El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt. 9, 18-26):
“En aquel tiempo, mientras hablaba Jesús a las
turbas, llegóse a Él un príncipe, y le adoró diciendo: Señor, acaba ahora de
morir mi hija; pero ven, pon tu mano sobre ella, y vivirá. Levantóse Jesús, y
le fue siguiendo acompañado de sus discípulos. Al mismo tiempo una mujer, que
padecía doce años flujo de sangre, llegándose por detrás, tocó la orla de su
vestido. Porque se decía: si logro tocar tan sólo su vestido, quedaré sana.
Volviéndose Jesús, y mirándola, dijo: Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado.
Y quedó sana la mujer desde aquella hora. Cuando llegó Jesús a la casa de aquel
príncipe, y vio los tañedores de flautas, y la multitud alborotada, dijo:
Retiraos, pues la muchacha no está muerta, sino que duerme. Y se burlaban de Él. Expulsada la turba, entró Jesús y tomó a la joven por la mano, levantándose
ésta al instante. Y divulgóse el suceso por todo aquel país”.
***
Según San Marcos, aquel príncipe,
cuyo nombre era Jairo, era uno de los jefes de la sinagoga. No bien hubo hecho
Jairo su súplica al Señor, Éste se levantó y se puso en camino, seguido de sus
discípulos. La fidelidad de Dios queda de manifiesto: Jesús ha sido enviado a
las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt. 15, 24), y no dilata un minuto el
milagro que le pide, con fe, un jefe de sinagoga. En el camino, la multitud a
la que estaba enseñando lo sigue y lo apretuja. Aprovechando la circunstancia,
se le acerca por detrás una mujer enferma que pensaba “con sólo tocarle la orla
de su vestido, quedaré sana”. Perdida en el anonimato, extiende la mano y toca
al Señor, y al instante queda sana. Y el Señor, según los otros Evangelios
sinópticos, se detiene y pregunta: “¿Quién me ha tocado?”. Los discípulos que
lo acompañan le responden: “Todos te apretujan, y preguntas ¿quién me ha
tocado?”.
Ya curada la mujer, Él le dice “tu
fe te ha salvado”. ¡No dice que Él, conmovido por la fe de aquella pobre, la ha
salvado de su mal, sino que dice que es la fe de ésta la que la ha salvado,
como si Él hubiera sido movido, más que conmovido, por la fe que ella ha
mostrado! Dios Omnipotente no resiste la profesión de una fe profunda, y accede
siempre a lo que con ella se le pide. “Pedid y recibiréis, llamad y se os
abrirá”. “Creed que lo que pedís ya lo habéis recibido, y lo recibiréis”, dice
en otra parte. El ejemplo de la fe de la Santísima Virgen, relatado en las bodas
de Caná, es el más estupendo de todos, como no podía ser de otro modo: Ella
dice “Haced lo que os diga”. Y lo dice después de que Jesús le ha argumentado
que no es todavía tiempo de milagros, como el que Ella le está pidiendo. Pero
Ella no vacila un instante, parece no haber oído lo que Dios, que es, después
de todo, su Hijo, le acaba de decir: su fe es omnipotente. Por eso, la Iglesia
ha llamado alguna vez a María “la omnipotencia suplicante”. Y Jesús, cesando su
resistencia, accede a realizar el milagro que su madre le pedía y Él se negaba
a hacer.
Pero, ¿cómo es esta fe asombrosa, fe
de un poder incomprensible para la mente humana, de una fuerza capaz de vencer,
si así pudiera decirse, la resistencia de Dios mismo? Y sí, se podría decir
así: en el episodio de la mujer cananea, Jesús se niega por dos veces,
aduciendo motivos claros y poderosos, a acceder a lo que aquella pide; pero
ella, sin vacilar, insiste una y otra vez, superando el temor reverencial que
el Maestro imponía a todos. Hasta que Jesús, no pudiendo resistir más, exclama:
“¡Oh, mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres” (Mt. 15, 21-28).
Esta fe es, claramente, no sólo una
aceptación de un listado de proposiciones doctrinales que a uno le son dadas a
conocer; no es una mera aceptación intelectual de dogmas, por más que sean de
origen divino. Esta fe es, además, y sobre todo, confianza, una ilimitada
confianza, que es algo que nace del corazón, de la voluntad, y que, por ende,
mueve al hombre, y mueve al mismo Dios, con sorprendentes y arrebatadoras consecuencias.
¡Qué simple, qué transparente parece ser la confianza total, pero qué profunda,
y qué insondable; cuánta riqueza hay en ella, cuánto inexpresado amor, cuánta
voluntad de amar!
“El justo vive por la fe”. Sí; pero
por una fe que es confianza, que es susceptible de crecer y sublimarse, como
todos los sentimientos del corazón. Una
fe del corazón es una fe que ama, y una fe que dice que ama, cumple Sus
mandamientos. “No todo el que me dice ¡Señor, Señor!, sino que el cumple la
voluntad de mi Padre”. Lo confirma Santiago Apóstol: “Muéstrame sin las obras
tu fe, que yo por mis obras te mostraré mi fe” (St. 2, 18). Decir que se
tiene fe es tan fácil -e infructuoso- como prestar meramente asentimiento a un
listado de doctrinas y de dogmas. Por eso es imprescindible la oración
-cotidianamente repetida- de aquel padre desesperado que pedía a Jesús el
milagro de sanar a su hijo y a quien El respondió: “Todo es posible al que
cree. Al instante, gritando, dijo el padre del niño: ¡Creo! ¡Ayuda a mi incredulidad!” (Mc. 9,
23-24).
Les ofrecemos hoy un artículo de Peter Kwasniewski publicado hace ya algún tiempo, pero que no ha perdido actualidad. Como decía The Wanderer, la Iglesia asiste a un "cisma difuso y polimorfo", donde un porcentaje importante de los católicos no adhiere a la doctrina de la Iglesia. Aquellas creencias que permanecieron por siglos, cuya proyección visible era la conformación de aquello que John Senior llamó la "cultura cristiana", son hoy en día puestas en dudas, reclamando a la Iglesia una adecuación con el mundo. Para el pensamiento hodierno, el lema de la Cartujos, que tan bien condensa la resistencia de la doctrina católica frente a sus tres enemigos permanentes (el mundo, la carne y el demonio), debe ser invertido. Ya no se trate que la Cruz permanezca mientras el mundo gira, sino que ella se una también al devenir mundano, girando con mayor o menor velocidad según lo imponga la época y el lugar.
Pero la Iglesia no puede cambiar, dejando de enseñar aquello que por siglos predicó como parte de la Revelación divina. La Iglesia fundada de Cristo tiene cuatro notas que la caracterizan y la distinguen de otras sectas o sociedades fundadas por la mano del ser humano. Una de ellas es la unidad, que supone que todos sus miembros, en cualquier tiempo y lugar, están unidos por una misma fe, un mismo culto, una misma ley y la participación en unos mismos sacramentos, bajo una misma cabeza visible que tiene el cometido de confirmar a los fieles en la fe. Esto supone que hay un núcleo de creencias en el cual está condesada la Revelación, que resulta indispensable para la salvación. La relativización de los dogmas es quizá el rasgo más claro del modernismo teológico, que San Pío X llamó "el conjunto de todas las herejías". Hoy asistimos a un paroxismo de lo secular al interior de la Iglesia, donde los vientos de cambio quieren arrasar no sólo con los decorados del templo de Dios, sino con sus mismos cimientos. Más que nunca, la Iglesia está llamada a resistir, como el resto fiel de Israel, reafirmando su carácter de signo de contradicción. Ella existe para un cometido que es peculiar y muy importante, pues se trata nada menos que de asegurar los medios para que las personas se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad. Ni los dogmas están sujetos a contingencia, ni la moral puede ser posibilista, porque ellos se asientan en la Palabra revelada, que es la misma en todo tiempo y lugar y no puede equivocarse.
El artículo fue publicado en OnePeterFive y ha sido traducido por la Redacción. La imagen proviene del original.
Lema cartujo:Stat Crux dum volvitur orbis
***
El culto al cambio y la ausencia de cambio en el
cristianismo
Peter Kwasniewski
La edad moderna convierte el constante
cambio en algo glamoroso, se pone romántica con la variedad, el desarrollo, el
progreso, la novedad y exalta la evolución como el paradigma del conocimiento y
de toda la realidad. Quienes se atienen firmemente a la sabiduría perenne y a
las permanentes verdades, a la moral tradicional, a la cultura heredada, a los
monumentos del arte, a los ritos venerados por siglos y a las costumbres, son
criticados como retrógrados, atrofiados, regresivos, anticuados, obstinados. No
van “con la corriente” ni se “mueven con los tiempos”; están ubicados en el
lado equivocado de la historia.
Sin embargo, si miramos la historia
de la filosofía moderna, de la ciencia moderna y de la religión moderna,
veremos adónde ha conducido el culto del cambio: al rechazo mismo del principio
de no-contradicción, según el cual una cosa no puede ser y no ser al mismo
tiempo; al rechazo de la esencia permanente de las creaturas, que están
enraizadas en el Logos eterno de Dios; al rechazo de la finalidad, por lo que,
aunque se alaba de boca para afuera al progreso, nada en realidad se dirige
hacia ninguna plenitud y nada, por tanto, puede tener sentido o significado; al
rechazo del estatuto creatural y, por ello, dependiente y receptivo del ser
humano;y al rechazo de la revelación
divina definitiva dirigida, a través de Cristo, a la naturaleza humana y a cada
individuo para su salvación.
Por todas estas vías, el movimiento
de la modernidad ha terminado en un profundo abismo del cual no puede salir por
sí misma: una carrera desesperada, insensata por el poder, las posesiones y los
placeres, hasta que las personas mueren con el vano consuelo de los
analgésicos. La modernidad es como una cósmica “reductio ad absurdum”, una demostración de lo que ocurre cuando se
olvida a Dios, Quien es quien da sentido a todas las cosas, incluso al
sufrimiento y la muerte. Somos testigos presenciales de lo que pasa cuando los
hombres tratan de vivir sin referencia a un horizonte eterno, a una verdad no
fabricada por nosotros mismos, a una bondad y una belleza para cuyo amor y
búsqueda fuimos creados.
No sorprende que “el mundo” -el
mundo de la separación de Dios, acerca del cual el Señor y los apóstoles hablan
en términos tan duros como si fuera lo opuesto a Dios- piense y actúe de este
modo. El mundo sigue al príncipe de este mundo, que pronunció el non serviam con que se introdujo, en el
universo lleno de orden que Dios había creado, el egoísmo, la discordia, la
fealdad, el odio y la anarquía. Pero sí sorprende, y es un escándalo en el más
pleno sentido de la palabra, el que los propios gobernantes de la Iglesia
-hombres encargados sacramentalmente del oficio de enseñar, gobernar y
santificar a las ovejas racionales de Cristo- comiencen a pensar y comportarse
de este modo, deslizándose imperceptiblemente hacia el non serviam de Lucifer.
El descenso hacia lo demoníaco está
teniendo lugar en el non serviam de
aquellos que rechazan las inequívocas enseñanzas del Señor en los Evangelios
sobre la indisolubilidad del matrimonio y la necesidad de abstenerse de lanzar
la perla de la Eucaristía a los cerdos de los no arrepentidos. Está teniendo
lugar en el non serviam de aquellos
que osan invitar a no católicos al banquete sacrificial que representa la
unidad misma del Cuerpo Místico. Está teniendo lugar en el non serviam de aquellos que desean abolir el celibato del clero y
extender los ministerios clericales a las mujeres. Está teniendo lugar en el non serviam de quienes tratan la
liturgia como si fuera su propiedad, para cambiarla y modificarla a placer, en
vez de atesorarla como el sagrado legado de los santos, que nos ha sido
generosamente transmitido a nosotros para la santificación de nuestras almas.
Pero sabemos que el diablo no duerme
nunca. Como no puede descansar nunca en Dios, busca incesantemente introducir
la inquietud en cada uno de nosotros, arrancándonos a las manos del Dios
inmutable que es nuestra fortaleza, nuestro castillo, nuestra roca de refugio,
nuestro salvador, nuestro protector y nuestra invisible fuerza. La batalla de
la vida espiritual tiene lugar no “allá afuera”, en el mundo, sino en el
interior de mi corazón, de tu corazón. ¿Vamos a perder nuestra paz mientras el
mundo arde en llamas? ¿Vamos a alejarnos del único puerto en que hay seguridad,
atraídos a alta mar, donde estamos seguros de perder? ¿Vamos a preocuparnos
tanto con la lucha que olvidemos la victoria inmortal ya lograda y compartida
con nosotros en el banquete celestial de la santa Comunión? ¿Caeremos debido al
más sutil de los errores, el de pensar que si la Iglesia parece estar vacilando
y viniéndose abajo ello quiere decir que Cristo ya no es capaz de salvarnos,
como si nuestra mirada finita y falible del mundo pudiera realmente abarcar lo
que está teniendo lugar en el vasto mundo invisible de ángeles y almas?
“El misterio de iniquidad ya está
operando”, escribe san Pablo a los Tesalonicenses (2 Ts 2, 7), a lo cual
añade san Juan: “el dragón se enfureció contra la mujer e hizo la guerra al
resto de su simiente, aquellos que guardan los mandamientos de Dios y tienen el
testimonio de Jesucristo” (Ap. 12, 17). El dragón del non serviam hace la guerra a aquélla que dijo: “Soy la esclava del
Señor, hágase en mí según tu palabra”, tu palabra inmortal, inmutable,
irrefutable, invencible.
La fe cristiana ve el cambio de un
modo fundamentalmente diferente de cómo lo ve la modernidad. Para el creyente,
la categoría primera no es el cambio, sino la inmutabilidad. Para nosotros, el
progreso no se mide por el acceso al agua potable, la electricidad o el Internet inalámbrico sino por “las tres etapas de la vida espiritual”:
purgativa, iluminativa y unitiva. La única novedad que cuenta es la novedad de
Cristo, el nuevo Adán, en quien hemos sido bautizados y a alcanzar cuya
“estatura total” estamos llamados mediante la continua conversión (cfr. Ef. 4,
13). El cambio es bueno sólo cuando está al servicio de cambiar nuestros vicios
por virtudes, nuestra alienación de Dios por la amistad con Él. Todo otro
cambio es, a lo más, accesorio y, en el peor de los casos, distracción o
destrucción.
La fe cristiana, que es la
continuación y plenitud de la fe hebrea, tiene como premisas tres realidades
inmutables: Dios uno, simple, bendito por siempre, Padre, Hijos y Espíritu
Santo; la unión hipostática de la divinidad y la humanidad en Jesucristo, una
alianza ontológica que no puede ser jamás rota; el depósito apostólico de la fe
que el mismo Cristo entregó a sus apóstoles, y éstos a sus sucesores hasta el
fin de los tiempos. El depósito de la fue nunca cambia y jamás puede cambiar.
San Vicente de Lerins, en su gran
“Conmonitorio por la antigüedad y universalidad de la fe católica contra las novedades profanas y todas las herejías, escrito hacia 430, introduce dos
términos que contrastan, explicando su exacta diferencia. La primera palabra, profectus, se refiere al avance en
nuestra formulación de lo que creemos, a la articulación de algo que ya se sabe
que es verdadero, pero que no ha sido expresado todavía con toda la plenitud que
la mente humana, con la guía de la fe y la inspiración del Espíritu Santo,
puede alcanzar. La otra palabra, permutatio,
significa mutación, distorsión o desviación del original. San Vicente insiste
en que la única fe verdadera de la Iglesia admite profectus, pero nunca permutatio.
Uno puede sumergirse profundamente en el nexus
mysteriorum, la apretada red de los misterios, y divisar en él nuevos
aspectos de belleza, pero no se puede jamás sacar un conejo de un sombrero o,
podríamos decir más apropiadamente, una paloma de una mitra.
Michael Pakaluk, profesor de ética
en la Catholic University of America,
lo dice muy bien: “Las teorías del desarrollo buscan
establecer la identidad de la doctrina, no su diferencia […] Newman, cuando
presenta su argumento en latín y en forma deductiva a los teólogos de Roma,
después de su conversión, declara que, objetivamente, la doctrina ha sido dada
toda de una vez en la revelación de Cristo y no cambia nunca. Nuestra recepción
subjetiva de la doctrina puede cambiar, pero no debe hacerlo nunca de un modo
que haga parecer que el contenido objetivo ha cambiado […] Por cierto, ninguna
contradicción es descrita como propiamente un desarrollo, como tampoco un hacha
puesta a la raíz de un árbol puede “desarrollar” al árbol”[1].
Lo que san Vicente de Lerins dice
acerca de la doctrina incluye también a los principios de la moral cristiana,
sobre todo a la realidad de las acciones intrínsecamente malas, acciones que no
pueden jamás ser buenas, cualquiera sea la intención que se tenga, sin importar
cuáles sean las circunstancias. La Iglesia ha expuesto su pensamiento sobre
estas acciones de un modo absolutamente claro, siguiendo en ello a su divino
Maestro. Ha habido profectus, como
vemos en la enseñanza de algunos papas modernos como Pío XII o Juan Pablo II,
pero no permutatio que haya puesto
los mandamientos al revés o cabeza abajo. La norma de la caridad, de la acción
buena que place a Dios, tal como la norma de la fe que gobierna nuestro
asentimiento a la verdad, no se ha mutado y es inmutable.
La crisis en la Iglesia, como lo
hace ver tan claramente la encíclica Veritatis Splendor, es una crisis de fe y de caridad, una crisis de la adhesión a la
verdad revelada y de la voluntad de vivir la verdad, de sufrir por ella, de
morir por ella. Esto siempre es, de un modo u otro, la lucha entre el non serviam de Satanás y el “que no se
haga mi voluntad sino la tuya” de Cristo, entre la auto-destructiva libertad
del pecado y la auto-perfeccionante libertad de la obediencia, entre la
cansadora titilación del perpetuo cambio y el plenificante romance del amor
divino. La lucha ha entrado en una nueva fase, con nueva intensidad, pero
Cristo el Señor es el mismo, su verdad permanece, y su victoria está
asegurada.
El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt.
5, 1-12):
“En aquel tiempo, viendo Jesús a las turbas,
subióse a un monte, y sentándose allí, se le acercaron sus discípulos. Abriendo
entonces su boca, les enseñaba diciendo: “Bienaventurados los pobres de
espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los
mansos, porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque
ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de
justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán
llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa
de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados
seréis cuando los hombres por mi causa os maldijeren, y os persiguieren y,
mintiendo, dijeren toda suerte de mal contra vosotros. Alegraos entonces y
saltad de gozo, porque es grande vuestra recompensa en los cielos”.
***
Tanto San Mateo como San Lucas comienzan la
enumeración de aquellos que el Señor llama bienaventurados con los que tienen
espíritu de pobres (San Lucas, para que no parezca sospechosamente fácil tener
espíritu de pobreza viviendo en la abundancia, dice escuetamente:
“Bienaventurados los pobres -Lc. 6, 20-). En otras palabras, no es una mera
coincidencia el que ambos comiencen así su relato de este episodio, sino que,
lejos de ello, hay aquí un designio del Espíritu Santo: ambos Evangelistas ponen,
como primer aspecto de la bienaventuranza que el Mesías promete, el desapego
del mundo. Y como desapego de las cosas de este mundo ha la Iglesia
interpretado siempre este pasaje central de la Buena Nueva.
No se nos pide salir del mundo (“No pido que los
saques del mundo, sino que los guardes del mal”, Jn. 17, 15), aunque en algunas
oportunidades de la historia de la Iglesia separarse física, materialmente, del
mundo ha sido una prudente opción y, más todavía, una necesidad. De ello dan
testimonio, por ejemplo, los monjes de Occidente, los mismos que, “huyendo” del
mundo, fundaron posteriormente a Europa.
No se nos pide huir del mundo, sino caminar en él
como corderos entre lobos. La idea del “mundo” que tiene Jesús es completamente
diferente de la que nos quieren hacer aceptar los modernos “maestros” que han
arrasado con la Iglesia, y por eso nos pide, en esta primera bienaventuranza,
desapegarnos de él. Puede decirse que, en un sentido, el mundo es de por sí
bueno, como creación de Dios, que ha salido perfecto, sin falla, de las manos
del Creador. Pero, en el otro sentido, el “mundo” inficionado de mal, que es el
mundo real que conocemos a través de la historia, es la “hora del poder de las
tinieblas” (Lc. 22, 53) de la cual los cristianos deben protegerse, para los
cuales Jesús mismo pide a su Padre que “los guarde”.
La Iglesia se ha entendido a sí misma como la
barca de la salvación, el lugar donde uno se salva del naufragio, y también el
castillo almenado donde uno encuentra protección, la verdadera Jerusalén,
amurallada sobre el monte. Nada habría más contrario al mensaje del Evangelio
que, abandonando la barca salvadora, nos echáramos al agua, al mundo gobernado
por el poder de las tinieblas. Sí: es cierto que el Señor nos envía al mundo
tal como Él ha sido enviado al mundo por su Padre (Jn. 18, 18); pero nos envía
bien apertrechados y premunidos de espadas (Lc. 22, 36), no con la boba ingenuidad
de quienes no salen a combatir al enemigo sino a hacerse amigos, no a enseñar,
sino a aprender.
Una barca con el casco roto no sirve para salvar a
nadie. Un castillo que baja el puente levadizo y permite la circulación libre
en ambos sentidos, no es protección. Cuando hace unos sesenta años la Iglesia
decidió “abrir las ventanas” o, como se ha dicho ahora último, “salir” fuera de
sus murallas, no ha logrado más que el “humo de Satanás” penetrara en su
interior, y que los católicos fueran devorados por ese león rugiente que gira
en torno nuestro, como dice San Pedro, el primer Papa, cuyo sentido de la
realidad y cuya prudencia política debiera haber sido imitada siempre. ¡Qué
ingenuidad, qué imprudencia de parte de quienes gobiernan esta barca y dirigen
este castillo! Es una imprudencia tan increíble que, más que una misión de
rescate de quienes están allá afuera, estas “salidas” parecen un solapado
designio de ruina para quienes las practican.
En ese mundo moderno, del cual se nos pide
desapegarnos, si hay algo que sobreviva de bueno, es lo que todavía queda en él
de cristiano. Todo lo demás es canto de sirenas, que ha perdido y seguirá
perdiendo a quienes, inocentes palomas, han olvidado que hay que entrar en él
con la astucia de las serpientes. No hay que tomar de él más que lo que ha sido
acrisolado por siglos de tradición cristiana, de examen, de comprobación, de
experiencia medicinal. Ya conocemos todos los peligros y errores. No hay
herejías completamente nuevas. “Nada nuevo hay bajo el sol”.
Fuera de este castillo, o teniendo éste su puente
levadizo descuidadamente abajo; fuera de esta barca de salvación bien
calafateada y asegurada, ese mundo del que tenemos necesariamente que
desapegarnos no hará otra cosa que arrebatarnos esa bienaventuranza que el
Señor ha venido a anunciarnos.
Después de mucho tiempo sin enviarnos ninguna colaboración, nos ha vuelto a escribir un Padre de familia. Nos cuenta que todo ha estado bien por su parte, pero que los afanes del siglo han hecho que no tenga el tiempo para escribir que desearía. Nos ha remitido un breve texto que compartimos ahora con nuestros lectores, donde nos presenta una versión libre del poema "Primero vinieron..." en clave escatológica. Una lectura breve e incisiva, muy acorde a los tiempos que nos toca vivir.
***
Primero vinieron...
Un padre de familia
Sólo el católico próximo a apostatar
se irrita con las somnolencias providenciales de la Iglesia
Rafael Gómez Dávila
En medio de esta pandemia y viendo la situación del mundo y de la Iglesia, la reacción natural ha sido volcarse hacia la literatura escatológica. Estos meses han sido de mucha lectura y meditación, aprovechando el encierro mundial decretado por el Comité de Salvación Pública. Y es que la conclusión de lo que se ve y oye parece confirmar que el obstáculo que menciona San Pablo ha sido removido, y que el Anticristo con su misterio de inequidad se está declarando de modo abierto (2 Tel 2, 7). En uno de sus últimos textos, monseñor Carlo Viganò constataba lo que está sucediendo. Pero sabemos que, si eso está ocurriendo, nos encontramos más cerca de la segunda venida de Cristo y que Su promesa es que el triunfo se inclina a favor del Reino de Dios y su justicia. Las puertas del infierno jamás prevalecerán sobre su Iglesia.
Movido por estos hechos y lecturas, compuse una versión libre del poema "Primero vinieron..." ("First the came...") escrito por el pastor luterano alemán Martin Niemöller (1892-1984) y difundido durante la década de 1950, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. En su versión original, dicho poema aborda la cobardía de los intelectuales alemanes tras el ascenso de los nazis al poder y la sucesiva consecución sus objetivos frente al silencio de muchos. El texto gira así sobre las ideas de persecución, culpa y responsabilidad. Se trata de algo parecido a aquella canción francesa de entreguerras Tout va très bien, madame la marquise(1935), que llama la atención sobre la despreocupación que todo el mundo tenía respecto de la amenaza que se estaba incubando en Alemania. Hasta que el incendio se desató y fue casi incontrolable, con profundas secuelas.
Esta versión que ahora comparto está basada en lo que fue sucediendo en la Iglesia desde mediados del siglo XIX, sin que nadie se ocupara del significado de los hechos que se estaban produciendo. Los pocos que alertaron contra ellos fueron calificados, como siempre ocurre, de profetas de calamidades, recibiendo la reprobación mayoritaria de parte de los eclesiásticos y de los teólogos oficiales u oficiosos. Todos los hechos que nos toca vivir son consecuencias del modernismo que fue incubando lenta, pero persistentemente, hasta que se asentó la idea de que la Iglesia y sus dogmas son instituciones humanas, portadoras de rasgos debidos a su contexto histórico, de suerte que necesitan ser revisadas y reformadas según la época. En otras palabras, lo que ahora vemos no es más que el resultado de esa "ambición de eliminar a Dios de toda la vida social", que es la definición del modernismo teológico que dio Charles Périn (1815-1905), sumado a las consecuencias sociológicas de la propia forma en que la Iglesia se presentó ante el mundo desde el Concilio Vaticano I. Las referencias escatológicas finales del texto están tomadas del Evangelio de la Fiesta de Cristo Rey (Jn 18, 33-37), de la novela distópica El Señor del mundo (1907) de Robert Hugh Benson (1871-1914) y de las palabras de Jesús a Nicodemo recogidas en el Evangelio de San Juan (3, 14-15).
Incendio de la Iglesia San Francisco de Borja de Santiago de Chile, quemada el 18 de octubre de 2020 por turbas anarquistas
El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn. 18, 33-37):
“En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Respondió Jesús: ¿Dices tú eso por cuenta propia, o te lo han dicho otros de Mí? Replicó Pilatos: ¿Qué? ¿acaso soy yo judío? Tu nación y los pontífices te han entregado a mí; ¿qué has hecho? Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si de este mundo fuera mi reino, mis vasallos me habrían defendido para que no cayese en manos de los judíos; pero mi reino no es de aquí. Replicóle Pilatos: ¿Con que tú eres Rey? Respondió Jesús: Tú lo dices: Yo soy Rey. Yo para esto nací, y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad escucha mi voz”.
***
Hay muchos que, amparándose en lo que dice Jesús, “mi reino no es de este mundo”, han procedido a quitarle toda sustancia, toda importancia y toda consecuencia a su calidad de auténtico, de verdadero Rey.
Y lo primero que han hecho es negarle esa calidad
de ser “Rey de todo el género humano”, expresión usada por Pío XI en la encíclica Quas Primas(1925) que crea esta
fiesta. Y así, ha pasado a ser “Rey del universo”, según la reforma posterior al Concilio Vaticano
II. A primera vista, pareciera esto elevarlo a una altura inconmensurable, cosa
que Él merece; pero lo han hecho a fin de quitar a su Realeza toda posibilidad
de morder realmente en la realidad humana,
de causar efectos en ella. Han
practicado con el Señor la táctica bien conocida en la burocracia vaticana: “promoveatur ut amoveatur”; cuando se
quiere sacar a alguien de algún cargo donde se ha convertido en un problema, se
lo promueve a otro cargo más alto y con menos contacto con la realidad, desde
el cual ya no podrá ser un obstáculo para nada. “Para removerlo, hay que
promoverlo”: “Mándeselo, con todos los honores, de encargado de negocios de la
Santa Sede a algún mínimo y lejano país, para que no moleste en la Curia; y
auméntesele el sueldo”.
“Cristo Rey del Universo”, rey de las
constelaciones, de los agujeros negros, de la anti-materia, del orbe terráqueo,
de la flora y fauna… ¿Qué puede derivarse de semejante título para los hombres
y su vida concreta? ¿En qué se ve ésta alterada por semejante título? Además,
¿acaso no tenía ya esa calidad por ser el Creador de todo lo visible y lo
invisible?
En cambio, “Rey de todo el género humano” es un
título cargado de consecuencias para la vida de los pueblos y de sus gobiernos
políticos, y para todos los hombres particulares y concretos.
Es cierto que esas consecuencias no son directas.
En efecto, precisamente en la medida en que se lo reconoce como “Rey de todo el
género humano” se puede comprender el alcance de lo que Él dice: “mi reino no
es de este mundo”. El que no sea “rey de este mundo” -el que Jesús no decida
sobre la política económica, o sobre las prestaciones estatales de salud, o el
nombramiento de ministros de la Corte de Apelaciones- es algo que la Iglesia ha
entendido correctamente desde los primeros siglos. Ya en el siglo V el papa
Gelasio, en carta al emperador en Constantinopla, dice: “dos son las potestades
que gobiernan el mundo: la potestad espiritual de la Iglesia y la potestad
terrenal del emperador”. No hay aquí confusión alguna: no se trata de proclamar
una potestad político-contingente suprema de Cristo y de su Vicario, una
especie de césaro-papismo (una misma persona es césar y papa). No: y prueba de que
la Iglesia jamás aceptó el césaro-papismo es que, en Occidente, el papa y el
emperador -el césar- se enfrentaron en la defensade sus atribuciones propias. “Al césar lo que
es del césar, y a Dios lo que es de Dios”. Toda la mal llamada “Edad Media” es
testigo de esta “separación de poderes”.
Lo que ese “reinado de Cristo sobre el género
humano” significa es, sin embargo, algo que está lleno de contenido y de
efectos sobre la sociedad concreta -que son, precisamente, los que los
modernistas han tratado de anular mediante el concepto de “Rey del universo”-.
¿Cuáles son esos efectos?
Efectos sobre la vida pública o política: la
dignidad real de Cristo sobre el género humano exige que la sociedad entera se
ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ya sea al
establecer las leyes, ya sea al administrar justicia, ya sea finalmente al
formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectitud de
costumbres.
Efectos sobre la vida personal de cada uno de los
seres humanos: Cristo como Rey exige reinar en la inteligencia del hombre, la
cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las
verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; exige también reinar en la
voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; exige además reinar
en el corazón, el cual, posponiendo los efectos naturales, ha de amar a Dios
sobre todas las cosas, y sólo a Él estar unido; y exige, finalmente, reinar en
el cuerpo y en sus miembros, que como instrumentos, o como dice San Pablo, como
armas de justicia para Dios, deben servir para la interna santificación del
alma.
Nada de esto es compatible con el laicismo moderno.
Y los partidarios de éste maniobraron hasta que, finalmente, la realeza de
Cristo se evaporó, allá en las alturas siderales a que fue trasladada, y la
sociedad y sus miembros quedaron abandonados al relativismo doctrinal y moral.
Les ofrecemos hoy un nuevo artículo de Peter Kwasniewski, donde se hace cargo de algunas de las justificaciones usuales para emprender la reforma litúrgica. Se dijo que ella buscaba hacer los ritos más accesibles a los fieles, facilitando su comprensión. Pero el resultado fue el opuesto, dado que, junto con la simplificación del ritual y el uso del vernáculo, desapareció el lenguaje corporal presente en la liturgia, por el que se transmitía la sacralidad del misterio. La consecuencia está a la vista: desaparecidas las formas, el mensaje acabó también diluido, como ya decía el R.P. Thomas Calmel OP cuando prevenía contra los riesgos que traía consigo la eliminación del venerable Canon Romano.
El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las fotografías son las que acompañan la publicación original.
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Mayor accesibilidad… ¿Para quiénes? ¿Para qué? ¿Por qué?
Peter Kwasniewski
A lo largo de los años de reforma litúrgica -y después, durante muchas décadas- a menudo se justificó la avalancha de cambios en el culto católico con unas cuantas frases mágicas, lanzadas, casi como talismanes y con un gesto de infinita superioridad, a las pobres mentes de los humildes laicos. Entre ellas, la que llevaba el primer lugar fue, ciertamente, la frase “participación activa”, pero junto con ella figuraron “el Hombre Moderno”, “ir adonde está la gente”, “obrar como obraba la Iglesia primitiva” y, lo que me interesa más en este artículo, “mayor accesibilidad”.
Se suponía que la liturgia reformada era, y se argumentó y afirmó que sí lo era, “más accesible”. Pero esto es una monumental cortina de humo, como no la hubo nunca antes. Después de todo, no hay nada que, en abstracto y sin mayor especificaciones, sea más accesible o menos accesible que alguna otra cosa. Hay que preguntar siempre: “¿Accesible para quiénes? ¿Y da acceso a qué? ¿Y con qué finalidad?”.
La accesibilidad fue entendida, casi exclusiva y primariamente, como un fenómeno verbal y conceptual. Si uno puede agarrar un trozo, tamaño bocado, de cualquier cosa, sin necesidad de preparación, explicación y sin rastro alguno de perplejidad, se considera que ese trozo es accesible para uno. El objeto de una semejante comprensión, inmediata y total, no puede, obviamente, ser Dios, a quien cualquier teólogo ortodoxo declara, instantáneamente, incomprensible; y no puede tampoco ser el hombre, quien, como ente hecho a imagen de Dios, es un misterio para sí mismo; ni puede ser el mundo, que es demasiado complicado y vasto para caber en la mente del hombre, aunque mil Einstein hubieran de extraerle muestras; ni pueden ser tampoco los misterios revelados por Dios en la historia y expuestos en las Escrituras, ya que cada uno de ellos es una combinación de todo lo anterior. Por tanto, una liturgia perfectamente accesible, en el sentido mencionado anteriormente, tendría que versar sobre nada, dirigirse a nadie, y llevar a ninguna parte.
Esto es, por cierto, y afortunadamente, un caso límite al que nunca se ha llegado: siempre queda un residuo de ininteligibilidad en todo lo que hacen los seres humanos, incluso cuando tratan de evitarlo. En la medida en que subsistieron elementos de la divina liturgia tradicional, subsistió la incomprensibilidad de Dios, del hombre, del cosmos, y de los misterios de Cristo. Con todo, la reforma introdujo una fundamental tensión entre dejar que la liturgia sea misteriosa, como debe ser, por una parte, y, por otra, procurar, en nombre de la ciencia litúrgica, depurarla de los varios rasgos que tienden a hacerla tremenda, ominosa, oscura, intrincada, maravillosa y -aunque sea paradojal- ordenada y ordenadora, familiar y consoladora, sin pretensiones y despojada de cosas irritantes e invasivas.
Ordenaciones en el rito romano tradicional: ¿pueden no gustarnos?
Me parece que existe una gran ironía en la recuperación de la liturgia tradicional, en latín, en la Iglesia romana. La ironía consiste en que, a pesar de lo que los expertos y manipuladores venían prediciendo, a pesar de toda su desesperación, las nuevas generaciones piensan que los ritos antiguos son, en general, suficientemente accesibles, de hecho mucho más accesibles que los ritos nuevos, supuesto que uno recurra a una concepción más amplia y más profunda de accesibilidad. No es difícil encontrar el motivo de ello: la antigua liturgia apela más coherentemente, más poderosamente, al ámbito completo de la realidad, la natural y la sobrenatural; a qué significa ser humanos; a cómo nos expresamos, y a qué es lo que procuramos expresar en palabras, gestos, cantos y suspiros; apela a todos los sentidos, a los diversos temperamentos y personalidades, a los diferentes niveles en que nuestra vida interior se desarrolla y se topa con el mundo exterior.
La liturgia romana tradicional -y esto es también verdad de todo rito apostólico tradicional en la Cristiandad- reconoce una verdad sobre la que los psicólogos no se cansan nunca de explayarse: los seres humanos se comunican, principalmente, de modo no verbal. De hecho, jamás dejamos de comunicar algo, aunque no hablemos, aunque no tengamos intención de comunicar nada. Una actitud ordenada y deferente comunica más que muchos volúmenes, lo mismo que el descuido y el desaliño. La liturgia, como toda ceremonia humana, comunica constantemente mediante cada palabra, actitud, gesto, posición, acción, silencio. La vieja liturgia, al ordenar y regular estas cosas de un modo armonioso a fin de explicitar todo su contenido, es mucho más comunicativa. En este sentido, proporciona más accesos, y de modos más variados. La liturgia reformada, al eliminar el lenguaje no verbal tradicional, dejando muchas más cosas al azar y entregadas a hábitos idiosincráticos, debilita el contenido y su forma de entrega, al mismo tiempo que lo mezcla con materias ajenas y contradictorias.
Muchas de estos pensamientos me los sugirió un video sobre lenguaje corporal que me hizo mucho más consciente de la importancia de los detalles pequeños y no verbales en la liturgia y, por tanto, de la importancia de estar conscientes de su adecuada ejecución y de ser fieles en ésta. El experto entrevistado, Joe Navarro, mira a la gente desde el punto de vista de un agente del FBI que trata de evaluar eventuales peligros, testigos, etcétera. La parte del video más relevante para la liturgia va desde 7:10 a 8:10. He aquí una transcripción de lo que Navarro puntualiza sobre el lenguaje corporal:
* “Cómo nos vestimos, cómo caminamos, tienen significado, y lo usamos para interpretar lo que hay en la mente de una persona”.
* “Podemos pensar que somos muy refinados, [pero] no estamos jamás en un estado en que no transmitimos información”.
* “Todos estamos transmitiendo todo el tiempo; escogemos la ropa que usamos, cómo nos peinamos, cómo nos vestimos, pero también qué actitud tenemos, cómo salimos de la oficina hoy llenos de energía, o entramos con un gesto diferente… y lo que buscamos son diferencias en el comportamiento, hasta llegar a minucias como cuál es la postura de estos individuos al caminar por la calle, si van por el lado de adentro de la acera, o por el lado de afuera, cuál es la velocidad con que pestañean, cuán a menudo miran su reloj…”.
* “Alguien puede poner cara de póker, pero no puede tener cuerpo de póker -en alguna parte se revelará-“.
* “Hablamos de lo no verbal porque tiene importancia, porque tiene gravitas, porque afecta el cómo nos comunicamos con los demás”.
* “En lo que respecta a lo no verbal, es cosa que no importa poco. Nos comunicamos principalmente de modo no verbal, y siempre será así”.
Frases como “nos comunicamos principalmente de modo no verbal” y “nunca estamos sin comunicar algo” son muy relevantes en la celebración de la Misa. Cada gesto -por ejemplo, la velocidad del movimiento alrededor del altar; dónde se para o se sienta el sacerdote, cuándo y por qué; cómo se trata a los vasos sagrados; si la mirada del sacerdote se proyecta directamente hacia el pueblo o si baja los ojos con modestia- es una confesión de qué piensan el celebrante y los fieles que están realizando.
¿Por qué es que los reformadores
fueron tan sordos o despistados en relación con las cosas más obvias de la
vida? ¿No se dieron cuenta de que, mutando el lenguaje corporal, las posturas,
la orientación, la guarda de la vista, se iba a provocar un inmenso cambio en
la mentalidad y en la espiritualidad? O… ¿es que lo comprendieron perfectamente bien, y abolieron, por
tanto, pieza a pieza, un lenguaje no verbal, cambiándolo por otro con un
mensaje contrario?
Recuerdo lo que se ha dicho acerca
de la pérdida de la fe en la Presencia Real. Ello no fue una desafortunada
consecuencia de la falta de catequesis, sino que fue el resultado intencional
de una catequesis renovada: no fue un producto colateral y accidental de
haberse avinagrado la reforma litúrgica, sino un resultado premeditado de una
nueva eclesiología que identificó a la comunidad de los fieles por excelencia con el Cuerpo de Cristo,
y buscó oponerse al “fetichismo” o a la “magia” del culto Eucarístico que se
había desarrollado en la Iglesia desde hacía, al menos, mil años.
“Un bouquet completo de gestos llenos de respeto había rodeado al
Sacramento del altar, y estos gestos eran la homilía más eficaz, que mostraba
continuamente a los sacerdotes y a los fieles, de modo absolutamente claro, la
misteriosa presencia del Señor bajo las formas de pan y de vino. Podemos estar
seguros de que ningún adoctrinamiento teológico por parte de los teólogos llamados
“ilustrados” ha dañado tanto la fe de los católicos occidentales en la
presencia del Señor en la hostia y el cáliz consagrados como la innovación de
recibir la comunión en la mano, junto con el abandono del cuidado en el trato
de las partículas de la hostia.
“Pero ¿en verdad no podemos recibir
reverentemente la comunión en la mano? Sí es posible, por cierto; pero cuando
se discontinuó las tradicionales formas de respeto, que ejercían su bendita
influencia en la conciencia de los fieles, su supresión conllevó el mensaje -y
no sólo para los simples fieles- de que no era en realidad necesaria tanta
reverencia y, en consecuencia, fue creciendo al mismo tiempo la convicción (al
principio tácita) de que no había allí
nada que exigiera respeto” .
“La humildad es más que una virtud: es una
condición para la vida virtuosa. Obsérvese las inclinaciones y genuflexiones
que el hombre humilde hace ante Dios en espíritu de obediencia, reconociendo Su
soberanía misericordiosa, Su amor sin límites, Su sabiduría creadora. La razón
no se siente tentada a inflarse, como ocurre en un proceso revolucionario,
porque en el rito antiguo no todo puede o debe ser explicado por la razón, la
cual, por su parte, se contenta con adorar a Dios sin comprenderlo. La razón se
vuelve a Dios mediante una lengua sagrada, diferente del habla cotidiana,
porque en el orden armonioso de la creación que la liturgia presenta en sus
ritos, no hay jamás una repetición monótona o una tediosa uniformidad, sino una
sinfónica diversidad, sagrada y profana, sin oposición, respetuosa de la
alteridad de cada uno. Aquí la razón renuncia también a un uso excesivo de
palabras, como el que se da, desgraciadamente, en la práctica litúrgica
inaugurada por el Novus Ordo, que es
interpretada por muchos sacerdotes como una oportunidad para la simple locuacidad.
En el antiguo rito, en cambio, la razón apela a otras dimensiones de la
comunicación y, además de las palabras que se pronuncia o se canta, hace lugar
también al silencio. Este silencio se convierte en la atmósfera, impregnada del
Espíritu Santo, en que surgen el pensamiento creyente y la palabra suplicante”.
Lo que hacemos con nuestros cuerpos es exactamente
tan comunicativo como lo que decimos con nuestros labios. Por tanto, la
liturgia debe gobernar las mociones y disposiciones de nuestros miembros
corporales y nuestros sentidos, obligándolos a ser símbolos de la verdad e
instrumentos de santificación. Esto nos ayudará a orar, a entrar más
profundamente en comunión con el Señor, y a rendirnos a una verdad que no puede
ser puesta en palabras ni atrapada por conceptos. Como dice San Pablo en la
Epístola a los Romanos, debiéramos dar nuestros miembros a Dios como
“instrumentos de justicia”. “Ni deis vuestros miembros como armas de iniquidad
al pecado” -el pecado de la falta de reverencia o de respeto por las cosas
sagradas, del comportamiento negligente, descuidado y desconsiderado en nuestra
audiencia formal ante el gran Rey- “sino ofreceos más bien a Dios” en adoración
teocéntrica, que gobierne nuestra comparecencia, “como quienes, muertos, han
vuelto a la vida” -la muerte viviente de la cultura moderna anti-natural,
anti-Crística- “y dad vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia”
(Rom. 6, 13), la justicia, es decir, la virtud de la religión.
El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc. 10, 1-9):
“En aquel tiempo, designó también el Señor a otros
72 [discípulos] y enviólos dos por dos delante de sí a toda ciudad o lugar
donde Él había de venir. Y les decía: ¡La
mies es mucha, pero los obreros pocos! Rogad, pues, al dueño de la mies que
mande obreros a la mies suya. Id; mirad que os envío como a corderos entre
lobos. No llevéis saco, ni alforjas, ni calzados, ni a nadie saludéis en el
camino. En la casa en que entrareis, decid primero: “Paz a esta casa”; y si
allí hubiere alguien digno de la paz, reposará sobre él la paz vuestra; si no,
a vosotros se tornará. Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que
allí os dieren, porque acreedor es el obrero a su paga. No paséis fácilmente de
casa en casa, y en cualquier ciudad en que entrareis y os recibieren, comed lo
que os pusieren, y curad los enfermos que en ella hubiere y decidles: “Está cerca de vosotros el reino de Dios””.
***
El Señor nos enseña, en este trozo del Evangelio,
que Quien obra en su Iglesia es Él mismo, el Señor de la mies. Requiere, sí, de
nuestro trabajo de obreros; pero la mies es suya, y Él sabe cómo cuidarla de
los enemigos que quieren sembrar cizaña en ella. Y porque la mies es suya, Él
se encarga de mantener a los obreros en situación de trabajar, alimentándolos y
proveyendo a su sustento.
Se dirige de este modo el Señor a la cuestión de
los medios para el apostolado: la preocupación por ellos no debe ser la central
del apóstol. Cabe aquí recordar aquello de los lirios del campo. Lo cual no
significa largarse a trabajar en la mies sin picos, ni palas ni azadones, sino
procurárselos, pero sabiendo que “uno es el que siembra y otro el que riega,
pero es Dios quien da el crecimiento”. Es decir, ni irresponsabilidad respecto
de los medios, ni excesiva preocupación por ellos, sino confianza en el Señor.
Él mismo, poco más adelante en el Evangelio de San
Lucas, dice a sus discípulos: “Cuando os envié sin bolsa, sin alforjas, sin
sandalias, ¿os faltó alguna cosa? Dijeron ellos: nada” (Lc. 22, 35).
Sin embargo, en esta segunda ocasión en que el
Señor alude a los medios, está a mitad de camino de la última cena. Y lo que ahora
añade el Señor a sus discípulos, nos permite entender cabalmente cómo hay que
enfrentar la cuestión, que ya planteó anteriormente, situándola en el contexto
de su partida y de la gran prueba que se acerca, para Él mismo y para todos sus
discípulos.
Porque ahora (cosa que no había dicho antes) arreciarán
la persecución y los obstáculos, el Señor dice esto: “Pues ahora el que tenga
bolsa, tómela, e igualmente las alforjas, y el que no la tenga, venda su manto
y compre una espada” (Lc. 22, 36).
El mensaje es, pues, el siguiente: no debemos
poner la confianza principalmente en nosotros mismos, en nuestros medios, en
nuestro poder económico, en nuestra inteligencia, en nuestra preparación
intelectual ni en nuestra habilidad dialéctica, porque Él es el dueño de la
mies y Él la cuida mejor que nosotros; pero nosotros, confiando en su
Providencia, debemos procurar estar a la altura de la tarea que se nos
encomienda y si tenemos bolsa, llevémosla, y asimismo alforjas, y quien no las
tenga, venda el manto y compre… una espada. Sorprende el giro que toman aquí
las palabras de Jesús: vender el manto, pero no para comprar una bolsa, como es
lo que uno esperaría oírlo decir; sino para comprar una espada.
Sí: la confianza en el “Señor de la mies” es el
fundamento del trabajo apostólico; pero, en esta gran prueba para la Iglesia
(que comenzó ya con la pasión del propio Señor), no podemos comer lo que nos
pongan por delante, sino lo que llevemos en las alforjas, y al proclamar la paz
de Dios, que es a lo primero que se nos envía, tenemos que llevar, al mismo
tiempo, nuestras espadas.
Incendio de la Iglesia de San Francisco de Borja (Santiago de Chile) por parte de grupos antisistema (18 de octubre de 2020)
(Foto: Agencia Uno)
Comer de nuestras alforjas, no de lo que nos
pongan por delante. Estar bien equipados con la espada. Esa es la última recomendación
que nos da el Señor antes de volver al seno de su Padre. Confianza y prudencia.
Confianza y acción. Corazón puesto en Dios, inteligencia puesta en los lobos
que nos rodean. Nos lo ha dicho Él Mismo: somos enviados “como corderos entre
lobos” (en otro lugar agrega “como palomas entre serpientes”). No quepa duda:
nos rodean y estrechan lobos y serpientes. Se han metido ya al redil y lo han
llenado con su humo, como decía Pablo VI, que no fue capaz de ventilarlo. Pero
Pedro, el primer papa, lo advirtió y lo dijo, y no después, sino antes de que se
le ahumara la Iglesia: “Sed sobrios y vigilad, porque vuestro enemigo, el
diablo, gira en torno a vosotros rugiendo como león y buscando a quien devorar.
Resistidle fuertes en la fe” (I Petr., 5, 8-9).
Finalmente, ¿a qué espada se refiere el Señor? No,
ciertamente, a la que corta la carne, porque, como dice San Pablo, “no es
nuestra lucha contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra
las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso” (Ef. 6, 10-12).
Las Naciones Unidas, la masonería, los globalizadores son apenas peones de
carne y sangre de esos “dominadores de este mundo tenebroso”. Por eso, tenemos
que tomar “la espada del espíritu, que es la palabra de Dios” (Ef. 6,17), la que
está en la Escritura pero, sobre todo, en la Eucaristía.