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lunes, 17 de agosto de 2026

Fallecimiento del R.P. Jaime Herrera González (1964-2026)

De manera repentina, durante la madrugada de este lunes falleció el sacerdote Jaime Herrera González (1964), párroco de Nuestra Señora de Puerto Claro en Playa Ancha, Valparaíso, donde nunca dejó de celebrar la Santa Misa conforme al antiguo romano. La víspera de su partida fue la última vez que puedo decirla. 

Exalumno del Colegio de los Sagrados Corazones y ordenado sacerdote en 1990, siempre se mantuvo fiel a las mejores tradiciones de la Iglesia. Recién ordenado estuvo destinado como vicario de la Parroquia Nuestra Señora de la Candelaria, en Algarrobo, donde desarrolló una fructífera labor, ayudando al entonces párroco, monseñor Jaime Fernández Sanfuentes (1923-2021). Por más de treinta años sirvió como párroco en diversas parroquias de la diócesis de Valparaíso. Fue también capellán del Estadio Español y del Colegio Saint Peter’s, ambos de Viña del Mar. Previamente y por muchos años tuvo a su cargo la capellanía del Colegio McKay de dicha ciudad. 

Su funeral se llevará a efecto mañana martes 18 de agosto en el Cementerio Parque del Mar de Concón después de una Misa que se oficiará a las 13.00 horas en la Iglesia de los Padres Carmelitas de Viña del Mar (Av. Libertad 390, Viña del Mar) y que será presidida por S.E.R. Jorge Vega Velasco svd, Obispo de Valparaíso.

La Asociación Litúrgica Magnificat expresa sus condolencias a la diócesis de Valparaíso, su parroquia y feligreses, los establecimientos donde servía como capellán y su familia por la partida de este gran y muy apostólico sacerdote. Tuvimos la gracia de contar con su apoyo en las distintas actividades realizadas para promover la Santa Misa de siempre. De hecho, el sábado 8 de agosto, sólo una semana antes de su muerte, asistió desde el coro a la Santa Misa celebrada con ocasión de nuestro 60° aniversario. Dios lo tenga en su Reino y le dé el descanso eterno.

Réquiem ætérnam dona ei, Dómine: Et lux perpétua lúceat ei

Requiéscat in pace

Ámen

martes, 11 de agosto de 2026

Conferencia del LX Aniversario: "La Misa, corazón de la cultura cristiana" (Rubén Peretó)

Les ofrecemos el texto íntegro de la conferencia pronunciada el sábado 8 de agosto de 2026 en la sede Bellavista de la Universidad San Sebastián por el Prof. Rubén Peretó Rivas, profesor titular de filosofía medieval de la Universidad Nacional de Cuyo, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), y director del Centro Internacional de Estudios Litúrgicos (CIEL), con ocasión de los festejos por el LX Aniversario de nuestra asociación. Basada en la obra de John Senior (1923-1999), de quien el Prof. Peretó ha sido traductor, la conferencia se tituló "La Misa, corazón de la cultura cristiana". 

El Prof. Rubén Peretó impartiendo su conferencia magistral en el LX Aniversario de nuestra Asociación 
(Imagen: Asociación Litúrgica Magnificat)

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La Misa, corazón de la cultura cristiana

Rubén Peretó Rivas

I. Una pregunta y una respuesta escandalosa

Quisiera comenzar con una pregunta que parece sencilla y no lo es: ¿qué es la cultura cristiana? Si la formuláramos hoy en una universidad, recibiríamos respuestas eruditas y vagas: un conjunto de valores, una herencia artística, una cierta ética, quizás un capítulo venerable pero clausurado de la historia de Occidente. Todas esas respuestas tienen algo de verdad y ninguna toca el centro.

John Senior, aquel profesor de la Universidad de Kansas que convirtió a centenares de jóvenes con la sola fuerza de los grandes y buenos libros y de la verdad dicha sin rodeos, respondió a esa pregunta con una afirmación que a muchos les pareció, y les sigue pareciendo, escandalosa: ¿Qué es la cultura cristiana? Esencialmente, la Misa. Y se apresuraba a aclarar que esto no era una opinión personal, ni una teoría, ni un piadoso deseo, sino el hecho central de dos mil años de historia. La Cristiandad —eso que el secularismo prefiere llamar, con nombre neutro, Civilización Occidental— es la Misa y todo el aparato que la protege y la favorece. Toda la arquitectura, el arte, las instituciones políticas y sociales, la economía entera, las formas de vivir, de sentir y de pensar de los pueblos, su música y su literatura: todas estas realidades, cuando son buenas, son medios de favorecer y de proteger el santo sacrificio de la Misa.

Nosotros, que amamos la liturgia latina tradicional y hemos organizado buena parte de nuestras vidas en torno a ella —a veces con sacrificios considerables de tiempo, de distancias, de incomprensiones—, intuimos que esa frase no es una exageración retórica. Pero quisiera que hoy la tomáramos completamente en serio, que la siguiéramos hasta sus últimas consecuencias. Porque si Senior tiene razón, entonces se siguen dos cosas de enorme importancia práctica. Primera: que la cultura cristiana no murió por accidente, sino que empezó a morir cuando su corazón —el culto— fue debilitado, oscurecido, retirado de la experiencia sensible de los hombres. Y segunda: que su restauración no comenzará por la política, ni por los medios de comunicación, ni siquiera por las escuelas, con ser todo eso necesario, sino por el altar. Quien quiera restaurar la cultura cristiana debe empezar por restaurar el culto cristiano.

John Senior

II. El culto es la raíz de la cultura

Empecemos por lo más elemental, que es lo que con más frecuencia olvidamos: la palabra misma. Cultura viene de cultus, y cultus significa, antes que nada, culto: el cultivo de lo que se venera. El campesino cultiva la tierra; el pueblo cultiva a sus dioses. No es un juego etimológico. Es la constatación, que cualquier historiador honrado puede verificar, de que toda gran cultura de la historia ha nacido alrededor de un templo. "El culto es la base de la cultura", escribió Senior; y el cardenal Ratzinger, desde una sensibilidad distinta pero convergente, lo confirmaba: el núcleo de las grandes culturas es que interpretan el mundo en relación con lo divino.

Josef Pieper lo demostró con un ejemplo luminoso: la fiesta. No existe, decía, una fiesta "sin dioses", una fiesta desvinculada del culto. Desde la Revolución Francesa se ha intentado una y otra vez fabricar fiestas laicas, celebraciones cívicas sin referencia al culto divino, y el esfuerzo penoso que exige darles alguna apariencia festiva es la mejor prueba de que la festividad solo es posible donde el culto divino sigue siendo un acto vivo. Comparen ustedes una fiesta tradicional, enraizada en el culto —una Navidad de verdad, un Corpus Christi con su procesión—, con una de esas celebraciones artificiales, cuidadosamente preparadas y sin espontaneidad alguna, tan artificiales, como encender luces navideñas en agosto, o lanzar fuegos artificiales al mediodía. La diferencia salta a la vista, y la diferencia es Dios.

Ahora bien: si toda cultura nace del culto, la cultura cristiana nace del culto cristiano, y el culto cristiano tiene un centro absoluto, que no es una idea ni un sentimiento, sino un acto: el santo sacrificio de la Misa, la plegaria perfecta de Cristo mismo, sacerdote y víctima, en la cual el sacrificio del Calvario se hace presente de modo incruento sobre nuestros altares. Todo lo demás —la doctrina, la moral, la piedad, el arte— brota de ahí y remite ahí. La religión no es primero un catecismo que luego se celebra; es primero una Presencia que se adora, y de esa adoración nace todo lo demás, incluido el catecismo.

Y aquí conviene hacer una precisión que nos concierne muy directamente: la cultura no es un lujo, ni un adorno de la fe. La cultura es parte de los medios ordinarios de la salvación. ¿Por qué? Porque la gracia supone la naturaleza, y la naturaleza del hombre incluye los sentidos, la imaginación, las emociones. La fe entra normalmente en el alma por los ojos y los oídos; se apoya en imágenes, en músicas, en gestos, en historias. Un niño que crece rodeado de campanas, de procesiones, del aroma del incienso, de imágenes de la Virgen, de cantos que hablan de Dios, tiene la imaginación preparada para creer; el acto de fe encontrará en él un terreno arado y abonado. Un niño que crece en un ambiente donde nada le habla de Dios tendrá que hacer el mismo acto de fe, pero en un terreno de cemento. Es la observación de Newman sobre las poblaciones católicas de la vieja Europa: para ellas el Señor, la Santísima Virgen, los ángeles y los santos, el cielo y el infierno estaban tan presentes como si fueran objetos visibles. Eso es una cultura cristiana: un mundo donde lo invisible se ha hecho, por así decirlo, sensible; donde la Presencia lo penetra todo.

Procesión de la Diosa de la Razón durante la Revolución Francesa (1793)

III. Cómo la Misa construyó un mundo

Veamos ahora cómo ocurrió esto históricamente, porque la afirmación de Senior no es una tesis abstracta sino la descripción de mil años de historia europea, aproximadamente desde san Benito hasta el final de la Edad Media, o si se prefiere otra periodización, desde Carlomagno hasta la Revolución Francesa.

Pensémoslo con la sencillez con que lo pensaban nuestros padres. Para celebrar la Misa hace falta un altar; y sobre el altar, un techo, por si llueve. Para reservar el Santísimo Sacramento construimos una pequeña Casa de Oro, y sobre ella una Torre de Marfil con una campana, y alrededor un jardín con rosas y lirios, emblemas todos de la Virgen María —Rosa Mystica, Turris Davidica, Turris Eburnea, Domus Aurea—, que llevó en su seno el Cuerpo y la Sangre del Señor. Junto a la iglesia, el cementerio donde duermen los fieles difuntos, esperando. Alrededor viven quienes se ocupan de ella: el sacerdote y los religiosos, cuyo trabajo es la oración y que custodian el misterio de la fe en ese tabernáculo de música y de palabras que es el Oficio Divino. Y en torno a ellos se reúnen los fieles, que participan del culto y realizan todos los demás trabajos necesarios para perpetuar y hacer posible el Sacrificio: producen el alimento, confeccionan el vestido, construyen, guardan la paz, para que las generaciones futuras puedan vivir por Aquel por quien el Sacrificio continuará hasta la consumación de los siglos.

Eso es una civilización. No un sistema económico con capillas decorativas, sino un pueblo entero ordenado, como los radios de una rueda, hacia un centro que es un altar. La arquitectura renació en la Edad Media para dar una casa digna al sacrificio de la Misa; la escultura y la pintura, para adornar esa casa y señalar los misterios que en ella se celebran; la música y la literatura, para cantar y comentar esos misterios. Chartres no es un museo con techo alto: es, como toda iglesia, una custodia de piedra. El canto gregoriano en sus diversas versiones, no es música religiosa antigua: es la oración de la Iglesia hecha melodía, tan casta y tan objetiva que puede sostener siglos de contemplación sin gastarse. Y hasta el orden social —el campesino, el artesano, el clérigo, el soldado— puede entenderse, en su forma cristiana, como cultivo y protección del Santísimo Sacramento.

Esta ordenación llegaba a los detalles más pequeños de la vida, y ahí precisamente estaba su fuerza, porque una cultura no se compone de grandes declaraciones sino de detalles cotidianos. Antiguamente los límites de la parroquia los marcaba la distancia hasta donde llegaba el sonido de la campana. Recordemos el cuadro de Millet, el Ángelus: el labrador cansado, de pie en medio del campo, con el sombrero en la mano y su mujer al lado, la cabeza inclinada, porque la campana lejana anuncia que el Verbo se hizo carne; y su jornada de trabajo agotador queda unida, por ese instante de oración, al otro trabajo más grande de gratitud que el sacerdote eleva a Dios en la iglesia que apenas se ve en el horizonte. En las iglesias también sonaban las campanas en el momento de la elevación, para que los que trabajaban en el campo o yacían enfermos pudieran hacer su comunión espiritual. El tiempo mismo estaba consagrado: el año era el año litúrgico, la semana desembocaba en el domingo, el día estaba jalonado por el Ángelus. Y la primera ley de la economía cristiana, que hoy nos suena increíble, era esta: el fin del trabajo no es la ganancia, sino la oración.

Detengámonos un momento aquí, porque este punto suele malinterpretarse. No se trata de idealizar la Edad Media, que fue con frecuencia brutal. Se trata de reconocer un principio de orden. Aquella sociedad estaba llena de pecadores, como la nuestra; la diferencia es que sabía hacia dónde miraba. Sus pecados eran caídas en un camino; los nuestros son, cada vez más, la negación de que exista camino alguno. Y ese principio de orden era litúrgico antes que político: los hombres vivían, sentían y pensaban juntos en relación con Cristo y con su Cruz porque cada semana, cada día, el sacrificio de la Cruz se hacía presente en medio de ellos.

Jean-François Milet, El Ángelus (Museo de Orsay, 1857-1859)
(Imagen: Wikicommons)

IV. La muerte de la cultura cristiana: la retirada de la Presencia

Si esto es así, entonces la decadencia de la cultura cristiana no puede explicarse sólo por causas políticas o económicas. Hay que buscar la herida en el corazón. Y Senior la formuló en una frase que merece ser meditada palabra por palabra: rigurosamente, paso a paso, durante los últimos cuatrocientos años —el triunfo sucesivo del racionalismo, del liberalismo y del modernismo—, la persona de Cristo ha sido retirada de nuestra experiencia. Las generaciones crecen en un vacío religioso, en una atmósfera cargada, por así decirlo, con su ausencia.

Insisto: retirada de nuestra experiencia. No dice, en primer término, de nuestras ideas. El proceso fue más sutil y más devastador. El racionalismo redujo la religión a una idea; el romanticismo la redujo a una emoción; el modernismo la redujo a una metáfora, a un símbolo. En cada etapa, Cristo se volvía menos real, menos presente, menos alguien con quien uno se encuentra y más algo sobre lo cual uno opina. La fe fue confinada al ámbito de lo privado, de las preferencias personales, junto a los gustos musicales y culinarios. Y una vez allí, el paso siguiente era inevitable: del "cualquier creencia puede ser errónea" del viejo agnosticismo se pasó al dogma actual, autocontradictorio pero imperante, de que toda creencia debe ser errónea; un liberalismo dogmático e inquisitorial, decía Senior, que propone la infidelidad a punta de espada.

¿Y cuál es el resultado? Anthony Esolen lo ha descrito. Imaginemos, propone, que preguntáramos a un antropólogo, al margen del ruido político, cuáles serían los signos de una cultura moribunda, de una cultura suicida. La respuesta compone un retrato que reconocemos con escalofrío. Una cultura así estaría más preocupada por la muerte que por la vida: reclamaría el derecho a morir, pero de la vida haría no un don sino una cosa, desechable como la basura. No vería belleza alguna en el rostro humano ni en el niño en el seno materno. Rechazaría la fecundidad, el matrimonio, la inocencia de los niños. Derribaría las estatuas de sus mayores, porque estos habrían caído primero en los corazones. Su arte se volcaría a lo brutal y a lo informe; su humor sería gris; su pecado dominante, la acedia, esa tristeza espiritual que se disfraza de activismo incesante. Habría sustituido la esperanza por el optimismo, que es su parodia. Y como un estribillo fúnebre, después de cada síntoma, la misma frase: nada es sagrado. Ese es el diagnóstico entero en tres palabras. Una cultura muere cuando pierde el sentido de lo sagrado; y pierde el sentido de lo sagrado cuando lo sagrado mismo —la Presencia real de Dios en medio de su pueblo— ha sido retirado de su experiencia, o velado, o tratado con negligencia por quienes debían custodiarlo.

Porque este es el punto doloroso que no podemos esquivar: la retirada de la Presencia no fue obra únicamente de los enemigos de la Iglesia. En las décadas anteriores al Concilio Vaticano II, la celebración de la Misa seguía siendo reverente y hermosa —"la cosa más bella a este lado del cielo", la llamaba el padre Faber—, aunque el mundo circundante se había vuelto ya sordo a sus signos. Tras el Concilio, el remedio que muchos juzgaron conveniente fue rebajar el nivel de la celebración litúrgica al nivel empobrecido de la cultura contemporánea: música ligera en lugar del gregoriano, improvisación en lugar de rito, banalidad en lugar de misterio. Con la introducción del nuevo rito en 1969, muchos aprovecharon para adoptar novedades tomadas de un entorno cultural que había rechazado esencialmente a Dios e introducirlas en la celebración eucarística, a punto tal que muchas veces cada misa es única porque se adapta a la creatividad del celebrante de turno. Y esto no hizo más que acelerar la debacle, porque una misa indignamente celebrada no cultiva el sentido de lo sagrado ni la comprensión de lo que en ella ocurre, y por tanto no puede revitalizar cultura alguna. Lo más grave, en el orden espiritual, es que la libre elección haya pasado a ser parte constitutiva de las reglas para la celebración del acto más grande del universo. El afán de novedades e informalidades en todas las cosas es un signo seguro de vacío espiritual; como los enfermos del poema de Baudelaire, que creen que sanarán si les cambian la cama.

No se trata de discutir aquí las controversias canónicas y teológicas. Situémonos en otro plano, el plano cultural, que no es algo menor ni accidental, sino indispensable en los medios ordinarios de la salvación. Y en ese plano debemos pedir que se restaure la gran liturgia gregoriana que se celebraba antes de la reforma de Pablo VI, sin cuestionar a esta última. Y desde el plano cultural lo pedimos porque la misa tradicional del rito romano es la obra de arte más refinada y más bella que haya existido en el mundo; el corazón, el alma, la fuerza más determinante de nuestra civilización occidental; y la madre nutricia de tantos santos.

José Roldán y Martínez, Una misa (Museo del Prado, 1859)
(Imagen: Museo del Prado)

V. Por qué la restauración comienza en el altar

Llegamos así al centro de nuestro argumento. Si la cultura nace del culto, la restauración de la cultura debe comenzar por la restauración del culto. No es la única tarea, pero es la primera, y las demás dependen de ella. El cardenal Ratzinger lo formuló de manera lapidaria: la Iglesia se levanta y cae con la liturgia. Cuando la adoración de la Trinidad decae, cuando la fe ya no aparece en su plenitud en la liturgia de la Iglesia, la fe ha perdido el lugar donde se expresa y donde habita. Por ello, la verdadera celebración de la liturgia es el centro de toda renovación de la Iglesia.

Quisiera mostrarles por qué esto es así, no como consigna militante sino como verdad antropológica. Y para eso hay que mirar de cerca qué hace la liturgia tradicional en el alma del que la frecuenta.

Pensemos primero en el silencio. En el corazón de la Misa, el canon se pronuncia en voz baja; el Cuerpo del Señor es elevado en silencio, y el sonido de la campanilla no rompe ese silencio sino que lo acentúa, apagando el ruido del mundo. En el santo sacrificio de la Misa Cristo mismo pronuncia las palabras de la consagración a través de lo que Senior llamaba el suicidio voluntario de la personalidad del sacerdote: el sacerdote se convierte en pura persona o máscara según la etimología griega de la palabra, en instrumento a través del cual suena una voz que no es la suya, y es Cristo, no el sacerdote, quien dice: Hoc est Corpus meum. Y luego: Hic est calix Sanguinis mei. En la consagración, la Sangre de Cristo se hace presente sobre el altar sacramentalmente separada de su Cuerpo, renovación incruenta del derramamiento de la Sangre en la Cruz. Este es el Misterio de la Fe. En ese momento hasta los ángeles detienen su canto, el silencio invade la corte del cielo, y sobre la tierra se extienden las tinieblas hasta la hora nona. El velo del templo se rasga de arriba abajo.

Una liturgia que custodia ese momento con silencio, con orientación, con gestos medidos y heredados, enseña sin palabras qué es lo que allí ocurre. El niño que ve a todos arrodillarse, que oye callar hasta a los mayores, aprende en el cuerpo, antes de poder formularlo, que allí está Dios. Esa es la pedagogía del rito: educa los sentidos y la imaginación, y por ellos dispone el intelecto y la voluntad. Los católicos empeñados en salvar la fe solo a fuerza de catecismo y doctrina —siendo el catecismo y la doctrina irrenunciables— olvidan la "música": eso que alimenta la fe y el amor, y que atrae al hombre hacia el misterio. La fe no es solo pensamiento; implica, como recordaba Benedicto XVI, al ser entero: espíritu, alma y cuerpo. Cuando la liturgia habla también a los sentidos —el gregoriano al oído, el incienso al olfato, el oro y la penumbra a la vista, el ayuno y la genuflexión al cuerpo entero—, la fe encuentra dónde habitar.

Pensemos también en la lengua. La oración latina no es un arcaísmo ni una afectación de anticuario. Dos mil años de oración de la Iglesia están tan íntimamente unidos al latín que cualquier intento de vivir la vida católica prescindiendo enteramente de él termina erosionándola. La lengua sagrada hace por el oído lo que el cancel y el atrio hacen por el espacio: marca un umbral, dice al alma que entra en otro ámbito. Y el gregoriano, que es esa lengua hecha canto, es una solemne oración: no música para acompañar el culto, sino culto hecho música.

Y pensemos, finalmente, en la memoria. Esolen ha observado la fuerza del Unde et memores del canon: en él nos declaramos memoriosos, hacemos memoria, pero no de un suceso lejano, sino del sacrificio de Cristo re-presentado, hecho presente ante nosotros ahora. El Señor no mandó a los Apóstoles "recordar esto", sino "hacer esto en memoria mía". La liturgia tradicional es la gran escuela de esa memoria que no es nostalgia sino presencia: en ella el tiempo se abre, y el hombre moderno, ese desterrado crónico que ya no sabe de dónde viene ni adónde va, encuentra el camino de vuelta a casa. Una cultura es precisamente eso: una memoria compartida que se transmite como un don. Por eso una civilización que asesina su memoria muere, y por eso el acto supremo de memoria —el memorial del sacrificio de la Cruz— es la semilla de toda cultura posible.

Enrique Simonet, La primera Misa (1907)
(Imagen: Wikicommons)

VI. El programa práctico: qué podemos hacer

Pero no se trata de escribir obituarios. "La cuestión es qué se puede hacer, qué puede y debe ser hecho, porque no tenemos opción". Es imprudente hablar de desastre irreversible: publicando sus logros se le da al demonio más ventaja de la que merece. Permítanme entonces, en la última parte, bajar al terreno práctico, a partir de la experiencia de las últimas décadas.

Lo primero ya lo hemos dicho, pero hay que decirlo como tarea: asistir, sostener y transmitir el culto digno, cum Petro et sub Petro. Nuestra acción, cualquier cosa que hagamos en el orden político y social, debe tener su fundamento indispensable en la oración, cuyo corazón es el santo sacrificio de la Misa. Cuando ustedes llevan a sus hijos a la Misa tradicional, no están cultivando una preferencia estética ni un apego sentimental al pasado: están reconstruyendo, piedra a piedra, el fundamento de una civilización. Benedicto XVI, al reconocer en 2007 que el misal antiguo nunca había sido abrogado y devolverle carta de ciudadanía en la vida ordinaria de la Iglesia con el motu proprio Summorum pontificum, sabía que después de un colapso semejante el progreso sólo podía ser lento y gradual; y estaba convencido de que la presencia visible del rito gregoriano influiría favorablemente sobre toda la vida litúrgica de la Iglesia, inclinándola hacia la reverencia. Esa convicción nos asigna un papel que excede nuestras parroquias y capillas: somos custodios de un patrimonio que pertenece a toda la Iglesia y que la Iglesia entera volverá a necesitar.

Lo segundo: extender el culto más allá de la Misa, hasta que vuelva a estructurar el tiempo. La Misa es el sol, pero el sol tiene su cortejo. El Oficio Divino, ante todo: la oración pública y perfecta de la Iglesia, que los laicos podemos compartir asistiendo a las horas que se celebren públicamente, o rezando en casa algunas horas del oficio, o el oficio parvo de la Santísima Virgen. Y las devociones aprobadas que constituyen, decía Senior con una expresión fortísima, una obligación de caridad en una época en que la oración ha sido prácticamente silenciada: la bendición del Santísimo Sacramento, el Ángelus, el Vía Crucis, las Cuarenta Horas, el Rosario. Cada familia que reza el Ángelus al mediodía está volviendo a consagrar el tiempo; cada Rosario en familia vuelve a encender un fuego en el hogar. Y recuerden la regla de San Benito: si los contemplativos dan a Dios la vida entera y los sacerdotes una gran parte, a los laicos nos corresponde al menos el diezmo de nuestro tiempo. Calculen lo que es el diezmo de las horas de vela de un día. Todos dirán al unísono que no es posible darle tanto tiempo a Dios porque tenemos muchas ocupaciones importantes. Y esa reacción, respondía Senior, es exactamente la medida de lo lejos que estamos de una vida cristiana.

Lo tercero: la vida monástica. Puede sorprender que un programa de restauración cultural culmine en los monasterios, pero es la lección más segura de la historia: la cristiandad la sembraron los monjes, y la más simple y práctica restauración de la cultura cristiana será la restauración de los conventos y monasterios contemplativos. Sin publicidad y sin grandes colectas, porque la gracia no se ve ni se oye y es muy pobre: una casa humilde con algunas almas consagradas totalmente a la oración puede revitalizar la vida espiritual de una ciudad moribunda. De la obra de Senior nacieron vocaciones que llenaron abadías donde la liturgia tradicional se canta íntegra día y noche; quien haya visitado alguna sabe que no hay argumento apologético comparable. De ahí un deber concreto para padres y educadores: proponer a los jóvenes la vida contemplativa como una opción a considerar, organizar visitas y retiros a los monasterios que conservan la liturgia latina, poner en sus manos libros que expliquen qué es un monje.

Santa Misa celebrada en la abadía benedictina del Barroux (Francia)

VII. Conclusión

Hemos recorrido un argumento simple: la cultura nace del culto; la cultura cristiana nació de la Misa y vivió mil años como el conjunto de las cosas que la protegen y la favorecen; murió en la medida en que la Presencia de Cristo fue retirada de la experiencia de los hombres, por la obra de los filósofos primero y por la negligencia de los cristianos después; y renacerá —si Dios quiere que renazca, y los signos de estos años permiten esperarlo— desde donde nació: desde el altar.

Nosotros, que hemos hecho lo posible por mantenernos fieles a la liturgia de nuestros padres, consideremos una advertencia y una consolación. La advertencia: la fidelidad litúrgica no basta si se queda en trinchera estética o en señal de identidad. Un gran peligro es que acabemos pareciéndonos a los fariseos: católicos, sí, pero fría y absolutamente determinados a tener siempre razón. La liturgia tradicional no nos es dada para tener razón, sino para aprender a amar; ella es la escuela del lenguaje del amor, y quien sale de la Misa sin más caridad hacia su mujer, sus hijos y sus enemigos, no ha entendido lo que allí se ofrece. El camino real de Cristo es un camino caballeresco, lleno de fuego y de pasión; y la vida cristiana no consiste solamente en evitar el infierno, sino en amar como Él nos amó primero: ese es el unum necessarium, y esa caridad —no otra cosa— es la música de la cultura cristiana.

Y la consolación. Una cultura moribunda repite que nada es sagrado. Nosotros sabemos que no es verdad, y lo sabemos no por un razonamiento sino por un hecho que ocurre cada mañana sobre miles de altares: Dios está en medio de su pueblo, Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Mientras eso ocurra, ninguna decadencia es definitiva, porque el corazón de la cultura cristiana no ha dejado de latir ni un solo día desde el Jueves Santo. La única cosa segura sobre el futuro es que estará lleno de sorpresas: cayó Babilonia, cayó Roma, cayeron cien años de profecías que se creían científicas; y en otro tiempo de tinieblas, los hebreos marcaron las puertas de sus casas con la sangre del cordero. En este mismo momento, María pasa delante de la puerta de nuestros corazones y los marca con la Sangre preciosa de su Hijo.

Recemos para que ella nos alcance la gracia de ser, no anticuarios de una liturgia, sino constructores de una cristiandad; de trabajar, rezar y sufrir —las tres cosas— para restaurar un culto que sostenga una fe viva, donde los signos sensibles cultiven la vida interior y renueven el sentido de lo sagrado. Entonces la liturgia volverá a inspirar la cultura, como la inspiró durante mil años.

Procesión de entrada de la Misa de acción de gracias por el LX Aniversario de nuestra Asociación 
(Imagen: Asociación Litúrgica Magnificat)

martes, 4 de agosto de 2026

Carta: "Sesenta años de una aventura"

Les compartimos la carta publicada ayer en el diario El Mercurio de Santiago por nuestro presidente con ocasión del sexagésimo aniversario de la Asociación Litúrgica Magnificat. En ella recuerda a los anteriores presidentes (Alfonso Letelier Llona y Julio Retamal Favereau) y la conexión que ha tenido el propósito de preservación del antiguo rito romano y del arte y la música sagrados con esfuerzos similares en otros lugares del mundo. Por eso, desde su creación, nuestra asociación forma parte de la Federación Internacional Una Voce. Esa aventura de mantener viva la Tradición de la Iglesia ha permanecido hasta hoy, a pesar de los pesares. 

Ernest Biéler, Devant l’église de Saint-Germain à Savièse (1886)

***

Sesenta años de una aventura

La Asociación Litúrgica Magnificat cumple sesenta años. Fue fundada en 1966 por un grupo de laicos, para preservar en Chile los ritos de tantos siglos y la música sagrada, siempre en comunión con el Papa y los obispos. La presidieron Alfonso Letelier, compositor y Premio Nacional de Arte, y Julio Retamal, agudo historiador de las ideas.

Esa inquietud era universal. En 1971, más de cincuenta renombrados escritores y artistas pidieron a San Pablo VI que evitase la desaparición del antiguo rito romano. Frente al avance de una civilización materialista y tecnocrática, Agatha Christie, Iris Murdoch y Graham Greene advirtieron que privar a la humanidad de formas de expresión que habían alcanzado su más alta manifestación era una pérdida irreparable. Había una grave responsabilidad ante la historia de garantizar su subsistencia.

Ese propósito sigue inalterado, sostenido por la disposición que el papa León XIV ha pedido custodiar: humildad ante la grandeza de Dios y fidelidad sincera a la comunión eclesial. Hoy esa liturgia se renueva una vez al mes, por la generosidad de los sacerdotes que la celebran. Confiamos en que, prontamente, su frecuencia pueda aumentar. 


Jaime Alcalde Silva
Presidente
Asociación Litúrgica Magnificat

jueves, 30 de julio de 2026

LX Aniversario de la Asociación Litúrgica Magnificat

Queremos extender la invitación a las celebraciones que se ha organizado con ocasión del sexagésimo aniversario de la Asociación, cuya primera Misa fue cantada en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria el domingo 7 de agosto de 1966. 

La celebración de nuestro aniversario tendrá lugar el sábado 8 de agosto, a partir de las 11.00 horas, en la Iglesia Nuestra Señora de la Victoria, situada en Bellavista 37, comuna de Recoleta (M1 y M5 Baquedano). 

El programa es el siguiente: 

11.00: Conferencia magistral del Prof. Dr. Rubén Peretó Rivas titulada "La Misa, corazón de la cultura cristiana", que se impartirá en la sala B204 de la sede Bellavista de la Universidad San Sebastián (con acceso por la iglesia). 

Nuestro invitado ya nos acompañó en 2007 con ocasión de los festejos de la primera década de vigencia del motu proprio Summorum Pontificum del papa Benedicto XVI. Además de ser profesor titular (catedrático) de Historia de la Filosofía Medieval en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo y de Antropología Médica en la Facultad de Medicina de la Universidad de Mendoza, e investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de Argentina (CONICET), Rubén Peretó es director del Centro Internacional de Estudios Litúrgicos (CIEL) y un especialista en patrística de reconocido prestigio internacional. Entre sus múltiples publicaciones destacan los libros Evagrio Póntico y la acedia (Peter Lang, New York, 2018), El platonismo y los Padres de la Iglesia (Peteers, Leuven, 2017) y La tolerancia en la Edad Media. Teoría y práctica (Brepols, Turnhout, 2012). Tradujo El resurgimiento de la cultura cristiana, de John Senior, y escribió una obra pcomplementaria intitulada El nacimiento de la cultura cristiana (Homo Legens, Madrid, 2020). Forma parte del Coetus Internationalis que organiza desde 2012 la peregrinación Populus Summorum Pontificum en Roma con ocasión del Domingo de Cristo Rey y es miembro honorario del Consejo de la Federación Internacional Una Voce. 

12.00: Misa cantada conforme al Misal promulgado en 1962 por San Juan XXIII, seguido del canto del Te Deum por las seis décadas de existencia de nuestra asociación dedicadas a la preservación de la liturgia romana y la música sacra. 

13.00: Cóctel de camaradería. 

A.M.D.G.

miércoles, 8 de julio de 2026

Entrevista: "La Misa que quisieron hacer desaparecer"

Les dejamos la entrevista realizada en el canal de FNM TV por Julio Alvear Téllez a Jaime Alcalde Silva, presidente de la Asociación Litúrgica Magnificat, donde se abordan las reformas que sobre la materia se realizaron después del Concilio Vaticano II y la pervivencia del antiguo rito romano en las décadas siguientes. 

Aunque inicialmente la apertura fue muy menor, con indultos locales concedidos por los respectivos obispos (especialmente recordado es el indulto para la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales que motivó la solicitud dirigida al papa Pablo VI por más de cincuenta escritores y artistas de renombre mundial), desde 1984 la Santa Sede permitió que esa práctica se extendiera. En 1988, con ocasión de las consagraciones episcopales de monseñor Marcel Lefebvre, San Juan Pablo II pidió encarecidamente a los obispos que fueran generosos con los permisos para seguir celebrando la Misa tradicional. Con Benedicto XVI y su motu proprio Summorum Pontificum vino un régimen de libertad, que permitió a muchas personas (sobre todo jóvenes) conocer, acercarse y vivir la liturgia tradicional, como tesoro espiritual del cristianismo. El motu proprio Traditionis Custodes del papa Francisco devolvió a los obispos la regulación de la celebración de la antigua liturgia. El papa León XIV ha exhortado a superar la “dolorosa herida” abierta en la Iglesia en torno a la celebración de la Misa, que debe ser el centro y culmen de la vida cristiana, y a buscar soluciones que permitan integrar a las personas vinculadas a la liturgia tradicional. Como muestra, permitió la celebración de la Misa pontifical en el altar de la cátedra de la Basílica Vaticana en octubre de 2025. Hoy son muchos cardenales y obispos los que piden que exista una mayor libertad de celebración, por el bien que trae consigo la liturgia tradicional. 

En Santiago de Chile, siempre en comunión con el Papa y los obispos, la Santa Misa conforme al antiguo rito romano se ha seguido celebrado de manera ininterrumpida desde 1966, cuando nace nuestra Asociación. Dios mediante, así seguirá sucediendo. Desde su fundación, la Asociación Litúrgica Magnificat se integró a la Federación Internacional Una Voce, una asociación privada de fieles de derecho pontificio destinada a garantizar la preservación de la celebración de la Misa en la forma del Misal Romano promulgado por San Juan XXIII en 1962 y salvaguardar y promover el uso del latín, la riqueza artística, el canto gregoriano y la polifonía sacra. 

De todo esto y de muchos otros temas conexos se habla en la entrevista. 


jueves, 26 de diciembre de 2024

Feliz Navidad

La Asociación de Artes Cristianas y Litúrgicas Magnificat, capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce, desea a todos sus feligreses y bienhechores una feliz Navidad y un muy próspero y bendecido año 2025.

Aprovechamos de recordar que la Santa Misa celebrada por la Asociación todos los domingos y fiestas de precepto en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria continuará hasta el último domingo de enero, reanudándose el primero domingo de marzo, debido al cierre de la Universidad a la que pertenece dicho templo. Recomendamos seguir nuestras redes sociales y esta bitácora para estar informados de algún eventual cambio de horario y otras novedades. 

Tui sunt caeli, et tua terra est, orbem terrarum, et plenitudinem ejus tu fundasti: justitia et judicium preparatio sedis tuae. 

"Tuyos son los cielos y tuya es la tierra; la redondez de la tierra y cuanto contiene, Tú lo cimentaste; la justicia y la equidad son el apoyo de tu trono"

(Ofertorio de la Misa del día de la Natividad del Señor, tomado de Sal 88, 12 y 15).

Antón Rafael Mengs, La Adoración de los pastores, 1770, Museo del Prado (España)
(Imagen: Museo del Prado)

jueves, 30 de mayo de 2024

Nuevo comienzo

Existe un dicho popular que dice: "Hay tres jueves en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y Ascensión". Hemos elegido una de estas fiestas, dedicada a honrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, para reiniciar las publicaciones de este bitácora.

La labor de la bitácora de la Asociación Litúrgica Magnificat comenzó hace casi 10 años, el 20 de agosto de 2014, y cuenta con casi 1000 publicaciones y cerca de un millón de visualizaciones. Por diversas razones, las publicaciones se interrumpieron el 2 de febrero de 2023. En este tiempo de receso han sido muchas las personas que han escrito pidiendo que las publicaciones se reanudarán. Hoy se puede hacer posible ese anhelo. 

Un nuevo equipo editorial se hace cargo de la edición de esta bitácora. Agradecemos el enorme trabajo de quienes nos han precedido y confiamos en poder estar a la altura de los contenidos y de la producción gráfica. Mantendremos, hasta donde sea posible, los mismos lineamientos editoriales que se han venido aplicando hasta ahora. Salvo casos de necesidad, publicaremos una vez a la semana.

Al correo de la Asociación (magnificatunavocechile@gmail.com) se pueden enviar colaboraciones.

Nos encomendados a sus oraciones.

Mas y Fondevila, Arcadio, El Corpus Christi, circa 1870, colección del Museo del Prado

viernes, 25 de junio de 2021

Chile dona mosaico de la Virgen del Carmen al Vaticano

El 24 se junio se inauguró en los Jardines Vaticanos el mosaico de la Virgen del Carmen que donó el Estado de Chile, a través de su embajada ante la Santa Sede. La obra está hecha con 15.400 teselas confeccionadas con piedras autóctonas y bajo un clima de permanente oración por la paz en el país. En ella se representa a la Santísima Virgen María bajo su advocación del Carmen, Reina y Patrona de los chilenos, a quien cada año se honra con una procesión que recorre las calles del centro de la ciudad de Santiago. La ceremonia de bendición, a la que asistieron miembros de la comunidad chilena residente en Italia, fue presidida por el cardenal Giuseppe Bertello, Gobernador del Estado de la Ciudad del Vaticano, y estuvieron presentes también el cardenal Celestino Aós, OFM cap, Arzobispo de Santiago de Chile, quien bendijo la imagen sagrada, y el obispo auxiliar de dicha diócesis, monseñor Alberto Lorenzelli, SDB, además de Octavio Errázuriz Guilisasti, embajador de Chile ante la Santa Sede. Cabe recordar que el pasado 19 de junio nuestro arzobispo tomó posesión de la iglesia titular de su sede cardenalicia, la iglesia de los Santos Nereo y Aquileo, al sur de Roma. 



El mosaico es obra de Francisca Claro Swinburn, artista chilena que junto al taller Marana-thá trabajó durante dos años, siempre bajo un clima de oración por la patria, en el corte, pulido y pegado de las piedras, esmaltes, perlas, conchas de mar y medallas que conforman las teselas incrustadas en esta pieza de 1,40 metros de largo por 1,10 metros de ancho, hoy instalada en un muro de los Jardines de la Ciudad del Vaticano. El cemento utilizado como adhesivo fue mezclado con las cenizas de cientos de mensajes escritos con intenciones de oración que los fieles aportaron durante la confección, especialmente en el tiempo del confinamiento por la pandemia. Fernanda Claro es también la autora del mosaico que preside el ábside de la Parroquia de San Evangelista de Vitacura, inspirado en el Apocalipis y la centralidad que tiene la figura del Cordero, símbolo de Cristo Vivo.   

Fernanda Claro y el mosaico de la Virgen del Carmen

Todo Chile está representado en el mosaico de la Virgen del Carmen, pues las teselas provienen de piedras que fueron recogidas a lo largo de todo el territorio del país. Sus ojos negros son de obsidiana procedente de Isla de Pascua, mientras que el cielo del trasfondo lleva finos trazos de lapislázuli. El lado derecho del manto de la Virgen deja ver el mapa con todas las regiones del territorio nacional, incluida la Antártica, plasmada con piedras traídas directamente desde ese confín del mundo. La obra posee una rica simbología que incluye, entre otros, signos de todos los pueblos originarios de Chile, como el Mapuche y el Rapanui, así como imágenes de la flora y fauna local, objetos tradicionales de la religiosidad popular y del folclore chileno. Tanto la Virgen como el niño miran de frente y tienen el escapulario carmelitano en sus manos, y ambos llevan una corona dorada. 














Hay también un video de la inauguración y bendición del mosaico en los Jardines Vaticanos: 


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Nota de la Redacción: La información de esta entrada proviene de la nota publicada por Vatican News. Las imágenes proceden de un colaborador que les hizo llegar nuestra Asociación. 

sábado, 19 de junio de 2021

Toma de posesión de su sede cardenalicia por S.E.R. Celestino Aós

En el consistorio celebrado el 28 de noviembre de 2020, S.E.R. Celestino Aós Braco OFM Cap., arzobispo de Santiago de Chile, fue creado cardenal de la Santa Iglesia Romana. El pasado 19 de junio tomó posesión de su sede como cardenal presbítero de los Santos Nereo y Aquileo, cuya iglesia se encuentra situada en el rione de Santa Saba, al sur de la ciudad de Roma.   

Santos Nereo y Aquileo es un título cardenalicio que fue instituido por el papa Evaristo en torno al año 112 con el nombre de Fasciolae. Su titular de entonces, Epifanio, fue uno de los que asistieron al sínodo de Roma del 499. A partir del sínodo de 595, la sede cardenalicia recibe ya su nombre actual en memoria de los mártires Nereo y Aquileo, ajusticiados durante las persecuciones del siglo III y enterrados en las catacumbas de Domitila. En el pontificado de San Gregorio Magno (590-604) pasó a ser una diaconía, siéndole restituido el título presbiteral durante el siglo VIII. Según el catálogo de Pietro Mallio, redactado durante el pontificado de Alejandro III (1159-1181), el título se adjuntó a la Basílica de San Pablo Extramuros, donde los presbíteros decían la Santa Misa.


Les ofrecemos algunas fotografías de la toma de posesión de S.E.R. Celestino Aós, enviadas desde Roma por un colaborador. 






sábado, 10 de abril de 2021

Del álbum fotográfico de nuestra Asociación

Debido al aumento de casos de COVID-19 en el país, el gobierno ha endurecido las medidas sanitarias. Entre ellas se cuenta la prohibición de celebrar Misas con más de cinco personas que asistan al sacerdote para las comunas que se encuentren en fase 1 o 2, vale decir, aquellas que están sometidas a confinamiento total o los fines de semana. Esto se suma al clima de violencia callejera que comenzó con la revuelta del viernes 18 de octubre de 2019 y que supuso la quema de varias iglesias en el país, entre ellas algunas cercanas a Nuestra Señora de la Victoria donde nuestra Asociación celebraba de forma regular desde hace una década. Por ejemplo, la Iglesia de la Veracruz en el barrio Lastarria, donde cantó su primera Misa solemne el R.P. Adolfo Hormazábal, el primer sacerdote chileno ordenado en el Instituto del Buen Pastor, fue incendiada el 12 de noviembre de 2019, casi al mismo tiempo que el gobierno anunciaba un Acuerdo Nacional por la Paz, la Justicia Social y la Nueva Constitución.  

La última Misa en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria fue cantada el domingo 15 de marzo de 2020. A partir del día siguiente, el gobierno dispuso el cierre de los establecimientos educacionales (la iglesia depende del campus Bellavista de la Universidad San Sebastián) y comenzaron a implementarse formas de trabajo remoto. Estas medidas iniciales pronto se convirtieron en confinamiento obligatorio. Cuando ha sido posible, la Misa de siempre ha vuelto a ser celebrada con asistencia de feligreses en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen de El Salto, comuna de Recoleta, donde es titular nuestro capellán. Si eso no resulta posible por las restricciones sanitarias, la Misa se sigue ofreciendo de forma privada por las intenciones de todos quienes participan de nuestro apostolado. 

Como recuerdo, les dejamos algunas fotografías provenientes del álbum de nuestra Asociación, que fueron tomadas entre fines de 2019 y comienzos de 2020 en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, cuando la feligresía había disminuido debido a las constantes protestas callejeras que había en el sector, y en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen de El Salto, ya en plena pandemia. 

Misas celebradas en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria entre los meses de octubre de 2019 y marzo de 2020






Misa celebrada durante la pandemia de COVID-19 en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen de El Salto


viernes, 26 de marzo de 2021

Sitio web dedicado a S.E.R. Francisco Valdés Subercaseaux

Tenemos el agrado de comunicar la publicación de un sitio web dedicado a la vida y obra de S.E.R. Francisco Valdés Subercaseaux (1908-1982), cuyo proceso de canonización se encuentra en curso desde 1998. El 7 de noviembre de 2014 fueron reconocidas sus virtudes heroicas y declarado venerable.  

Monseñor Francisco Valdés fue el primer misionero capuchino chileno, párroco de Pucón y el primer obispo de Osorno. Su vida fue una manifestación de fe, amor y confianza en el Señor, marcada por un amor ardiente a la Iglesia y a los hombres según la espiritualidad franciscana. Llevó la luz del Evangelio de Cristo hasta los lugares más remotos de su amada Araucanía, y entregó sin reservas cada momento de su vida para aliviar a los que sufren cualquier tipo de miseria moral o material. Artífice de la paz entre Chile y Argentina, a su intervención se debe que ambos países sometieran al arbitraje de la Santa Sede el litigio austral que los tuvo al borde de la guerra en 1978.

El sitio está muy bien diseñado y contiene una completísima información acerca de la persona y ministerio del venerable siervo de Dios, incluyendo enlaces a textos digitalizados tanto de su autoría como de terceros. Entre ellos se cuenta "Concilio y música sagrada" (1966).

A S.E.R. Francisco Valdés Subercaseaux dedicamos en su un día una entrada en esta bitácora. Hay que recordar que en los años posteriores al Concilio Vaticano II se desempeñó como encargado del canto sagrado en la Conferencia Episcopal chilena. En esa calidad fue monseñor Valdés quien dio a nuestra naciente Asociación la primera autorización oficial para celebrar Misas con cantos en latín.