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domingo, 6 de febrero de 2022

El advenimiento del Rey: Por qué la Epístola se lee hacia el este y el Evangelio hacia el norte

Les ofrecemos hoy un artículo del Dr. Peter Kwasniewski sobre el sentido que tiene en la Misa tradicional la lectura del Evangelio hacia el norte. Dicha proclamación tiene un profundo significado espiritual, pues no se trata de repetir simplemente el libro sagrado. 

El artículo original fue publicado en el número 12 de la Revista Gregorius Magnus, correspondiente al invierno de 2021, que edita la Federación Internacional Una Voce. La traducción proviene de una colaboradora que la ha remitido a la Redacción. 

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El advenimiento del Rey: Por qué la Epístola se lee hacia el este y el Evangelio hacia el norte

Peter Kwasniewski

En una Misa Solemne -la forma más antigua y completa del rito romano, con sacerdote, diácono y subdiácono- el subdiácono canta la Epístola en el lado derecho del presbiterio, claramente de pie ad orientem, es decir, hacia la pared oriental ante la cual está montado el altar. En otras palabras, la canta de espaldas a la gente. Esto podría parecernos extraño, si pensamos que la lectura es sólo una lectura en beneficio de la asamblea. A continuación, después de los cantos entre las lecturas, el diácono, el subdiácono y los acólitos forman una pequeña procesión hasta el lugar donde se cantará el Evangelio, y el diácono lo proclama mirando hacia el norte, en el lado izquierdo de la iglesia, de cara a la pared izquierda. También esto podría parecernos extraño, porque es evidente que no se dirige al pueblo en absoluto. En ambos casos, es evidente que "algo pasa". Si el ceremonial exige esto, no es al azar sino por una razón.

En una Misa rezada o en una Missa cantata, donde sólo hay un sacerdote sin sus ministros habituales, el diácono y el subdiácono, encontramos una especie de versión "abreviada" o "modificada" de la misma práctica.

Podemos decir, por razones históricas, litúrgicas y teológicas, que la proclamación de las lecturas en la Misa tiene tres propósitos. En primer lugar, las lecturas son instructivas para los fieles. Las lecturas del Misal tradicional se eligieron, en primer término, por su contenido moral, dogmático y eucarístico universal, y por su relación con santos individuales o clases de santos. Las lecturas presentan grandes ejemplos de virtud y preparan a los fieles para la comunión con el Señor en la adoración y en el banquete celestial.

En segundo lugar, las lecturas son en sí mismas una ofrenda de adoración a Dios Todopoderoso: se proclaman para su gloria y honor, y para obtener su bendición. El clero canta las palabras divinas en presencia de su Autor como parte de la logikē latreia o culto racional/verbal que debemos a nuestro Creador y Redentor. Estas palabras hacen presente la alianza con Dios, son una puesta en práctica de su significado en el contexto sacramental para el que fueron concebidas, una recitación agradecida y humilde bajo la mirada de Dios de las verdades que ha prometido. Esto está muy en consonancia con la forma de orar a Dios que se recoge en la Escritura: "Acuérdate, Señor, de las promesas que has pronunciado"; no es que Él vaya a olvidar, sino que quiere que no olvidemos Sus promesas, y quiere, con amor, que se las hagamos cumplir, por así decirlo. El estilo solemne y formal de la lectura, que se dirige hacia otro lugar distinto de las personas inmediatamente presentes, deja claro que estamos reconociendo que el Dios al que estos textos mencionan está realmente aquí en medio de nosotros, o más bien, venimos ante su presencia con acción de gracias. Las lecturas se convierten así en dones que, habiendo sido puestos en nuestras manos por Dios, le devolvemos y se los ofrecemos a Él, al igual que hacemos con el pan y el vino. O para usar una metáfora diferente, las lecturas son una forma de incienso verbal con el que elevamos nuestras manos a sus mandamientos, como dice el gran canto del Ofertorio: Meditabor in mandatis tuis, quae dilexi valde: et levabo manus meas ad mandata tua quae dilexi ("Meditaré en tus mandatos, que he amado mucho; y alzaré mis manos hacia tus mandatos, que he amado", Sal 118, 47-48). 

Cuando tomamos en serio la visión tradicional de la inspiración divina de la Escritura, podemos ver claramente que el cuidado amoroso, los actos de reverencia tributados a la Palabra de Dios en la primera parte de la Misa –todo, desde rezar para que uno sea digno de decir su contenido, acompañar el libro con velas, hacer la señal de la cruz sobre él, incensarlo, besarlo, y cantar las lecturas con tonos de canto dignos y penetrantes– se parece mucho al culto que se rinde a la cruz en la Misa de los Presantificados del Viernes Santo, o a la veneración que se da a los iconos bizantinos: en cierto modo, entramos en contacto con Dios mismo. Él es la verdad que se hace presente cuando se proclama la lectura: no es un recuerdo pasado sino un poder actual que lleva a la conversión y la iluminación. La Escritura no es por cierto la Presencia Real de la Sagrada Eucaristía, pero es divina de una manera en que ninguna otra palabra humana lo es. Por eso tiene tanto sentido el rico ceremonial en el que el antiguo rito romano envuelve la lectura o el canto de la Palabra de Dios: la liturgia quiere acentuar el hecho de que, en este escenario, la palabra sobre el papel, la palabra que flota en el aire, es superior a nuestras mentes, determinante de nuestras voluntades. En resumen: es Dios, en modo verbal, y entramos en su presencia verbal con signos de veneración. Le glorificamos mediante la proclamación litúrgica de su Revelación.

Pero, ¿no hay algo que va contra la intuición en la idea de que el canto de las lecturas en la Misa es un acto de adoración dirigido a Dios? Después de todo, parece evidente que la razón por la que se leen las Escrituras en la Misa es para educar a la asamblea. Pero no es tan simple como una opción binaria de sí o no. La liturgia romana tradicional ha tendido a lo largo de los siglos, a convertir todo en una oración dirigida a Dios, como si no hubiera lugar en la liturgia para algo que sea exclusivamente "para el pueblo".

Un gran ejemplo de esta tendencia puede verse en cómo se recita o canta el Credo. Todos sabemos que el Credo es una confesión de fe, cuyo contenido consiste básicamente en una lista de dogmas sostenidos por los cristianos. No tiene características evidentes de ser una oración dirigida a Dios; no se dirige a Dios en absoluto. Más bien parece un signo de ortodoxia con el que significamos nuestra fe, expresada en dogmas. Sin embargo, en el usus antiquior el sacerdote recita el Credo ad orientem en el altar mayor, inclinando la cabeza al pronunciar el nombre de Jesús y las palabras adoratur et conglorificatur en honor del Espíritu Santo, haciendo una genuflexión en Et incarnatus est, y haciendo la señal de la cruz en Et vitam venturi saeculi, concluyendo con un "Amén" y un beso al altar. De este modo, la profesión de ortodoxia se ha convertido en una oración a Dios Uno y Trino, una manera de comulgar con Aquél que ha revelado graciosamente sus misterios al hombre, y en respuesta a cuya misericordiosa auto-revelación respondemos con la obediencia de nuestros labios y nuestras mentes a su verdad objetiva.

Toda la liturgia es para Dios, y de hecho su mayor valor educativo consiste justamente en comunicar al pueblo la primacía y la ultimidad de Dios, que Él es el Alfa y la Omega de todos nuestros actos exteriores e interiores, incluido el acto de escuchar las lecturas y comprenderlas. En cierto sentido, las lecturas se ofrecen a Dios para que nosotros nos ofrezcamos a Él en nuestra comprensión de la Palabra y en los afectos que ésta suscita. Por eso no importa tanto si se capta o no inmediatamente el sentido de cada palabra; lo que importa mucho más es ver que esta Palabra es divina, santa, celestial, que estamos pisando tierra santa. La comprensión verbal puede seguir a su debido tiempo, pero nunca captaremos bien la Palabra si antes no la veneramos como divina y adoramos al Dios del que emana y en cuya presencia cobra vida.

Canto del Evangelio por el diácono en una Misa solemne

Martin Mosebach escribe sobre cómo la proclamación litúrgica de las lecturas en general, y del Evangelio en particular, no son meras declaraciones de textos, sino formas de hacer presente a Cristo en la Iglesia. Cito de su libro The Heresy of Formlessness [La herejía de lo informe]:


La lectura del Evangelio es mucho más que un "anuncio": es una de las formas en que Cristo se hace presente. La Iglesia siempre ha entendido que es una bendición, un sacramental, que remite de los pecados, como afirma el "Per evangelica dicta deleantur nostra delicta" ["Por las palabras del Evangelio sean borrados mis pecados"] que evoca el Misereatur que sigue al Confiteor. El carácter sacramental del Evangelio, que perdona efectivamente los pecados, es, por cierto, el argumento decisivo para su lectura en lengua sagrada. Los signos litúrgicos de la procesión ponen de manifiesto este carácter. La liturgia ha tomado del ceremonial de la corte de los emperadores paganos el lenguaje simbólico en presencia del soberano supremo: velas, que precedían al emperador, y el turíbulo. [...] Las lecturas no son simplemente una "proclamación", sino sobre todo la creación de una presencia.1 

Por lo tanto, si el acto de la lectura litúrgica trae a Cristo vivo en medio de la Iglesia –incluso podría llamarse una cuasi-transubstanciación del texto en una presencia– las lecturas mismas deben ser preparadas y pronunciadas con tanto cuidado, amor y devoción como las propias palabras de la consagración. 

El uso del latín demuestra, sin necesidad de ninguna explicación, que la liturgia no pertenece al ámbito cotidiano de las revistas y los periódicos, ni siquiera de las conferencias académicas o los estudios bíblicos protestantes, como el uso de una lengua vernácula moderna sugiere inevitablemente por un proceso de asociación. Tanto por su ropaje latino como por sus melodías gregorianas, se trata la Palabra de Dios como algo santo, imponente, especial, en un plano diferente a cualquier otra palabra.

Ofrecer la oración hacia el este es una de las costumbres más antiguas y universales del cristianismo.2 En el año 375, San Basilio de Cesarea, uno de los más grandes Padres de la Iglesia, habla de la costumbre apostólica de "volverse hacia Oriente en la oración [eucarística]"3. Esta práctica encontró inspiración y confirmación en los pasajes de la Escritura que llaman a Cristo "Oriente" o dicen que asciende a Oriente, o que vendrá de Oriente, como escuchamos en el Evangelio del último domingo después de Pentecostés, donde Jesús dice de sí mismo, en Mt 24, 27: "Porque como el relámpago sale del oriente y brilla hasta el poniente, así será la venida del Hijo del Hombre". El profeta Malaquías llama a Cristo "sol de justicia" (3, 20), como San Juan llama a Dios "Luz" (1 Jn 1, 5). En una homilía sobre por qué el libro del Levítico habla de "rociar al oriente", el gran escritor patrístico Orígenes comenta:


Esto os invita a mirar siempre "hacia el oriente" de donde surge para vosotros "el Sol de la Justicia", de donde nace una luz para vosotros; para que nunca "caminéis en las tinieblas" y que ese último día no os atrape en las tinieblas; que la noche y la niebla de la ignorancia no os sorprendan, sino que siempre os encuentren en la luz del conocimiento [...]4.

Como nos enseña el Evangelio de San Juan, el lugar del verdadero culto es Cristo crucificado y resucitado, que como hombre es el camino a la casa del Padre, y como Dios es el destino. Así que miramos hacia el este no porque nos refiramos a un "lugar sagrado" concreto en la tierra, como Jerusalén o La Meca, sino porque nos dirigimos a quien es el templo en su cuerpo, Cristo Nuestro Señor, y nos dirigimos con Él al Padre que está por encima de todo (cf. Ef 4, 6). El oriente opera como símbolo cósmico y bíblico de Cristo mismo, de su gobierno sobre nosotros, de su regreso en gloria y de su reino celestial que anhelamos con esperanza.

Lectura del Evangelio en la Misa rezada

Así, cuando la Epístola se proclama ad orientem, nos hace volver a Dios y al cielo en espíritu, al Oriente y a la Luz, insinuando que nuestra vida de cristianos creyentes –nuestras inteligencias, nuestras voluntades– se orienta fuera de nosotros mismos, lejos de la carne, lejos de los modos de pensar y actuar exclusivamente humanos; conformamos nuestra mente a la mente de Cristo, volvemos nuestro rostro a su rostro. La individualidad del lector se ve reducida; no vemos su rostro; está en lugar de los Apóstoles y los profetas, que tienen la precedencia. La palabra apostólica o profética nos guía hacia el reino, que obtenemos adhiriendo fielmente a la enseñanza divina. Como dice el Cardenal Sarah: "La orientación exterior nos lleva a la orientación interior que simboliza"5.

Habiendo dicho todo esto en elogio de la adoración hacia el este (y eso incluye la lectura o el canto de la Epístola), a estas alturas deberíamos estar absolutamente desconcertados y profundamente confundidos en lo que respecta al Evangelio. Pareciera que, dado el simbolismo mencionado, el Evangelio, sobre todo, debe hacerse ad orientem, ¡pero se hace mirando hacia el norte! ¿Cómo puede ser?

Aquí, queridos amigos, es donde la liturgia nos sorprende tomando una nueva dirección. Pero tiene mucho sentido si nos detenemos a pensar en ello. Si el Evangelio es la presencia verbal de Cristo por excelencia y el sacerdote o diácono que lo proclama está, en ese momento, actuando in persona Christi, entonces no tendría sentido que el lector del Evangelio mirara ad orientem, hacia Cristo, el Oriente. Sería como decir que Cristo está hablando consigo mismo. Más bien, en el Evangelio Cristo se dirige al mundo, es decir, a las naciones, a los gentiles, a toda la creación, a la que hay que predicar el Evangelio para que se convierta, sea bendecida, santificada y salvada. Por lo tanto, en el desarrollo histórico del rito romano, el Evangelio terminó por cantarse mirando hacia el norte, porque el norte era el símbolo del mundo pagano no convertido que debía ser evangelizado. Se podría decir que el norte representa el último grado de impiedad del mundo, hundido en la mala noticia del pecado original y la maldad humana cada vez mayor. Es el mundo sin la buena noticia, que espera, que anhela el Evangelio, pero que también se opone a él. Esto explica la formación romana, casi militar, de los ceroferarios, del turiferario, del subdiácono y del diácono: marchan hacia el extremo norte de la iglesia, como si fueran a establecer una fortaleza en la frontera del enemigo. El Evangelio es una luz para exponer y derrotar el mal que se ha apoderado de la creación buena de Dios. “Según una antigua tradición, el norte representa el reino oscuro donde la luz del Evangelio aún no ha brillado. Leemos el Evangelio hacia el norte para representar la misión de la Iglesia hacia los no evangelizados”.6

Los textos del Antiguo Testamento relacionan especialmente el norte con el mal, ya sea con los imperios paganos de los grandes enemigos de Israel, Asiria y Babilonia, o con el propio Israel adúltero que rompe la alianza (que está al norte de Jerusalén). En Jeremías leemos: "Del norte se difundirá el mal sobre todos los habitantes de la tierra, pues he aquí que voy a llamar a todas las tribus de los reinos del norte" (1, 14); "Pues se deja ver un azote que viene del norte, una gran calamidad" (6, 1). Como si estuviera redactando una rúbrica litúrgica, el profeta Jeremías sale al paso y dice: "Anda, pues, y grita estas palabras hacia el norte, y di: Conviértete, apóstata Israel –oráculo del Señor–, no os miraré con rostro airado; porque soy piadoso, –oráculo del Señor–; no guardo rencor para siempre" (3, 12). Este profeta pone una nota de esperanza al decir que Dios traerá de "la tierra del norte [...] al ciego y al cojo, a la mujer que está encinta como a aquélla que da a luz", y los conducirá "con misericordia [...] a corrientes de agua" (es decir, mediante el bautismo) (Je 31, 8-9). Por su parte, el profeta Isaías pone en boca de Babilonia, potente símbolo del mal, estas palabras: "Me sentaré en el monte de la asamblea, en lo más recóndito del septentrión" (14, 13-14; cf. 41, 25).7 Tan fuerte era la equiparación del "norte" con el "mal" que, después del Concilio de Trento, se permitió la construcción de iglesias, con autorización episcopal, en cualquier dirección excepto hacia el norte.8

Pero hay razones aún más profundas para la aversión bíblica al norte. En The Ancient Cosmological Roots of Facing North for the Gospel, el Dr. Jeremy Holmes, estudioso de las Escrituras, argumenta lo siguiente: Los antiguos no conocían el norte magnético; encontraban el norte mirando al cielo, donde las constelaciones giran alrededor de la estrella polar:

 

En el lapso de unos 26.000 años, una línea trazada a través del eje de la Tierra describe un círculo completo en el cielo y, a lo largo del camino, varias estrellas se convierten en la "estrella polar" o del norte, es decir, en la estrella alineada con el eje de la Tierra. Hoy en día, la estrella que indica el norte es Polaris, pero hace 4.000 años la estrella del norte era Thuban, situada en una constelación completamente diferente. Los egipcios construían sus templos de modo tal que Thuban fuera visible a través de una puerta en un lado concreto. Si uno sale por la noche y encuentra a Thuban en el cielo, estará viendo la estrella polar tal y como la habrá conocido Abraham cuando Dios lo llamó en el año 2000 a.C. aproximadamente.

Holmes señala que todas las constelaciones conocidas del cielo nocturno, que los griegos no inventaron sino que recibieron, están dispuestas alrededor de Thuban, por lo que las civilizaciones que por primera vez las nombraron debieron ser la sumeria y la babilónica. Pero ¿qué es Thuban? Es una palabra árabe que designa la constelación de la que forma parte: Dragón.

 

Para los antiguos babilonios (nuestros testigos más cercanos de la tradición sumeria original), la constelación de Dragón era Tiamat, el mar. Según la historia, Tiamat era la madre de todos los dioses, pero luego se volvió contra ellos en forma de serpiente e intentó comérselos a todos [...] Para los antiguos griegos, Dragón tenía un papel paralelo. Al igual que Tiamat se volvió contra Marduk y compañía, los griegos hablaban de la ocasión en que los Titanes intentaron derrocar a los dioses del Olimpo. En un momento de la batalla, un dragón atacó a Atenea, pero ella lo mató y lo lanzó al cielo, donde se enrolló alrededor del eje de la tierra para formar la constelación que vemos hoy. 

Si nos volvemos nuestra mente al capítulo 12 del libro del Apocalipsis, recordaremos a la mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. El gran dragón intentó devorar a su hijo; esta antigua serpiente es Satanás. Por lo tanto, el texto de Isaías conecta con precisión a Satanás con las estrellas del norte. El Dr. Holmes dice: "Dado el rastro de evidencias expuesto que asocia a Satanás con el norte y con las estrellas y con el dragón de la mitología antigua, no creo que sea un salto demasiado grande ver a Satanás representado por la constelación de Dragón". 

(Imagen: St Timothy's)

Resumiendo lo anterior, tiene todo el sentido del mundo que nos pongamos de cara al sol naciente durante el culto. Tiene todo el sentido del mundo que no miremos hacia el norte, hacia el Dragón, durante el culto. Y aunque pueda resultar sorprendente en un primer momento, tiene perfecto sentido para la infinita misericordia de Dios que proclamemos el Evangelio hacia el norte, para todos los que están bajo el dominio de Satanás.

Ya hemos hablado de las razones geográficas o climáticas, bíblicas e histórico-cosmológicas para que el Evangelio se anuncie hacia el norte. Podemos añadir un poco de realismo literario para completar el cuadro. Después de que el centro del cristianismo se desplazara de Jerusalén a Roma (como ya presagian los Hechos de los Apóstoles), las asociaciones bíblicas se vieron ampliadas respecto del mapa del mundo tal y como lo veían los antiguos romanos. Desde finales del siglo I hasta principios del siglo V, e incluso después, los romanos construyeron y mantuvieron miles de kilómetros de limites o defensas fortificadas a lo largo de la frontera del imperio. Entre los más famosos estaba el limes Germanicus, que se extendía desde la desembocadura del Rin en el Mar del Norte hasta Ratisbona en el Danubio. Al norte de este límite había vastas regiones de "bárbaros", gente considerada sin cultura ni religión ordenada, sino tribus germánicas salvajes con deidades y creencias extrañas. Eran los enemigos de la Roma imperial, pero también los gentiles que los sucesores de los apóstoles fueron enviados a evangelizar; y, de hecho, fueron los pueblos bárbaros, bautizados y civilizados, los que se convirtieron en la savia de la cristiandad medieval.  Al igual que el Canon Romano, escrito en el caluroso Mediterráneo, concibe el cielo como un lugar de frescor (locum refrigerii), también las rúbricas de la Misa reflejan un hábito de pensamiento sobre el norte que lo relaciona con peligrosos bárbaros aún por convertir a Jesucristo. Estos son sólo algunos de los muchos ejemplos de cómo las palabras y las rúbricas de la Misa reflejan la confluencia de las antiguas civilizaciones hebrea, griega y romana. Al igual que nuestra teología tiene una triple raíz –Jerusalén, Atenas y Roma–, nuestra liturgia también la tiene, aunque quizás en ese caso sería mejor decir Jerusalén, Constantinopla y Roma.

En este punto podría plantearse una objeción bastante obvia. Antes he argumentado que la razón por la que la Epístola se lee hacia el este es que no es simplemente didáctica, que nos es ofrecida, sino también latréutica, es decir, un acto de culto ofrecido a Dios, y que es importante señalar el aspecto vertical o trascendente sobre el horizontal o inmanente. Sin embargo, acabo de explicar que leemos el Evangelio mirando hacia el norte para simbolizar la predicación de la buena nueva a los incrédulos, lo que parecería una perspectiva demasiado orientada a este mundo y al pueblo, no un modo de glorificar a Dios mediante la recitación de sus propias obras y maravillas. Dicho así, parece un dilema; pero creo que es un falso dilema.

La postura hacia el norte es un símbolo de la proclamación de la verdad a los paganos –dado que hoy, en principio, no hay paganos congregados en el lado norte de la iglesia. Lo que esta postura pretende mostrar es el poder de la Palabra para convertir los corazones humanos de la incredulidad a la fe. Es una forma de glorificar a Dios por el poder de su palabra, y de esta manera, se ajusta a la función latréutica de la lectura. El énfasis, en otras palabras, no está en la instrucción per se, sino en la confrontación, convicción, conversión y cristianización. Evidentemente, la Palabra tiene que ser recibida para que su poder se sienta y se manifieste; pero el poder está en la Palabra y glorifica al Padre, de quien procede, y al Espíritu, por el que mueve los corazones. El énfasis está en el calor que derrite el hielo, la luz que destierra la oscuridad, la verdad que triunfa sobre la ignorancia, el error y el engaño. De este modo, la proclamación hacia el norte del Evangelio es tan teocéntrica como la proclamación hacia el este de la Epístola.

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1. Mosenbach, M., The Heresy of Formlessness, pp. 28, 98, 185-186.

2. Este párrafo y el que sigue después de la cita son una adaptación de mi libro Reclaiming OurRoman Catholic Birthright (véase pp. 33-34).

3. Basilio de Cesarea, The Holy Spirit, 27:66, en Schaff, P. (ed.), A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers, Series II, vol. 8: Saint Basil: Letters and Selected Works (New York: The Christian Literature Company, 1888; varias reimpresiones), p. 41.

4. Orígenes, Homilies on Leviticus 1–16 (trad. de Gary Wayne Barkley, Washington, DC, The Catholic University of America Press, 1990), 9.10.2, p. 199, énfasis añadido. También se encuentra, irónicamente, en el Oficio de Lecturas postconciliar del lunes de la cuarta semana de Cuaresma.

5. “Cardinal Robert Sarah on ‘The Strength of Silence’and the Dictatorship of Noise”, The Catholic World Report, 3 de octubre de 2016.

6. Como dice el Dr. Jeremy Holmes, estudioso de las Escrituras, en el artículo mencionado más abajo. [Nota de la Redacción: La referencia al trabajo de Jeremy Holmes y la cita respectiva no figura en el artículo original]. 

7. Is 14, 13-14, considerado por todos los Padres de la Iglesia como una descripción del orgulloso intento de Lucifer de apoderarse de la gloria mediante su propio poder: "Tú que dijiste en tu corazón: al cielo subiré, sobre las estrellas de Dios levantaré mi trono; me sentaré en el monte de la Asamblea, en lo más recóndito del Septentrión; subiré a las alturas de las nubes; seré como el Altísimo" (Is 14, 13-14). A lo que, por supuesto, la respuesta de San Miguel fue: "¿Quién como Dios?"

8. Fiedrowicz, M., The Traditional Mass. History, Form, and Theology of the Classical Roman Rite, p. 147.

sábado, 12 de septiembre de 2020

Ordenaciones en el Instituto del Buen Pastor con un nuevo sacerdote chileno

El pasado sábado 4 de julio de 2020, en medio de la pandemia de COVID-19 que afecta  a todo el mundo, S.E.R. Czesław Kozon, obispo de Copenhague (Dinamarca), ordenó dos diáconos y seis nuevos sacerdotes del Instituto del Buen Pastor. Los clérigos que recibieron la ordenación provienen de Francia, Chile, Colombia y Brasil (véase aquí la lista de los ordenados). La Misa tuvo lugar en la magnífica Iglesia de San Santiago de Illiers-Combray, distrito de Chartes, Francia, y fue posible gracias a la generosidad del párroco, el Rvdo. Olivier Monnier. Como curiosidad, cumple recordar que dicho pueblo, originalmente llamado Illiers, cambió en 1971 su nombre a Illiers-Combray en homenaje a la obra En busca del tiempo perdido de Marcel Proust (1871-1922), cuya acción se desarrolla en el pueblo ficticio de Combray, fuertemente inspirado en Illiers.

Es una gran alegría que el sacerdote chileno que recibió la ordenación sea D. Juan Pablo Donoso Martín, licenciado en Derecho por la Pontificia Universidad Católica de Chile y abogado, quien por años sirvió como maestro de ceremonias en las Misas que organiza cada domingo y fiesta de precepto la Asociación de Artes Cristianas y Litúrgicas Magnificat. Con su ordenación, el Instituto del Buen Pastor cuenta con dos sacerdotes chilenos. El otro es el Rvdo. Adolfo Hormazábal, que se encuentra incardinado en el Distrito de Colombia y de cuya ordenación dimos cuenta en una entrada anterior. Nuestra enhorabuena al misacantano y a su familia. Encomendamos su trabajo pastoral y su fidelidad a la Iglesia de Cristo y a la Tradición. 

Les ofrecemos a continuación algunas imágenes de esa ceremonia. 











También hay un registro de video, que compartimos con nuestros lectores. 

Al día siguiente, los nuevos sacerdotes celebraron sus primeras Misas en el oratorio del Seminario San Vicente de Paúl, que el Instituto tiene en la localidad de Courtalain, Francia. Dejamos aquí las fotos de la primera Misa del Rvdo. Juan Pablo Donoso. 







La primera Misa solemne pública del misacantano fue celebrada en la Iglesia del Salvador, en Toledo, España, para la fiesta de Santiago Apóstol (25 de julio), patrono de dicho reino. 
























Un registro de esa Misa se puede visionar en el siguiente video. 

El Rvdo. Juan Pablo Donoso celebró también una Misa solemne en la Iglesia de San Eugenio y Santa Cecilia, en París, el 15 de agosto con ocasión de fiesta de la Asunción de Nuestra Señora. 

Dicha Misa se puede ver integra en este registro. 

Nota de la Redacción: La información de esta nota proviene de Riposte Catholique. Las imágenes corresponden a aquellas que acompañan las noticias publicadas en el sitio del Instituto del Buen Pastor respecto de las ordenaciones y de las primeras Misas. Las fotos de la primera Misa solemne fueron publicados en el sitio de la Iglesia del Salvador de Toledo. Finalmente, la foto de la Misa de la Asunción está tomada la página de Facebook de la Schola Sainte Cécile. 

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Las órdenes mayores

En la Iglesia latina se hacía distinción entre órdenes mayores y menores. Las primeras correspondían a los primeros grados por los que debía pasar el seminarista en su camino hacia el sacerdocio después de haber sido incorporado al estado clerical por la tonsura: ostiario, exorcista, lector y acólito (véase aquí la entrada previa que le hemos dedicado a las ordenes menores). Después venía el subdiaconado, el diaconado y el sacerdocio, que era las llamadas órdenes mayores, o sagradas, puesto que quienes la sirven tienen inmediata referencia a lo que está consagrado (Santo Tomás de Aquino, Suplemento, q. XXXVII, a. 3). En Oriente, el subdiaconado se considera una orden menor e incluye tres de las otras órdenes menores latinas (portero, exorcista y acólito). 

 Ilustración del cursus honorum, con los distintos peldaños que van desde la tonsura al sacerdocio
(Ilustración: Modern Medievalism)

Santo Tomás decía que no hay nada tan divino como el objeto de los sacramentos del Orden y de la Eucaristía, porque ellos versan sobre el propio Jesucristo Nuestro Señor, uno aplicando a las almas los méritos de su redención en su propia persona y el otro actualizando ese sacrificio redentor hasta el final de los tiempos. De ahí que las órdenes mayores se relacionen con el ámbito de lo consagrado, vale decir, con lo que más inmediatamente se refiere al culto a Dios. El sacerdote pronuncia las palabras de la consagración para convertir el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Está en contacto inmediato con el Cuerpo de Nuestro Señor, pues lo toca y lo da a las almas. El diácono ya se puede acercar al Santísimo Sacramento, hasta el punto de poder tocar el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. El subdiácono vela particularmente por los vasos sagrados a prudente distancia. Quienes reciben estas tres órdenes mayores tienen, por consiguiente, poderes sobre las cosas sagradas, y deben tener un grado de pureza aún mayor que los que están en las demás órdenes, por lo que su recepción obliga a la continencia perfecta.

Dentro del orden sacerdotal cabe hacer una distinción entre los presbíteros y los obispos. Estos dos últimos y el diaconado reciben el nombre de  órdenes jerárquicos, porque son de origen divino y han recibido el ejercicio de la función de gobierno (Concilio de Trento, Sesión XXIII, canon 6, y LG 28). De hecho, el Concilio de Trento definió dogmáticamente que la jerarquía del orden era de institución divina y sólo incluía los tres primeros grados de las órdenes mayores, vale decir, el episcopado, el presbiterado y el diaconado (De sacramento ordinis, IV, 6); pero también declaró que los Padres habían admitido el subdiaconado entre los órdenes mayores porque era de institución eclesiástica y coadyuvaba a las otras (De sacramento ordinis, II). 

Todos los candidatos a las órdenes mayores debían presentarse a la iglesia con tonsura y en vestimenta clerical, llevando las vestimentas propias del orden al cual serán elevados y velas encendidas. Ellos son llamados por su nombre y cada candidato contesta “adsum”, para manifestar que está pronto a cumplir el ministerio al que es promovido por la Iglesia. Cuando se realiza una ordenación general, la tonsura es dada después del Introito o del Kyrie, las órdenes menores después del Gloria, el subdiaconado después de la Colecta, el diaconado después de la Epístola y el sacerdocio después del Aleluya o Tracto. 

Los ritos que enseguida se describen son aquellos que están previstos en los libros litúrgicos vigentes en 1962, que son los que se usan en la forma extraordinaria del rito romano. Ellos se aplicaban igualmente a todos los otros ritos latinos, puesto que ninguno tiene como propio el sacramento del orden. El Concilio Vaticano II quiso que se revisasen los ritos de las ordenaciones, tanto en lo referente a las ceremonias como a los textos (SC 76), por lo que ellos son hoy diferentes, aun cuando se conserva lo esencial. 

Órdenes sagradas (del libro The Catholic Altar Boy. Appleton, Wisconsin, 1922) 
(Ilustración: Wikimedia Commons)

(1) El subdiaconado

En rigor, el subdiaconado es una orden menor, pues la función principal de quien la recibía era la de leer la Epístola durante la Misa y servir en el altar, así como purificar fuera de ella los lienzos y vasos sagrados. Nunca fue considerado un verdadero sacramento, como sí aquellos que confieren alguno de los grados del orden jerárquico, sino como un sacramental, aun cuando fue ganando prestigio por los votos de castidad que emiten los candidatos al momento de su ordenación. En la Iglesia oriental es el último de los grados de las órdenes menores después del acólito y el cantor. Por el contrario, desde el siglo XII la Iglesia latina consideró al subdiaconado como la primera de las órdenes mayores, por las obligaciones que implica en conexión directa con el Santo Sacrificio de la Misa. Desde entonces, el clérigo quedaba obligado a la continencia perpetua. 

 Subdiácono sosteniendo el Evangeliario

En 1972, el motu proprio Ministeria quedam de Pablo VI modificó la disciplina eclesiástica de la Iglesia latina. Ahí se prevé que, en adelante, las funciones desempeñadas por el subdiácono quedan confiadas al lector y al acólito (ahora configurados como ministerios laicales), de suerte que deja de existir para la Iglesia latina el orden mayor del subdiaconado (IV). El mismo documento permite que, en algunos sitios y a juicio de las conferencias episcopales, el acólito pueda ser llamado también subdiácono (IV). Así ocurre, por ejemplo, en el Oratorio de Londres, en la Comunidad de San Martín y en el Real Colegio del Corpus Christi en Valencia. Esa es la razón por la cual, según las respuestas dadas al respecto por la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, los únicos subdiáconos “substitutos” que pueden participar en una Misa solemne celebrada conforme a la forma extraordinaria son los seminaristas y los acólitos instituidos (cfr. Pontificia Comisión Ecclesia Dei, Respuestas de 7 de julio de 1993, Prot. núm. 24/92; 6 de noviembre de 2012, Prot. núm. 39/2011L; 15 de abril de 2013, Prot. núm. 39/2011L; y 14 de noviembre de 2018, Prot. núm. 39/2011L-ED).

Las ceremonias para la recepción del subdiaconado tenían lugar del siguiente modo:                                                                                           
Presentación. Aquellos que, habiendo recibido las órdenes menores, sean promovidos al subdiaconado, se deben presentar revestidos con alba y cíngulo y con un cirio encendido en la mano derecho, como muestra de la pureza de su vida. Los ordenandos se postran por tierra y el obispo les da tres veces la bendición. 

 Ordenación de subdiáconos para la FSSP en Denton, Nebraska (2006)
(Foto: FSSP)

Advertencia inicial. Desde el principio de la ordenación, el obispo advierte a los subdiáconos que se les impone la castidad perpetua, y que nadie puede ser admitido a esta orden sin tener la voluntad sincera de someterse al celibato (canon 132 del Código de Derecho Canónico de 1917). Hoy, dado que la incorporación al estado clerical se produce con la ordenación diaconal (canon 266 CIC), es desde momento que existe obligación grave de guardar continente perfecta y perpetua por el Reino de los Cielos (canon 277, § 1 CIC).

Letanías de los santos. Los ordenandos se postraban en el suelo, en señal de humildad y adoración, como hacían antiguamente los patriarcas y profetas. En ese momento, en unión con todos los elegidos del Cielo, se cantaban las Letanías de los santos, oración predilecta de la Iglesia, en la que se presentan a la Santísima Trinidad todos los méritos y trabajos del Hombre-Dios. Esta postración y letanías precedían igualmente al diaconado y sacerdocio.

Admonición. El obispo enumeraba las funciones del subdiácono. En la Misa solemne, el subdiácono tiene como función presentar la patena y el cáliz al diácono, verter el agua en el cáliz y cantar la Epístola. Además, está encargado de purificar los lienzos sagrados.

Entrega de los instrumentos propio de su ministerio. En la ceremonia de recepción del subdiaconado, el aspirante debía tocar con los dedos de su mano derecha el cáliz y la patena vacíos, mientras el obispo le decía: "Mirad misericordioso a este servidor tuyo, que ha sido escogido para subdiácono, y dadle a este servidor el Espíritu Santo, para que toque dignamente los vasos litúrgicos y cumpla tu voluntad". 

Conviene tener presente que hay algunas diferencias entre un subdiácono ordenado y un subdiácono "substituto" en lo que atañe a su servicio al altar. Durante la Santa Misa, el subdiácono ordenado porta la cruz procesional y el Evangeliario, lee la Epístola o la Profecía, añade agua al vino dentro del cáliz en el Ofertorio y, durante todo el Canon, se mantiene bajo las gradas del altar teniendo delante de sí la patena velada, para mostrar que él no es digno todavía de asistir al santo misterio del altar (véase aquí la explicación de este último rito). Por su parte, el subdiácono "sustituto" no vierte el agua en el cáliz durante el Ofertorio, sino que debe dejar al diácono hacerlo; no debe tocar el cáliz infra actionem ni cubrirlo con la palia, como tampoco descubrirlo; y después de la comunión no purifica el cáliz, correspondiendo al celebrante hacerlo, después de lo cual el subdiácono "substituto" lo cubre con el velo y la bolsa del corporal y lo lleva a la credencia.

Oración por los nuevos subdiáconos. El obispo pedía para los subdiáconos la gracia de que pudiesen cumplir bien sus funciones, así como los dones del Espíritu Santo, para que fuesen guardianes vigilantes del altar durante el sacrificio.

Imposición de los ornamentos sagrados. Como era considerada una orden mayor, con el subdiconado comenzaba el uso de los ornamentos litúrgicos propios. En su caso era la tunicela, similar o prácticamente igual a la dalmática del diácono, y el manípulo. Esta última era la insignia específica de su dignidad, y significaba que el subdiácono había expresado su deseo de no rechazar la dura tarea que se le había confiado en servicio de la Iglesia (non recuso laborem).

Entrega del Leccionario. Tras tomar con su mano derecha el Leccionario, el obispo le decía al subdiácono: "Recibe el libro de las Epístolas con el poder de leerlo para los vivos y los muertos". 

 El subdiácono lee la epístola durante una Misa solemne (der.)

Para que los subdiáconos elevasen regularmente su mente a Dios, la Iglesia les mandaba el rezo del breviario (canon 135 del Código de Derecho Canónico de 1917). Su nuevo estado exigía de ellos un profundo espíritu de fe y la práctica, no sólo de la pureza del cuerpo, sino también del corazón. Debido a los cambios experimentados en la disciplina canónica y eclesiástica después del Concilio Vaticano II, en la actualidad una persona ingresa al estado clerical cuando es ordenado diácono y queda incardinado en la Iglesia particular o en la prelatura personal para cuyo servicio fue promovido (canon 266 CIC). Desde entonces, el clérigo tiene la obligación de recitar todos los días la liturgia de las horas según sus libros litúrgicos propios y aprobados (canon 276 CIC). Respecto a la tonsura, las órdenes menores y el subdiaconado, el motu proprio Summorum Pontificum no introdujo ningún cambio en la disciplina del Código de Derecho Canónico de 1983. Esto significa que, en los institutos de vida consagrada y en las sociedades de vida apostólica que dependen de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, el profeso con votos perpetuos en un instituto religioso o incorporado definitivamente a una sociedad clerical de vida apostólica, queda incardinado como clérigo en ese instituto o sociedad al recibir el diaconado (artículo 30 de la instrucción Universae Ecclesiae). Sin embargo, está permitido que en los institutos de vida consagrada y en las sociedades de vida apostólica que dependen de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei y en aquellos donde se mantiene el uso de los libros litúrgicos de la forma extraordinaria se use el Pontificale Romanum de 1962 para conferir las órdenes menores y mayores (artículo 31 de la instrucción Universae Ecclesiae).

La pregunta que surge respecto de este estado de cosas es desde cuándo hay obligación de rezar el breviario, admitido que los clérigos tienen la facultad de usar el Breviarium Romanum en vigor en 1962 (artículo 9, § 3 del motu proprio Summorum Pontificum), el cual se recita integralmente en lengua latina (artículo 31 de la instrucción Universae Ecclesiae). De esta materia se ocupa la respuesta a la pregunta núm. 16 hecha por el Rvdo. Dawid Pietras, de la Diócesis de Zielona Góra-Gorzów (Polonia), a la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, la cual reproducíamos en la entrada respectiva y que ahora contextualizamos debidamente. Dice respectivamente esa pregunta (en negrita y cursiva) y su respuesta (en rojo y cursiva):

16. ¿Tienen los subdiáconos la obligación de recitar el breviario?
A través de la ley expresada en el Código de Derecho Canónico de 1983, se entiende bajo el concepto de clérigos a diáconos, sacerdotes y obispos (can. 1009, § 1 CIC). A la luz de la instrucción Universae Ecclesiae (núm. 27), debemos usar la disciplina contenida en el Código de Derecho Canónico de 1983. Entonces, ¿debe el asunto estar gobernado por las constituciones de una comunidad, que pueden obligar a un subdiácono a recitar el Breviarum Romanum?

Debe aplicarse el can. 1174 § 1 CIC ["La obligación de celebrar la liturgia de las horas, vincula a los clérigos según la norma del can. 276 § 2, 3; y a los miembros de los institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica, conforme a sus constituciones"].

El subdiaconado se conserva en las Iglesias orientales, donde se le llama hipodiácono (del griego ὑπό, ypo, bajo, y διάκονος, diakonos, servidor). Su investidura litúrgica se compone del stijarion (equivalente a la tunicela) y el orarion (equivalente a la estola) en forma de cruz. Su función es asistir al obispo en el servicio litúrgico.  

 Subdiáconos alrededor de un obispo ortodoxo durante una procesión

(2) El diaconado

El diácono (del griego antiguo διάκονος, diákonos, que significa servidor) es el ministro del obispo o del sacerdote en el altar. Le corresponde cantar el Evangelio y puede ser autorizado a predicar. En algunos casos, es el ministro extraordinario del bautismo y de la comunión. El diácono debe procurar llevar una vida pura y predicar, tanto por sus ejemplos como por sus palabras, la llamada de Dios, siguiendo el ejemplo de San Esteban y San Lorenzo, ambos mártires. En un comienzo se trataba de un ministerio permanente, pero poco a poco fue evolucionando para convertirse en un estado transitorio previo al presbiterado. Hacia fines de la Edad Media, esta disciplina ya está totalmente extendida, con pocas excepciones (por ejemplo, San Francisco de Asís nunca recibió la ordenación presbiteral y permaneció como diácono hasta su muerte). 

La ordenación diaconal solía ocurrir al final del penúltimo año de estudios en el seminario, y todavía está prescrito que no se haga antes de haber completado cinco años de formación (canon 1032 CIC). Durante el último año, los seminaristas hacían sus principales preparativos para el sacerdocio: aprendían a rezar la Santa Misa, tenían clases de pastoral para conocer las dificultades de su ministerio, empezaban a predicar y llegaban incluso a administrar el sacramento del bautismo y a dar la comunión a los enfermos, además de los sacramentales. Eran los de mayor edad entre los seminaristas, y se constituían en modelo de los demás en la meta común de alcanzar la gracia de la participación en el sacerdocio de Nuestro Señor Jesucristo.

 Carlo Crivelli, San Esteban (1476)


La ceremonia de ordenación al diaconado era casi idéntica a la del subdiaconado, pero en ella sí hay imposición de manos por tratarse de un sacramento:    

Presentación de los candidatos. Los candidatos se presentaban revestidos con amito, alba, cíngulo, estola y manípulo, con la dalmática doblada en el brazo izquierdo y una vela en la mano derecha. El obispo preguntaba al archidiácono o arcediano, vale decir, el diácono principal de la catedral, si los que iban a ser promovidos al diaconado eran dignos para el oficio y luego invitaba al clero y al pueblo a mencionar cualquier objeción que pudiesen tener. 

 Admonición del obispo durante una ordenación diaconal tradicional en la catedral de Tolón (Francia)

Advertencia inicial. Después de una corta pausa, el obispo explicaba a los ordenandos los deberes y privilegios de un diácono, mientras ellos permanecían arrodillados.
                                                                                      
Letanías de los santos. Al terminar esa primera advertencia, los ordenandos se postraban y el obispo, junto con el clero, recitaban las Letanías de los santos y les impartía tres veces su bendición. 

Admonición a los ordenandos. Después de las letanías, se rezaban algunas otras plegarias en las que el obispo continuaba invocando la gracia de Dios para los candidatos.

Prefacio consagratorio. Venía entonces el canto de un corto prefacio, donde se expresaba la alegría de la Iglesia al ver la multiplicación de sus ministros. Éste contenía la fórmula de ordenación con la imposición de la mano derecha del obispo sobre la cabeza de cada uno de los ordenandos. Mientras que la materia consiste en la imposición de las manos, las palabras esenciales de la forma del sacramento del orden para el diácono eran: "Recibe la fortaleza del Espíritu Santo y para resistir al demonio y sus tentaciones, en el nombre del Señor". Luego, extendiendo su mano sobre todos los candidatos juntos, decía: "Te pedimos Señor, que envíes sobre ellos el Espíritu Santo con el cual sean fortalecidos para el desempeño lleno de fe de tu ministerio, por medio de la concesión de tus siete dones". 

Imposición de los ornamentos sagrados. Enseguida, el nuevo diácono recibía la dalmática como símbolo de su ministerio y la estola como insignia litúrgica, ambas acompañadas con la fórmula que expresaba su especial significado. 

 Imposición de los ornamentos sagrados durante una ordenación diaconal en Albenga (Italia)

Entrega del Evangeliario. Finalmente, el obispo hacía que todos los candidatos tocasen  el Evangeliario, diciéndoles: "Recibe el poder de leer el Evangelio en la Iglesia de Dios, a los vivos y a los muertos, en el nombre del Señor".  Vale la pena hacer notar que en el Decretum pro Armenis (1439) del papa Eugenio IV (1431-1447) la entrega del Evangeliario es mencionada como la "materia" del diaconado, puesto que se trata de un ministerio de la palabra de Cristo. 

Oración por los nuevos diáconos. Finalmente, se volvía a encomendar a Dios a los nuevos diáconos. 

En la Misa solemne, el diácono es el encargado de proclamar el Evangelio y puede predicar la homilía, dado que es por excelencia el ministro de la palabra. Durante la Misa de los fieles ayuda al preste, en particular en el Ofertorio vertiendo el vino en el cáliz y disponiendo la hostia sobre el corporal. Le corresponde comenzar el descenso del signo de la paz (él la recibe del preste, la da al subdiácono y así sucesivamente), distribuir la comunión y proclamar el envío con que concluye la Misa. 

El Concilio Vaticano II previó que se podía restablecer en adelante el diaconado como grado propio y permanente de la jerarquía eclesiástica (LG 29), y ese deseo fue cumplido a través del motu proprio Sacrum Diaconatus Ordinem del papa Pablo VI, dado el 18 de junio de 1967. Para el diácono permanente, el candidato idóneo es el hombre que es considerado probo por la comunidad, y que tiene entre sus virtudes el ser caritativo, respetuoso, misericordioso y servicial, pudiendo estar incluso casado. Es determinación del obispo exigir que sea casado y, en este caso, su mujer deberá conceder por escrito al obispo la aceptación para la ordenación de su marido (canon 1031, § 2 CIC). La edad mínima es de 25 años si es soltero y de 35 años si es casado (canon 1031, § 2 CIC). Un diácono casado que enviuda no puede volver a contraer matrimonio, pero sí puede optar a ser presbítero. Quien es ordenado diácono siendo soltero se compromete al celibato permanente. Los diáconos permanentes han de rezar aquella parte de la liturgia de las horas que determine la respectiva Conferencia Episcopal (canon 276, § 2, núm. 3 CIC). Posteriormente, el mismo Pablo VI reformó en general el sagrado orden del diaconado mediante la carta apostólica Ad Pascendum, de 15 de agosto de 1972.

(3) La ordenación sacerdotal

El presbítero (del griego antiguo πρεσβύτερος, presbuteros, que significa anciano) es el ministro del culto divino y, en especial, del mayor acto del culto católico, el Sacrificio Eucarístico. Por su ordenación, el sacerdote queda investido de una serie de facultades relacionadas con la salvación de las almas (celebrar Misa, perdonar los pecados, predicar, administrar los sacramentos, dirigir y cuidar al pueblo cristiano), cuyo ejercicio está reglamentado por la ley común de la Iglesia, por la jurisdicción del obispo y por el oficio o cargo de cada sacerdote. 

 Ordenandos en la catedral de Auxerre al comienzo de la ceremonia de ordenación sacerdotal
 (Foto: FSSP/ Catholic News Live)

En términos generales, la ceremonia de la ordenación sacerdotal era parecida a la de las otras órdenes sagradas, aunque más conmovedora y solemne. 

Presentación. Después del Aleluya o Tracto de la Misa, el arcediano convocaba a todos los que iban a recibir el sacerdocio. Los candidatos, vestidos con amito, alba, cíngulo, estola y manípulo, con la casulla doblada en el brazo izquierdo y una vela en la mano derecha, pasaban al frente y se arrodillaban alrededor del obispo. 

Primera admonición. El obispo preguntaba al arcediano, quien era aquí el representante de la Iglesia, si los candidatos eran dignos de ser admitidos al sacerdocio. Éste contestaba afirmativamente y su testimonio representaba el testimonio de idoneidad que en tiempos antiguos daba el clero y la gente. El obispo se dirigía, entonces, a la congregación e insistía sobre las razones por las cuales "los Padres decretaban que la gente también debía ser consultada", señalando a los fieles que, si alguien tenía algo que decir en prejuicio de los candidatos, debía pasar al frente y declararlo. El obispo describía enseguida la función del sacerdote e invitaba a los ordenandos a practicar las virtudes necesarias para su nuevo estado, recordándoles que en adelante serían sacerdotes de Jesucristo hasta la eternidad según el orden sagrado de Melquisedec. 

 Los ordinandos se postran mientras se rezan las letanías de los santos
(Foto: FSSP)

Letanías de los santos. El obispo se arrodillaba frente al altar, los ordenandos yacían postrados sobre la alfombra, y se cantaba o recitaba las Letanías de los santos. 

Imposición de las manos. Al concluir las letanías, los candidatos se levantaban, pasaban al frente y se arrodillaban en parejas frente al obispo. Éste imponía sus manos sobre la cabeza de cada ordenando, gesto que constituye la materia del sacramento del orden. Todos los sacerdotes que asistían a la ceremonia repetían, después del obispo, el mismo gesto. Mientras que los obispos y sacerdotes mantenían su mano derecha extendida, el obispo recitaba solo una oración, invitando a todos a orar a Dios pidiendo la bendición para los candidatos. 

 Imposición de las manos
(Foto: FSSP/ Catholic News Live)

Prefacio consagratorio. Después de la imposición de las manos seguía la Colecta y entonces el obispo recitaba el Prefacio, hacia el final del cual se encuentra la oración que encierra las palabras esenciales de la forma exigida para el sacramento del orden: "Da, te rogamos, Padre omni­potente, a estos siervos tuyos la dignidad del presbiterado; renueva en sus entrañas el Espíritu de santidad para que alcancen recibido de Ti, oh Dios, el cargo del segundo mérito y enseñen con el ejemplo de su conducta la reforma de las costumbres".

Imposición de los ornamentos sagrados. Enseguida, el obispo imponía a los sacerdotes recién consagrados los ornamentos sagrados que le son propios usando la fórmula apropiada: pasa la estola por detrás del cuello y la cruza sobre el pecho de cada uno (el diácono usa la estola en diagonal desde el hombro derecho) y lo viste con la casulla. Ésta se arreglaba para que colgase por delante, pero está doblada en su parte posterior (véase aquí el sentido de este rito). 

 Unción de las manos
(Foto: FSSP/ Catholic News Live)

Consagración de las manos. Luego de la imposición de los ornamentos, el obispo recitaba una oración invocando la bendición de Dios sobre los recién ordenados, y entonaba el Veni Creator, cuya primera estrofa se cantaba por todos de rodillas. Mientras este himno es cantado por el coro, aquél unge las manos de cada uno con el óleo de los catecúmenos, cubriéndose con el gremial. Después de haber sido ungidas con el Santo Crisma, las manos del nuevo sacerdote se atan con una lienzo sagrado llamada manutergio. 

Entrega de los instrumentos. Cada uno de los recién ordenados recibía un cáliz que contenía vino y agua, recubierto con la patena donde estaba depositada una hostia no consagrada. El obispo declaraba entonces a los nuevos sacerdotes que en adelante tenían el poder de celebrar la Santa Misa por los vivos y difuntos, uniéndose a Cristo en la actualización de su Santo Sacrificio hasta el fin de los tiempos. Comenzaba el Ofertorio. 

 Traditio instrumentorum
(Foto: FSSP/ Catholic News Live)

Parte sacrificial de la Misa. Cuando el obispo terminaba el Ofertorio de la Misa, se sentaba en el medio del presbiterio y frente al altar, donde cada uno de los ordenados le ofrecía una vela encendida. Los nuevos sacerdotes repetían la Misa con él, todos diciendo las palabras de consagración simultáneamente. En rigor, los nuevos sacerdotes ofrecían el sacrificio junto con el obispo, pero sólo éste seguía las ceremonias y pronunciaba todas las palabras en voz suficientemente audible para que los sacerdotes que concelebran con él lo pudiesen escuchar. Esta concelebración manifestaba apropiadamente la unidad del sacerdocio (recuérdese que el Concilio de Trento no señalaba al sacerdocio y el episcopado como órdenes sagrados distintos), y esa fue la razón por la cual el Concilio Vaticano II quiso ampliarla (SC 57), con los resultados que son por todos conocidos. 

Beso de la paz. Antes de la Comunión el obispo le daba el beso de la paz a uno de los recién ordenados, como símbolo de su nuevo estado. 

Poder de confesar. Después de la Comunión los sacerdotes se acercaban nuevamente al obispo y rezan el Credo de los Apóstoles. Éste les confiere el poder de confesar, usando las propias palabras con que Cristo se lo dio a sus discípulos. El obispo imponía las manos sobre cada uno de los recién ordenados y decía: "Reciban el Espíritu Santo, a quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados; y a quienes se los retengan, les quedan retenidos". Con todo, la facultad de confesar queda sujeta la obtención de la debida licencia por parte del ordinario de su incardinación o domicilio y que se ejerce sobre cualquier fiel, o del superior religioso respecto de los que están sujetos a él o moran en sus casas (cánones 966-976 CIC; véase aquí más detalles sobre la facultad de confesar).

Bendición consagratoria. Llegado este momento, se doblaba la casulla como símbolo de que los recién ordenados habían recibido la plenitud del sacerdocio. Los neo-sacerdotes hacían una promesa de obediencia al obispo y, habiendo recibido de éste el beso de despedida, regresaban a sus lugares. 

Al final de la Misa, los nuevos sacerdotes concedían sus primeras bendiciones. Los años de formación recibidos en el seminario alcanzaban su fin sagrado y la Iglesia de Dios ya podía contar con más ministros (siempre escasos) para su divina misión de salvar almas. Al día siguiente, el recién ordenado celebraba su primera Misa.