación, fueron, como nosotros, a besar la cruz, pero no hicieron el ofrecimiento, y en el momento de alzar, adoraron la Eucaristía con las manos juntas, imitando siempre lo que hacíamos. En este instante, las naves, habiendo visto la señal, hicieron una descarga general de artillería. Después de la Misa, algunos de nosotros comulgaron, y en seguida el comandante hizo ejecutar una danza con espadas, lo que produjo mucho placer a los soberanos".

En la isla de Cebú, conocida también como Reina del Sur, fray Pedro de Valderrama continúo sus labores evangelizadoras, bautizando una gran cantidad de conversos al catolicismo. El 21 de abril de 1521 fue erigida en esa isla una cruz que todavía se conserva y venera. Hoy está situada en una capilla al lado de la Basílica del Santo Niño en la calle de Magallanes, en frente del ayuntamiento de Cebú. Un letrero debajo de la cruz de madera ubicada en el centro de la capilla describe que la cruz original está debajo de ella. Se protege de esta forma la cruz de curiosos que pretendan llevarse trozos de la cruz como recuerdo o con la esperanza de adquirir poderes milagrosos. 

Según el registro depositado en el Archivo de Indias, fray Valderrama murió el 1° de mayo de 1521, cuatro días después de Hernando de Magallanes, también fruto del ataque traicionero de las huestes de Lapulapu. 

Cruz de Magallanes en Cebú, Filipinas
(Foto: LovePik)

La expedición de Magallanes tenía otros dos capellanes: Pedro Sánchez de la Reina y Bernardo Calmetas. Ninguno de ellos atravesó el estrecho. 

Pedro Sánchez de la Reina era el capellán de la Concepción. Fue uno de los 44 tripulantes que, bajo las órdenes del veedor Juan de Cartagena, se amotinó en el Puerto de San Julián, Argentina. Por haber amenazado a Magallanes con "el fuego del infierno", fue condenado al destierro en una isla desierta junto con quien había comandado la insurrección. Ambos fueron dejados en tierra el 21 de agosto de 1521. 

Bernardo Calmetas era un clérigo nacido en Laitora, Francia, que viajaba en la San Antonio, cuya tripulación se sublevó en el estrecho de Magallanes el 1° de noviembre de 1520 siguiendo las instrucciones del piloto Esteban Gómez. Destituido el capitán Álvaro de Mesquita, primo de Magallanes, los marineros decidieron regresar a España. La nave enderezó su rumbo hacia el Puerto de San Julián para rescatar a Cartagena y Sánchez, pero no encontró rastro de ninguno de los dos. Continuó su rumbo, llegando a Sevilla el 6 de mayo de 1521.

Chile no volvería a ver renovado el Santo Sacrificio sobre su territorio hasta 1536, cuando los PP. Antonio Solís y Antonio de Almanza, ambos mercedarios, llegaron junto con la expedición de Diego de Almagro que bajaba desde Perú y se dijo Misa en el Valle de Copiapó.  

Primera Misa en Chile, 1904, Dom Pedro Subercaseaux OSB, Museo Histórico Nacional
Ella corresponde a la celebrada en 1536  por uno de los capellanes de la expedición de Diego de Almagro
(Imagen: FSSX.news)

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Diversas ceremonias se programaron para celebrar el quinto centenario de la primera Misa en territorio chileno. 

La primera de ellas tuvo lugar el día 20 de octubre en la bahía Fortescue y contó con la especial participación del Buque Escuela Esmeralda, de Chile, y Juan Sebastián Elcano, de España. En la oportunidad se ofició una Misa de acción de gracias a bordo de la fragata Almirante Williams y se inauguró la cruz conmemorativa de los 500 años de la Misa rezada por fray Pedro de Valderrama.

La flamante Cruz del Puerto de las Sardinas fue erigida por la Armada de Chile y debe su nombre al que Magallanes pusiera a este accidente geográfico marítimo en noviembre de 1520.

Cruz erigida por la Armada de Chile en Puerto de las Sardinas (Bahía Fortescue) en conmemoración del quinto centenario de la primera Misa celebrada en el país

El domingo 8 de noviembre, coincidiendo con el inicio del Mes de María, se celebró otra Misa de acción de gracias en la ciudad de Punta Arenas, que fue presidida por el obispo de Magallanes, S.E.R. Bernardo Bastres, quien ya había rezado la Santa Misa en Bahía Fortescue en años anteriores (véase aquí la noticia que dimos de una de esas Misas). La grabación de dicha Misa puede verse en este enlace. 

S.E.R. Bernardo Bastres, obispo de Punta Arenas

En esa ocasión fue leído el mensaje autógrafo dirigido por el papa Francisco al obispo de Punta Arenas, donde recuerda la celebración de la primera Misa en territorio chileno. Por error, la carta está fechada el día 9 de noviembre. Correspondió el honor de hacer esa lectura el Mateo Martinic Beros, conocido historiador de Magallanes. 




Nota de la Redacción: Esta entrada ha sido compuesta a partir de la información disponible en las entradas relativas a Hernando de Magallanes, Juan Sebastián Elcano y la expedición Magallanes-Elcano de Wikipedia. El cruce del estrecho se encuentra relatado en este libro de Mateo Martinic Beros. La vida de fray Pedro de Valderrama viene contada en este artículo. Las menciones a los otros dos capellanes de la expedición proviene de Vida Nueva Digital. Las referencias a las celebraciones por el quinto centenario de la primera Misa celebrada en Chile están tomadas de aquí, aquí, aquí y aquí. El Búho Escrutador ha publicado también una breve nota del aniversario, enlazando otras publicaciones. Por último, la carta del papa Francisco está publicada aquí. 

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Actualización [31 de marzo de 2021]: Hace 500 años, el 31 de marzo de 1521, Domingo de Resurrección, fray Pedro de Valderrama celebró la primera Misa en Filipinas durante la expedición Magallanes-Elcano. Religión en libertad e Infocatólica informan sobre la conmemoración de esta efeméride y el saludo del Santo Padre para la ocasión.   

Misa de Cebú, de Carlos Botong
(Imagen: Vaya Diario)

domingo, 3 de mayo de 2020

Las transmisiones en vivo y la Misa reformada

Compartimos con nuestros lectores un nuevo artículo del Dr Peter Kwasniewski, que es continuación de otro publicado el pasado miércoles 29 de abril. El autor vuelve a insistir sobre la importancia de la correcta orientación litúrgica de las Misas celebradas en estos tiempos de pandemia, y también sobre el sentido que ella tiene, el cual es mucho más profundo que el mero acto de observar lo que ocurre en el altar.  

El artículo fue publicado originalmente en Life Site News y ha sido traducido por la Redacción. 

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La transmisión en vivo de la Misa durante la pandemia hace resaltar la debilidad de la liturgia del Vaticano II

Peter Kwasniewski

Lamenta Walter Hoeres que muchos liturgistas actualmente “comprenden la Misa no tanto como un acto de culto, como un sacrificio, sino como una obra de Dios para con el hombre, entendiendo, contrariamente a todos los grandes teólogos y concilios, que nuestra preocupación no es tanto dar culto y adorar al Todopoderoso con un sacrificio propiciatorio, sino el bien del hombre”.

¿Cuán a menudo nos hemos topado con esta mentalidad: la liturgia como un taller de autoseguridad, como un concurso de talentos colectivo, como un escenario para que los regalones emocionen a sus abuelitas, como un comentario de actualidad (especialmente con las oraciones de los fieles al estilo Greta Thunberg), o como cualquier cosa menos como el tremendo misterio del sacrificio de la cruz, por el cual adoramos al Padre en espíritu y en verdad?

En un artículo enviado el 13 de abril a New Liturgical Movement intitulado “Lo absurdo del 'versus populum' y el recogimiento del 'ad orientem' en latransmisión en vivo por Internet”, he hablado precisamente de cómo este muy extraño momento de nuestra historia, cuando la gran mayoría de los católicos se ve constreñida a orar en su propia casa, leyendo su misal o alrededor del aparato de televisión, ha hecho sentir, vívidamente, el contraste que menciona Hoeres.

(Imagen del artículo original)

El R.P. Rogers acaricia con una sonrisa amplia la fría cámara mientras conduce a su grey a los pastos de una sentimentalidad en tonos pastel: este episodio se refiere al bien (aunque entendido en un sentido estrecho).

Por otra parte, unos cuantos cliqueos sobre el ratón del ordenador lo transportan a uno a la Misa de Presantificados del solemne Viernes Santo del Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote. El Rvdo. Padre, asistido por el diácono con una ancha estola, ignora la cámara al dirigirse hacia el altar, que es su foco y el nuestro. Apenas alcanzamos a divisar su rostro, no hacemos con él contacto ocular, nos sentimos -¡bendita sea!- excluidos de su atención. Nos consuela y nos alienta saber que él nos tiene presentes, al menos en términos generales, ya que va rogando insistentemente a Dios que nos conceda su misericordia y su gracia, que es exactamente todo lo que necesitamos para nuestro auténtico bien humano. Una liturgia como ésta conduce a los fieles hacia la oración contemplativa.

“Señor, es bueno estar aquí” (Mt. 17, 4). Este comentario de san Pedro en el monte Tabor adquiere un melancólico sabor en estos momentos. Quien mira la transmisión en vivo de la Misa está realmente aquí, en el salón de su casa más o menos desordenado o en su oficina, y no allí, donde la Misa (o cualquier otra ceremonia religiosa) tiene lugar en la Presencia Real de Dios. Nos da una idea de lo que es estar afuera mirando lo que pasa adentro, como un converso que aguarda ser bautizado, añorando sentir que se desliza por su cabeza el agua fresca o que le ungen la frente con el óleo; como un hambriento que ha tenido ya demasiadas comidas imaginarias y quiere hundir los dientes en un trozo de carne y beber una pinta de cerveza. “Señor, es bueno estar…bueno, aquí; en realidad, allá”.

Todo lo que el Señor quiere o permite en su Providencia es para el bien de aquellos a quienes ama (cfr. Rom. 8, 28). ¿Cuáles son algunas de las hermosas e invaluables lecciones que podemos recibir de estos tiempos?

Primero, el estar realmente presentes en la Misa constituye una cosa totalmente diferente, ya que, en tal caso, el Señor mismo se nos hace realmente presente. La Iglesia ha repudiado la antigua herejía del docetismo, que sostenía que la humanidad de Jesús era meramente aparente, una especie de ilusión holográfica producida por el poder divino. Si nos encontráramos ante una elección radical entre las dos cosas, arrojaríamos nuestro aparato de televisión al basurero a fin de poder asistir en persona a la Misa y poner nuestros cuerpos en contacto con el Cuerpo glorificado de Cristo. Porque “la carne de Cristo es el gozne de la salvación”, como dice Tertuliano: si Él no ha resucitado en la carne, vana es nuestra fe (cfr. 1 Cor. 15, 14).

Segundo, este tiempo de separación nos recuerda que nosotros, los fieles, somos también parte del signo eucarístico. Lo que quiero decir es esto: Cristo instituyó la Eucaristía no sólo como un objeto de adoración -cosa que por cierto es-, sino también como un medio de unirnos a nosotros consigo mismo en un solo Cuerpo Místico, la Iglesia. Por eso santo Tomás de Aquino dice que la res tantum, o sea, la realidad significada por la Eucaristía, es la unidad del Cuerpo Místico de Cristo: el sacramento nos conduce a nuestra comunión final con Cristo y los santos en los cielos. De ahí que sea simbólicamente importante para nosotros estar presentes en la Misa: cuando estamos físicamente presentes en un lugar adorando encabezados por el sacerdote que simboliza a Cristo el Sumo Sacerdote y actúa por Él, formamos parte de una imagen visible del Cuerpo Místico que estamos llamados a constituír, Cabeza y miembros. Cuando los fieles están dispersos por los cuatro puntos cardinales, no están, en ese momento, mostrando en sí mismos la unidad final que Cristo vino a traernos y a hacer posible que nosotros viniéramos a ella. La Misa es verdaderamente un acto social o colectivo, aunque, en la manera de celebrarse, jamás se reduzca a una función horizontal.



Tercero, nuestra Tradición da forma al modo en que ofrecemos la Misa, precisamente en el sentido de mantener “en acto” los muchos aspectos de la fe y relacionarlos unos con otros adecuadamente. Así, una celebración de la Misa en que los fieles parecieran orientados hacia el hombre individual que Él se digna usar como instrumento, más que hacia el propio Cristo, el Sumo Sacerdote, sería un error y podría considerársela sacrílega en la medida en que aparta de la soberanía y centralidad de Cristo. Esta es la razón por la que la liturgia celebrada versus populum es un problema tan enorme, aumentado mil veces por la pantalla: el ministro se convierte en el centro de la atención.

La Misa es el lugar, en este valle de lágrimas, donde no sólo queda expresado ritualmente el hecho de que no nos pertenecemos a nosotros mismos sino a alguien más, sino donde, además, ello se pone por obra: “No os pertenecéis a vosotros mismos; habéis sido comprados a gran precio” (1 Cor. 6, 19). La única manera en que el hombre es sanado, elevado, salvado, es mediante el culto y la glorificación de Dios realizados sin autorreferencia; la única vía a la plenitud, a la adquisición de algo que sea verdaderamente digno de ese nombre, es el sacrificio propiciatorio de Cristo, que hace al pecador capaz de unirse a Dios en amistad. Estamos llamados a ser como Él en todos estos modos, a ser re-creados en Él, “para alabanza de la gloria de su gracia, que nos concedió generosamente en el Amado” (Ef. 1, 6). La Misa pertenece al Amado, al Novio, no al amigo del novio (cfr. Jn. 3, 29).

A aquellos que entran en el misterio de unidad, simbolizado y verdaderamente contenido en la Eucaristía, la liturgia les promete un re-hacerse a sí mismos según la imagen de Cristo, Imagen Perfecta del Padre. Con las prácticas litúrgicas tradicionales somos desconfigurados por unas exigencias ascéticas y rituales que nos sacan de nuestra “zona de seguridad” a fin de poder ser re-configurados, re-creados, no según nuestras propias concepciones de la forma adecuada y la materia conveniente al “Hombre Moderno”, sino según la forma y materia del Señor, en relación con Quien somos como el barro en manos del alfarero. A lo largo de la historia de la Iglesia, el Señor nos ha conducido, por su Espíritu Santo, a ver, desear y llevar a cabo el culto correcto.

Sin un foco teocéntrico, la liturgia no hace sino validar el engaño colectivo de la comunidad, reemplazando la zarza ardiente por llamas tibionas. Mientras las circunstancias nos obliguen a seguir la liturgia “desde lejos”, debiéramos recurrir a los misales o libros de oraciones tradicionales y, si nos resulta provechoso meditar y orar con las transmisiones en vivo, debiéramos proponernos mirar las liturgias que son penamente tradicionales en sus textos, en su espíritu, en su belleza y, sobre todo, en su orientación en el sentido geográfico: orientación hacia oriente, hacia el este. Como dice la antífona del Benedictus de la Vigilia Pascual: “Y muy temprano, el primer día de la semana, salido ya el sol [orto iam sole], vinieron al sepulcro, aleluya”.

Que el Sol de Justicia, que vendrá “de oriente” al fin de los tiempos (Mt. 24, 27), tenga piedad de nosotros y conduzca a su pueblo de vuelta al puerto de la Tradición.

Nota de la Redacción: También existe una traducción castellana de este artículo publicada en Marchando Religión.