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jueves, 2 de febrero de 2023

Un intercambio epistolar entre el cardenal Ottaviani y monseñor Lefebvre

Les ofrecemos la traducción que hemos hecho respecto de un artículo escrito por John Pepino y publicado en OnePeterFive, que recoge la respuesta que monseñor Marcel Lefebvre, en calidad de Superior de la Congregación del Espíritu Santo, dio a la carta remitida por el cardenal Alfredo Ottaviani  sobre algunos criterios de interpretación del Concilio Vaticano II. Ella ayuda a fijar el punto en que se separan los caminos entre la Santa Sede y monseñor Lefebvre, cuyas consecuencias siguen presentes en el diálogo que se ha dado entre aquélla y la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X.

John Pepino, doctor en griego y latín, es un erudito franco-británico interesado en el cambio y la continuidad en la historia de la Iglesia. Su obra incluye la traducción del francés al inglés de Yves Chiron, Annibale Bugnini: Reformer of the Liturgy (Angelico Press, 2018) y de The Memoirs of Louis Bouyer: From Youth and Conversion to Vatican II, the Liturgical Reform, And After (Angelico Press, 2015).

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Apenas terminado el Concilio, Lefebvre responde a Ottaviani

 John Pepino, PhD

El Concilio había terminado hacía menos de un año. Muchos católicos se sentían conmovidos y confusos. Se rumoreaba la existencia de diferentes planes de implementación, a veces contradictorios. Ya los liberales católicos trabajaban con ahínco para llevar la Iglesia en la dirección que ellos querían. ¿Qué habría de hacer Roma? Después de cincuenta y cinco años, sabemos lo que el cardenal Ottaviani, uno de los antecesores del cardenal Ratzinger como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, decidió hacer: el 24 de julio de 1966 escribió a todos los Ordinarios del mundo para dar la alarma, ya que había estado recibiendo diarias informaciones de una revuelta en contra de la sana doctrina; había algunos que apelaban ya falsamente al Concilio para diseminar sus propios errores. Y había que enfrentar tales errores.

El cardenal Ottaviani, bien conocido en los círculos litúrgicos por su intervención respecto de la Misa de Pablo VI en 1969, comienza su carta alabando los sabios documentos del Concilio sobre doctrina y disciplina. Pero rápidamente dice que su oficio ha estado recibiendo preocupantes noticias de algunas tendencias en la interpretación del Concilio. Y enumera estas tendencias -tesis que van más allá de una simple opinión y que “afectan al dogma”- y las reduce a diez puntos específicos. Produce así una especie de syllabus de errores postconciliares. Esta lista es profética: describe los ataques a la inerrancia de la Biblia, al Magisterio, a la verdad objetiva, a la cristología, a la Presencia Real y a otros aspectos esenciales de la fe. Fue contra las consecuencias de estos errores, que previó en 1966, que pidió a los obispos y superiores generales de todo el mundo que “se preocuparan de reprimir [estos errores] o de prevenirlos”.

Quizá la respuesta más famosa a esta carta, enviada sólo cinco días antes del plazo final de la Navidad de 1966, es la del arzobispo Marcel Lefebvre, Superior General de los Padres del Espíritu Santo y, por cierto, futuro fundador de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X. En ese momento, el arzobispo imputaba la confusión reinante no tanto a las erróneas interpretaciones del Concilio como al Concilio mismo. En su respuesta encontramos una primera versión de algunas de sus tesis más conocidas: el Concilio significó un acomodo de la Iglesia con las ideas líderes de la Revolución Francesa; el Concilio fue un quiebre con la continuidad de la Tradición; la nueva noción de colegialidad episcopal rompe la unidad de la Iglesia, centrada en el Supremo Pontífice, etc.

En esa carta encontramos también una expresión de filial esperanza en el Papa: “Sin embargo, el Sucesor de Pedro, y sólo él, puede salvar a la Iglesia”. El arzobispo continúa con algunos consejos sobre cómo podría proceder el Papa, de los cuales el más incómodo es el reproche de que “[l]as alocuciones de los miércoles no pueden ocupar el lugar de encíclicas, de órdenes, de cartas a los obispos”. Esta respuesta, por tanto, constituye un importante documento para el estudio del desarrollo del pensamiento de monseñor Lefebvre.

El original en francés de estas dos cartas está en “Carta a nuestros hermanos sacerdotes” (29/30 de junio de 2006, pp. 8-11).

El papa Pablo VI y un grupo de cardenales durante el Concilio Vaticano II
(Foto: Alfa y Omega)

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Carta del cardenal Ottaviani a los presidentes de las conferencias episcopales

 

Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe

Prot. núm. 871/66

 

Roma, 24 de julio, 1966

Piazza del S. Uffizio, 11

Desde que el Concilio Vaticano II, que ha concluido con éxito recientemente, promulgó sapientísimos documentos en materias tanto doctrinales como disciplinarias para una eficiente promoción de la vida de la Iglesia, todo el pueblo de Dios tiene el grave deber de esforzase para implementar todo lo que ha sido solemnemente propuesto o decretado en esa gran asamblea de obispos bajo la presidencia del Supremo Pontífice.

Ahora corresponde a la jerarquía -es su derecho y su deber- supervisar, dirigir y promover el movimiento de renovación emprendido por el Concilio, de modo que los documentos y decretos de éste puedan recibir una correcta interpretación y ser implementados de acuerdo con el significado y espíritu de los documentos mismos. Porque son, en efecto, los obispos quienes deben proteger esta doctrina, ya que gozan -bajo su cabeza, Pedro- del oficio de enseñar con autoridad. Es pues digno de alabanza que muchos pastores hayan empezado a explicar el Concilio de un modo adecuado.

Sin embargo, es lamentable que, desde diversos lugares, surjan tristes noticias de abusos cada vez mayores en la interpretación de la doctrina del Concilio, así como también errabundas y osadas opiniones que se elevan aquí y allá y que distorsionan no poco la mente de los fieles. Aunque son dignos de alabanza los estudios y esfuerzos de una más profunda investigación de la verdad, distinguiendo correctamente lo que debe ser creído de lo que es materia de libre opinión, sin embargo el examen de los documentos sometidos a esta Sagrada Congregación revela que un número considerable de tesis va más allá de una simple opinión o hipótesis y, en cierto grado, parecen afectar el dogma mismo y las fundaciones de la fe. 

Es conveniente mencionar algunas de estas tesis como ejemplo, ya que se hallan en relatos de hombres expertos o en los escritos públicos de éstos.           

 1. En primer lugar, la Sagrada Revelación misma: algunos recurren a las Sagradas Escrituras dejando conscientemente a un lado a la Tradición; reducen también el ámbito y la fuerza de la inspiración bíblica y de la inerrancia, y no tienen una idea correcta del valor de los textos históricos.

2. En lo que se refiere a la doctrina de la fe, se dice que las fórmulas dogmáticas están sometidas a la evolución histórica de un modo tal que su significado objetivo mismo queda sujeto a cambios. 

3. El Magisterio ordinario de la Iglesia, especialmente el del Romano Pontífice, es a veces tan descuidado y subvalorado que se lo relega al campo de la libertad de opinión.

4. La verdad objetiva y absoluta, firme e inamovible, es casi inadmisible para ciertos individuos que someten todas las cosas a una suerte de relativismo. Y esto por la errónea idea de que toda verdad necesariamente se ajusta al ritmo de la evolución de la conciencia y de la historia.

5. La adorable Persona del mismo Jesucristo es alcanzada cuando, al tratar de cristología, se usa algunos conceptos, como persona o naturaleza, como si fueran difícilmente compatibles con las definiciones dogmáticas. Repta hacia el interior una especie de humanismo cristológico, según el cual Cristo es reducido a la condición de un mero hombre que, supuestamente, se fue haciendo gradualmente consciente de su Filiación divina. Su concepción milagrosa, sus milagros, e incluso su Resurrección, reciben una adhesión verbal, pero en realidad todo es reducido al orden puramente natural. 

6. Asimismo, en el tratamiento teológico de los sacramentos se ignora algunos elementos o no se los toma suficientemente en cuenta, especialmente en lo concerniente al Santísimo Sacramento. No escasean los que ponen en duda la verdadera presencia de Cristo en las especies de pan y de vino y favorecen un excesivo simbolismo, como si el pan y el vino no se convirtieran en el Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo por la transubstanciación, sino que se operara una cierta transferencia de significado. Hay también quienes fuerzan más de lo razonable el concepto de ágape respecto de la Misa, dándole la prioridad por sobre la idea de sacrificio.

7. Algunos, que prefieren explicar el sacramento de la Penitencia como un medio de reconciliación con la Iglesia, no expresan suficientemente la reconciliación con Dios, que es el ofendido. Y sostienen que la confesión personal de los pecados no es necesaria para la celebración de este sacramento, sino que se satisfacen sólo con la función social de la reconciliación con la Iglesia.

8. Muchos subestiman la doctrina del Concilio de Trento del pecado original, o la comentan de tal modo que se oscurece el pecado original de Adán y su transmisión.

9. Hay errores no menos importantes que se difunden en el ámbito de la teología moral. De hecho hay algunos, no pocos en número, que osan rechazar la norma objetiva de la moral; otros no aceptan la ley natural y afirman la legitimidad de la ética de situación, como la llaman. Se propone perniciosas opiniones sobre la moral y la responsabilidad en cuestiones sexuales y matrimoniales.

10. A todo esto es necesario agregar una observación sobre el ecumenismo. La Sede Apostólica alaba sin reservas a quienes, en el espíritu del decreto conciliar sobre el ecumenismo, promueven iniciativas destinadas a favorecer la caridad con los hermanos separados y a atraerlos a la unidad de la Iglesia; pero deplora el hecho de que no faltan aquéllos que, interpretando a su modo el decreto conciliar, sugieren acciones ecuménicas de tal naturaleza que ofenden la verdad de la unidad de la fe y de la Iglesia, favoreciendo un peligroso irenismo y un indiferentismo, cosas que, sin duda, son ajenas al espíritu del Concilio.

Este tipo de errores y de peligros están ampliamente extendidos, pero son reunidos en esta carta en una síntesis sumaria y sometidos a los Ordinarios, para que cada uno de ellos, de acuerdo con su cargo y su oficio, pueda preocuparse de reprimirlos o de prevenirlos.

Además, este Sagrado Dicasterio insta fervientemente a los Ordinarios de regiones para que, reunidos en sus respectivas asambleas episcopales, se preocupen de ellos, los refieran oportunamente a la Santa Sede y compartan sus reflexiones, antes de la Fiesta de la Navidad de Nuestro Señor del presente año.

Que los Ordinarios y aquéllos, cualesquiera que fueren, a quienes han estimado conveniente comunicar esta carta, que una obvia prudencia prohíbe hacer pública, la guarden en el mayor secreto.

Alfredo Card. Ottaviani
Prefecto

Cardenal Alfredo Ottaviani
(Foto: Wikipedia)

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La respuesta de Mons. Lefebvre a la carta secreta del cardenal Ottaviani. 

Roma, 2 de diciembre de 1966

Eminencia Reverendísima,

Su carta de 24 de julio, sobre el cuestionamiento de algunas verdades, ha sido comunicada a todos nuestros superiores mayores.

Hemos recibido pocas respuestas. Las que nos llegaron de África no niegan que una gran confusión mental reina hoy día. Aunque esas verdades no parezcan cuestionadas, en la práctica disminuye el fervor y la regularidad en la recepción de los sacramentos, especialmente la penitencia. Ha disminuido mucho el respeto por el Santísimo Sacramento, sobre todo entre los sacerdotes; disminuyen las vocaciones sacerdotales en la misiones de lengua francesa; las misiones de lenguas inglesa y portuguesa han sido menos golpeadas por el nuevo espíritu, pero también aquí los periódicos y revistas ya difunden las más exageradas teorías.

Pareciera que la causa de esta escasa cantidad de respuestas es la dificultad de captar estos errores, que están extendidos por todas partes; hay que buscar el problema especialmente en la literatura que propaga la confusión mental, mediante descripciones ambiguas y equívocas, en las que se puede descubrir una nueva religión.

Creo que tengo el deber de expresarle muy claramente lo que surge de mis conversaciones con muchos obispos, sacerdotes y laicos de Europa y Africa, y también de mis lecturas en países de habla inglesa y francesa.

Con gusto seguiría el orden de verdades sugerido en su carta, pero me atrevo a decir que los actuales problemas me parecen mucho más graves que la negación o cuestionamiento de una verdad de nuestra fe. Ellos se manifiestan hoy en una extremada confusión de ideas, por el colapso de la Iglesia y de las instituciones religiosas, de los seminarios, de las escuelas católicas, en una palabra, de todo lo que ha sido el continuo apoyo de la Iglesia. Se trata nada menos que de la prolongación de las herejías y errores que han estado socavando la Iglesia durante los últimos siglos, especialmente en el pasado siglo del liberalismo, que ha hecho todos los esfuerzos por reconciliar a la Iglesia con las ideas que condujeron a la Revolución.

En la medida en que la Iglesia se ha opuesto a estas ideas, que van contra una sana filosofía y teología, ella ha progresado; por el contrario, todo compromiso con estas ideas subversivas ha resultado en un acomodo de la Iglesia con el derecho común, y en el riesgo de ser esclavizada por la sociedad civil. Además, cada vez que los grupos católicos se han permitido ser atraídos por estos mitos, los Papas han luchado valientemente para hacerlos volver a respetar los límites, ilustrándolos y, si era necesario, condenándolos. El catolicismo liberal fue condenado por Pío IX; el modernismo, por León XIII; Le Sillon, por San Pío X; el comunismo, por Pío XI; el neo-modernismo, por Pío XII. Gracias a esta admirable vigilancia, la Iglesia se hizo más fuerte y se desarrolló. Fueron muy numerosas las conversiones de paganos y de protestantes; se erradicó completamente la herejía, y los gobiernos aceptaron una legislación más católica.

Por otra parte, algunos grupos de religiosos, imbuidos por estas falsas nociones, lograron extenderse al interior de la “Acción católica” y en los seminarios, gracias a cierta indulgencia de parte de los obispos y a la tolerancia de algunos dicasterios romanos. Muy pronto fue de entre esos sacerdotes que se eligió a los obispos. 

Fue en ese momento que tuvo lugar el Concilio, que se había estado preparando, a través de sus Comisiones preparatorias, para proclamar la verdad frente a estos errores, a fin de hacerlos desaparecer durante mucho tiempo de en medio de la Iglesia. Hubiera sido el fin del protestantismo y el comienzo de una fértil era de la Iglesia.

Pero esa preparación fue rechazada con odiosidad para hacer lugar a la peor tragedia que jamás ha soportado la Iglesia. Hemos sido testigos del matrimonio de la Iglesia con las ideas liberales. Sería negar los hechos, taparse los ojos, no afirmar que el Concilio ha permitido que los que profesan esos errores y tendencias, condenadas por los Papas mencionados, crean legítimamente que sus doctrinas están ahora aprobadas.

Si bien el Concilio se preparaba para ser una nube luminosa en el mundo actual -si se hubiera usado los textos preconciliares, en que se podía encontrar una solemne profesión de doctrina segura sobre los problemas modernos-, se puede y, lamentablemente, se debe afirmar los siguiente: de modo casi universal, cuando el Concilio innovó, sacudió la certeza de que las verdades enseñadas por el auténtico Magisterio de la Iglesia pertenecen definitivamente al tesoro de la Tradición.

Ya sea que se hable de la transmisión de la jurisdicción a los obispos, o de las dos fuentes de la Revelación, de la inspiración bíblica, de la necesidad de la gracia para la justificación, de la necesidad del Bautismo católico, de la vida de la gracia entre los herejes, cismáticos y paganos, de los fines del matrimonio, de la libertad religiosa, de las postrimerías, etc., en todos estos puntos fundamentales, la doctrina tradicional era clara y unánimemente enseñada en las universidades católicas. Pero muchos textos conciliares sobre estas verdades les permiten ahora ponerlas en duda. Se ha sacado rápidamente las consecuencias y se las ha aplicado a la vida de la Iglesia:

- Las dudas sobre la necesidad de la Iglesia y de los sacramentos engendran la desaparición de las vocaciones sacerdotales.

- Las dudas sobre la legitimidad de la autoridad y la necesidad de la obediencia, causada por la exaltación de la dignidad humana, por la autonomía de la conciencia y por la libertad, sacuden a todas las sociedades, comenzando por la Iglesia; a las comunidades religiosas, a las diócesis, a la sociedad civil, a la familia. La soberbia tiene, como consecuencia normal, todo tipo de concupiscencia de los ojos y de la carne. Una de las cosas más abrumadoras es, quizá, la degeneración moral en que han caído muchas publicaciones católicas. No hay pudor alguno al hablar de la sexualidad, de la limitación de los nacimientos por cualquier medio que sea, de la legitimidad del divorcio, de la coeducación, de los coqueteos y bailes como formas de educación cristiana, del celibato sacerdotal, etc. 

- Las dudas sobre la necesidad de la gracia para la salvación traen por consecuencia el descuido del bautismo, que es hoy pospuesto, y el abandono del sacramento de la penitencia. Todo esto constituye principalmente una postura de los sacerdotes, no de los fieles. Y lo mismo ocurre con la Presencia Real: son los sacerdotes lo que obran como si ya no creyeran en ella, escondiendo la Reserva del Sacramento, suprimiendo todas las señales de respeto hacia el Santísimo Sacramento y todas las ceremonias en su honor.

- Las dudas sobre la necesidad de la Iglesia como la única fuente de la salvación y sobre la Iglesia católica como la única religión verdadera -cosas que derivan de las declaraciones sobre ecumenismo y sobre la libertad religiosa-, destruyen la autoridad del Magisterio de la Iglesia. De hecho, Roma ya no es más la única y necesaria “Magistra Veritatis”. 

Abrumados por los hechos, pues, debemos concluir que el Concilio ha fomentado la difusión de las ideas liberales de un modo inconcebible. La fe, la moral, la disciplina eclesiástica: todo ello es removido hasta en sus fundamentos, cumpliéndose así las predicciones de todos los papas.

La destrucción de la Iglesia procede a la par. Debido a una exagerada autoridad concedida a las conferencias episcopales, el Supremo Pontífice se ha hecho a sí mismo impotente. En un solo año, ¡cuantos dolorosos ejemplos! Sin embargo, el Sucesor de Pedro, y sólo él, puede salvar a la Iglesia.

Que el Santo Padre se rodee de vigorosos defensores de la fe, que los nombre en diócesis importantes. Que se digne proclamar la verdad en graves documentos, que dé caza al error sin temor a oposiciones, sin miedo de cismas, sin miedo de arrojar dudas sobre las disposiciones pastorales del Concilio.

Que el Santo Padre se digne alentar a los obispos individualmente a poner orden en la fe y la moral, como corresponde a buenos pastores; que apoye a los obispos valientes, que los incite a reformar sus seminarios, a reestablecer en ellos los estudios según Santo Tomás; que anime a los superiores generales a mantener en sus noviciados y comunidades los principios fundamentales de toda ascética cristiana, especialmente la obediencia; que apoye el desarrollo de las escuelas católicas, de una prensa doctrinalmente sana, de asociaciones cristianas de familias; por último, que reprima a aquellos que instigan al error y los reduzca al silencio. Las alocuciones de los miércoles no pueden tomar el lugar de las encíclicas, de las órdenes, de las cartas a los obispos.

Sin duda estoy siendo osado al expresarme de este modo. Pero es con ardiente amor que escribo estas líneas, con amor a la gloria de Dios, amor a Jesús, amor a María, a su Iglesia, al Sucesor de Pedro, obispo de Roma, Vicario de Jesucristo.

Que el Espíritu Santo, a quien nuestra congregación está dedicada, se digne acudir en ayuda del Pastor de la Iglesia Universal.

Acepte, su Eminencia, las seguridades de mi más respetuosa devoción en nuestro Señor.

+ Marcel Lefebvre

Obispo titular de Synnada en Phrygia

Superior General de la Congregación del Espíritu Santo

Monseñor Marcel Lefebvre
(Foto: artículo original)

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Estas dos cartas revelan algunas cuestiones de importancia para la historia de la era postconciliar. Por una parte, vemos que Roma no permaneció inactiva frente al torbellino, sino que respondió adecuadamente: el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe cumplió su misión de informar del problema a todos los ordinarios; les pidió matar el error en el nido, y e informarlo de la situación local en el plazo de cinco meses. Claramente, consideró que este asunto era urgente. Sólo una mayor investigación habrá de revelar qué respuestas recibió de la mayoría de los ordinarios de aquel tiempo. La respuesta de monseñor Lefebvre en estas materias no es alentadora: parece que incluso él tuvo problemas para lograr respuestas de sus inferiores.

La respuesta del arzobispo es reveladora también de otro modo. Monseñor Lefebvre encuentra la causa de la situación en los documentos mismos del Concilio Vaticano II, y los vincula con las ideas revolucionarias del siglo XVIII. En este punto expresa su desacuerdo con el cardenal Ottaviani, que se había preocupado de exaltar la sabiduría de esos documentos en “materias tanto doctrinales como disciplinarias”. La opinión de Ottaviani debe haber sido que Roma no podía tomar el camino de revisar los textos, como lo pedía Lefebvre. Este intercambio de cartas, por tanto, marca el punto en que se separan el Vaticano y Lefebvre. Las consecuencias, cincuenta y cinco años después, pueden verse en el actual diálogo entre Roma y la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X.

martes, 18 de enero de 2022

La comunión en la mano: ¿consagración de la desobediencia?

Los defensores del motu proprio Traditionis Custodes plantean, actualmente, que la actitud que corresponde a los fieles de la Iglesia es la de obedecer lo dispuesto por el Romano Pontífice. Que los partidarios de dicho motu proprio apelen hoy a la obediencia a los mandatos del Papa no deja de ser, al menos, paradójico, y es, en todo caso, incoherente con la actitud que, en otras destacadas ocasiones, han asumido frente a normas litúrgicas dispuestas por el Sumo Pontífice. La actitud que revelan dichos partidarios es la siguiente: obedezco cuando estoy de acuerdo con lo mandado y, cuando no, no. En consecuencia, difícilmente están en condiciones de exigir obediencia a quienes no están de acuerdo con lo dispuesto en el mencionado motu proprio, que se opone al derecho y deber de los fieles de dar a Dios culto en espíritu y verdad. La carta núm. 843 (17 de enero de 2022) de Paix Liturgique, que traducimos aquí, aborda este tema.

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La comunión en la mano: ¿consagración de la desobediencia?

El presente comentario es a propósito de lo que monseñor Nicola Bux escribe con ocasión del primer aniversario de la muerte de monseñor Juan Rodolfo Laise, el único obispo argentino que obedeció lo mandado por Pablo VI en orden a mantener la prohibición de dar la comunión en la mano.

Poniéndolos a la claridad de la luz, monseñor Bux aborda ciertos temas que están vinculados a la historia reciente del modo de distribuir la comunión. Esos temas son, en general, mal conocidos o interpretados equivocadamente, a veces en oposición, incluso, a la verdad de los hechos.

En efecto, a menudo se oye decir que la comunión en la mano habría “sido autorizada por Pablo VI, en 1969, mediante la instrucción Memoriale Domini, y que este uso habría sido confirmado por Juan Pablo II y aceptado luego, sin problema alguno, por el papa Benedicto XVI, como una de las dos maneras normales de recibir la comunión”. Existirían actualmente, por tanto, dos posibilidades ofrecidas por la Iglesia para la recepción del sacramento: en la lengua o en la mano, tal como hay dos posturas corporales igualmente posibles: de rodillas o de pie.

Sin embargo, monseñor Bux, apoyándose en dos obras monográficas publicadas sobre este tema -el libro del obispo argentino Juan Rodolfo Laise y la tesis doctoral del sacerdote italiano don Federico Bortoli-, muestra cómo Pablo VI, lejos de autorizar, y mucho menos de introducir, el uso de la comunión en la mano, confirmó formalmente su prohibición, exhortando a los obispos, sacerdotes y fieles a “someterse escrupulosamente a esta ley, de nuevo confirmada”.

El papa Pablo VI distribuye la comunión durante la Misa de consagración episcopal celebrada en la Basílica de San Pedro el 29 de junio de 1973 con ocasión del décimo aniversario de su pontificado 

Con todo -y nos enfrentamos aquí a uno de los puntos de mayor confusión, de los mencionados antes-, previendo que determinados sectores no estaban dispuestos a obedecer esta ley, Pablo VI estableció un mecanismo jurídico que habría de permitir a los obispos, cuyas diócesis se enfrentaran a una resistencia masiva e inflexible a la prohibición papal, de otorgar -si así lo consideraban según su conciencia y su prudencia- un indulto a los desobedientes. Esta posibilidad -dentro de límites claramente fijados en el texto de Memoriale Domini- fue otorgada por el Papa no sin grandes reticencias y aprehensiones, ya que temía que recibir la comunión en la mano contribuyese a debilitar la fe de los fieles en la Presencia Real.

Algunos años más tarde, hacia el final de su vida, la confirmación de este temor llevó a Pablo VI a tratar de poner término al uso abusivo que se estaba dando al indulto, y ordenó que se pusieran en vigor medidas para suspender el otorgamiento de nuevos indultos, añadiendo incluso que, en aquellos lugares donde ya se lo había concedido, se debía desalentar la comunión en la mano. Sin embargo, esta orden no fue en absoluto obedecida por las autoridades de la Curia que tenían la obligación de hacerla aplicar.

Algunos meses más tarde, el Papa recientemente elegido, Juan Pablo II, confirmó la decisión de su predecesor, ordenando que no se autorizara más el uso de la comunión en la mano en ningún país; suspensión que duró largo tiempo y que le valió numerosas presiones e incluso algunas expresiones sumamente impertinentes de parte de ciertos obispos.

En fin, el papa Benedicto XVI dispuso que, en las Misas que él celebrara, los fieles no recibieran la comunión sino en la lengua. Acto seguido explicó el porqué de esta decisión: “Al mandar que la comunión fuera recibida de rodillas y en la lengua, he querido dar una señal de profundo respeto y de agregar un signo de exclamación al tema de la Presencia Real. […] He querido dar una señal fuerte, que debía ser claramente afirmada: ¡se trata aquí de algo especial!”.

Monseñor Bux cita una cantidad de textos importantes de los colaboradores que fueron testigos de la posición del papa Benedicto, a los cuales deberíamos añadir aquellos del mismo autor de esta exposición, monseñor Bux. Este, en efecto, ha mantenido una larga relación personal con el cardenal Ratzinger, a quien le debe el haber sido nombrado consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe y experto para los trabajos preparatorios del Sínodo mundial de obispos sobre la Eucaristía. Al comienzo de éste, ya convertido en Papa, Benedicto XVI lo nombró adiutor secretarii specialis de dicho Sínodo. Posteriormente, lo nombró consultor de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice y de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Esta prolongada colaboración pone a monseñor Bux entre los testigos más privilegiados del pensamiento litúrgico de Benedicto XVI.

Todos estos elementos, presentados en el texto que comentamos, no hacen más que confirmar, en su conjunto, la conclusión a que llega monseñor Laise en su libro: “Por todas estas razones, podemos afirmar que la introducción y la difusión en todo el mundo de la práctica de la comunión en la mano constituye la más grave desobediencia de los últimos tiempos a la autoridad papal”.

En conclusión, permítasenos subrayar que es asombroso, por lo menos, que este uso, alentado por una actitud de clara desobediencia y de frontal desafío al mandato pontifical en la década de 1960 -actitud que es muy similar a la que tienen hoy los obispos alemanes ante el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la bendición de las parejas homosexuales- pretenda ser ahora impuesto a los fieles que, desde hace más de cincuenta años, han cumplido fielmente con los deseos y las órdenes de Pablo VI, de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, cuya confirmación fue reiterada por el prefecto del Culto Divino que el papa Francisco nombró a poco de asumir sus funciones, el cardenal Sarah, jubilado hace poco por haber alcanzado la edad límite.

El papa Pablo VI distribuye la comunión a los fieles durante la Misa celebrada en la Parroquia romana de Todos los Santos el 7 de marzo de 1965
(Foto: Rorate Coeli)

No es una paradoja menor que esos fieles sean hoy acusados nada menos que de desobedecer precisamente por no querer adoptar un uso que no sólo ha sido desaconsejado permanentemente por los papas, sino que sólo es tolerado en virtud de un indulto otorgado a quienes han abiertamente desobedecido la autoridad papal. La actual actitud pareciera indicar que ha triunfado, finalmente, la desobediencia. Sin embargo, confirmar este triunfo con medidas draconianas tomadas en contra de quienes no han desobedecido, los transforma, de pronto, en “desobedientes”, lo cual es el colmo de la paradoja y contiene un mensaje implícito y muy peligroso: la desobediencia es el camino que hay que tomar, a condición de que ella sea inflexible.

Para quien le interese, el texto completo del artículo de monseñor Nicola Bux puede ser leído aquí (en francés). 

jueves, 11 de junio de 2020

Carta de monseñor Viganò: "El Vaticano II dio comienzo a una Iglesia falsa, paralela"

OnePeterFive acaba de publicar, con fecha 10 de junio, un texto de S.E.R. Carlo Maria Viganò fechado el 9 de junio de 2020. El director ejecutivo de OnePeterFive lo ha presentado con una breve introducción, de la que extraemos el siguiente fragmento: 

“Creo que éste es un texto histórico. He tenido la sensación, al leerlo, de estar en presencia de algo que podría hacer cambiar el curso de los acontecimientos: aquí hay un velo que se levanta. Todos sabemos -todos tenemos la sensación- que las versiones pre- y postconciliares del catolicismo no son la misma religión. Viganò, en vez de exhortarnos a tratar de racionalizar y reconciliar estas diferentes variantes, nos autoriza a llamar al pan, pan y al vino, vino”. 

Les ofrecemos la traducción de dicha carta, que también se puede consultar en el original en italiano (véase aquí).

S.E.R Carlo Maria Viganò

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9 de junio de 2020
San Efrén

He leído con gran interés el ensayo de Su Excelencia, Mons. Athanasius Schneider, publicado en LifeSiteNews el 1 de junio, posteriormente traducido al italiano por Chiesa e post concilio, titulado “No existe la voluntad divina positiva de que haya diversidad de religiones ni hay un derecho natural a dicha diversidad”. El estudio de Su Excelencia resume, con la claridad que distingue las palabras de quienes hablan de acuerdo con Cristo, las objeciones contra la supuesta legitimidad del ejercicio de la libertad religiosa teorizada por el Concilio Vaticano II en contradicción con el testimonio de la Sagrada Escritura y con la voz de la Tradición, y en contradicción también con el Magisterio católico, que es el fiel guardián de ambas.

El mérito del ensayo de Su Excelencia consiste, primero que nada, en su comprensión del vínculo causal entre los principios enunciados -o implícitos- del Concilio Vaticano II y su consiguiente efecto lógico en las desviaciones doctrinales, morales, litúrgicas y disciplinarias que han surgido y se están desarrollando progresivamente hasta el día de hoy.  

El monstruo generado en los círculos modernistas podría haber sido, al comienzo, equívoco, pero ha crecido y se ha fortalecido, de modo que hoy se muestra como lo que verdaderamente es en su naturaleza subversiva y rebelde. La criatura concebida en aquellos tiempos es siempre la misma, y sería ingenuo pensar que su perversa naturaleza podría cambiar. Los intentos de corregir los excesos conciliares -invocando la hermenéutica de la continuidad- han demostrado no tener éxito: Naturam expellas furca, tamen usque recurret ["Expulsa a la naturaleza con una horqueta: regresará"] (Horacio, Epist., I, 10, 24). La Declaración de Abu Dhabi -y como Mons. Schneider acertadamente observa, sus primeros síntomas en el panteón de Asís- “fue concebida en el espíritu del Concilio Vaticano II”, como lo afirma Bergoglio, orgullosamente. 

Este “espíritu del Concilio” es la patente de legitimidad que los innovadores oponen a sus críticos, sin darse cuenta de que ello es confesar, precisamente, un legado que confirma no sólo la naturaleza errada de las declaraciones presentes, sino también la matriz herética que supuestamente las justifica. Si se mira más de cerca, jamás en la historia de la Iglesia un Concilio se ha presentado a sí mismo como un hecho histórico diferente de todos los concilios anteriores: jamás se ha hablado del “espíritu del Concilio de Nicea” o del “espíritu del Concilio de Ferrara-Florencia” ni, mucho menos, del “espíritu del Concilio de Trento”. Tampoco existió jamás una era “post-conciliar” después del Letrán IV o del Vaticano I. 

La razón de ello es obvia: estos Concilios fueron todos, sin distinción alguna, expresión unánime de la voz de la Santa Madre Iglesia, y por esta misma causa, voz de Nuestro Señor Jesucristo. Es elocuente que quienes sostienen la novedad del Concilio Vaticano II adhieran también a la doctrina herética que pone al Dios del Antiguo Testamente en oposición al Dios del Nuevo Testamento, como si pudiera existir contradicción entre las Divinas Personas de la Santísima Trinidad. Evidentemente esta oposición, que es casi gnóstica o cabalística, es funcional para la legitimación de un sujeto nuevo, que se quiere diferente y opuesto a la Iglesia católica. Los errores doctrinales casi siempre revelan algún tipo de herejía trinitaria, y por tanto es mediante el regreso a la proclamación del dogma trinitario que las doctrinas que se le oponen pueden ser derrotadas: ut in confessione veræ sempiternæque deitatis, et in Personis proprietas, et in essentia unitas, et in majestate adoretur æqualitas: confesando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las Personas, la unidad en la esencia y la igualdad en la Majestad. 

San Juan Pablo II en el encuentro ecuménico de Asís de 1986
(Foto: Asianews)

Mons. Schneider cita varios cánones de los Concilios Ecuménicos que proponen lo que, en su opinión, son doctrinas difíciles de aceptar hoy, como, por ejemplo, la obligación de diferenciar a los judíos por las ropas, o la prohibición de que los cristianos sirvan a patrones mahometanos o judíos. Entre esos ejemplos existe también la exigencia de la traditio instrumentorum proclamada por el Concilio de Florencia, que fue posteriormente corregida por la Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis de Pío XII. Mons. Schneider comenta: “Se puede rectamente esperar y creer que un futuro Papa o Concilio Ecuménico corrija las declaraciones erróneas hechas” por el Concilio Vaticano II. Esto me parece ser un argumento que, aunque hecho con la mejor de las intenciones, debilita el edificio católico desde sus mismos fundamentos. Si de hecho admitimos que puede haber actos magisteriales que, por el cambio en la sensibilidad, son susceptibles de abrogación, modificación o diferente interpretación por el paso del tiempo, caemos inevitablemente en la condenación del Decreto Lamentabili, y terminamos concediendo justificaciones a quienes, recientemente, y precisamente sobre la base de aquel erróneo supuesto, han declarado que la pena de muerte “no es conforme al Evangelio”, enmendando así el Catecismo de la Iglesia Católica. De acuerdo con el mismo principio, podríamos sostener que las palabras del Beato Pío IX en Quanta Cura fueron en cierta forma corregidas por el Concilio Vaticano II, tal como Su Excelencia espera que ocurra con Dignitatis Humanae. 

Ninguno de los ejemplos que ofrece Su Excelencia es, en sí mismo, gravemente erróneo o herético: el hecho de que el Concilio de Florencia declarara que la traditio instrumentorum era necesaria para la validez de las órdenes no comprometió de ningún modo el ministerio sacerdotal en la Iglesia, haciendo que se confirieran órdenes inválidas. No me parece tampoco que se pueda afirmar que este aspecto, a pesar de su importancia, haya conducido a errores doctrinales por parte de los fieles, algo que sí ha ocurrido, por el contrario, sólo en el último Concilio. Y cuando en el curso de la historia se han difundido diversas herejías, la Iglesia siempre ha intervenido prontamente para condenarlas, como ocurrió en el tiempo del Sínodo de Pistoya de 1786, que fue en cierto modo un anticipo del Concilio Vaticano II, especialmente en su abolición de la comunión fuera de la Misa, la introducción de la lengua vernácula, y la abolición de las oraciones del Canon dichas en voz baja, pero especialmente en la teorización sobre el fundamento de la colegialidad episcopal, reduciendo la primacía del Papa a una función meramente ministerial. El releer las actas de aquel Sínodo causa estupor por la formulación literal de los mismos errores que encontramos posteriormente, aumentados, en el Concilio que presidieron Juan XXIII y Pablo VI. Por otra parte, tal como la Verdad procede de Dios, el error es alimentado por el Adversario y se alimenta de él, que odia a la Iglesia de Cristo y su corazón, la Santa Misa y la Santísima Eucaristía.  

Llega un momento en nuestras vidas en que, por disposición de la Providencia, nos enfrentamos a una opción decisiva para el futuro de la Iglesia y para nuestra salvación eterna. Me refiero a la opción entre comprender el error en que prácticamente todos hemos caído, casi siempre sin mala intención, y seguir mirando para el otro lado o justificándonos a nosotros mismos.  

También hemos cometido, entre otros, el error de considerar a nuestros interlocutores como personas que, a pesar de la diferencia de ideas y de fe, se han movido siempre por buenas intenciones y que estarían dispuestas a corregir sus errores si pudieran convertirse a nuestra Fe. Junto con numerosos Padres Conciliares, concebimos el ecumenismo como un proceso, como una invitación que llama a los disidentes a la única Iglesia de Cristo, a los idólatras y paganos al único Dios verdadero, al pueblo judío al Mesías prometido. Pero desde el instante en que fue teorizado en las comisiones conciliares, el ecumenismo fue entendido de un modo que está en directa oposición con la doctrina previamente sostenida por el Magisterio.

Hemos pensado que ciertos excesos eran sólo exageraciones de los que se dejaron arrastrar por el entusiasmo de novedades, y creímos sinceramente que ver a Juan Pablo II rodeado por brujos sanadores, monjes budistas, imanes, rabíes, pastores protestantes y otros herejes era prueba de la capacidad de la Iglesia de convocar a todos los pueblos para pedir a Dios la paz, cuando el autorizado ejemplo de esta acción iniciaba una desviada sucesión de panteones más o menos oficiales, hasta el punto de ver a algunos obispos portar el sucio ídolo de la pachamama sobre sus hombros, escondido sacrílegamente con el pretexto de ser una representación de la sagrada maternidad.

San Juan Pablo II recibe una bendición ritual de parte un chaman durante una de sus visitas a Estados Unidos
(Foto: Burbuja)

Pero si la imagen de una divinidad infernal pudo ingresar a San Pedro, fue parte de un crescendo que algunos previeron como un comienzo. Hoy hay muchos católicos practicantes, y quizá la mayor parte del clero católico, que están convencidos de que la Fe católica ya no es necesaria para la salvación eterna: creen que el Dios Uno y Trino revelado a nuestros padres es igual que el dios de Mahoma. Hace veinte años oímos esto repetido desde los púlpitos y las cátedras episcopales, pero recientemente lo hemos oído, afirmado con énfasis, incluso desde el más alto Trono.

Sabemos muy bien que, invocando la palabra de la Escritura Littera enim occidit, spiritus autem vivificat ["La letra mata, el espíritu da vida" (2 Cor 3, 6)], los progresistas y modernistas astutamente encontraron cómo esconder expresiones equívocas en los textos conciliares, que en su tiempo parecieron inofensivos pero que, hoy, revelan su valor subversivo. Es el método usado en la frase subsistit in: decir una semi-verdad como para no ofender al interlocutor (suponiendo que es lícito silenciar la verdad de Dios por respeto a sus criaturas), pero con la intención de poder usar un semi-error que sería instantáneamente refutado si se proclamara la verdad entera. Así, “Ecclesia Christi subsistit in Ecclesia Catholica” no especifica la identidad de ambas, pero sí la subsistencia de una en la otra y, en pro de la coherencia, también en otras iglesias: he aquí la apertura a celebraciones interconfesionales, a oraciones ecuménicas, y al inevitable fin de la necesidad de la Iglesia para la salvación, en su unicidad y en su naturaleza misionera.

Puede que algunos recuerden que los primeros encuentros ecuménicos tuvieron lugar con los cismáticos del Oriente, y muy prudentemente con otras sectas protestantes. Fuera de Alemania, Holanda y Suiza, al comienzo los países de tradición católica no vieron con buenos ojos las celebraciones mixtas en que había juntos pastores protestantes y sacerdotes católicos. Recuerdo que en aquellos años se habló de eliminar la penúltima doxología del Veni Creator para no ofender a los ortodoxos, que no aceptan el Filioque. Hoy escuchamos los surahs del Corán leídos desde el púlpito de nuestras iglesias, vemos un ídolo de madera adorado por hermanas y hermanos religiosos, oímos a los obispos desautorizar lo que hasta ayer nos parecía ser las excusas más plausibles de tantos extremismos. Lo que el mundo quiere, por instigación de la masonería y sus infernales tentáculos, es crear una religión universal que sea humanitaria y ecuménica, de la cual es expulsado el celoso Dios que adoramos. Y si esto es lo que el mundo quiere, todo paso en esa dirección que dé la Iglesia es una desafortunada elección que se volverá en contra de quienes creen que pueden burlarse de Dios. No se puede dar de nuevo vida a las esperanzas de la Torre de Babel, con un plan globalizante que tiene como meta la neutralización de la Iglesia católica a fin de reemplazarla por una confederación de idólatras y herejes unidos por el ambientalismo y la fraternidad universal. No puede haber hermandad sino en Cristo, y sólo en Cristo: qui non est mecum, contra me est. 

Es desconcertante que tan poca gente se dé cuenta de esta carrera hacia el precipicio, y que pocos adviertan la responsabilidad de los niveles más altos de la Iglesia que apoyan estas ideologías anti cristianas, como si los líderes de la Iglesia quisieran la garantía de que tendrán un lugar y un papel en el carro del pensamiento correcto. Y es sorprendente que haya gente que persista en la negativa a investigar las causas de fondo de la presente crisis, limitándose a deplorar los excesos actuales como si no fueran la consecuencia inevitable de un plan orquestado hace ya décadas. El que la pachamama haya sido adorada en una iglesia, se lo debemos a Dignitatis Humanae. El que tengamos una liturgia protestantizada y a veces incluso paganizada, se lo debemos a la revolucionaria acción de monseñor Annibale Bugnini y a las reformas postconciliares. La firma de la Declaración de Abu Dabhi, se la debemos a Nostra Aetate. Y si hemos llegado hasta delegar decisiones en las Conferencias Episcopales -incluso con grave violación del Concordato, como es el caso en Italia-, se lo debemos a la colegialidad y a su versión puesta al día, la sinodalidad. Gracias a la sinodalidad nos encontramos con Amoris Laetitia y teniendo que ver el modo de impedir que aparezca lo que era obvio para todos: este documento, preparado por una impresionante máquina organizacional, pretendió legitimar la comunión a los divorciados y convivientes, tal como Querida Amazonia va a ser usada para legitimar a la mujeres sacerdotes (como en el caso reciente de una “vicaria episcopal” en Friburgo de Brisgovia) y la abolición del Sagrado Celibato. Los prelados que enviaron las Dubia a Francisco, a mi juicio, evidenciaron la misma piadosa ingenuidad: pensar que Bergoglio, confrontado con una contestación razonablemente argumentada de su error, iba a comprender, a corregir los puntos heterodoxos y a pedir perdón.

San Juan Pablo II besa el Corán
(Foto: Pinterest)

El Concilio fue usado para legitimar las más aberrantes desviaciones doctrinales, las más osadas innovaciones litúrgicas y los más inescrupulosos abusos, todo ello mientras la Autoridad guardaba silencio. Se exaltó de tal modo a este Concilio que se lo presentó como la única referencia legítima para los católicos, para el clero, para los obispos, oscureciendo y connotando con una nota de desprecio la doctrina que la Iglesia había siempre enseñado autorizadamente, y prohibiendo la liturgia perenne que había, durante milenios, alimentado la fe de una línea ininterrumpida de fieles, mártires y santos. Entre otras cosas, este Concilio ha demostrado ser el único que ha causado tantos problemas interpretativos y tantas contradicciones respecto del Magisterio precedente, en tanto que no existe ni un solo Concilio -desde el Concilio de Jerusalén hasta el Vaticano I- que no haya armonizado perfectamente con todo el Magisterio o que haya necesitado tanta interpretación.

Confieso con serenidad y sin controversia: fui una de las muchas personas que, a pesar de tantas perplejidades y temores como hoy se ha demostrado ser legítimos, confié en la autoridad de la Jerarquía con incondicional obediencia. En realidad, creo que mucha gente, incluido yo mismo, no consideró en un comienzo la posibilidad de que pudiera haber un conflicto entre la obediencia a una orden de la Jerarquía y la fidelidad a la Iglesia. Lo que hizo tangible esta separación no natural, diría incluso perversa, entre la Jerarquía y la Iglesia, entre la obediencia y la fidelidad, fue ciertamente el presente pontificado.

En la Sala de Lágrimas, adyacente a la Capilla Sixtina, mientras monseñor Guido Marini preparaba el roquete, la muceta y la estola para la primera aparición del Papa “recién elegido”, Bergoglio exclamó: “Sono finite le carnevalate!” [“Se acabó el carnaval”], rehusando desdeñosamente las insignias que todos los Papas hasta ahora habían aceptado, humildemente, como el atuendo del Vicario de Cristo. Pero esas palabras contenían una verdad, aunque dicha involuntariamente: el 23 de marzo de 2013, los conspiradores dejaron caer la máscara, libres ya de la inconveniente presencia de Benedicto XVI y osadamente orgullosos de haber finalmente promovido a un Cardenal que representaba sus ideas, su modo de revolucionar la Iglesia, de hacer maleable la doctrina, adaptable la moral, adulterable la liturgia y desechable la disciplina. Todo esto se consideró, por los mismos protagonistas de la conspiración, como lógica consecuencia y obvia aplicación del Concilio Vaticano II que, según ellos, había sido debilitado por las críticas hechas por Benedicto XVI. La mayor osadía de ese Pontificado fue el permiso para celebrar libremente la venerada liturgia tridentina, cuya legitimidad fue finalmente reconocida, refutando cincuenta años de ilegítimo ostracismo. No es un accidente el que los partidarios de Bergoglio sean los mismos que vieron el Concilio como el primer paso de una nueva Iglesia, antes de la cual había existido una vieja religión con una vieja liturgia. 

 El papa Francisco junto a una machi mapuche durante su visita a Chile en 2018
(Foto: El País)

No es accidente: lo que estos hombres afirman impunemente, escandalizando a los moderados, es lo mismo que creen los católicos, vale decir, que a pesar de todos los esfuerzos de la hermenéutica de la continuidad, que naufragó miserablemente con la primera confrontación con la realidad de la presente crisis, es innegable que, desde el Concilio Vaticano II en adelante, se construyó una nueva iglesia, superimpuesta a la Iglesia de Cristo y diametralmente opuesta a ella. Esta Iglesia paralela oscureció progresivamente la institución divina fundada por el Señor, reemplazándola por una entidad espuria, que corresponde a la deseada religión universal, teorizada primeramente por la masonería. Expresiones como nuevo humanismo, fraternidad universal, dignidad del hombre, son muletillas del humanitarismo filantrópico que niega al verdadero Dios, de una solidaridad horizontal de inspiración vagamente espiritualista y de un irenismo ecuménico, condenado inequívocamente por la Iglesia. “Nam et loquela tua manifestum te facit ["Tus palabras te ponen en evidencia"]” (Mt 26, 73): este recurrir frecuente, incluso obsesivo, al mismo vocabulario de los enemigos revela la adhesión a la ideología inspirada por ellos. Por otra parte, la renuncia sistemática al lenguaje claro, inequívoco y cristalino de la Iglesia confirma el deseo de separarse no sólo de las formas católicas, sino incluso de su sustancia misma. 

Lo que durante años hemos oído proclamar vagamente, sin connotaciones claras, desde el más alto de los Tronos, lo encontramos ahora, elaborado en un verdadero manifiesto propiamente tal, entre los partidarios del presente pontificado: la democratización de la Iglesia, ya no mediante la colegialidad inventada por el Concilio Vaticano II, sino por la vía sinodal inaugurada por el Sínodo de la Familia; la demolición del sacerdocio ministerial mediante su debilitamiento por las excepciones al celibato eclesiástico y la introducción de figuras femeninas con responsabilidades cuasi-sacerdotales; el silencioso tránsito desde un ecumenismo dirigido a los hermanos separados hacia una forma de pan-ecumenismo que reduce la Verdad del Dios Uno y Trino al nivel de las idolatrías y de las más infernales supersticiones; la aceptación de un diálogo interreligioso que presupone un relativismo religioso y excluye la proclamación misionera; la desmitologización del Papado, emprendida por Bergoglio como tema de su pontificado; la progresiva legitimación de todo lo que es políticamente correcto: la teoría de género, la sodomía, el matrimonio homosexual, las doctrinas maltusianas, el ecologismo, el inmigracionismo… Si no reconocemos que las raíces de estas desviaciones se encuentran en los principios establecidos por el último Concilio, será imposible encontrar una cura: si persiste de nuestra parte un diagnóstico que, contra todas las demostraciones, excluye la patología inicial, no podemos prescribir una terapia adecuada. 

Esta operación de honestidad intelectual exige una gran humildad, primero que nada, para reconocer que, durante décadas, hemos sido conducidos al error, de buena fe, por personas que, constituidas en autoridad, no han sabido vigilar y cuidar al rebaño de Cristo: algunas de ellas, para poder llevar una vida tranquila, otras debido a que tienen demasiados compromisos, otras por conveniencia y, finalmente, otras de mala fe o incluso con un malicioso propósito. Estas últimas, que han traicionado a la Iglesia, deben ser identificadas, llevadas a un costado e invitadas a corregirse y, si no se arrepienten, deben ser expulsadas de los recintos sagrados. Así es como actúa el Pastor, que tiene en su corazón el bien de las ovejas y que da su vida por ellas. Hemos tenido y todavía tenemos demasiados mercenarios, para quienes la aprobación por parte de los enemigos de Cristo es más importante que la fidelidad a su Esposa.

Tal como, hace sesenta años, honesta y serenamente obedecí cuestionables órdenes, creyendo que representaban la amable voz de la Iglesia, hoy, con la misma serenidad y honestidad, reconozco que he sido engañado. Ser coherente hoy, perseverando en el error, constituiría una desgraciada elección y me convertiría en un cómplice de este fraude. Proclamar que existió claridad de juicio desde el principio no sería honesto: todos supimos que el Concilio iba a ser, más o menos, una revolución, pero no podíamos imaginar que iba a serlo de un modo tan devastador, incluso respecto a la obra de quienes deberían haberla evitado. Y si, hasta Benedicto XVI podíamos todavía pensar que el golpe de estado del Concilio Vaticano II (que el Cardenal Suenens llamó “el 1789 de la Iglesia”) estaba experimentando una desaceleración, en estos últimos años hasta el más ingenuo de entre nosotros ha comprendido que el silencio por temor a causar un cisma, el esfuerzo por remendar los documentos papales en sentido católico para remediar su intencionada ambigüedad, los llamados y dubia dirigidos a Francisco que han quedado elocuentemente sin respuesta, son formas de confirmación de la existencia de la más grave de las apostasías a que están expuestos los más altos niveles de la Jerarquía, en tanto que los fieles cristianos y el clero se sienten desesperadamente abandonados y son vistos por los obispos casi con enfado.

La Declaración de Abu Dhabi es la proclama ideológica de una idea de paz y cooperación entre las religiones que podría posiblemente ser tolerada si proviniera de paganos privados de la luz de la Fe y del fuego de la Caridad. Pero todo el que haya recibido la gracia de ser Hijo de Dios en virtud del Santo Bautismo debería horrorizarse con la idea de construir una versión, moderna y blasfema, de la Torre de Babel, buscando aunar a la única Iglesia de Cristo, heredera de las promesas hechas al Pueblo Elegido, con aquellos que niegan al Mesías y con quienes consideran que la idea misma de un Dios Trino y Uno es una blasfemia. El amor de Dios no tiene límites y no tolera compromisos, porque de otro modo no es, simplemente, Caridad, sin la cual no se puede permanecer en Él: qui manet in caritate, in Deo manet, et Deus in eo [quien permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él] (1 Jn 4, 16). Importa poco que se trate de una declaración o de un documento magisterial: sabemos bien que la mens subversiva de los innovadores juguetea con estas especies de puzzles a fin de difundir el error. Y sabemos bien que la finalidad de estas iniciativas ecuménicas e interreligiosas no es convertir a quienes están lejos de la única Iglesia de Cristo, sino desviar y corromper a quienes todavía creen en la Fe católica, llevándolos a pensar que es deseable tener una gran religión universal que reúna a las tres grandes religiones abrahámicas “en una sola casa”: ¡esto sería el triunfo del plan masónico de preparación del reino del Anticristo! No importa mucho que ello se materialice mediante una bula dogmática, una declaración, o una entrevista con Scalfari en La Repubblica, porque los partidarios de Bergoglio esperan la señal de su palabra, a la cual responderán con una serie de iniciativas que están preparadas y organizadas desde hace ya algún tiempo. Y si Bergoglio no cumple las instrucciones que ha recibido, hay cantidad de teólogos y de clérigos que están preparados para lamentarse de la “soledad del papa Francisco”, a fin de usar esto como premisa para su renuncia (pienso, por ejemplo, en Massimo Faggioli en uno de sus recientes ensayos). Por otra parte, no sería la primera vez que usan al Papa cuando éste actúa según el plan de ellos, y que se deshacen de él o lo atacan tan pronto como no lo hace. 

El domingo pasado la Iglesia celebró a la Santísima Trinidad, y en el Breviario se recita el Symbolum Athanasianum, hoy puesto fuera de la ley por la liturgia conciliar, y ya reducido a sólo dos ocasiones en la reforma litúrgica de 1962. Las primeras palabras de ese suprimido Symbolum merecen estar escritas con letras de oro: “Quicumque vult salvus esse, ante omnia opus est ut teneat Catholicam fidem; quam nisi quisque integram inviolatamque servaverit, absque dubio in aeternum peribit [Quien quiera ser salvado, es necesario, antes que nada, que crea en la Fe católica, porque a menos que mantenga esta fe íntegra e inviolada, sin duda perecerá eternamente]”. 

+ Carlo Maria Viganò

La Santísima Trinidad 
(Imagen: Infovaticana)


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Actualización [24 de junio de 2020]: Hemos publicado en esta entrada una nueva carta de S.E.R. Carlo Maria Viganò, donde se hace cargo de algunos comentarios formulados a propósito del texto que hemos compartido en esta entrada.

lunes, 20 de abril de 2020

Réquiem para el catolicismo del Vaticano II

Les ofrecemos hoy un artículo del Dr. Peter Kwasniewski publicado hace casi dos años en OnePeterFive. Sin embargo, y sobre todo por los hechos ocurridos con ocasión de la pandemia de COVID-19 que afecta al mundo, su texto se ha vuelto todavía más actual. El autor trata de demostrar que todo lo que estamos viendo en la Iglesia no surgió por generación espontánea, sino que es consecuencia de los pontificados anteriores. El problema de fondo es la liturgia, que expresa la verdadera fe católica. La traducción ha sido hecha por la Redacción. 


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Réquiem para el catolicismo del Vaticano II (1962-2018)

Peter Kwasniewski

Para algunos astutos observadores de la escena Vaticana -de acuerdo, olvidémonos de esta terminología y digamos “entre algunos cuerpos tibios con señales de consciencia”- es cosa sabida, desde hace varios años, que no se puede esperar que el papa Francisco, una de las causas mayores de los problemas que padece la Iglesia, sea parte de la solución de dichos problemas, entre los que se incluye todo lo que tenga que ver con abusos sexuales cometidos por clérigos o con el mortal golpe que dan los prelados progresistas. Con cada mes que pasa nos damos cuenta de que, para el pontífice peronista, todo es “business as usual”.

Sin embargo, como lo han hecho ver varios escritores, este pontificado ha sido, a pesar de los pesares, un tremendo don de la Divina Providencia. Sí, se puede verdaderamente afirmar tal cosa. Porque Francisco ha proyectado una claridad, imposible de poner razonable (o no razonablemente) en duda y, aún más, febrilmente amplificada, sobre la absoluta bancarrota del “catolicismo del Vaticano II”, con su liturgia peso ligero, su frívola oposición al mundo, el demonio y la carne, y su continuo compromiso con los poderes liberales dominantes.

Todo el mundo sabe a qué me refiero. Yo mismo fui, alguna vez, uno de esos estudiosos talmúdicos que procuraban cuadrar todos los círculos en los dieciséis documentos del Concilio. Yo mismo alabé su ortodoxia textual y lamenté que algunos secuestradores los descuidaran o distorsionaran, y estaba consciente de que la mentalidad católica leal siempre comenzaba diciendo “si sólo…”: “si sólo se celebrara la liturgia adecuadamente”; “si sólo se enseñara profusamente el catecismo”; “si sólo la gente pudiera en todas partes seguir la línea del gran Papa polaco” (más tarde “del gran Papa alemán”).

(Foto original del artículo)

En ese mundo solía yo vivir. Pero ahora me he mudado a una casa más grande y más bella llamada catolicismo tradicional. Me cansé de vivir en aquel edificio recién construido, supuestamente más económico energéticamente y más amigable con el medio ambiente pero, en realidad, de material ligero, lleno de corrientes de aire, fluorescente, infectado de insectos, a medio caer, que fue lo que produjo el único concilio ecuménico que no hizo definiciones solemnes y no emitió solemnes condenas. Me di cuenta, gracias a los estudios detallados de escritores como Wiltgen, Davies, Amerio, Ferrara, de Mattei y Sire, que hubo secuestradores que operaron no sólo después del Concilio, sino al interior del mismo, haciendo astutamente girar el timón hacia el progresismo y el modernismo que ansiaban secretamente, plantando “bombas de tiempo” en los documentos -frases ambiguas que podían ser interpretadas de este modo o del otro, y que lo fueron en la interminable guerra de posiciones entre liberales y conservadores de todo tipo, a todo nivel-. 

Me di finalmente cuenta de que el problema era la liturgia -no sólo por el modo de “celebrarse” mal en todo el mundo, lo que era obvio, sino en sí y por sí, por sus libros oficiales, por sus textos, por sus rúbricas-. Tampoco el nuevo Catecismo, con su difusa verbosidad y su resbalar sobre los temas difíciles, como la capitalidad del marido en el matrimonio, fue una solución mágica: de hecho ha sido rebajado al estatus de laguna para que se refleje el Narciso reinante, lo que le da casi tanto valor como a una entrevista en avión. Sobre todo, me di cuenta de que “simplemente seguir al Papa” dondequiera que vaya, por mar tierra o aire, no solamente no es la solución, sino que es una parte importante del problema.

Y ¿cuál es el problema? El eclipse, en nuestra época, de toda idea coherente de lo que el catolicismo es, y ha sido y será siempre. Un eclipse deseado, ya que “los hombres aman la oscuridad más que la luz, porque sus obras son malas” (Jn. 3, 19).

La liturgia que nos dio Pablo VI, cortesía del arzobispo Bugnini y las estrellas de su Consilium, es en realidad una liturgia de categoría liviana que no puede sostener el peso de la gloria de Dios ni satisfacer las gravitantes necesidades del alma humana. Hay muchos que no conocen otra, y su situación me recuerda las fotografías en blanco y negro de las largas filas de gente en la Unión Soviética esperando su ración de pan. No es esto lo que la liturgia de la Iglesia ha ofrecido a sus fieles en las épocas pasadas, cuando les ponía a disposición un banquete real, una delicia de reyes, un atisbo del cielo y de unión con los santos y ángeles. No quiero decir que la liturgia preconciliar fuera siempre perfecta, porque sabemos que no lo fue, pero los ritos de la Iglesia poseían por sí mismos una densidad y belleza que hacía posible tener siempre al alcance una rica vida litúrgica. Los católicos que han regresado a la liturgia tradicional a menudo comentan asombrados: “¿Es eso lo que nos quitaron?”. Sí, eso fue: esa incomparable escuela de oración, ese báculo inflexible que sostenía nuestra debilidad, esa belleza consoladora capaz de atraer nuestras almas terrenales hacia el cielo. Sí, eso se nos quitó, y quienes lo hicieron sabían perfectamente lo que estaban haciendo y por qué.

Largas filas para comprar pan en la Unión Soviética

Más arriba he hablado de una “frívola oposición al mundo, el demonio y la carne”. Tal es la marca del catolicismo postconciliar. ¿Oponerse al mundo? No. Lo que tenemos que hacer es dialogar con él, comprenderlo, simpatizar con él, llegar a acuerdos con él, hacer causa común con él, reciclar su basura y adoptar sus lemas. Salieron de la Misa todas las antiguas oraciones que hablaban de guerra espiritual, de engaños del maligno, de necesidad de hacer violencia a nuestra naturaleza caída. Se suavizó todo, como reconocimiento de la bondad de todo y de todos (si al menos ellos se enteraran…). 

Se despojó al rito bautismal de los duros exorcismos que habían existido en él desde los tiempos apostólicos debido a la verdad revelada de que la humanidad, después de la caída, está bajo el dominio de Satanás, y los ciudadanos de cielo tienen que ser alejados de su influencia. Se suprimió los días de ayuno y abstinencia por doquier. La antigua tradición, en vez de ser renovada (como reclamaban las cabezas pensantes), fue ignorada o despreciada como superstición. Sólo hubo una dirección: cuesta abajo, dispensando, simplificando, abreviando, aboliendo.

En cuanto al autocontrol, la moral sexual de los cristianos en todo el mundo, especialmente en Occidente, donde nacieron los documentos y reformas conciliares, está en el abismo más profundo de todos los tiempos, no sólo por la imprevista intensidad de la revolución antiautoritaria de 1968, sino, mucho más, por la fundamental pérdida de fe en la verdad salvífica y en el poder liberador de los mandamientos de Dios.

Hoy, en 2018, estamos cosechando los frutos podridos de esta pérdida de fe, de esta falta de autocontrol, de este rechazar todo ascetismo y visión guerrera de la concepción cristiana de la vida, de este necio optimismo que recorrió a la Iglesia en la década de 1960 y engendró el fruto demoníaco del “catolicismo nietzscheano”. Este ha sido un continuo compromiso con las fuerzas reinantes del liberalismo, un socavar las exigencias del Evangelio, un suprimir las verdades duras, un suprimir el amor a Dios por sobre todas las cosas, como un fin en sí. Al final de todo esto lo que tenemos es un culto de la nada, un nihilismo concentrado en la inolvidable imagen de un sacerdote, luego cardenal de la Santa Iglesia Romana, que abusaba de un niño que resultó ser la primera persona que bautizó dos semanas después de su ordenación.

Durante mucho tiempo pensé que Juan Pablo II y Benedicto XVI estaban dando la buena pelea contra esta interpretación revolucionaria del cristianismo, pero luego de unos destacados encuentros interreligiosos, besos al Corán, larguísimas entrevistas con respuestas dialécticas a cada pregunta formulada y varios otros indicadores de este tipo, perdí mi entusiasmo por ellos en cuanto pastores, por mucho que haya admirado sus escritos filosóficos y teológicos (los que, por mucho que se le dé vuelta al asunto, no son el papel principal de un Papa). Fue para mí un shock sistémico darme cuenta de que estos Papas, aunque sin duda bien intencionados, nadaban en un lago de jugo de polvos más que en el océano de la Tradición, con la única diferencia que eran suficientemente vigorosos para seguir nadando y lanzar al cielo, de vez en cuando, un grito pidiendo ayuda, en vez de hundirse hasta el fondo, llevando atado al cuello, a guisa de piedra de molino, un cardenal.

Los últimos cinco años no son una catástrofe repentina que apareció de la nada, sino que son el concentrado del zumo extraído de los últimos cincuenta años, el último acto en una tragedia que ha venido escalando hasta hoy. Bergoglio es el destilado de las peores tendencias de Roncalli, Montini, Woytila y Ratzinger, sin ninguna de las cualidades que redimen a éstos. Los predecesores de Francisco fueron progresistas en conflicto consigo mismos e incoherentes; él es un modernista convencido. Tal como el conservadurismo político es liberalismo en cámara lenta, así el catolicismo postconciliar es modernismo en cámara lenta. Mientras más rápido la gente se dé cuenta de ello, más rápido rechazará todo ese fallido y tortuoso experimento del aggiornamento para favorecer una inequívoca adhesión a la fe católica en su liturgia perennemente joven, su doctrina magníficamente armoniosa y comprehensiva, su moral exigente y salvadora de la vida.

Juan Pablo II recibe una bendición de parte de unos nativos estadounidenses en 1987
(Foto: Akacatholic)

No olvidemos que Juan Pablo II y Benedicto XVI se involucraron en los encuentros de Asís, que nunca pusieron en duda la corrección de “arrasar con los bastiones”, de “volverse hacia el mundo” y abrazar la modernidad, todo lo cual fue la gran marca de fábrica del Concilio Vaticano II; ambos alentaron el feminismo con una mano[1] mientras que, con la otra, trataban de restringirlo y, sobre todo, ambos nombraron y promovieron a muchos de los terribles obispos y cardenales con los que sufrimos hoy, como lo demuestra la tabla siguiente:

Prelado
Consagrado obispo por
Creado cardenal por
Theodore McCarrick
Pablo VI
Juan Pablo II
Angelo Sodano
Pablo VI
Juan Pablo II
Tarcisio Bertone
Juan Pablo II
Juan Pablo II
Pietro Parolin
Benedicto XVI
Francisco
William Levada
Juan Pablo II
Benedicto XVI
Marc Ouellet
Juan Pablo II
Juan Pablo II
Lorenzo Baldisseri
Juan Pablo II
Francis
Ilson de Jesus Montanari
Francisco
–
Leonardo Sandri
Juan Pablo II
Benedict XVI
Fernando Filoni
Juan Pablo II
Benedict XVI
Dominique Mamberti
Juan Pablo II
Francisco
Francesco Coccopalmerio
Juan Pablo II
Benedicto XVI
Giovanni Lajolo
Juan Pablo II
Benedicto XVI
Vincenzo Paglia
Juan Pablo II
–
Edwin O’Brien
Juan Pablo II
Benedicto XVI
Renato Raffaele Martino
Juan Pablo II
Juan Pablo II
Donald Wuerl
Juan Pablo II
Benedicto XVI
Paul Bootkoski
Juan Pablo II
–
John Myers
Juan Pablo II
–
Kevin Farrell
Juan Pablo II
Francisco
Seán O’Malley
Juan Pablo II
Benedicto XVI
Oscar Rodríguez Maradiaga
Juan Pablo II
Juan Pablo II
Blase Cupich
Juan Pablo II
Francisco
Joseph Tobin
Benedict XVI
Francisco
Robert McElroy
Benedicto XVI
–
Edgar Peña Parra
Benedicto XVI
–
John Nienstedt
Juan Pablo II
–
Jorge Bergoglio
Juan Pablo II
Juan Pablo II
(Source: Unam Sanctam)

Francisco no tiene la culpa. De hecho, lo que está haciendo es cosechar sombríamenge lo que aquellos sembraron, al mismo tiempo que demuele mucho de lo que ellos construyeron. Al cabo, hay sólo dos razones para el cónclave de cardenales que votaron por Bergoglio: Woytila y Ratzinger. Dicho en términos más generales, ambos son la razón por la que tenemos un episcopado mundial compuesto por una ínfima minoría de obispos tradicionales (o sea, obispos que creen, predican, enseñan e imponen la fe católica como fue enseñada, entre otros, por el Concilio de Trento) y una inmensa mayoría de feroces liberales, de desdentados conservadores y de burócratas traga-tintas. Si Juan Pablo II hubiera empleado menos tiempo en sus vueltas por el mundo y en escribir masivas, densas y hoy grandemente olvidadas encíclicas (la única excepción es Veritatis Splendor), y más tiempo en su deber más importante, el de vetar y elegir obispos de probada ortodoxia doctrinal, probidad moral y dedicación a la sagrada liturgia, sin sombra de liberalismo ni relajación, la Iglesia estaría hoy en una situación dramáticamente diferente. Lo mismo podría decirse del bienamado pero ineficiente profesor-vuelto-pontífice, Benedicto XVI, cuya personalidad retraída se transformó, el 11 de febrero de 2013, de excusable tic, en pesadilla.

Estos Papas también supieron -como lo podemos ver ahora con mayor detalle- de la perversa conducta existente en los altos círculos, y rara vez tomaron medidas decisivas y severas para erradicarla. Bergoglio celebra el vicio contra natura, y sus predecesores lo toleraron. Bergoglio desvergonzadamente promueve a los enemigos del catolicismo que sus predecesores tuvieron miedo de combatir.

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¿Se podría decir, al cabo, que los católicos creyentes y practicantes en general han despertado de su sueño dogmático? Ojalá fuera así. Pero, ay, la capacidad de la mente humana para ignorar la realidad incluso cuando se le desmorona sobre la cabeza es demasiado real, y la capacidad de la ideología de nublar los ojos y ensordecer los oídos no es menos escandalosa. Pero para quienes tienen los ojos abiertos para ver y los oídos abiertos para oír, la verdad ha aflorado a plena luz: la fe católica, tal como la creyeron y vivieron nuestros antepasados, la fe católica tal como la conoció y amó una vasta multitud de testigos, esa fe católica es completamente diferente de lo que el Vaticano trata de vender hoy. Lo que el nuevo régimen ofrece es efímero, frágil y contradictorio, y se mantiene unido sólo por la fuerza.

Bendición Urbi et Orbe del papa Francisco (27 de marzo de 2020)
(Foto: Voanoticias)

La alternativa es igualmente clara: la religión compleja, pero internamente coherente enseñada por los Padres y Doctores de la Iglesia, saboreada por los monjes y místicos, proclamada con autoridad por los grandes concilios, codificada unánimemente por centenares de catecismos y, sobre todo, encarnada luminosa y exultantemente en los grandes ritos litúrgicos de Oriente y Occidente, legado en común de todos los cristianos ortodoxos que adoran a la Trinidad tres veces Santa según una tradición ininterrumpida, eso, eso es el catolicismo. No hay otro. No se lo busque donde no puede ser encontrado. No se esfuerce ni se esguince el cuello tratando de contemplar las novedades como si fueran tradición, porque no se puede hacer tal cosa. No se cuele los mosquitos mientras se traga el camello. Préstese nuevamente atención a la única fe verdadera que los misiones difundieron por el mundo en la primera evangelización. ¿Cuánto irá a costar liberar a cada católico de las las ilusiones de la supuesta “primavera” del Vaticano II? Lo ignoro. Puede que sólo la muerte sea capaz de rescatar a algunos de las celosas garras del nuevo paradigma, pero existen ciertos indicios de que el encantamiento -o, más precisamente, el espejismo- se está desvaneciendo, a medida que muchos encuentran el camino que devuelve a la divina religión de Cristo.

El período Vaticano II, que comenzó oficialmente en 1962, terminó oficialmente con el affaire McCarrick y la Viganó-gate en 2018. Cincuenta y seis años de períodos alternados de desórdenes y de pereza vital causaron la enfermedad cardíaca de esta similitud humana de la Iglesia, y se murió de un súbito ataque al corazón. Enterrémosla en terreno no sagrado, con el ardiente deseo de que descanse en silencio en la tumba y no se levante nunca más. 




[1] Por ejemplo, asegurándose de que el Catecismo no contenga referencia alguna a que el marido es cabeza, a pesar de que ello es enseñado más frecuentemente en el Nuevo Testamento que muchas otras doctrinas de nuestra fe; aprobando el uso de niñas acólitas, o la costumbre de usar lectoras femeninas en la Misa, contradiciendo 2000 años de tradición universal en las Iglesias que descienden de los apóstoles.

Nota añadida el 21 de noviembre [de 2018]: Quienes piensen o se sientan tentados de pensar que exagero la amplitud de las contradicciones entre el Magisterio Católico y la “teología oficial” que ha emanado durante las últimas cinco décadas desde el Vaticano (incluyendo a Juan Pablo II y Benedicto XVI), debieran leer el ensayo de Thomas Pink, “Vatican II and Crisis inthe Theology of Baptism” recientemente publicado por The Josias. Decir que este artículo es un gran abridor de ojos es decir muy poco. En todo caso, confirma en profundidad y con detalle lo que aquí he presentado en términos generales.