lunes, 9 de noviembre de 2020

Domingo XVIII después de Pentecostés

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt. 9, 18-26):

“En aquel tiempo, mientras hablaba Jesús a las turbas, llegóse a Él un príncipe, y le adoró diciendo: Señor, acaba ahora de morir mi hija; pero ven, pon tu mano sobre ella, y vivirá. Levantóse Jesús, y le fue siguiendo acompañado de sus discípulos. Al mismo tiempo una mujer, que padecía doce años flujo de sangre, llegándose por detrás, tocó la orla de su vestido. Porque se decía: si logro tocar tan sólo su vestido, quedaré sana. Volviéndose Jesús, y mirándola, dijo: Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado. Y quedó sana la mujer desde aquella hora. Cuando llegó Jesús a la casa de aquel príncipe, y vio los tañedores de flautas, y la multitud alborotada, dijo: Retiraos, pues la muchacha no está muerta, sino que duerme. Y se burlaban de Él. Expulsada la turba, entró Jesús y tomó a la joven por la mano, levantándose ésta al instante. Y divulgóse el suceso por todo aquel país”.

*** 

Según San Marcos, aquel príncipe, cuyo nombre era Jairo, era uno de los jefes de la sinagoga. No bien hubo hecho Jairo su súplica al Señor, Éste se levantó y se puso en camino, seguido de sus discípulos. La fidelidad de Dios queda de manifiesto: Jesús ha sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt. 15, 24), y no dilata un minuto el milagro que le pide, con fe, un jefe de sinagoga. En el camino, la multitud a la que estaba enseñando lo sigue y lo apretuja. Aprovechando la circunstancia, se le acerca por detrás una mujer enferma que pensaba “con sólo tocarle la orla de su vestido, quedaré sana”. Perdida en el anonimato, extiende la mano y toca al Señor, y al instante queda sana. Y el Señor, según los otros Evangelios sinópticos, se detiene y pregunta: “¿Quién me ha tocado?”. Los discípulos que lo acompañan le responden: “Todos te apretujan, y preguntas ¿quién me ha tocado?”.

Ya curada la mujer, Él le dice “tu fe te ha salvado”. ¡No dice que Él, conmovido por la fe de aquella pobre, la ha salvado de su mal, sino que dice que es la fe de ésta la que la ha salvado, como si Él hubiera sido movido, más que conmovido, por la fe que ella ha mostrado! Dios Omnipotente no resiste la profesión de una fe profunda, y accede siempre a lo que con ella se le pide. “Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá”. “Creed que lo que pedís ya lo habéis recibido, y lo recibiréis”, dice en otra parte. El ejemplo de la fe de la Santísima Virgen, relatado en las bodas de Caná, es el más estupendo de todos, como no podía ser de otro modo: Ella dice “Haced lo que os diga”. Y lo dice después de que Jesús le ha argumentado que no es todavía tiempo de milagros, como el que Ella le está pidiendo. Pero Ella no vacila un instante, parece no haber oído lo que Dios, que es, después de todo, su Hijo, le acaba de decir: su fe es omnipotente. Por eso, la Iglesia ha llamado alguna vez a María “la omnipotencia suplicante”. Y Jesús, cesando su resistencia, accede a realizar el milagro que su madre le pedía y Él se negaba a hacer.

Pero, ¿cómo es esta fe asombrosa, fe de un poder incomprensible para la mente humana, de una fuerza capaz de vencer, si así pudiera decirse, la resistencia de Dios mismo? Y sí, se podría decir así: en el episodio de la mujer cananea, Jesús se niega por dos veces, aduciendo motivos claros y poderosos, a acceder a lo que aquella pide; pero ella, sin vacilar, insiste una y otra vez, superando el temor reverencial que el Maestro imponía a todos. Hasta que Jesús, no pudiendo resistir más, exclama: “¡Oh, mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres” (Mt. 15, 21-28).

Esta fe es, claramente, no sólo una aceptación de un listado de proposiciones doctrinales que a uno le son dadas a conocer; no es una mera aceptación intelectual de dogmas, por más que sean de origen divino. Esta fe es, además, y sobre todo, confianza, una ilimitada confianza, que es algo que nace del corazón, de la voluntad, y que, por ende, mueve al hombre, y mueve al mismo Dios, con sorprendentes y arrebatadoras consecuencias. ¡Qué simple, qué transparente parece ser la confianza total, pero qué profunda, y qué insondable; cuánta riqueza hay en ella, cuánto inexpresado amor, cuánta voluntad de amar!

“El justo vive por la fe”. Sí; pero por una fe que es confianza, que es susceptible de crecer y sublimarse, como todos los sentimientos del corazón.  Una fe del corazón es una fe que ama, y una fe que dice que ama, cumple Sus mandamientos. “No todo el que me dice ¡Señor, Señor!, sino que el cumple la voluntad de mi Padre”. Lo confirma Santiago Apóstol: “Muéstrame sin las obras tu fe, que yo por mis obras te mostraré mi fe” (St. 2, 18). Decir que se tiene fe es tan fácil -e infructuoso- como prestar meramente asentimiento a un listado de doctrinas y de dogmas. Por eso es imprescindible la oración -cotidianamente repetida- de aquel padre desesperado que pedía a Jesús el milagro de sanar a su hijo y a quien El respondió: “Todo es posible al que cree. Al instante, gritando, dijo el padre del niño: ¡Creo! ¡Ayuda a mi incredulidad!” (Mc. 9, 23-24).

jueves, 5 de noviembre de 2020

El culto al cambio y la ausencia de cambio en el cristianismo

Les ofrecemos hoy un artículo de Peter Kwasniewski publicado hace ya algún tiempo, pero que no ha perdido actualidad. Como decía The Wanderer, la Iglesia asiste a un "cisma difuso y polimorfo", donde un porcentaje importante de los católicos no adhiere a la doctrina de la Iglesia. Aquellas creencias que permanecieron por siglos, cuya proyección visible era la conformación de aquello que John Senior llamó la "cultura cristiana", son hoy en día puestas en dudas, reclamando a la Iglesia una adecuación con el mundo. Para el pensamiento hodierno, el lema de la Cartujos, que tan bien condensa la resistencia de la doctrina católica frente a sus tres enemigos permanentes (el mundo, la carne y el demonio), debe ser invertido. Ya no se trate que la Cruz permanezca mientras el mundo gira, sino que ella se una también al devenir mundano, girando con mayor o menor velocidad según lo imponga la época y el lugar. 

Pero la Iglesia no puede cambiar, dejando de enseñar aquello que por siglos predicó como parte de la Revelación divina. La Iglesia fundada de Cristo tiene cuatro notas que la caracterizan y la distinguen de otras sectas o sociedades fundadas por la mano del ser humano. Una de ellas es la unidad, que supone que todos sus miembros, en cualquier tiempo y lugar, están unidos por una misma fe, un mismo culto, una misma ley y la participación en unos mismos sacramentos, bajo una misma cabeza visible que tiene el cometido de confirmar a los fieles en la fe. Esto supone que hay un núcleo de creencias en el cual está condesada la Revelación, que resulta indispensable para la salvación. La relativización de los dogmas es quizá el rasgo más claro del modernismo teológico, que San Pío X llamó "el conjunto de todas las herejías". Hoy asistimos a un paroxismo de lo secular al interior de la Iglesia, donde los vientos de cambio quieren arrasar no sólo con los decorados del templo de Dios, sino con sus mismos cimientos. Más que nunca, la Iglesia está llamada a resistir, como el resto fiel de Israel, reafirmando su carácter de signo de contradicción. Ella existe para un cometido que es peculiar y muy importante, pues se trata nada menos que de asegurar los medios para que las personas se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad. Ni los dogmas están sujetos a contingencia, ni la moral puede ser posibilista, porque ellos se asientan en la Palabra revelada, que es la misma en todo tiempo y lugar y no puede equivocarse. 

El artículo fue publicado en OnePeterFive y ha sido traducido por la Redacción. La imagen proviene del original.  


Lema cartujo: Stat Crux dum volvitur orbis

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El culto al cambio y la ausencia de cambio en el cristianismo

Peter Kwasniewski

La edad moderna convierte el constante cambio en algo glamoroso, se pone romántica con la variedad, el desarrollo, el progreso, la novedad y exalta la evolución como el paradigma del conocimiento y de toda la realidad. Quienes se atienen firmemente a la sabiduría perenne y a las permanentes verdades, a la moral tradicional, a la cultura heredada, a los monumentos del arte, a los ritos venerados por siglos y a las costumbres, son criticados como retrógrados, atrofiados, regresivos, anticuados, obstinados. No van “con la corriente” ni se “mueven con los tiempos”; están ubicados en el lado equivocado de la historia.

Sin embargo, si miramos la historia de la filosofía moderna, de la ciencia moderna y de la religión moderna, veremos adónde ha conducido el culto del cambio: al rechazo mismo del principio de no-contradicción, según el cual una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo; al rechazo de la esencia permanente de las creaturas, que están enraizadas en el Logos eterno de Dios; al rechazo de la finalidad, por lo que, aunque se alaba de boca para afuera al progreso, nada en realidad se dirige hacia ninguna plenitud y nada, por tanto, puede tener sentido o significado; al rechazo del estatuto creatural y, por ello, dependiente y receptivo del ser humano;  y al rechazo de la revelación divina definitiva dirigida, a través de Cristo, a la naturaleza humana y a cada individuo para su salvación.

Por todas estas vías, el movimiento de la modernidad ha terminado en un profundo abismo del cual no puede salir por sí misma: una carrera desesperada, insensata por el poder, las posesiones y los placeres, hasta que las personas mueren con el vano consuelo de los analgésicos. La modernidad es como una cósmica “reductio ad absurdum”, una demostración de lo que ocurre cuando se olvida a Dios, Quien es quien da sentido a todas las cosas, incluso al sufrimiento y la muerte. Somos testigos presenciales de lo que pasa cuando los hombres tratan de vivir sin referencia a un horizonte eterno, a una verdad no fabricada por nosotros mismos, a una bondad y una belleza para cuyo amor y búsqueda fuimos creados.

No sorprende que “el mundo” -el mundo de la separación de Dios, acerca del cual el Señor y los apóstoles hablan en términos tan duros como si fuera lo opuesto a Dios- piense y actúe de este modo. El mundo sigue al príncipe de este mundo, que pronunció el non serviam con que se introdujo, en el universo lleno de orden que Dios había creado, el egoísmo, la discordia, la fealdad, el odio y la anarquía. Pero sí sorprende, y es un escándalo en el más pleno sentido de la palabra, el que los propios gobernantes de la Iglesia -hombres encargados sacramentalmente del oficio de enseñar, gobernar y santificar a las ovejas racionales de Cristo- comiencen a pensar y comportarse de este modo, deslizándose imperceptiblemente hacia el non serviam de Lucifer.

El descenso hacia lo demoníaco está teniendo lugar en el non serviam de aquellos que rechazan las inequívocas enseñanzas del Señor en los Evangelios sobre la indisolubilidad del matrimonio y la necesidad de abstenerse de lanzar la perla de la Eucaristía a los cerdos de los no arrepentidos. Está teniendo lugar en el non serviam de aquellos que osan invitar a no católicos al banquete sacrificial que representa la unidad misma del Cuerpo Místico. Está teniendo lugar en el non serviam de aquellos que desean abolir el celibato del clero y extender los ministerios clericales a las mujeres. Está teniendo lugar en el non serviam de quienes tratan la liturgia como si fuera su propiedad, para cambiarla y modificarla a placer, en vez de atesorarla como el sagrado legado de los santos, que nos ha sido generosamente transmitido a nosotros para la santificación de nuestras almas.

Pero sabemos que el diablo no duerme nunca. Como no puede descansar nunca en Dios, busca incesantemente introducir la inquietud en cada uno de nosotros, arrancándonos a las manos del Dios inmutable que es nuestra fortaleza, nuestro castillo, nuestra roca de refugio, nuestro salvador, nuestro protector y nuestra invisible fuerza. La batalla de la vida espiritual tiene lugar no “allá afuera”, en el mundo, sino en el interior de mi corazón, de tu corazón. ¿Vamos a perder nuestra paz mientras el mundo arde en llamas? ¿Vamos a alejarnos del único puerto en que hay seguridad, atraídos a alta mar, donde estamos seguros de perder? ¿Vamos a preocuparnos tanto con la lucha que olvidemos la victoria inmortal ya lograda y compartida con nosotros en el banquete celestial de la santa Comunión? ¿Caeremos debido al más sutil de los errores, el de pensar que si la Iglesia parece estar vacilando y viniéndose abajo ello quiere decir que Cristo ya no es capaz de salvarnos, como si nuestra mirada finita y falible del mundo pudiera realmente abarcar lo que está teniendo lugar en el vasto mundo invisible de ángeles y almas?

“El misterio de iniquidad ya está operando”, escribe san Pablo a los Tesalonicenses (2 Ts 2, 7), a lo cual añade san Juan: “el dragón se enfureció contra la mujer e hizo la guerra al resto de su simiente, aquellos que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo” (Ap. 12, 17). El dragón del non serviam hace la guerra a aquélla que dijo: “Soy la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, tu palabra inmortal, inmutable, irrefutable, invencible.

La fe cristiana ve el cambio de un modo fundamentalmente diferente de cómo lo ve la modernidad. Para el creyente, la categoría primera no es el cambio, sino la inmutabilidad. Para nosotros, el progreso no se mide por el acceso al agua potable, la electricidad o el Internet inalámbrico sino por “las tres etapas de la vida espiritual”: purgativa, iluminativa y unitiva. La única novedad que cuenta es la novedad de Cristo, el nuevo Adán, en quien hemos sido bautizados y a alcanzar cuya “estatura total” estamos llamados mediante la continua conversión (cfr. Ef. 4, 13). El cambio es bueno sólo cuando está al servicio de cambiar nuestros vicios por virtudes, nuestra alienación de Dios por la amistad con Él. Todo otro cambio es, a lo más, accesorio y, en el peor de los casos, distracción o destrucción.


La fe cristiana, que es la continuación y plenitud de la fe hebrea, tiene como premisas tres realidades inmutables: Dios uno, simple, bendito por siempre, Padre, Hijos y Espíritu Santo; la unión hipostática de la divinidad y la humanidad en Jesucristo, una alianza ontológica que no puede ser jamás rota; el depósito apostólico de la fe que el mismo Cristo entregó a sus apóstoles, y éstos a sus sucesores hasta el fin de los tiempos. El depósito de la fue nunca cambia y jamás puede cambiar.  

San Vicente de Lerins, en su gran “Conmonitorio por la antigüedad y universalidad de la fe católica contra las novedades profanas y todas las herejías, escrito hacia 430, introduce dos términos que contrastan, explicando su exacta diferencia. La primera palabra, profectus, se refiere al avance en nuestra formulación de lo que creemos, a la articulación de algo que ya se sabe que es verdadero, pero que no ha sido expresado todavía con toda la plenitud que la mente humana, con la guía de la fe y la inspiración del Espíritu Santo, puede alcanzar. La otra palabra, permutatio, significa mutación, distorsión o desviación del original. San Vicente insiste en que la única fe verdadera de la Iglesia admite profectus, pero nunca permutatio. Uno puede sumergirse profundamente en el nexus mysteriorum, la apretada red de los misterios, y divisar en él nuevos aspectos de belleza, pero no se puede jamás sacar un conejo de un sombrero o, podríamos decir más apropiadamente, una paloma de una mitra.

Michael Pakaluk, profesor de ética en la Catholic University of America, lo dice muy bien: “Las teorías del desarrollo buscan establecer la identidad de la doctrina, no su diferencia […] Newman, cuando presenta su argumento en latín y en forma deductiva a los teólogos de Roma, después de su conversión, declara que, objetivamente, la doctrina ha sido dada toda de una vez en la revelación de Cristo y no cambia nunca. Nuestra recepción subjetiva de la doctrina puede cambiar, pero no debe hacerlo nunca de un modo que haga parecer que el contenido objetivo ha cambiado […] Por cierto, ninguna contradicción es descrita como propiamente un desarrollo, como tampoco un hacha puesta a la raíz de un árbol puede “desarrollar” al árbol”[1].

Lo que san Vicente de Lerins dice acerca de la doctrina incluye también a los principios de la moral cristiana, sobre todo a la realidad de las acciones intrínsecamente malas, acciones que no pueden jamás ser buenas, cualquiera sea la intención que se tenga, sin importar cuáles sean las circunstancias. La Iglesia ha expuesto su pensamiento sobre estas acciones de un modo absolutamente claro, siguiendo en ello a su divino Maestro. Ha habido profectus, como vemos en la enseñanza de algunos papas modernos como Pío XII o Juan Pablo II, pero no permutatio que haya puesto los mandamientos al revés o cabeza abajo. La norma de la caridad, de la acción buena que place a Dios, tal como la norma de la fe que gobierna nuestro asentimiento a la verdad, no se ha mutado y es inmutable.

La crisis en la Iglesia, como lo hace ver tan claramente la encíclica Veritatis Splendor, es una crisis de fe y de caridad, una crisis de la adhesión a la verdad revelada y de la voluntad de vivir la verdad, de sufrir por ella, de morir por ella. Esto siempre es, de un modo u otro, la lucha entre el non serviam de Satanás y el “que no se haga mi voluntad sino la tuya” de Cristo, entre la auto-destructiva libertad del pecado y la auto-perfeccionante libertad de la obediencia, entre la cansadora titilación del perpetuo cambio y el plenificante romance del amor divino. La lucha ha entrado en una nueva fase, con nueva intensidad, pero Cristo el Señor es el mismo, su verdad permanece, y su victoria está asegurada. 



[1] “Four Ideas About Deveopment”, First Things, 17 de noviembre de 2019.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Fiesta de Todos los Santos

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt. 5, 1-12): 

“En aquel tiempo, viendo Jesús a las turbas, subióse a un monte, y sentándose allí, se le acercaron sus discípulos. Abriendo entonces su boca, les enseñaba diciendo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando los hombres por mi causa os maldijeren, y os persiguieren y, mintiendo, dijeren toda suerte de mal contra vosotros. Alegraos entonces y saltad de gozo, porque es grande vuestra recompensa en los cielos”.

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Tanto San Mateo como San Lucas comienzan la enumeración de aquellos que el Señor llama bienaventurados con los que tienen espíritu de pobres (San Lucas, para que no parezca sospechosamente fácil tener espíritu de pobreza viviendo en la abundancia, dice escuetamente: “Bienaventurados los pobres -Lc. 6, 20-). En otras palabras, no es una mera coincidencia el que ambos comiencen así su relato de este episodio, sino que, lejos de ello, hay aquí un designio del Espíritu Santo: ambos Evangelistas ponen, como primer aspecto de la bienaventuranza que el Mesías promete, el desapego del mundo. Y como desapego de las cosas de este mundo ha la Iglesia interpretado siempre este pasaje central de la Buena Nueva.

No se nos pide salir del mundo (“No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal”, Jn. 17, 15), aunque en algunas oportunidades de la historia de la Iglesia separarse física, materialmente, del mundo ha sido una prudente opción y, más todavía, una necesidad. De ello dan testimonio, por ejemplo, los monjes de Occidente, los mismos que, “huyendo” del mundo, fundaron posteriormente a Europa.

No se nos pide huir del mundo, sino caminar en él como corderos entre lobos. La idea del “mundo” que tiene Jesús es completamente diferente de la que nos quieren hacer aceptar los modernos “maestros” que han arrasado con la Iglesia, y por eso nos pide, en esta primera bienaventuranza, desapegarnos de él. Puede decirse que, en un sentido, el mundo es de por sí bueno, como creación de Dios, que ha salido perfecto, sin falla, de las manos del Creador. Pero, en el otro sentido, el “mundo” inficionado de mal, que es el mundo real que conocemos a través de la historia, es la “hora del poder de las tinieblas” (Lc. 22, 53) de la cual los cristianos deben protegerse, para los cuales Jesús mismo pide a su Padre que “los guarde”.

La Iglesia se ha entendido a sí misma como la barca de la salvación, el lugar donde uno se salva del naufragio, y también el castillo almenado donde uno encuentra protección, la verdadera Jerusalén, amurallada sobre el monte. Nada habría más contrario al mensaje del Evangelio que, abandonando la barca salvadora, nos echáramos al agua, al mundo gobernado por el poder de las tinieblas. Sí: es cierto que el Señor nos envía al mundo tal como Él ha sido enviado al mundo por su Padre (Jn. 18, 18); pero nos envía bien apertrechados y premunidos de espadas (Lc. 22, 36), no con la boba ingenuidad de quienes no salen a combatir al enemigo sino a hacerse amigos, no a enseñar, sino a aprender.

(Imagen: Estrenando día)

Una barca con el casco roto no sirve para salvar a nadie. Un castillo que baja el puente levadizo y permite la circulación libre en ambos sentidos, no es protección. Cuando hace unos sesenta años la Iglesia decidió “abrir las ventanas” o, como se ha dicho ahora último, “salir” fuera de sus murallas, no ha logrado más que el “humo de Satanás” penetrara en su interior, y que los católicos fueran devorados por ese león rugiente que gira en torno nuestro, como dice San Pedro, el primer Papa, cuyo sentido de la realidad y cuya prudencia política debiera haber sido imitada siempre. ¡Qué ingenuidad, qué imprudencia de parte de quienes gobiernan esta barca y dirigen este castillo! Es una imprudencia tan increíble que, más que una misión de rescate de quienes están allá afuera, estas “salidas” parecen un solapado designio de ruina para quienes las practican.

En ese mundo moderno, del cual se nos pide desapegarnos, si hay algo que sobreviva de bueno, es lo que todavía queda en él de cristiano. Todo lo demás es canto de sirenas, que ha perdido y seguirá perdiendo a quienes, inocentes palomas, han olvidado que hay que entrar en él con la astucia de las serpientes. No hay que tomar de él más que lo que ha sido acrisolado por siglos de tradición cristiana, de examen, de comprobación, de experiencia medicinal. Ya conocemos todos los peligros y errores. No hay herejías completamente nuevas. “Nada nuevo hay bajo el sol”.

Fuera de este castillo, o teniendo éste su puente levadizo descuidadamente abajo; fuera de esta barca de salvación bien calafateada y asegurada, ese mundo del que tenemos necesariamente que desapegarnos no hará otra cosa que arrebatarnos esa bienaventuranza que el Señor ha venido a anunciarnos.

viernes, 30 de octubre de 2020

Primero vinieron...

Después de mucho tiempo sin enviarnos ninguna colaboración, nos ha vuelto a escribir un Padre de familia. Nos cuenta que todo ha estado bien por su parte, pero que los afanes del siglo han hecho que no tenga el tiempo para escribir que desearía. Nos ha remitido un breve texto que compartimos ahora con nuestros lectores, donde nos presenta una versión libre del poema "Primero vinieron..." en clave escatológica. Una lectura breve e incisiva, muy acorde a los tiempos que nos toca vivir. 


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Primero vinieron...

Un padre de familia

Sólo el católico próximo a apostatar 

se irrita con las somnolencias providenciales de la Iglesia

Rafael Gómez Dávila

En medio de esta pandemia y viendo la situación del mundo y de la Iglesia, la reacción natural ha sido volcarse hacia la literatura escatológica. Estos meses han sido de mucha lectura y meditación, aprovechando el encierro mundial decretado por el Comité de Salvación Pública. Y es que la conclusión de lo que se ve y oye parece confirmar que el obstáculo que menciona San Pablo ha sido removido, y que el Anticristo con su misterio de inequidad se está declarando de modo abierto (2 Tel 2, 7). En uno de sus últimos textos, monseñor Carlo Viganò constataba lo que está sucediendo. Pero sabemos que, si eso está ocurriendo, nos encontramos más cerca de la segunda venida de Cristo y que Su promesa es que el triunfo se inclina a favor del Reino de Dios y su justicia. Las puertas del infierno jamás prevalecerán sobre su Iglesia. 

Movido por estos hechos y lecturas, compuse una versión libre del poema "Primero vinieron..." ("First the came...") escrito por el pastor luterano alemán Martin Niemöller (1892-1984) y difundido durante la década de 1950, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. En su versión original, dicho poema aborda la cobardía de los intelectuales alemanes tras el ascenso de los nazis al poder y la sucesiva consecución sus objetivos frente al silencio de muchos. El texto gira así sobre las ideas de persecución, culpa y responsabilidad. Se trata de algo parecido a aquella canción francesa de entreguerras Tout va très bien, madame la marquise (1935), que llama la atención sobre la despreocupación que todo el mundo tenía respecto de la amenaza que se estaba incubando en Alemania. Hasta que el incendio se desató y fue casi incontrolable, con profundas secuelas. 

Esta versión que ahora comparto está basada en lo que fue sucediendo en la Iglesia desde mediados del siglo XIX, sin que nadie se ocupara del significado de los hechos que se estaban produciendo. Los pocos que alertaron contra ellos fueron calificados, como siempre ocurre, de profetas de calamidades, recibiendo la reprobación mayoritaria de parte de los eclesiásticos y de los teólogos oficiales u oficiosos. Todos los hechos que nos toca vivir son consecuencias del modernismo que fue incubando lenta, pero persistentemente, hasta que se asentó la idea de que la Iglesia y sus dogmas son instituciones humanas, portadoras de rasgos debidos a su contexto histórico, de suerte que necesitan ser revisadas y reformadas según la época. En otras palabras, lo que ahora vemos no es más que el resultado de esa "ambición de eliminar a Dios de toda la vida social", que es la definición del modernismo teológico que dio Charles Périn (1815-1905), sumado a las consecuencias sociológicas de la propia forma en que la Iglesia se presentó ante el mundo desde el Concilio Vaticano I. Las referencias escatológicas finales  del texto están tomadas del Evangelio de la Fiesta de Cristo Rey (Jn 18, 33-37), de la novela distópica El Señor del mundo (1907) de Robert Hugh Benson (1871-1914) y de las palabras de Jesús a Nicodemo recogidas en el Evangelio de San Juan (3, 14-15). 

Incendio de la Iglesia San Francisco de Borja de Santiago de Chile, quemada el 18 de octubre de 2020 por turbas anarquistas
(Foto: ADN Radio)

Primero vinieron...

Primero vinieron por la teología, 

y yo no dije nada, porque no era modernista

Después vinieron por la liturgia, 

y yo no dije nada, porque no era liturgista

Luego vinieron por el derecho canónico, 

y yo no dije nada, porque no era canonista

Más tarde vinieron por la moral, 

y yo no dije nada, porque no era moralista

Siempre hay que obedecer a la jerarquía de la Iglesia, 

porque el que obedece no se equivoca

Y cumplir con las prácticas de piedad

Finalmente vinieron por la fe, 

pero ya no quedaba nadie que la defendiera 

A esas alturas todos eran apóstatas y profesaban la religión del hombre

Había llegado el momento tantas veces anunciado y despreciado por los falsos profetas

No había fe sobre la tierra cuando se consumara la segunda venida de Cristo

Y fue así como volvió Él 

para recordarnos que era Hijo de Dios y que su Reino no es de aquí

Entonces pasó este mundo, y su gloria quedó en nada

Y la promesa se cumplió

El Hijo del hombre fue levantado en lo alto sobre toda la Creación

Para que todos los que habían creído en Él tuviesen vida eterna

lunes, 26 de octubre de 2020

Fiesta de Cristo Rey

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn. 18, 33-37):

“En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Respondió Jesús: ¿Dices tú eso por cuenta propia, o te lo han dicho otros de Mí? Replicó Pilatos: ¿Qué? ¿acaso soy yo judío? Tu nación y los pontífices te han entregado a mí; ¿qué has hecho? Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si de este mundo fuera mi reino, mis vasallos me habrían defendido para que no cayese en manos de los judíos; pero mi reino no es de aquí. Replicóle Pilatos: ¿Con que tú eres Rey? Respondió Jesús: Tú lo dices: Yo soy Rey. Yo para esto nací, y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad escucha mi voz”.

***

Hay muchos que, amparándose en lo que dice Jesús, “mi reino no es de este mundo”, han procedido a quitarle toda sustancia, toda importancia y toda consecuencia a su calidad de auténtico, de verdadero Rey.

Y lo primero que han hecho es negarle esa calidad de ser “Rey de todo el género humano”, expresión usada por Pío XI en la encíclica Quas Primas (1925) que crea esta fiesta. Y así, ha pasado a ser “Rey del universo”, según la reforma posterior al Concilio Vaticano II. A primera vista, pareciera esto elevarlo a una altura inconmensurable, cosa que Él merece; pero lo han hecho a fin de quitar a su Realeza toda posibilidad de morder realmente en la realidad humana, de causar efectos en ella. Han practicado con el Señor la táctica bien conocida en la burocracia vaticana: “promoveatur ut amoveatur”; cuando se quiere sacar a alguien de algún cargo donde se ha convertido en un problema, se lo promueve a otro cargo más alto y con menos contacto con la realidad, desde el cual ya no podrá ser un obstáculo para nada. “Para removerlo, hay que promoverlo”: “Mándeselo, con todos los honores, de encargado de negocios de la Santa Sede a algún mínimo y lejano país, para que no moleste en la Curia; y auméntesele el sueldo”.

“Cristo Rey del Universo”, rey de las constelaciones, de los agujeros negros, de la anti-materia, del orbe terráqueo, de la flora y fauna… ¿Qué puede derivarse de semejante título para los hombres y su vida concreta? ¿En qué se ve ésta alterada por semejante título? Además, ¿acaso no tenía ya esa calidad por ser el Creador de todo lo visible y lo invisible?

En cambio, “Rey de todo el género humano” es un título cargado de consecuencias para la vida de los pueblos y de sus gobiernos políticos, y para todos los hombres particulares y concretos.

Es cierto que esas consecuencias no son directas. En efecto, precisamente en la medida en que se lo reconoce como “Rey de todo el género humano” se puede comprender el alcance de lo que Él dice: “mi reino no es de este mundo”. El que no sea “rey de este mundo” -el que Jesús no decida sobre la política económica, o sobre las prestaciones estatales de salud, o el nombramiento de ministros de la Corte de Apelaciones- es algo que la Iglesia ha entendido correctamente desde los primeros siglos. Ya en el siglo V el papa Gelasio, en carta al emperador en Constantinopla, dice: “dos son las potestades que gobiernan el mundo: la potestad espiritual de la Iglesia y la potestad terrenal del emperador”. No hay aquí confusión alguna: no se trata de proclamar una potestad político-contingente suprema de Cristo y de su Vicario, una especie de césaro-papismo (una misma persona es césar y papa). No: y prueba de que la Iglesia jamás aceptó el césaro-papismo es que, en Occidente, el papa y el emperador -el césar- se enfrentaron en la defensa  de sus atribuciones propias. “Al césar lo que es del césar, y a Dios lo que es de Dios”. Toda la mal llamada “Edad Media” es testigo de esta “separación de poderes”.

(Imagen: Catholik-blog)

Lo que ese “reinado de Cristo sobre el género humano” significa es, sin embargo, algo que está lleno de contenido y de efectos sobre la sociedad concreta -que son, precisamente, los que los modernistas han tratado de anular mediante el concepto de “Rey del universo”-.

¿Cuáles son esos efectos?

Efectos sobre la vida pública o política: la dignidad real de Cristo sobre el género humano exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ya sea al establecer las leyes, ya sea al administrar justicia, ya sea finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres.

Efectos sobre la vida personal de cada uno de los seres humanos: Cristo como Rey exige reinar en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; exige también reinar en la voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; exige además reinar en el corazón, el cual, posponiendo los efectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas, y sólo a Él estar unido; y exige, finalmente, reinar en el cuerpo y en sus miembros, que como instrumentos, o como dice San Pablo, como armas de justicia para Dios, deben servir para la interna santificación del alma.

Nada de esto es compatible con el laicismo moderno. Y los partidarios de éste maniobraron hasta que, finalmente, la realeza de Cristo se evaporó, allá en las alturas siderales a que fue trasladada, y la sociedad y sus miembros quedaron abandonados al relativismo doctrinal y moral.  

viernes, 23 de octubre de 2020

Mayor accesibilidad… ¿Para quiénes? ¿Para qué? ¿Por qué?

Les ofrecemos hoy un nuevo artículo de Peter Kwasniewski, donde se hace cargo de algunas de las justificaciones usuales para emprender la reforma litúrgica. Se dijo que ella buscaba hacer los ritos más accesibles a los fieles, facilitando su comprensión. Pero el resultado fue el opuesto, dado que, junto con la simplificación del ritual y el uso del vernáculo, desapareció el lenguaje corporal presente en la liturgia, por el que se transmitía la sacralidad del misterio. La consecuencia está a la vista: desaparecidas las formas, el mensaje acabó también diluido, como ya decía el R.P. Thomas Calmel OP cuando prevenía contra los riesgos que traía consigo la eliminación del venerable Canon Romano.  

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las fotografías son las que acompañan la publicación original. 

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Mayor accesibilidad… ¿Para quiénes? ¿Para qué? ¿Por qué?

Peter Kwasniewski

A lo largo de los años de reforma litúrgica -y después, durante muchas décadas- a menudo se justificó la avalancha de cambios en el culto católico con unas cuantas frases mágicas, lanzadas, casi como talismanes y con un gesto de infinita superioridad, a las pobres mentes de los humildes laicos. Entre ellas, la que llevaba el primer lugar fue, ciertamente, la frase “participación activa”, pero junto con ella figuraron “el Hombre Moderno”, “ir adonde está la gente”, “obrar como obraba la Iglesia primitiva” y, lo que me interesa más en este artículo, “mayor accesibilidad”. 

Se suponía que la liturgia reformada era, y se argumentó y afirmó que sí lo era, “más accesible”. Pero esto es una monumental cortina de humo, como no la hubo nunca antes. Después de todo, no hay nada que, en abstracto y sin mayor especificaciones, sea más accesible o menos accesible que alguna otra cosa. Hay que preguntar siempre: “¿Accesible para quiénes? ¿Y da acceso a qué? ¿Y con qué finalidad?”.

La accesibilidad fue entendida, casi exclusiva y primariamente, como un fenómeno verbal y conceptual. Si uno puede agarrar un trozo, tamaño bocado, de cualquier cosa, sin necesidad de preparación, explicación y sin rastro alguno de perplejidad, se considera que ese trozo es accesible para uno. El objeto de una semejante comprensión, inmediata y total, no puede, obviamente, ser Dios, a quien cualquier teólogo ortodoxo declara, instantáneamente, incomprensible; y no puede tampoco ser el hombre, quien, como ente hecho a imagen de Dios, es un misterio para sí mismo; ni puede ser el mundo, que es demasiado complicado y vasto para caber en la mente del hombre, aunque mil Einstein hubieran de extraerle muestras; ni pueden ser tampoco los misterios revelados por Dios en la historia y expuestos en las Escrituras, ya que cada uno de ellos es una combinación de todo lo anterior. Por tanto, una liturgia perfectamente accesible, en el sentido mencionado anteriormente, tendría que versar sobre nada, dirigirse a nadie, y llevar a ninguna parte. 

Esto es, por cierto, y afortunadamente, un caso límite al que nunca se ha llegado: siempre queda un residuo de ininteligibilidad en todo lo que hacen los seres humanos, incluso cuando tratan de evitarlo. En la medida en que subsistieron elementos de la divina liturgia tradicional, subsistió la incomprensibilidad de Dios, del hombre, del cosmos, y de los misterios de Cristo. Con todo, la reforma introdujo una fundamental tensión entre dejar que la liturgia sea misteriosa, como debe ser, por una parte, y, por otra, procurar, en nombre de la ciencia litúrgica, depurarla de los varios rasgos que tienden a hacerla tremenda, ominosa, oscura, intrincada, maravillosa y -aunque sea paradojal- ordenada y ordenadora, familiar y consoladora, sin pretensiones y despojada de cosas irritantes e invasivas.

Ordenaciones en el rito romano tradicional: ¿pueden no gustarnos?

Me parece que existe una gran ironía en la recuperación de la liturgia tradicional, en latín, en la Iglesia romana. La ironía consiste en que, a pesar de lo que los expertos y manipuladores venían prediciendo, a pesar de toda su desesperación, las nuevas generaciones piensan que los ritos antiguos son, en general, suficientemente accesibles, de hecho mucho más accesibles que los ritos nuevos, supuesto que uno recurra a una concepción más amplia y más profunda de accesibilidad. No es difícil encontrar el motivo de ello: la antigua liturgia apela más coherentemente, más poderosamente, al ámbito completo de la realidad, la natural y la sobrenatural; a qué significa ser humanos; a cómo nos expresamos, y a qué es lo que procuramos expresar en palabras, gestos, cantos y suspiros; apela a todos los sentidos, a los diversos temperamentos y personalidades, a los diferentes niveles en que nuestra vida interior se desarrolla y se topa con el mundo exterior. 

La liturgia romana tradicional -y esto es también verdad de todo rito apostólico tradicional en la Cristiandad- reconoce una verdad sobre la que los psicólogos no se cansan nunca de explayarse: los seres humanos se comunican, principalmente, de modo no verbal. De hecho, jamás dejamos de comunicar algo, aunque no hablemos, aunque no tengamos intención de comunicar nada. Una actitud ordenada y deferente comunica más que muchos volúmenes, lo mismo que el descuido y el desaliño. La liturgia, como toda ceremonia humana, comunica constantemente mediante cada palabra, actitud, gesto, posición, acción, silencio. La vieja liturgia, al ordenar y regular estas cosas de un modo armonioso a fin de explicitar todo su contenido, es mucho más comunicativa. En este sentido, proporciona más accesos, y de modos más variados. La liturgia reformada, al eliminar el lenguaje no verbal tradicional, dejando muchas más cosas al azar y entregadas a hábitos idiosincráticos, debilita el contenido y su forma de entrega, al mismo tiempo que lo mezcla con materias ajenas y contradictorias. 

Muchas de estos pensamientos me los sugirió un video sobre lenguaje corporal que me hizo mucho más consciente de la importancia de los detalles pequeños y no verbales en la liturgia y, por tanto, de la importancia de estar conscientes de su adecuada ejecución y de ser fieles en ésta. El experto entrevistado, Joe Navarro, mira a la gente desde el punto de vista de un agente del FBI que trata de evaluar eventuales peligros, testigos, etcétera. La parte del video más relevante para la liturgia va desde 7:10 a 8:10. He aquí una transcripción de lo que Navarro puntualiza sobre el lenguaje corporal:

* “Cómo nos vestimos, cómo caminamos, tienen significado, y lo usamos para interpretar lo que hay en la mente de una persona”.

* “Podemos pensar que somos muy refinados, [pero] no estamos jamás en un estado en que no transmitimos información”.

* “Todos estamos transmitiendo todo el tiempo; escogemos la ropa que usamos, cómo nos peinamos, cómo nos vestimos, pero también qué actitud tenemos, cómo salimos de la oficina hoy llenos de energía, o entramos con un gesto diferente… y lo que buscamos son diferencias en el comportamiento, hasta llegar a minucias como cuál es la postura de estos individuos al caminar por la calle, si van por el lado de adentro de la acera, o por el lado de afuera, cuál es la velocidad con que pestañean, cuán a menudo miran su reloj…”.

* “Alguien puede poner cara de póker, pero no puede tener cuerpo de póker -en alguna parte se revelará-“.

* “Hablamos de lo no verbal porque tiene importancia, porque tiene gravitas, porque afecta el cómo nos comunicamos con los demás”. 

* “En lo que respecta a lo no verbal, es cosa que no importa poco. Nos comunicamos principalmente de modo no verbal, y siempre será así”.

Frases como “nos comunicamos principalmente de modo no verbal” y “nunca estamos sin comunicar algo” son muy relevantes en la celebración de la Misa. Cada gesto -por ejemplo, la velocidad del movimiento alrededor del altar; dónde se para o se sienta el sacerdote, cuándo y por qué; cómo se trata a los vasos sagrados; si la mirada del sacerdote se proyecta directamente hacia el pueblo o si baja los ojos con modestia- es una confesión de qué piensan el celebrante y los fieles que están realizando.

¿Por qué es que los reformadores fueron tan sordos o despistados en relación con las cosas más obvias de la vida? ¿No se dieron cuenta de que, mutando el lenguaje corporal, las posturas, la orientación, la guarda de la vista, se iba a provocar un inmenso cambio en la mentalidad y en la espiritualidad? O… ¿es que lo comprendieron perfectamente bien, y abolieron, por tanto, pieza a pieza, un lenguaje no verbal, cambiándolo por otro con un mensaje contrario?

Recuerdo lo que se ha dicho acerca de la pérdida de la fe en la Presencia Real. Ello no fue una desafortunada consecuencia de la falta de catequesis, sino que fue el resultado intencional de una catequesis renovada: no fue un producto colateral y accidental de haberse avinagrado la reforma litúrgica, sino un resultado premeditado de una nueva eclesiología que identificó a la comunidad de los fieles por excelencia con el Cuerpo de Cristo, y buscó oponerse al “fetichismo” o a la “magia” del culto Eucarístico que se había desarrollado en la Iglesia desde hacía, al menos, mil años.

 Martin Mosebach señala, respecto de la Comunión (Subversive Catholicism: Papacy, Liturgy, Church [Catolicismo subversivo: el papado, la liturgia, la Iglesia], pp. 80-81):

“Un bouquet completo de gestos llenos de respeto había rodeado al Sacramento del altar, y estos gestos eran la homilía más eficaz, que mostraba continuamente a los sacerdotes y a los fieles, de modo absolutamente claro, la misteriosa presencia del Señor bajo las formas de pan y de vino. Podemos estar seguros de que ningún adoctrinamiento teológico por parte de los teólogos llamados “ilustrados” ha dañado tanto la fe de los católicos occidentales en la presencia del Señor en la hostia y el cáliz consagrados como la innovación de recibir la comunión en la mano, junto con el abandono del cuidado en el trato de las partículas de la hostia.

 “Pero ¿en verdad no podemos recibir reverentemente la comunión en la mano? Sí es posible, por cierto; pero cuando se discontinuó las tradicionales formas de respeto, que ejercían su bendita influencia en la conciencia de los fieles, su supresión conllevó el mensaje -y no sólo para los simples fieles- de que no era en realidad necesaria tanta reverencia y, en consecuencia, fue creciendo al mismo tiempo la convicción (al principio tácita) de que no había allí nada que exigiera respeto” .


El P. Roberto Spataro dice algo parecido, pero de modo más amplio (In Praise of the Tridentine Mass and of Latin, Language of the Church [En alabanza de la Misa tridentina y del latín, lengua de la Iglesia], p 30):

 “La humildad es más que una virtud: es una condición para la vida virtuosa. Obsérvese las inclinaciones y genuflexiones que el hombre humilde hace ante Dios en espíritu de obediencia, reconociendo Su soberanía misericordiosa, Su amor sin límites, Su sabiduría creadora. La razón no se siente tentada a inflarse, como ocurre en un proceso revolucionario, porque en el rito antiguo no todo puede o debe ser explicado por la razón, la cual, por su parte, se contenta con adorar a Dios sin comprenderlo. La razón se vuelve a Dios mediante una lengua sagrada, diferente del habla cotidiana, porque en el orden armonioso de la creación que la liturgia presenta en sus ritos, no hay jamás una repetición monótona o una tediosa uniformidad, sino una sinfónica diversidad, sagrada y profana, sin oposición, respetuosa de la alteridad de cada uno. Aquí la razón renuncia también a un uso excesivo de palabras, como el que se da, desgraciadamente, en la práctica litúrgica inaugurada por el Novus Ordo, que es interpretada por muchos sacerdotes como una oportunidad para la simple locuacidad. En el antiguo rito, en cambio, la razón apela a otras dimensiones de la comunicación y, además de las palabras que se pronuncia o se canta, hace lugar también al silencio. Este silencio se convierte en la atmósfera, impregnada del Espíritu Santo, en que surgen el pensamiento creyente y la palabra suplicante”.

Lo que hacemos con nuestros cuerpos es exactamente tan comunicativo como lo que decimos con nuestros labios. Por tanto, la liturgia debe gobernar las mociones y disposiciones de nuestros miembros corporales y nuestros sentidos, obligándolos a ser símbolos de la verdad e instrumentos de santificación. Esto nos ayudará a orar, a entrar más profundamente en comunión con el Señor, y a rendirnos a una verdad que no puede ser puesta en palabras ni atrapada por conceptos. Como dice San Pablo en la Epístola a los Romanos, debiéramos dar nuestros miembros a Dios como “instrumentos de justicia”. “Ni deis vuestros miembros como armas de iniquidad al pecado” -el pecado de la falta de reverencia o de respeto por las cosas sagradas, del comportamiento negligente, descuidado y desconsiderado en nuestra audiencia formal ante el gran Rey- “sino ofreceos más bien a Dios” en adoración teocéntrica, que gobierne nuestra comparecencia, “como quienes, muertos, han vuelto a la vida” -la muerte viviente de la cultura moderna anti-natural, anti-Crística- “y dad vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia” (Rom. 6, 13), la justicia, es decir, la virtud de la religión.

lunes, 19 de octubre de 2020

Fiesta de San Lucas, Evangelista

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc. 10, 1-9):

“En aquel tiempo, designó también el Señor a otros 72 [discípulos] y enviólos dos por dos delante de sí a toda ciudad o lugar donde Él había de venir. Y les decía: ¡La mies es mucha, pero los obreros pocos! Rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a la mies suya. Id; mirad que os envío como a corderos entre lobos. No llevéis saco, ni alforjas, ni calzados, ni a nadie saludéis en el camino. En la casa en que entrareis, decid primero: “Paz a esta casa”; y si allí hubiere alguien digno de la paz, reposará sobre él la paz vuestra; si no, a vosotros se tornará. Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que allí os dieren, porque acreedor es el obrero a su paga. No paséis fácilmente de casa en casa, y en cualquier ciudad en que entrareis y os recibieren, comed lo que os pusieren, y curad los enfermos que en ella hubiere y decidles: “Está cerca de vosotros el reino de Dios””.

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El Señor nos enseña, en este trozo del Evangelio, que Quien obra en su Iglesia es Él mismo, el Señor de la mies. Requiere, sí, de nuestro trabajo de obreros; pero la mies es suya, y Él sabe cómo cuidarla de los enemigos que quieren sembrar cizaña en ella. Y porque la mies es suya, Él se encarga de mantener a los obreros en situación de trabajar, alimentándolos y proveyendo a su sustento.

Se dirige de este modo el Señor a la cuestión de los medios para el apostolado: la preocupación por ellos no debe ser la central del apóstol. Cabe aquí recordar aquello de los lirios del campo. Lo cual no significa largarse a trabajar en la mies sin picos, ni palas ni azadones, sino procurárselos, pero sabiendo que “uno es el que siembra y otro el que riega, pero es Dios quien da el crecimiento”. Es decir, ni irresponsabilidad respecto de los medios, ni excesiva preocupación por ellos, sino confianza en el Señor.

Él mismo, poco más adelante en el Evangelio de San Lucas, dice a sus discípulos: “Cuando os envié sin bolsa, sin alforjas, sin sandalias, ¿os faltó alguna cosa? Dijeron ellos: nada” (Lc. 22, 35).

Sin embargo, en esta segunda ocasión en que el Señor alude a los medios, está a mitad de camino de la última cena. Y lo que ahora añade el Señor a sus discípulos, nos permite entender cabalmente cómo hay que enfrentar la cuestión, que ya planteó anteriormente, situándola en el contexto de su partida y de la gran prueba que se acerca, para Él mismo y para todos sus discípulos.

Porque ahora (cosa que no había dicho antes) arreciarán la persecución y los obstáculos, el Señor dice esto: “Pues ahora el que tenga bolsa, tómela, e igualmente las alforjas, y el que no la tenga, venda su manto y compre una espada” (Lc. 22, 36).

El mensaje es, pues, el siguiente: no debemos poner la confianza principalmente en nosotros mismos, en nuestros medios, en nuestro poder económico, en nuestra inteligencia, en nuestra preparación intelectual ni en nuestra habilidad dialéctica, porque Él es el dueño de la mies y Él la cuida mejor que nosotros; pero nosotros, confiando en su Providencia, debemos procurar estar a la altura de la tarea que se nos encomienda y si tenemos bolsa, llevémosla, y asimismo alforjas, y quien no las tenga, venda el manto y compre… una espada. Sorprende el giro que toman aquí las palabras de Jesús: vender el manto, pero no para comprar una bolsa, como es lo que uno esperaría oírlo decir; sino para comprar una espada.

Sí: la confianza en el “Señor de la mies” es el fundamento del trabajo apostólico; pero, en esta gran prueba para la Iglesia (que comenzó ya con la pasión del propio Señor), no podemos comer lo que nos pongan por delante, sino lo que llevemos en las alforjas, y al proclamar la paz de Dios, que es a lo primero que se nos envía, tenemos que llevar, al mismo tiempo, nuestras espadas.

Incendio de la Iglesia de San Francisco de Borja (Santiago de Chile) por parte de grupos antisistema (18 de octubre de 2020)
(Foto: Agencia Uno)

Comer de nuestras alforjas, no de lo que nos pongan por delante. Estar bien equipados con la espada. Esa es la última recomendación que nos da el Señor antes de volver al seno de su Padre. Confianza y prudencia. Confianza y acción. Corazón puesto en Dios, inteligencia puesta en los lobos que nos rodean. Nos lo ha dicho Él Mismo: somos enviados “como corderos entre lobos” (en otro lugar agrega “como palomas entre serpientes”). No quepa duda: nos rodean y estrechan lobos y serpientes. Se han metido ya al redil y lo han llenado con su humo, como decía Pablo VI, que no fue capaz de ventilarlo. Pero Pedro, el primer papa, lo advirtió y lo dijo, y no después, sino antes de que se le ahumara la Iglesia: “Sed sobrios y vigilad, porque vuestro enemigo, el diablo, gira en torno a vosotros rugiendo como león y buscando a quien devorar. Resistidle fuertes en la fe” (I Petr., 5, 8-9).

Finalmente, ¿a qué espada se refiere el Señor? No, ciertamente, a la que corta la carne, porque, como dice San Pablo, “no es nuestra lucha contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso” (Ef. 6, 10-12). Las Naciones Unidas, la masonería, los globalizadores son apenas peones de carne y sangre de esos “dominadores de este mundo tenebroso”. Por eso, tenemos que tomar “la espada del espíritu, que es la palabra de Dios” (Ef. 6, 17), la que está en la Escritura pero, sobre todo, en la Eucaristía.