domingo, 9 de mayo de 2021

Domingo V después de Pascua

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 16, 23-30):

“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: En verdad, en verdad os digo: Que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedidle y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo. Estas cosas os he dicho usando de comparaciones. Llegó el tiempo en que ya no os hablaré con parábolas, sino que abiertamente os anunciaré las cosas del Padre. Entonces le pediréis en mi nombre; y no os digo que rogaré al Padre por vosotros, pues el mismo Padre os ama, porque vosotros me amasteis, y habéis creído que Yo salí de Dios. Salí del Padre y vine al mundo; otra vez dejo el mundo voy al Padre. Dícenle los discípulos: Ahora sí que hablas claro, y no dices ningún enigma. Ahora conocemos que sabes todas las cosas, y no es preciso que nadie te pregunte: en esto creemos que has salido de Dios”.

***

Hay tantos católicos que dejan la Iglesia y más todavía, abandonan la fe y toda vida espiritual, porque no reciben de Dios lo que, con gran intensidad y constancia, han pedido por largo tiempo. Creen que, porque Dios no los oye, no existe. Pero Dios sabe mucho mejor que sus hijos qué darles y cuándo dárselo. Lo cual se entiende con sólo remitirse al caso de esos niños que, en los supermercados, berrean escandalosamente pidiendo a su padre que les compre esta cosa o la otra: el padre sabe mucho mejor qué es lo que les conviene tener y qué no, y no les compra lo que piden, por mucho que chillen.

Oigamos esto mismo expresado, en mucho mejores términos, por San Agustín:

“'Si algo pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará'. En partes anteriores de este discurso del Señor ya hemos dicho, a causa de ésos que en el nombre de Cristo piden al Padre algunas cosas, pero no las reciben, que cualquier cosa que se pide contra los intereses de la salvación no se pide en el nombre del Salvador. Por cierto, cuando dice 'En mi nombre', ha de comprenderse que habla de esto: no del sonido de las letras y sílabas, sino de lo que significa el sonido mismo y de lo que mediante ese sonido se entiende recta y verdaderamente. Por ende, quien acerca de Cristo opina lo que no ha de opinarse acerca del único Hijo de Dios, no pide en su nombre, aunque con las letras y las sílabas se mencione a Cristo, porque pide en el nombre de ése que se imagina ser Cristo. Quien, en cambio, opina lo que acerca de Cristo ha de opinarse, ese mismo pide en Su nombre y, si no pide contra su salvación sempiterna, recibe lo que pide. Ahora bien, recibe cuando debe recibir, pues ciertas cosas no se niegan, sino que se difieren para ser dadas en tiempo conveniente”.

Hay muchos que piden no por sí mismos y sus necesidades sino que piden por otros: los hijos, los amigos, los pobres. Y no lo consiguen. Veamos qué dice San Agustín:

“Lo que asevera, 'os dará', ha de entenderse absolutamente de forma que se sepa que estas palabras aluden a los beneficios que atañen propiamente a quienes piden. En efecto, todos los santos son escuchados en favor de sí mismos; en cambio, no son escuchados en favor de todos, amigos o enemigos suyos o cualesquiera otros, porque no está dicho 'dará' en cualquier caso, sino: 'os dará'”. 

Puede ser el caso que muchos por quienes pedimos no reciben de Dios porque Él no fuerza sus dones sobre quienes no quieren recibirlos o no son dignos de recibirlos. No obstante lo cual, debemos pedir por que sus disposiciones interiores cambien y se salven finalmente: la misericordia de Dios sabrá qué fibras tocar, sin forzar la libertad de esas personas, para que se dispongan a recibir de Dios, para hacerse dignos de ello.

Y prosigue San Agustín en su comentario:

“Hasta ahora -afirma Jesús- no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea pleno. Este gozo al que llama “pleno” es en realidad un gozo no carnal, sino espiritual y, cuando éste sea tan grande que nada haya que añadirle, entonces será pleno. Cualquier cosa, pues, que se pide con vistas a conseguir este gozo, ha de pedirse en el nombre de Cristo, si entendemos correctamente la divina gracia, si verdaderamente demandamos la vida feliz. En cambio, cualquier otra cosa que se pida, es como no pedir nada, no porque lo que se pide no sea absolutamente ninguna realidad, sino porque cualquier otra cosa que se ansía es nada en comparación con tan gran realidad”. 

¿Pedimos salud, o dinero, o buena suerte? Puede que Dios, que ve mucho más que nosotros, sepa nada de eso sirva a nuestra salvación. Y, como el padre en el supermercado, no nos lo da.

Añade finalmente San Agustín:

“Y lo que sigue: Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre, puede entenderse de dos modos: o que no habéis pedido en mi Nombre porque no conocisteis mi Nombre como debía conocerse, o que no habéis pedido nada porque lo que habéis pedido ha de tenerse por nada en comparación con esa realidad que debisteis pedir. Por tanto, exhorta Jesús a que en su Nombre pidan no nada, sino el gozo pleno —porque si piden alguna otra cosa, es lo mismo que no pedir nada—, y así dice: 'Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea pleno', esto es, en mi Nombre pedid y recibiréis esto: que vuestro gozo sea pleno. En efecto, la misericordia divina nunca defraudará a sus santos si perseveran en pedir ese bien”.

El Greco, Santo Domingo en oración, circa 1600-1610, colección privada
(Imagen: Wikicommons)

jueves, 6 de mayo de 2021

Domingo IV después de Pascua


Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 16, 5-14):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Me voy a Aquel que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas? Mas porque os he dicho estas cosas, vuestro corazón se ha llenado de tristeza. Pero Yo os digo la verdad: Os conviene que Yo me vaya, porque si Yo no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré. Y cuando Él venga, convencerá al mundo en orden al pecado, en orden a la justicia y en orden al juicio. En orden al pecado por cuanto no han creído en Mí; respecto a la justicia, porque Yo me voy al Padre, y ya no me veréis; y tocante al juicio, porque el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. Aun tengo otras muchas cosas que deciros, mas por ahora no podéis comprenderlas. Mas al venir el Espíritu de verdad, Él os enseñará todas las verdades; pues no hablará de suyo, sino que dirá las cosas que habrá oído, y os anunciará las venideras. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío, y os lo anunciará”.

***

El Evangelio de hoy es difícil de comprender. Veamos lo que, en El Año Litúrgico nos dice Dom Prosper Guéranger (1805-1875), quien a su vez recurre, para su explicación, a la autoridad de San Agustín en el comentario que este Doctor hizo de este mismo texto:

“Jesús, que pronunciaba estas palabras la víspera de la Pasión, no se limita a mostrarnos la venida del Espíritu Santo como la consolación de sus fieles; al mismo tiempo nos la presenta como temible para aquéllos que desconocen a su Salvador. Las palabras de Jesús son tan misteriosas como terribles; tomemos la explicación de San Agustín, el Doctor de los doctores. 'Cuando viniere el Espíritu Santo—dice el Salvador— convencerá, al mundo en lo que se refiere al pecado' [en otros términos, presentará querella contra el mundo, sentado en el banquillo de los reos, por este primer concepto]. ¿Por qué? 'Porque los hombres no han creído en Jesús' [o sea, al reo en el banquillo se le imputa el gran pecado, que es el pecado de incredulidad]. ¡Cuánta no será, en efecto, la responsabilidad de aquéllos que habiendo sido testigos de las maravillas obradas por el Redentor no dieron fe a su palabra! Jerusalén oirá decir que el Espíritu Santo ha descendido sobre los discípulos de Jesús, y permanecerá tan indiferente como estuvo a los prodigios que lo mostraban como su Mesías. La venida del Espíritu Santo será como el preludio de la ruina de esta ciudad deicida.

“Jesús añade que 'el Consolador convencerá al mundo con respecto a la justicia, porque—dice—yo voy al Padre y vosotros no me veréis más' [es decir, al irse y ser glorificado en el cielo, sus apóstoles alcanzarán la justicia, la santidad, con lo cual su vida será un reproche constante para el mundo pecador: he aquí la segunda querella, la querella contra el mundo por su injusticia, por su recalcitrante falta de santidad]. Los Apóstoles y aquéllos que creyeron en su palabra serán santos y justos por la fe. Ellos creyeron en aquél que había ido al Padre, en aquél que no vieron ya en este mundo. Jerusalén, al contrario, no guardará recuerdo de Él sino para blasfemarle; la justicia, la santidad, la fe de aquéllos que creyeron será su condenación y el Espíritu Santo les abandonará a su suerte.

“Jesús dice también: 'El Consolador convencerá al mundo en lo que se refiere al juicio" [es decir, la tercera querella contra el mundo, el reo en el banquillo, consistirá en que, a pesar de sus pretendidas virtudes, tiene como rector a Satanás, que ya ha sido sometido a juicio y condenado]. Y ¿por qué?: 'porque el príncipe de este mundo ya está juzgado'. Aquellos que no siguen a Jesucristo tienen sin embargo un Jefe al que sí siguen. Este Jefe es Satanás. Y el juicio de Satanás está ya pronunciado. El Espíritu Santo advierte, pues, a los discípulos del mundo que su príncipe está para siempre sepultado en la reprobación. Que ellos reflexionen; porque, añade San Agustín, 'el orgullo del hombre se engañaría al esperar en el perdón; que medite con frecuencia los castigos que sufren los ángeles soberbios'".

Las dificultades de comprensión de este texto son, como puede verse, tan grandes como su importancia: el mundo es un reo que está en el banquillo de los acusados, y el acusador no es nadie menos que el Espíritu Santo. ¿Abrirse al mundo la Iglesia? ¿Abrir la Iglesia sus puertas y ventanas para que el soplo infecto del mundo la llene de su humo y confusión? ¿Bajar el castillo su puente levadizo para que lo invadan las huestes del mal? ¿Bajarlo para salir por él al mundo sin reparo ni precaución alguna? ¿Una Iglesia “en salida” que se arroja a los brazos del reo cuyo Jefe es Satanás, que ya ha sido condenado en el juicio?

¡Qué terrible deslizamiento se ha producido, durante los últimos 50 o 60 años, desde la idea de “mundo” como “creación de Dios, creación que ha salido buena de las manos divinas” hasta la idea de “mundo como el ejército de un Jefe, Satanás, que ya está condenado”! Ciertamente los discípulos fueron enviados al mundo a predicar el Evangelio a todos sus habitantes; pero se les advirtió que debían precaverse contra los demonios y serpientes y bebidas ponzoñosas que ahí encontrarán (Mc 16, 17-18).

Pieter Boel, Large Vanitas (Still-Life), 1663, Palais des Beaux-Arts, Lille (Francia)
(Imagen: Wikicommons)

domingo, 2 de mayo de 2021

Capítulo "Ángeles Custodios: una manera de participar a distancia en la peregrinación anual a Chartes

Como es sabido, cada año se organiza una peregrinación tradicional entre París y Chartres con ocasión de la fiesta de Pentecostés, la cual congrega entre 10.000 y 12.000 peregrinos venidos de distintos países. Debido a las restricciones derivadas de la pandemia, este año la peregrinación se realizará mediante grupos locales; sólo la Île-de-France se dirigirá a Chartres, donde tendrá lugar la Misa solemne de clausura. La participación presencial exige además que los grupos vengan organizados por Nuestra Señora de la Cristiandad, para asegurar el cumplimiento de las medidas sanitarias. 

Las particularidades de la peregrinación de este año suponen también algunas ventajas para los que no podemos participar físicamente de este encuentro de la Tradición. La manera de hacerlo es inscribirse en el capítulo "Ángeles de la Guarda" ("Anges gardiens"), nombre con el que designa a todas aquellas personas que no pueden asistir físicamente durante los tres días de Pentecostés, pero que quieren estar presentes espiritualmente, y no por eso menos verdaderamente, en la peregrinación de Chartres.

Originalmente bajo el patrocinio de Santa Marta y San Simeón, este capítulo está inspirado en la idea de los peregrinos no caminantes, que fue desarrollada e impulsada por Christian y Catherine Chauvière, quienes desde 2020 han organizado ese hermoso capítulo que ahora recibe un nuevo impulso para dar un resplandor más amplio a la obra de Nuestra Señora de la Cristiandad. La figura busca unir a la peregrinación a todas aquellas personas que por distintas razones no podían participar físicamente de los tres días (por ejemplo, por enfermedad, edad, trabajo, distancia, etcétera). 

Se han comenzando ya a organizar grupos alrededor del mundo para acompañar a la distancia esta peregrinación. Cada grupo se compromete a rezar la oración de la peregrinación y el santo rosario, además de dedicar un tiempo para la meditación, durante los días en que ella se desarrolla (22, 23 y 24 de mayo). De ser posible, se aconseja organizar obras de caridad y penitencia, visita a algún santuario y confesiones que faciliten la unión espiritual de los fieles. Dichos grupos serán reconocidos por Nuestra Señora de la Cristiandad como parte de la peregrinación 2021.

Se trata de una ocasión muy especial para reforzar los lazos de la Tradición dentro de la Iglesia a través del mundo, haciendo realidad la comunión de los santos. Para inscribirse, hay que proponer el plan de actividades para los días de la peregrinación. Los grupos pueden ser individuales o nacionales. 

Más información e inscripciones en este enlace (la página está disponible en francés e inglés). También pueden escribirnos al correo de nuestra Asociación (magnificatunavocechile@gmail.com) para efectuar las coordinaciones que sean necesarias a través de la Federación Internacional Una Voce. 

viernes, 30 de abril de 2021

Silencio y parálisis

Hoy, fiesta de San Pío V según el calendario reformado, les ofrecemos la transcripción de uno de los apartados del libro de Michel O'Brien intitulado El Apocalipsis. Advertencia, esperanza y consolación, que fue publicado en castellano por Homolegens en 2019 (un año después de la edición original en inglés) y cuya lectura recomendamos. Se trata de un libro que invita a meditar con esperanza y seriedad sobre los últimos tiempos, teniendo en cuenta que la escatología forma parte esencial de la Revelación. El texto que reproducimos trata sobre el fariseísmo, una materia que también interesó de manera especial al P. Leonardo Castellani (1899-1981), y sobre el que ha vuelto en los últimos años el escritor Juan Manuel de Prada.  De hecho, el sacerdote argentino decía que "toda la biografía de Jesús de Nazareth como hombre se puede resumir en esta fórmula: 'Fue el Mesías y luchó contra los fariseos' —o quizá más brevemente todavía: ' Luchó contra los fariseos'". Giovanni Papini (1881-1956) decía de ellos que eran "hipócritas [que] ensucian las palabras de lo absoluto, roban las promesas de la eternidad, asesinan las almas". En la actualidad ese combate sigue siendo un frente abierto, como lo muestra la hostilidad hacia la Misa de siempre que se observa de parte de tantos, incluso de quienes sostienen posturas "conservadoras".

Nacido en Ottawa, Canadá, en 1948, Michel O'Brien es un conocido escritor y ensayista sobre fe y cultura de formación autodidacta, además de un reconocido artista de estilo neobizantino. Converso a los 21 años, después de una etapa de agnosticismo y de una experiencia traumática, comenzó a escribir recién a los 46 años, y es autor de una cuarentena de libros, entre los que destacan las novelas El Padre Elías y once más que han sido publicadas en catorce lenguas y ampliamente reseñadas en medios de comunicación de Estados Unidos y Europa. Sus ensayos sobre fe y cultura han aparecido en publicaciones internacionales tales como Catholic World Report, Communio, Catholic Dossier, Inside the Vatican o The Chesterton Review. Durante siete años, fue editor de la revista católica Nazareth Journal. Ha dado charlas en varias universidades de Norteamérica y Europa, y es un constante invitado a programas de televisión. Participa también en Divine Providence Press. 

***

Silencio y parálisis 

Michael O'Brien

Los católicos en Norteamérica y en Europa occidental vivimos cerca de iglesias esquizoides que nos exhortan a condenar el fariseísmo, pero que descuidan la llamada al arrepentimiento y la vida [eterna]. Un gran número de diócesis, parroquias y órdenes religiosas fomentan falsas escisiones en la mente y en el corazón, postulando que la verdad y la misericordia están en conflicto entre ellas; que la justicia y la misericordia son conceptos libres y relativos desunidos desde la base, desde el Único que es la Justicia y la Misericordia en sí mismo; que la doctrina y la práctica pastoral no tienen por que ser coherentes y que el auténtico ejercicio de la autoridad espiritual es el autoritarismo. La corrupción masiva de la misión evangélica de la Iglesia causada por algunos teólogos disidentes y por aquellos a lo que han formado, tiene mucho más peso que los errores cometidos por los beatos que hay entre nosotros, que son una verdadera minoría; diría una minoría mínima, incluso proporcionadamente microscópica. 

Década tras década hemos visto cómo nuestras iglesias se han transformado siguiendo la falsa interpretación del Concilio Vaticano II, que ha convertido la liturgia en un ritual social centrado en el hombre, que ha ignorado o rechazado, o cambiado o mal aplicado, la maravillosa enseñanza de los papas anteriores. Los que vivimos a nivel comunitario en estas iglesias nacionales hemos experimentado la marginación de los fieles católicos, hemos sufrido en silencio innumerables y apasionadas homilías contra el fariseísmo, igualado a la ortodoxia, mientras al mismo tiempo recibíamos una escasa y superficial enseñanza desde los púlpitos de la mayoría de las diócesis. Aunque muchos encuentran su alimento en la vida devocional o en las lecturas espirituales, o participando en grupos laicos o grupos de estudio, la gran mayoría de los creyentes no recibe una formación en la fe y están mal alimentados espiritualmente, como ovejas sin pastor. Poco a poco, gracias a una nueva generación de obispos y sacerdotes apostólicos la situación de algunas iglesias particulares está mejorando, aunque aún queda mucho camino antes de que haya una verdadera renovación. La mayoría de los católicos sigue ofreciendo su sufrimiento por las personas que lo causaron y por la purificación definitiva y el fortalecimiento del Cuerpo de Cristo en nuestro tiempo. Luchan por vivir la veritas y la caritas como una única cosa unificada, en medio de las infidelidades internas de nuestras iglesias particulares y del ambiente social y político hostil de nuestras naciones, que hace mucho que han capitulado ante las políticas contrarias a la vida y la familia. A medida que pasan los años y las décadas, muchos fieles católicos se han sentido cada vez como una minoría perseguida, no como una "élite" santurrona. Saben que son pecadores. Saben que necesitan la misericordia. Y, por esto, saben que necesitan la plenitud de la Iglesia y los Evangelios de Cristo para tener una vida espiritual y sacramental auténtica, el culto de Dios para el cual el hombre fue creado y, así, poder tener la fuerza interior para amar al prójimo como a uno mismo, es decir, tanto a su vecino como a toda la gente de la comunidad humana global. 

Puedo contar con una mano las personas que he conocido durante mi vida que se ajustan al estereotipo del antiguo fariseo. En comparación, conozco a varios cientos de creyentes afectuosos, heroicos y sacrificados que no juzgan a los demás y que por el hecho de ser fieles al depósito de la fe son considerados una "amenaza" para la iglesia particular. Sin mediar provocación alguna, muchas veces han sido las cabezas de turco y los pararrayos de los miedos y las malas intenciones de los demás, sin contradecir. En su gran mayoría, han sido ellos los juzgados. Si a veces han protestado por que se enseñaban falsedades en la Casa de Dios, se cometían sacrilegios o se desobedecían las normas universales de culto de la Iglesia, lo han hecho de manera privada y caritativa. La Iglesia enseña que no sólo están en su derecho de hacerlo sino que es su deber hacerlo[1]. Casi siempre se han encontrado delante una ira irracional o, en el mejor de los casos, indiferencia. Muchos, tras sufrir las consecuencias negativas de su dolorosos esfuerzos, y con poca o nula mejoría de su situación, han sucumbido a la decepción y, al final, han optado por el silencio. Su sensación de inutilidad crece como un cáncer en el Cuerpo de Cristo, y fácilmente causa una especie de parálisis. Han aceptado como inevitables una de las tácticas más insidiosas y destructivas utilizadas por los nuevos fariseos para neutralizar a la oposición. A los fieles se les ha repetido una y otra vez que si defienden la verdad se encontrarán a sí mismos acusados de fariseísmo. 

Recordemos la advertencia del papa Pablo VI: 

"La cola del diablo está funcionando y está desintegrando el mundo católico. La oscuridad de Satanás ha entrado y se ha difundido en la Iglesia católica hasta la cima. La apostasía, la pérdida de la fe, se está difundiendo en todo el mundo y en los niveles más altos dentro de la Iglesia" [2].

Y: 

"Un gran signo apareció en el cielo; una mujer vestida de sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y está encinta, y grita con dolores de parto y con el tormento de dar a luz. Y apareció otro signo en el cielo: un gran dragón rojo que tiene tiene cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas, y su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se puso de pie ante la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo cuando lo diera a luz" (Ap 12, 14).  

Alberto Durero, La Virgen del Apocalipsis y el dragón de siete cabezas, 1498.
(Imagen: Pinterest)

_____________________________

[1] El canon 212, § 3 del Código de Derecho Canónico señala: "Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas". 

[2] Pablo VI, Discurso con ocasión del 60° aniversario de las apariciones de Fátima, 13 de octubre de 1977.

***

Nota de la Redacción: El texto transcrito está tomado de O'Brien, M., El Apocalipsis. Advertencia, esperanza y consolación, trad. de Helena Faccia Serrano, Madrid, Homolegens, 2019, pp. 114-118. El libro del P. Leonardo Castellani, titulado Cristo y los fariseos, se puede descargar aquí. Una breve explicación sobre el "neoconformismo conservador", si bien aplicado a la edulcorada difusión en castellano de la obra de G. K. Chesterton por parte de ciertos grupos católicos, se puede encontrar en este ensayo de Miguel Ayuso. Recomendable es también el diccionario que ofrece The Wanderer. En uno y otro se comprueba como los movimientos conservadores encubren un espíritu antitradicional, que busca aunar el mundo con el mensaje evangélico. 

miércoles, 28 de abril de 2021

Domingo III después de Pascua

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 16, 16-22):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Dentro de poco ya no me veréis; mas poco después me volveréis a ver; porque me voy al Padre. Entonces algunos de ellos se dijeron unos a otros: ¿Qué nos querrá decir con esto: Dentro de poco no me veréis; mas poco después me volveréis a ver; porque me voy al Padre? Y decían: ¿Qué es esto que nos dice: Un poco? No sabemos lo que quiere decir. Entendió Jesús que le querían preguntar y les dijo: Disputáis entre vosotros de esto que he dicho: Dentro de poco ya no me veréis; mas poco después me volveréis a ver. En verdad, en verdad os digo: Que vosotros lloraréis y gemiréis, mas el mundo se gozará; y vosotros andaréis tristes, y vuestra tristeza se transformará en gozo. La mujer, cuando pare, está triste, porque viene su hora; mas cuando ha dado a luz un niño, ya no se acuerda del apuro por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. Pues también ahora vosotros tenéis tristeza; mas otra vez os veré, y se gozará vuestro corazón; y ninguno os arrebatará vuestro gozo”.

***

Muchos, al ver los aciagos tiempos que vive la Iglesia, tanto a causa del mundo hostil, recaído en el paganismo, que la rodea, como de la apostasía y los escándalos en su interior, se preguntan, como los discípulos, “¿Qué es esto de un poco?”. Son ya, a lo menos, ciento cincuenta años desde que comenzaron a abatirse sobre la Iglesia sucesivas calamidades, y ante el espectáculo de la pérdida de la fe de tantos millones de católicos y de la autodestrucción (como decía Pablo VI, sin reconocer su tremenda responsabilidad en ello) que la propia Iglesia lleva dramáticamente a cabo, esto de “un poco” parece intolerable.

Los propios cristianos de la primera generación ya padecían de impaciencia ante el “retraso” del Señor en volver, y clamaban “Maran atha” (Ap. 22, 20), “¡El Señor viene!”, como si, diciéndolo de este modo, diciendo que “ya era” lo que “todavía no era”, pudieran adelantar su regreso. Buscando señales en los sucesos históricos de la proximidad del Señor y del término de las atroces persecuciones que padecían, muchos católicos de entonces, víctimas de una patología de la esperanza, creían que estaba a la vuelta de la esquina ese “milenio”, es decir, ese feliz período de simbólicos mil años que debía preceder a la “parusía” o regreso del Señor, que se menciona en el capítulo 20 del Apocalipsis. Les parecía, en efecto, de que ya no era posible que ocurrieran mayores males a la Iglesia y que, habiendo ya bebido ésta el cáliz hasta las heces, se aproximaba la recompensa final.

Pero ya San Pedro debió salir a corregir esta esperanza desesperada o, lo que es lo mismo, esta falta de esperanza. En su segunda epístola escribe: “¿Dónde está la promesa de su venida? Porque desde que murieron los padres, todo permanece igual desde el principio de la creación” (2 Pe 3, 4). Y responde a esta pregunta, que se hacían muchos en su época, del siguiente modo: “Carísimos, no se os oculte que delante de Dios un solo día es como mil años, y mil años como un solo día. No retrasa el Señor la promesa, como algunos creen; es que pacientemente os aguarda, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan a penitencia” (2 Pe 3, 8-9).

Sí: nuestros tiempos son terribles, seguramente los más terribles desde el principio; pero no son para nosotros un mal, sino una ocasión de penitencia y enmienda. ¡Cuánto mejor hubiera sido nacer, piensan algunos, en períodos considerados “felices” para la Iglesia, como el siglo XIII (o cualquiera otro idealizado por una imaginación impaciente)! Pero ha sido la voluntad del Señor que naciéramos cuando nacimos y tuviéramos que enfrentarnos y padecer lo que hoy nos ha tocado. Con la prueba viene la paciencia; con la paciencia, la esperanza.

Pero los horrores de aquellos primeros siglos fueron tales que muchos en la Iglesia no hicieron caso de las palabras de San Pedro, el primer papa. Y siguieron escudriñando los acontecimientos para descubrir uno que sí fuera (“¡éste sí!”) la señal de que los tiempos se acercaban a su fin. Hoy hay muchos que, retomando especulaciones teológicas erróneas de gran antigüedad, llevan a cabo el mismo escudriñamiento: la monstruosa e incomprensible presencia actual de dos papas simultáneos (a pesar de que hubo época en que tuvimos tres al mismo tiempo); la apostasía de los obispos casi en masa (no obstante que ya apostataron durante la herejía de Arrio en el siglo IV); la heterodoxia (para no decir más) de uno, al menos, de nuestros dos papas (aun cuando ya hubo papas herejes en el pasado de la Iglesia, como Honorio I, condenado como hereje por un concilio general el año 680, y como Juan XXII, aunque este último, ante las “dubia” que le presentaron los teólogos, echó pie atrás in extremis y se retractó). Y en cuanto ya no a la doctrina de la fe sino a la moral, cuya relajación es hoy alentada desde el propio Vaticano, ya hubo descarrilamientos morales del clero iguales o peores que los actuales en el siglo X y en el siglo XV y en muchos otros.

Siguiendo los pasos de San Pedro, San Agustín quitó fundamento a toda esperanza milenarista y desalentó toda esperanza desesperada: este “siglo que envejece” no será para nosotros mejor que lo que fue el suyo para el Señor; y si al Maestro lo trataron como lo hicieron, a nosotros nos tratarán igual. No vino Jesús a prometernos tiempos felices, sino que Él mismo anunció, al momento de ser apresado, que se iniciaba el “poder de las tinieblas” (Lc 22, 53).

Lo que a nosotros nos toca es ir “orando y, con el mazo, dando”. Por muchos “signos de los tiempos” que creamos ver de que ya no es posible nada peor y que viene el fin (signos que desde hace unos 60 años los falsos profetas, y con otros fines, ven por todas partes), nosotros debemos atenernos a las sobrias palabras del Señor, para sanarnos las patologías de la esperanza y crecer en la esperanza, “virtud teologal”: “No os toca a vosotros conocer los tiempos y los momentos que el Padre ha fijado en virtud de su poder” (Hch 1, 7).

Gustave Doré, El triunfo de la Cristiandad sobre el paganismo, circa 1866
(Imagen: Pinterest)

sábado, 24 de abril de 2021

El padre Reese y los peligros de la Misa tradicional

Hace algunos día fue noticia, incluso en los medios en castellano (véase aquí y aquí, por ejemplo), la columna del sacerdote jesuita Thomas Reese, por años profesor de la Universidad de Georgetown y columnista de Religion News Service, donde advierte sobre los peligros de la Misa tradicional y la imperiosa necesidad de alejar de ella a los niños y jóvenes. Se trata de una reacción que tiene una base cierta: a la Misa tradicional asisten sobre todo jóvenes y familias. Les ofrecemos hoy la respuesta de Jane Stannus a dicha columna, donde explica las razones del combate contra la Misa de siempre. Detrás existe una batalla cultural y teológica, cuyo objetivo es cambiar las bases de la fe católica y los resabios de su influencia que aún quedan en la sociedad. Defender la Misa tradicional y el Catecismo Romano no son caprichos de añoranza por lo antiguo, sino combates que hay que dar por la subsistencia de la verdadera fe católica. 

Jane Stannus es periodista y traductora. Sus columnas aparecen de manera regular en The Catholic Herald de Londres, The Spectator de EE.UU., y The National Catholic Reporter. El artículo que ahora les ofrecemos fue publicado en Crisis Magazine y ha sido traducido por la Redacción. 

***

El padre Reese y los peligros de la Misa tradicional

Jane Stannus

(Imagen: artículo original)

¡Piensen un poco en los progresistas! La vida no ha sido últimamente miel sobre hojuelas para quienes quisieran ver nacer una nueva Iglesia. Así, al menos, lo deja entrever el P. Thomas Reese, s.j. en su última columna sobre el futuro de la reforma católica de la liturgia en Religion News Service. Hay mucho camino que andar -sus preocupaciones se centran en torno a ocho problemas litúrgicos- y, al parecer, la cantidad de progresistas jóvenes es insuficiente para recorrerlo.

¿Qué está pasando con la nueva generación, podría uno preguntarse? Lo que está pasando -para mal del P. Reese- es que está asistiendo a la Misa tradicional, como si el Concilio Vaticano II no hubiera jamás existido. O si no es toda esa generación, es al menos una parte lo suficientemente importante como para que el P. Reese suplique al Vaticano: “¡Haced algo!”. Escribe: “La Iglesia debe tener claro que lo que desea es que la liturgia anterior a la reforma desaparezca, y que sólo se la permitirá por condescendencia pastoral con la gente mayor que no comprende la necesidad del cambio”. “No se debiera permitir que los niños y los jóvenes asistieran a esa Misa”.

Por cierto, a pesar de que en este aspecto ha habido muchos abusos en los últimos 50 años, ni el Vaticano ni los obispos tienen, técnicamente hablando, autoridad para impedir la celebración de la Misa tradicional, ni para prohibir a los laicos (de cualquier edad) asistir a ella. San Pío V otorgó a todos los sacerdotes el derecho universal y a perpetuidad de celebrar la Misa tridentina en su bula Quo Primum (1570), derecho que fue reiterado por Benedicto XVI en su motu proprio Summorum Pontificum (2007). Ningún Papa ha osado revocar formal y expresamente la Quo Primum, redactada en términos tan enérgicos que cualquier intento de hacerlo sería de dudosa validez. Pero con autoridad o sin ella, los obispos pueden hacerles la vida sumamente desagradable a los sacerdotes que insisten en celebrar la Misa tradicional y a los laicos que los apoyan. Lo que está pidiendo el P. Reese es que se reanude la persecución a este nivel primario.

Pero es una delicia ver cómo el P. Reese admite abiertamente el poder que la Misa tradicional tiene de atraer a las almas. ¡Sólo mediante el ejercicio autoritario del poder, piensa él, puede hacer que los niños y los jóvenes dejen de asistir a ella! Con todo, lo que la famosa reforma litúrgica del Concilio Vaticano II supuestamente quiso lograr fue precisamente atraer a la juventud, actualizar la Iglesia, ponerla a tono con los tiempos. Pero el asunto ha resultado ser un tan feo tiro por la culata que esa codiciada juventud está votando mediante su forma de comportarse y atestando las Misas tradicionales. Y, lo que es peor, ¡se está casando y llevando también a la Misa tradicional a su numerosa progenie! ¿Es que jamás acabará la Edad Oscura?

¡Pobres progresistas! ¿Cuáles serán sus tristes pensamientos? Quizá algo del siguiente tenor: “Los jóvenes no son capaces de apreciar las cosas buenas que nosotros, envejecidos revolucionarios, negociamos y maquinamos a su tiempo. Les trajimos diversión a las iglesias, guitarras, música pop, espontaneidad, besos de la paz. Les dimos una Misa en vernáculo para que, por primera vez en muchos siglos, pudieran tener al menos una idea de qué se trataba todo esto. Hicimos que el sacerdote se diera vuelta hacia ellos para que sintieran que la Misa era algo de ellos en vez de ser el sacrificio del Calvario. Suprimimos temas como los cambios de vida, como el pecado mortal y la Realeza Social de Cristo y nuestra misión de convertir el mundo al catolicismo. Les dimos libertad para que vivieran no según los Diez Mandamientos sino según las tendencias del día: cambio climático, inmigración, temas raciales, justicia social. Nada de andar preocupados del Reino de los Cielos en la próxima vida; se puede alcanzar la salvación aquí, construyendo hoy la utopía”.

Fieles de Saint-Germain-en-Laye, Francia, oyen Misa en la calle debido a los cierres de templos decretados por la pandemia de COVID-19
(Foto: Notiulti)

Pero la Tradición es el opio del pueblo. En vez de dedicarse alegremente a construir la utopía intramundana, se verá los domingos a esa ingrata juventud de rodillas -¡de rodillas!- contemplando a un sacerdote con casulla que se dirige a Dios en una lengua que Él entiende, pero que los progresistas naturalmente ni entienden ni quieren entender. Los jóvenes permanecen en silencio durante largos y aburridos períodos de inacción, y no dejan que sus niños hablen ni jugueteen -inquietante regreso a la áspera disciplina de tiempos ya superados-. Las exóticas melodías del canto gregoriano se alzan en medio de ellos mezcladas con incienso, esa sustancia deliberadamente retrógrada. Y cuando menos se piensa, se ponen a rezar por la conversión de los no católicos y a comprar ejemplares del Catecismo tradicional.

Lo que los tradicionalistas están haciendo pareciera ser cosa pacífica, pero los progresistas saben que se trata de algo violento: “están alejando violentamente de nuestra utopía de amor, tolerancia y bienestar el foco de la religión; están poniendo los ojos en algo ultramundano, algo que está más allá, más alto. Cada una de sus genuflexiones es un desafío al dogma que hemos tratado, con tanto cuidado, de instilar en la Iglesia: Dios está más dentro que fuera; a Dios hay que encontrarlo en nosotros mismos, en el espíritu de nuestros tiempos, en la comunidad, en la interacción con los seres humanos”. El P. Reese escribe: “Más importante que la transformación del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo es la transformación de la comunidad en el cuerpo de Cristo, para que podamos hacer real la alianza que tenemos gracias a Cristo”.

¡Cuánta soberbia tienen estos reaccionarios, que creen que pueden sencillamente dejar de lado los monumentales avances teológicos de los últimos 60 años y seguir llamándose católicos! Tenemos que retocar la liturgia un poco más todavía para asegurarnos que todos comprendan la nueva teología: “Demasiadas [plegarias eucarísticas] se centran exclusivamente en la consagración del pan y del vino, ignorando el significado de la plegaria”, dice el P. Reese. La consagración del cuerpo y de la sangre de Cristo es obviamente secundaria en la plegaria eucarística, que podría referirse al Evangelio o al problema social del momento -lo que es importante es la comunidad y sus acciones, no la reactualización del sacrificio del Calvario-.

La Misa tradicional es, al mismo tiempo, peligrosamente popular y, de suyo, resistente a las mejoras litúrgicas necesarias para alcanzar nuestra brava utopía. Debe acabarse, por lo tanto. La inculturación, una de las principales preocupaciones litúrgicas de P. Reese, es un estupendo ejemplo. No se puede inculturar la Misa tradicional. Donde quiera que se le ha permitido desarrollarse, se aferra más y más al terreno, transformándose en el fundamento e inspiración para una nueva cultura local, específicamente católica. Nosotros no queremos que la liturgia sea ella misma fuente de cultura: por el contrario, queremos que sea servidora de la cultura que la precede y que la domina. Por esta razón es que nos gusta tanto la Iglesia Amazónica.

“Cada conferencia episcopal -escribe el P. Reese- necesita que se la aliente para reunir académicos, poetas, músicos, artistas y pastores que desarrollen liturgias para sus culturas propias”. Los tradicionalistas recalcitrantes dirán, sin duda, “¿Y qué hay de los académicos, poetas, músicos, artistas y pastores que, en 1971, suplicaron al papa Pablo VI que no destruyera la Misa tradicional, que había inspirado una multitud de valiosos logros en las artes, no sólo obras de místicos, sino también de poetas, filósofos, músicos, arquitectos, pintores y escultores de todos los países y épocas? ¿No es eso suficiente inculturación?”.

(Foto: Connect SP)

Pero no captan la idea. Los firmantes de esta carta a Pablo VI (entre quienes estuvieron el pianista Vladimir Ashkenazy, el historiador del arte Kenneth Clark, la soprano Joan Suterland y las novelistas Agatha Christie y Nancy Mitford) no fueron artistas como es debido. Cualesquiera fueran sus creencias religiosas, su obra estaba inextricablemente unida a la cultura creada por la Europa católica (y construida sobre ella), por la Misa de todos los tiempos. Nosotros, los progresistas, queremos liturgia que esté inculturada en culturas no católicas, no en culturas católicas. Necesitamos alejarnos de lo que el P. Reese denomina “las bases europeas” del catolicismo. ¡Descolonizar (¿o descristianizar?) la liturgia!

Esto lo he escrito con algo de ironía. Pero los católicos no debieran cometer la locura de despachar columnas como la del P. Reese como insensateces. Los progresistas tiene metas bien determinadas para la Iglesia. Y cuando tienen la bondad de explicarnos sus planes, debiéramos prestarles atención y reflexionar: ¿queremos que la Iglesia termine yendo donde el P. Reese quiere que vaya? Si no, cada uno de los puntos de su programa nos indica dónde tenemos que dar la pelea.

¿Quieren inculturación? No nos hagamos a un lado, para no molestar a nadie; por el contrario, adoptemos firmemente la postura de que una cultura católica fundada en la Misa católica e inspirada por ella es la mejor cultura. ¿Quieren más ecumenismo? Consideremos cómo el ecumenismo impide a las almas recibir la gracia santificante y las confina a estar fuera de la Iglesia de Jesucristo, sin tener nada que ver con ella. ¿Quieren que la Misa tradicional desaparezca? Consideremos cuidadosamente cómo la Misa tradicional impide que alcancen sus metas, y apoyemos entonces esa Misa con perseverancia: ella es nuestra fortaleza, construida para nosotros por los Papas, santos y mártires y antecesores nuestros desde los primeros siglos. Cuando estamos con ella, entonces estamos seguros y somos auténticamente católicos.

miércoles, 21 de abril de 2021

Domingo II después de Pascua (Domingo del Buen Pastor)

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 10, 11-16):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor sacrifica su vida por sus ovejas. Pero el mercenario, el que no es propio Pastor, como no son suyas las ovejas, viendo venir el lobo, desampara las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y dispersa el rebaño; el mercenario huye, porque es asalariado y no tiene interés en las ovejas. Yo soy el Buen Pastor, y conozco mis ovejas, y las ovejas mías me conocen a Mí. Así como el Padre me conoce a Mí, así conozco Yo al Padre, y doy mi vida por mis ovejas. Tengo también otras ovejas que no son de este aprisco, las cuales debo Yo recoger, y oirán mi voz, y se hará un solo rebaño y un solo Pastor”.

***

San Agustín, en un sermón, largo por la enorme importancia del tema, habla así de los pastores de la Iglesia:

“Esto dice el Señor Dios: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan sólo a sí mismos! […] Este es el primer motivo por el que se censura a estos pastores: se apacientan a sí mismos, no a las ovejas. ¿Quiénes son los que se apacientan a sí mismos? Aquellos de quienes dice el Apóstol: Pues todos buscan sus intereses, no los de Jesucristo. En nosotros, a quienes el Señor nos puso -porque así él lo quiso, no por nuestros méritos- en este puesto del que hemos de dar cuenta con gran peligro, se dan dos aspectos que hay que distinguir: uno, que somos cristianos; otro, que estamos al frente de vosotros, en atención a vosotros mismos. En el hecho de ser cristianos miramos nuestra propia utilidad; en el hecho de estar al frente de vosotros, la vuestra. Son muchos los que, siendo cristianos, sin estar al frente de otros, llegan hasta Dios, quizá caminando más ligeros, al llevar una carga menor. Nosotros, en cambio, dejando de lado el hecho de ser cristianos, razón por la que hemos de dar cuenta a Dios de nuestra vida, estamos también al frente de vosotros, razón por la que debemos dar cuenta a Dios de nuestro servicio”.

Y continúa, especificando en qué consiste ese servicio:

“Lejos, pues, de mí deciros: «Vivid como queráis, estad seguros, Dios no hace perecer a nadie; basta con que tengáis la fe cristiana. Él no hace perecer a los que redimió, a aquellos por quienes derramó su sangre. Y si queréis deleitar vuestro ánimo con los espectáculos públicos, id tranquilos. ¿Qué tienen de malo? Id, celebrad, participad en esa fiesta que se celebra en todas las ciudades en medio del regocijo de los comensales y de los que creen hallar gozo en los festines públicos, cuando en realidad se pierden. La misericordia de Dios es grande y todo lo perdona. Coronaos de rosas antes de que se marchiten. Celebrad banquetes en la casa de vuestro Dios cuando os venga en gana; llenaos de comida y de vino en compañía de los vuestros: con ese fin se nos dio esta criatura: para gozar de ella. Dios no la dio a los malvados y paganos, privándoos a vosotros de ella». Si yo hablara así, quizá congregaría mayores multitudes; y, aunque hubiera algunos que, al escucharme hablar así, pensaran que no hablo sabiamente, habría unos pocos a los que ofendería, pero me congraciaría con una muchedumbre. Si me comportara así, si no os hablara la palabra de Dios ni la de Cristo, sino la mía, sería un pastor que se apacienta a sí mismo, no a las ovejas”.

Otros pastores, “temiendo herir a aquellos a los que hablan, no sólo no les preparan para las tentaciones inminentes, sino que hasta les prometen la felicidad de este mundo, que Dios no ha prometido ni al mismo mundo. Dios predice que han de venir fatigas sobre fatigas al mundo mismo hasta el fin, ¿y tú quieres que el cristiano esté exento de ellas? Por el hecho de ser cristiano, ha de sufrir en este mundo todavía un poco más”.

Y se explaya sobre cómo hay que entender la misericordia de Dios:

“Presta atención a la Escritura que te dice: Azota a todo el que acepta como hijo. Y prepárate para ser azotado o en ningún modo pretendas ser acogido como hijo. Él -dice- azota a todo el que acoge como hijo y ¿vas a ser tú la excepción? Si quedas excluido de sufrir los azotes, quedas excluido también del número de los hijos. Es tan verdad que azota a todo hijo, que hasta azotó a su Hijo único. El Hijo único, nacido de la sustancia del Padre, igual al Padre en la condición divina, la Palabra por la que fueron hechas todas las cosas, no tenía por qué ser azotado: con este fin se revistió de carne, para no escapar al azote. Quien, pues, azota al Hijo único sin pecado, ¿dejará libre del azote al hijo adoptado y con pecado? El Apóstol dice que fuimos llamados a ser hijos de adopción. Hemos recibido la adopción de hijos para ser coherederos con su Hijo único y para ser también su herencia: “Pídeme y te daré en herencia los pueblos”. En sus sufrimientos nos propuso un ejemplo”.

Pide San Agustín en este sermón que recemos por los pastores, por la terrible responsabilidad que tienen. En estos aciagos días que vive la Iglesia, no debe pasar uno solo sin que los laicos oremos por los obispos que nos gobiernan; jamás, quizá, habían experimentado en la historia de la Iglesia tantas adversidades en el cumplimiento de su responsabilidad. Jamás la apostasía y abandono de sus deberes los había tentado como hoy. Y eso que ya San Juan Crisóstomo decía, en su tiempo, que el infierno está pavimentado con calaveras de obispos.

 Cristóbal García Salmerón, El Buen Pastor, 1660-1665, Museo del Prado (España)
(Imagen: Wikicommons)