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lunes, 10 de octubre de 2022

Martín de Riquer y la Misa de siempre

Martín de Riquer y Morera (1914-2013), VIII conde de Casa Dávalos,​ fue un medievalista español, doctor en Filología Románica y especialista en literatura trovadoresca, además de senador en las Cortes Generales de España por designación real, donde le cupo intervenir en la redacción y aprobación de la Constitución de 1978. Entre sus obras destaca una historia de la literatura catalana y varios trabajados dedicados a Miguel de Cervantes y sus obra. En el discurso de contestación por su ingreso en la Real Academia Española de la Lengua, Dámaso Alonso caracterizó a Martín de Riquer como un "caso portentoso" entre los filólogos. La razón residía en que era "preciso y riguroso en investigaciones de último pormenor, con capacidad a la par de intuición de grandes rasgos definidores de obras, escritores o épocas; que escribe para el más aquilatado especialista cuando hay que dirigirse a él, o, adaptándose, sin perder rigor científico, al público culto en general, cuando es a éste a quien hay que hablar". 

Pero Martín de Riquer fue también un hombre de profunda fe, apegado a la liturgia tradicional de la Iglesia en la época en que ésta experimentaba una reforma radical que cambió el culto católico hasta hacerlo para muchos irreconocible. Dos recuerdos tomados de la semblanza que Jordi Llovet le dedica en Mis maestros. Un homenaje (2022) sirven para formarse una idea del sufrimiento de Riquer frente a los cambios litúrgicos y cómo defendió la Misa frente a aquellos que, fundados en una falsa obediencia, se adaptaban a los tiempos. 

Martín de Riquer

Riquer fue un hombre enormemente religioso y muy enraizado en los principios sólidos de la civilización de la baja Edad Media y del tiempo del Humanismo, que se dedicó al estudio, la investigación y la docencia como podría haberlo hecho un maestro de la Sorbona, por ejemplo, en el siglo XVI. Iba a Misa con regularidad, y siempre lamentó no solo que muy poca gente leyera ya el latín, sino, en especial, que hubiese desaparecido de la liturgia católica. Esto le parecía incomprensible si se tenía en cuenta que el latín fue la lengua de la Iglesia desde Constantino y, por añadidura, la lengua de los hombres cultos hasta bien entrado el siglo XVIII. (Si le hubiesen preguntado qué lengua debería convertirse en la lengua oficial para toda Europa, Riquer no habría propuesto nunca el inglés, lengua que sabía leer, pero por la que no sentía gran admiración debido a su sintaxis confusa y deslavada, sino el latín). El hecho de que los fieles ya no comprendiesen lo que se decía cuando iban a Misa no le molestaba porque, decía, el latín tenía las propiedades misteriosas y elevadas de las que carecen las lenguas vulgares, precisamente por ser de uso común: toda religión consistiría en el vínculo entre un fiel y un orden verdaderamente superior, el teológico, propósito para el que, a su juicio, no servirían las lenguas neolatinas, aptas para el esparcimiento, las relaciones comerciales o el trato diario entre la gente. 

No me resisto a citar el chiste que, en este sentido, me contó una vez Badia y Margarit, que era mísero, algo que no puede decirse de Riquer, aunque fuese a Misa. Dos ancianas salen de la iglesia, terminada la Misa, cuando ya habían cambiado la lengua de la liturgia, y una le dice a la otra: "¡Lo que hay que ver! ¿Qué querrá decir eso de 'El Señor esté con vosotros'?". Era la primera vez que lo oían. La otra anciana le responde: "Sí, mujer, eso significa: Dominus vobiscum". He aquí la explicación paradójica de lo que acabo de apuntar sobre el poder ritual de las lenguas desconocidas. 

En su casa tenía una colección envidiable de Biblias de todo tipo y en todas las lenguas de cultura que conocía, en un sector privilegiado del trozo de biblioteca que había en el salón, entrando a mano izquierda; y cuando, una vez, se presentaron en su casa unos testigos de Jehová con la intención de venderle una Biblia, él los hizo pasar y les enseñó las suyas. Los testigos mostraron una gran perplejidad, y Riquer los despidió de ellos educadamente. 

En cuanto a la religión, es cierto que a veces exageraba y le gustaba manifestar, según la ocasión, que él era de antes del concilio. Y puntualizaba: no de antes del Concilio Vaticano II, sino de antes del Concilio de Trento. Es posible que alguna vez dijera "de antes del Concilio de Nicea", pero no puedo asegurarlo. Si le hubiesen dicho que era un hombre de la época de los Padres de la Iglesia, lo habría celebrado —¡Atanasio de Alejandría, Basilio, Ambrosio, san Agustín, Gregorio el Grande!—, pero le habría alegrado aún más que le compararan con uno u otro humanista del siglo XV o XVI, de los que unieron la fe cristiana y el legado clásico grecorromano, como Vives o Erasmo. Una vez, reunidos en mi casa unos cuantos amigos, se explayó a gusto haciendo desmesurado de las Misas que oficiaba en París monseñor Lefebvre, que, de tan retrógradas —palabra que yo nunca usaría para referirme a Riquer—, acabó suspendido a divinis por el Vaticano. Riquer había conservado algo de los enfants terribles de los tiempos de su abuelo, y tenía cierta afición a la provocación benigna. Le gustaba mucho la conversación inteligente, y es sabido que una provocación siempre da más de sí que un tópico, de manera que ese día se puso a ensalzar hasta tal punto las Misas de monseñor Lefebvre, que la mujer de José María Valverde, que profesaba un cristianismo muy aggiornato, como su marido —uno de esos cristianismos con acompañamiento de guitarra y cantos espirituales negros, como ya se ha dicho más arriba—, se sintió obligada a salir en defensa del Concilio Vaticano II, o de las bellas almas cristianas con vocación por las causas seculares. Le espetó: "Martín, con Dios no se juega". Riquer, que era rapidísimo en materia de controversia, la miró con gran calma, se sacó la pipa de la boca y le dijo: "Eso digo yo". 

Monseñor Marcel Lefebvre oficia Misa pontifical en la iglesia de San Nicolás del Chardonnet, en París, en el mes de mayo de 1977. A su derecha, arrodillado, se aprecia a monseñor François Ducaud-Bourget
(Foto: FSSPX)

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Nota de la Redacción: El texto transcrito proviene de Llovet, J., Mis maestros. Un homenaje (trad. de Lucas Villavecchia, Barcelona, Galaxia Gutemberg, 2022), pp. 70-73.

domingo, 7 de febrero de 2021

¿Por qué el latín es la lengua correcta y apropiada de la liturgia católica?

Les ofrecemos hoy un nuevo artículo del Dr. Peter Kwasniewski, bien conocido por nuestros lectores, que aborda la importancia del latín en la liturgia desde una interesante perspectiva. El autor repasa los distintos registros y usos que tiene un idioma, para desde ellos explicar la función que tiene dicha lengua en la liturgia, a la que pertenece como parte de la Tradición de la Iglesia de rito latino. A diferencia de lo que habitualmente se piensa, no se trata de un mero elemento accesorio o accidental, como si diera igual que la Misa se rece en castellano, francés o inglés; antes bien, el latín es un elemento indispensable del rito romano, con el que se encuentra ligado de modo inescindible, puesto que cumple la función de separar lo sagrado de lo profano. 

El artículo fue publicado en Life Site News y ha sido traducido por la Redacción. La imagen que acompaña esta entrada proviene de la versión original. 

Peter Kwasniewski

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¿Por qué el latín es la lengua correcta y apropiada de la liturgia católica?

Peter Kwasniewski

Se comprenderá mejor por qué el latín es la lengua correcta y adecuada a la liturgia católica si se parte de una verdad que todo el mundo conoce por experiencia propia. Cada vez que se habla una lengua, se la habla en lo que los lingüistas llaman un “registro”, es decir, en un nivel de formalidad, pulimiento o refinamiento, que va desde el extremo de un habla grosera, descuidada o una jerga, hasta, en el otro extremo, un habla poética intrincadamente elaborada. Las personas pueden usar su lengua en diversos “registros” según las circunstancias y su educación. Del mismo modo, se puede decir que las lenguas como tales se presentan en “registros” diferentes.

En un extremo encontramos la jerga y las “lenguas macarrónicas” (pidgin) (se entiende por “lengua macarrónica” o pidgin una “forma de comunicación gramaticalmente simplificada que se desarrolla entre dos o más grupos que no tienen una lengua común: en los casos típicos, su vocabulario y gramática son limitados, y a menudo derivan de varias lenguas diferentes”).

En un tramo más elevado está el vernáculo corriente. Una notable diferencia que encontramos a este nivel es que las expectativas lingüísticas son considerablemente más altas en cuanto a uso, pronunciación, estilo, etcétera. Lo que la gente se permite en la jerga, no se lo permite en el contexto cotidiano.

En un tramo todavía más elevado están las llamadas “lenguas prestigiosas”. Por cierto, éstas son, para ciertas personas, su idioma nativo, pero se las elige como segundos o terceros idiomas debido a su reputación. El francés ha sido una lengua prestigiosa por más de mil años. Durante muchos siglos el latín fue una lengua prestigiada en Europa, tal como lo fue el griego clásico para los romanos. Adviértase que, aquí, las expectativas lingüísticas son todavía más elevadas, ya que se supone que estas lenguas son señal de educación, cultura, urbanidad. Un ruso del siglo XIX hablaba francés para mostrar que pertenecía a un estrato superior y cosmopolita.

En un tramo todavía más alto, y con un más alto nivel de expectativas, están las lenguas reservadas. Los ejemplos que vienen a la mente fueron todas lenguas prestigiosas en alguna época cuyo uso, ahora, se reserva enteramente para propósitos religiosos: hebreo, griego clásico, latín, sirio, eslavo eclesiástico antiguo y, fuera del ámbito cristiano, sánscrito y árabe coránico. Se venera estas lenguas porque con ellas expresamos veneración, y se han convertido en lenguas reservadas para contextos sagrados (o se las asocia especialmente con éstos). 

Se puede también distinguir lingua franca y lengua prestigiosa. La primera es adoptada por hablantes de otras lenguas como una forma ordinaria de comunicación por motivos prácticos, como cuando un italiano y un japonés hacen negocios en inglés. En cambio, la lengua prestigiosa se estudia, además, por motivos de cultura. O sea, se puede estudiar una lengua prestigiosa aunque no exista una necesidad práctica para hacerlo. Como las lenguas reservadas pertenecen siempre al rango de las lenguas prestigiosas, no se las usa solamente por razones prácticas. En resumen: los registros más bajos de las lenguas tienden a ser más prácticos por su propia naturaleza, mientras que los registros más altos son más cultos, ceremoniales, numinosos.

Una lengua no es materia sólo de comunicación práctica, sino que es, además, la encarnación de un pensamiento o de una obra de arte, una muy alta expresión de nuestra racionalidad, espiritualidad y trascendencia. La gente no escribe poesía, por ejemplo, por motivos prácticos. Lo que hace que una lengua sea lengua prestigiosa es, en parte, la profundidad, sutileza y amplitud de expresión que hace posible debido a su rica historia, y esto es más así en el caso de las lenguas reservadas, que habiendo sido usadas para orar durante siglos o milenios, están saturadas de asociaciones sagradas. La lengua, en cierto sentido, se ha fusionado con la acción, con el rito, con su contenido, y se ha transformado en un símbolo que sirve de base y decora a otros símbolos.

Una vez que se comprende estas distinciones, podemos ver que la transición experimentada por el latín, de ser una lengua vernacular a ser una lengua prestigiosa y, finalmente, una lengua reservada, es perfectamente natural, análoga a lo que ha ocurrido con otras lenguas, fenómeno que podemos ver en todo el mundo y a lo largo de toda la historia.

Detalle de un manuscrito iluminado que contiene un fragmento del Magníficat

Ahora bien, cuando una liturgia sagrada se realiza en una lengua reservada, cualquier cambio que se haga en ésta probablemente va a ser un descenso lingüístico, quizá un gran descenso, hasta el nivel de lo que normalmente consideraríamos vernáculo, que está, por definición, en un registro más bajo.

El latín es un elemento crucial de la Tradición católica, que no se limita a acompañarla simplemente, sino que es parte integral de ella. En verdad, es el medio por el que la Tradición se transmitió al mundo occidental. Incluso si los modernos se ponen de acuerdo en que debe abolirse totalmente el latín, no dejaría por ello de ser parte de la Tradición, lo cual es un hecho irredargüíble e inamovible. Podría comparárselo con el celibato: la ley eclesiástica de que un sacerdote no puede casarse deriva de la Tradición, y hoy muchos “expertos” dicen que “saben” que el celibato es responsable del bajo número de sacerdotes que hoy existe. Junto con el sacerdocio femenino, el celibato es un blanco favorito de los modernistas, y se supone que todo católico “moderno” debe oponerse a él. Sin embargo, es parte de la Tradición, y como tal, irreversible. El latín se parece mucho al celibato en este aspecto. Aunque su uso en la liturgia no es de ley divina sino de ley eclesiástica, es, con todo, parte de la Tradición (como lo son el griego, el eslavo, el sirio, el armenio, etcétera, para las Iglesias orientales), y debería, por tanto, preservárselo, independientemente de nuestras modernas opiniones personales.  

El error que condujo a la abolición del latín fue de naturaleza neo-escolástica y cartesiana, es decir, la creencia de que el contenido de la fe católica no está incorporado o encarnado sino que, de algún modo, se lo abstrae de la materia. Y así, muchos católicos piensan que Tradición significa solamente un contenido conceptual que es transmitido, sin que importe el modo en que es transmitido. Pero eso no es verdad. El latín mismo es una de las cosas que han sido transmitidas, junto con el contenido de todo lo que está escrito o cantado en latín. Además, la Iglesia misma ha reconocido este punto en muchas ocasiones al destacar el latín como digno de especial alabanza, y al reconocer en él un eficaz signo de unidad, catolicidad, antigüedad y permanencia de la Iglesia latina.

El latín posee, pues, una función cuasi-sacramental: tal como el canto gregoriano “es el ícono musical del catolicismo” (Joseph Swain), así también el latín es su “ícono lingüístico”. Los reformadores litúrgicos, atrapados por el racionalismo, trataron el latín como un mero accidente, como si fuera la envoltura desechable de un producto, cuando, en verdad, es más como la piel de un ser humano. La piel es superficial, pero si se la saca, el resultado será horrible espectáculo.  

sábado, 23 de enero de 2021

La importancia de la retaguardia

Les ofrecemos hoy un interesante ensayo de Augusto Merino Medina, conocido de nuestros lectores, sobre la importancia de la simiente cultural que permite que el catolicismo se asiente. A partir de una carta enviada a un conocido periódico chileno hace algún tiempo por parte de un grupo de estudiantes de la Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde se niega la posibilidad de un Dios castigador, el autor insiste en la enseñanza tradicional respecto de la infinita justicia y misericordia de Dios e indaga en las causas de estas afirmaciones. A su juicio, el problema de fondo es cultural, de suerte que la restauración de la cultura cristiana requiere, previo a la evangelización, un nuevo movimiento que recupere el humanismo. Algo muy similar decía Nicolás Gómez Dávila, cuando en uno de sus escolios señalaba: "Mientras el clero no haya terminado de apostatar, va a ser difícil convertirse". La reforma de la reforma está agotada, y sólo es posible volver a la Tradición perenne si se comienza de nuevo. 

Augusto Merino Merina

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La importancia de la retaguardia

Augusto Merino Medina

Una de las maniobras más astutas y más exitosas del demonio en el mundo moderno ha sido la de privar a los cristianos de la noción de que la vida sobre la tierra es una de continuas guerras. Del mismo modo se ha borrado conscientemente de la mente cristiana la idea de que Dios es Amor que castiga: de hecho, los castigos de Dios son todos amorosos y remediales, son correctivos para que el pecador se corrija, se arrepienta y se salve de acuerdo con la voluntad divina (contrariada en esto como en todo, con excepción del castigo eterno, que es consecuencia de no querer el pecador salvarse cuando Dios quiere que lo haga). Hace algún tiempo, en un diario de Santiago, un par de “estudiantes de teología” de la Pontificia Universidad Católica de Chile (cuán elocuente es este dato) escribió al Director de la publicación una carta inefable en que, aludiendo a ciertos comentarios sobre el carácter de “castigo de Dios” que tenía la epidemia de coronavirus, afirmaron que la idea de que Dios castiga no sólo es falsa, sino que ni siquiera es cristiana. Bella forma de echarse al bolsillo la mitad de las Sagradas Escrituras y, en especial, los Evangelios, exhibiendo con ello al mundo el estilo de su aprendizaje en dicha Pontificia Universidad.

Todo esto, y mucho más, apunta a hacer del cristianismo una hermosa filosofía social de la solidaridad y la fraternidad humanas, para no mencionar la igualdad y la libertad, que se silencian a fin de no hacer demasiado evidente las fuentes desde donde mana esta estupenda concepción de una religión perfecta y prolijamente emasculada. Y así, apenas finalizada una de las etapas de mayor brutalidad colectiva en Chile, en que la población, especialmente la juvenil, se abandonó a la mayor borrachera destructiva de que haya memoria en este país, sale ese par de teólogos a vocear la idea demoníaca de que en el cristianismo no hay castigos y, evidentemente, tampoco guerras ni vencedores ni vencidos ni estrategias ni tácticas ni nada que tenga ni de lejos un aroma o un parecido con nada castrense ni marcial ni bélico.

Sin embargo, quienes tienen la fortuna de rezar todas las noches la hora canónica de Completas, repiten, todos los días del año, desde hace quince o más siglos, ese pasaje severo de la primera epístola de san Pedro, incomparable en concisión, fuerza y realismo: “sed sobrios y velad, porque vuestro enemigo el diablo ronda rugiendo como león y buscando a quien devorar: resistidle firmes en la fe” (1 Pe 5, 8-9). Sí, la vida del hombre sobre la tierra es una perenne guerra, sin cuartel, sin “treguas de Dios”, como era el caso en la caballerosa y mal llamada “edad media” de la historia europea. Y eso se ha entendido así desde Cristo mismo, desde sus apóstoles y sus descendientes, desde siempre.

Quema de la Iglesia de San Francisco de Borja de Santiago durante manifestaciones 
(Foto: La Tercera)

El enemigo de Cristo, de Dios, de la Iglesia y de nuestras almas, que desde la Resurrección vive sofocado por un mortal reconcomio, ha redoblado sus esfuerzos por derrotarnos (su lengua es de mantequilla, pero su garganta es un abismo, como dice el salmo): hace no menos de 300 años que se dedica, con su malvada paciencia y astucia, a desplegar la táctica más evidente que se ofrece a quien desea derrotar a un ejército: aislarlo de todos los ejércitos vecinos y, en especial, de la retaguardia. C. S. Lewis, en un ensayo notable, “Las categorías del pensamiento moderno”, destaca cómo esta táctica es típica de la modernidad: a fin de destruir la cristiandad, hay que aislarla de todo aquello que le pueda servir de apoyo o de base, entendiendo aquí por tal a ese riquísimo mundo antiguo con el que se encontró la naciente Iglesia, a la cual ofreció resistencia, en cierta medida; pero que le proporcionó, por otra parte, todo el material conceptual para expresar teológicamente su fe (véase a santo Tomás de Aquino, por ejemplo) e innumerables recursos de belleza y espiritualidad para enriquecer su cultura y ennoblecer su liturgia.

En otras palabras, y prescindiendo por un momento de la metáfora: para destruir el cristianismo, comience por aislárselo de esa antigüedad greco-romana que le proporcionó tan magnífico pedestal sobre el cual erigirse y, a continuación, demuélase todo lo que el cristianismo tomó de ella para construir su propio edificio (cosa que hizo luego de examinarlo todo y quedarse sólo con lo bueno, según el consejo del apóstol). Idea que se puede expresar también de otro modo: destrúyase la Tradición que nos une con la antigüedad en todos sus aspectos, tanto humanos (la tradición greco-latina) como sagrados (restrínjase la Revelación Divina solamente a la Escritura).

Entre los grandes rasgos de la modernidad “ilustrada” o “Ilustración” (como con soberbia adolescente gustaba de llamarse a sí misma esa medio muerta), está, pues, el de arremeter contra la Tradición para ensalzar solamente la razón humana, transformada en cerebral y quebradiza criba por la que ha de pasar todo lo humano. Ridiculizar la Tradición y racionalizarlo todo se transformó en la entretención favorita de los “philosophes”, en una actitud que terminó por transformar, como se quería, no sólo el escenario religioso de Europa sino, al cabo de un par de siglos, también su horizonte cultural, cosa que también se quería. Y de esto, el indicio individual más caracterizado e importante fue la abolición del latín de la enseñanza y de la filosofía y las ciencias, a las cuales había servido como lengua propia desde hacía más de mil años. ¡A sólo cincuenta años de Newton, que escribió sus Principia Mathematica (1687)ven latín, la ciencia descendió hasta el vernáculo! Y Descartes, gran “amateur”, que no entendió jamás la teoría hilemórfica de Aristóteles, se dedicó a sus pasatiempos filosóficos en francés, cosa que le resultaba mucho más fácil y estaba a su corto alcance.

José Gallegos y Arnosa (1857-1917), En Misa
(Imagen: Tradical)

En muchos países de América del Sur, la masonería triunfante, que se posesionó de la educación pública (en Chile lo hizo apenas don Andrés Bello dejó la Universidad de Chile, en el último tercio del siglo XIX), arremetió contra el latín por un prurito anticatólico (el latín era la lengua de la Iglesia), aunque también movida por la vulgaridad cortoplacista de querer enseñar “lenguas útiles”, como las modernas en que se hacía el comercio, sin darse cuenta (o, peor, dándose cuenta) de que con esto se desmoronaba la estructura espiritual de Occidente, dejando el campo aplanado y listo para edificar sobre él el caedizo edificio de la “modernidad”, que hoy se está viniendo abajo por su propio peso (el fin de la modernidad hace concordar a la izquierda y a la derecha intelectuales). ¡Todavía hacia fines de ese siglo algunos privilegiados miembros de la élite (los últimos) seguían entre nosotros aprendiendo las letras latinas y ejercitándose en la traducción de los clásicos, como Cicerón, Tito Livio, Séneca, Virgilio! Que fue el odio al catolicismo lo que promovió la erradicación de la enseñanza de las lenguas clásicas en la América católica parece demostrarlo el hecho de que éstas nunca han desaparecido de la educación (al menos la más cuidada) en países, como Inglaterra, donde la religión anglicana es la predominante (por ahora): en esas partes, el latín no se asociaba con la religión católica, por lo cual no fue víctima de la furia sectaria ni de masones ni de “philosophes”. Y es en países donde el catolicismo no tiene la relevancia que en América del Sur, como los Estados Unidos de Norteamérica, donde el latín y su enseñanza están renaciendo hoy con inusitado vigor: en la Universidad de Harvard, por ejemplo, se enseña y practica esta lengua con asiduidad.

Sin latín y sin griego, el ejército de Occidente ha quedado separado, aislado, de su retaguardia, desde donde recibía la alimentación cultural y espiritual que lo configuró (algunos dicen, como se sabe, “se es lo que se come”). Toda la inmensa sabiduría humana y la experiencia de mil años de cultura greco-latina son hoy, para nosotros, un mundo ajeno, desconocido, cuya existencia apenas sospechamos. Todo el caudal de la poesía latina (algún moderno por casualidad descubre a veces el genio de Catulo o de Marcial, como se ha dicho de Nicanor Parra y otros), toda la ingente masa de la literatura, todo el teatro, todo ello no es nada para nosotros, que nos vemos obligados a beber en las sucias charcas de la estética contemporánea, cultora del feísmo, de la desmesura, de la ridiculez, so capa de “libertad artística”, de “respeto al derecho a expresarse”, de “autonomía del sujeto” y otra inepcias de cuyo verdadero significado ni siquiera se sospecha y que la aíslan, del modo más escandalosamente elitista, del contacto y del diálogo con la polis (que fue uno de los más gloriosos rasgos de las artes antiguas).

El feroz golpe en la nuca que le ha dado a la Iglesia el modernismo, redivivo después incluso de San Pío X, ha causado la ceguera y la necedad de que padecen sus ministros desde hace no menos de cincuenta años, y quizá más. Por eso nadie en las curias episcopales se percató de la gravedad de la supresión del latín como lengua sagrada de la liturgia, de la cual era el contenedor que, una vez roto, permitió el derrame de los contenidos. Ni tampoco estos “guardianes”, privados de ladrido, se percataron de lo absurdo de la supresión del latín en la comunicación dentro de la Iglesia, precisamente cuando, como nunca antes en la historia, era tan necesario un lenguaje universal para un mundo globalizado, una lingua franca, para que se entendieran los jerarcas entre sí y con el pueblo. Hoy, para algunos (y muy altamente ubicados), ni siquiera el inglés sirve con ese fin, porque no lo conocen ni conocen ninguna otra lengua salvo su lunfardo nativo.

C. S. Lewis

Lo que hemos dicho aquí ha sido motivado, en primer lugar, por la ruina litúrgica a que la supresión del latín, aparte de otras causas, precipitó a la Iglesia. Pero, en seguida, por esa “abolición del hombre” a que aludía también C. S. Lewis, cuyo origen puede rastrearse tan fácilmente a la falta de conexión con la retaguardia greco-latina: la vanguardia, privada de alimento y enceguecida, se precipita en abismos inadvertidos por los “planificadores” de la sociedad moderna, y termina boqueando por obra de una absurda partícula que la priva de oxígeno, aunque, en verdad, ya era cadáver desde hace al menos cincuenta años. Recurriendo por ultima vez en esta oportunidad a Lewis, habrá que reflexionar en que, si se trata de volver a enrielar la civilización de Occidente, que hoy tiene ribetes planetarios, habrá que evangelizarla de nuevo a partir, prácticamente, de cero. Pero para poder hacerlo, es imprescindible, una condición sine qua non, que los “pastores” con su “pastoral” ignorante, cargada de prejuicios e intelectualmente anémica, son incapaces de concebir: una nueva evangelización requiere una nueva y previa humanización, es decir, partir de cero, para instilar humanidad en esas masas incivilizadas, bárbaras, que forman la mayor parte de las actuales multitudes, habitantes de un super-establo-super-mercado-super-abastecido. 

La primera evangelización, la de los Padres de la Iglesia, se enfrentó a una inocencia pagana en que las virtudes humanas espontáneas podían florecer gracias al cultivo de los clásicos y de su rico legado. Y gracias a esa inocencia, a ese candor, pudieron aquellos hombres ver la luz de la fe, que se revela a quienes tienen la limpia mirada de los niños. Hoy nos enfrentamos a ex-cristianos, que perdieron su inocencia corrompidos por la “modernidad” y que son tan diferentes de aquellos primeros paganos como lo es una virgen de una divorciada -dice Lewis-. Hay, por tanto, que volver a implantarlos en aquel nutricio humus de las letras antiguas, de la estética clásica greco-latina. Así como dicen, con deleite, los actuales “sacerdotes” convertidos en trabajadores sociales, no se puede predicar a un estómago vacío (y lo dicen porque ello justifica su desviación profesional), así tampoco se puede predicar a una mente vaciada de las nociones humanas más primarias, como el sentido de lo bello, de lo justo, de lo bueno, de lo piadoso, de lo heroico, que se contienen en forma sobreabundante en el alimento clásico. Es una propedéutica de la fe (y de la liturgia y de todo lo que sigue) que resulta urgente comenzar a poner por obra.  

miércoles, 30 de octubre de 2019

FIUV Position Paper 25: La forma extraordinaria y el África sub-sahariana

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el Misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 25 y que versa sobre la forma extraordinaria y el África sub-sahariana, cuyo original en inglés se puede consultar aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de abril de 2015. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del sumario (Abstract) que lo precede. 


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La forma extraordinaria y el África sub-sahariana

Resumen

La Iglesia en África enfrenta desafíos que provienen de la influencia de una cultura occidental secularizada, de las dificultades de una auténtica inculturación, y de las tensiones y conflictos propios de sociedades divididas por fronteras tribales y lingüísticas. En todos estos desafíos la forma extraordinaria puede ser una ayuda, ya que encierra muchos principios, como la preocupación por la Tradición, el respeto, y un sentido del pecado y de lo sagrado, que son característicos de la espiritualidad africana.  Del mismo modo, proporciona un muro estable de defensa frente al sincretismo, que permite una actitud más abierta frente a ciertas prácticas culturales africanas, y evita el problema de tener que optar por una lengua, a menudo de origen colonial, en vez de otras. Aunque la disponibilidad de la forma extraordinaria sigue siendo muy escasa en África, hoy va en aumento. Y los obispos y órdenes religiosas africanas debieran aprovechar las oportunidades que ella ofrece.

Los comentarios a este texto pueden enviarse a positio@fiuv.

S.E.R. Marcel Lefebvre como vicario apostólico en Dakar
(Foto: FSSPX)

Texto

1. El magisterio papal post-conciliar[1] identifica una cantidad de desafíos que enfrenta en África una Iglesia que crece rápidamente. Por un lado, las religiones tradicionales africanas, así como la cultura y la estructura social tribal, representan tanto oportunidades como desafíos para una Iglesia que evangeliza y para la estabilidad social y el desarrollo. Por otro lado, el rápido desarrollo económico, la urbanización y la exposición a la cultura occidental también significan desafíos para la Iglesia y, al mismo tiempo, oportunidades para los africanos que tratan de escapar de la pobreza.

La cultura africana tradicional.

2. La cultura africana tradicional es un tema importante, que incluye por cierto la cultura religiosa. Juan Pablo II ha expresado esto con gran fuerza al reconocer, en su Exhortación Apostólica Ecclesia in Africa, de 1995, que ellas, las religiones [tradicionales] son la manifestación viva del alma de grandes grupos de hombres[2]. En relación con la influencia de la cultura occidental, que a menudo corroe todo tipo de espiritualidad, urgió a los africanos diciendo: “Mirad a vuestro interior. Ved las riquezas de vuestras tradiciones propias, mirad la fe que estamos celebrando en esta asamblea”[3].

3. La forma extraordinaria expresa muchos principios fundamentales de la cultura africana, sin el peligro del sincretismo religioso. Entre ellos el primero es el profundo respeto por la Tradición y la continuidad que se encuentra en la cultura africana tradicional[4], según la cual se considera que las generaciones pasadas de la familia y de la tribu siguen siendo miembros actuales de la comunidad[5].

El teólogo africano Bénézet Bujo describe esto del siguiente modo: “Así pues, la tradición, según el modo africano de pensar, no debe ser considerada de un modo determinístico, mucho menos fatalístico, sino que debe ser contemplada, más bien, como una potencia que el individuo puede decidir si actualizar o no. El éxito o el fracaso dependen de una elección personal: al recordar libremente las acciones y palabras vivificantes de los ancestros, el hombre elige la vida; pero si descuida estas cosas, elige la muerte”.

4. Otros principios religioso-culturales africanos son los principios litúrgicos del misterio y el respeto, y un sentido muy vívido de la realidad del reino de lo espiritual y del pecado.[6]

 (Foto: LMS Chairman)

5. La antigua tradición litúrgica latina está profundamente imbuida de estos principios, que son, en cierta medida, comunes a muchas sociedades tradicionales y, también, a la espiritualidad católica tradicional. Esto es algo que la tradición latina tiene en común con los ritos litúrgicos que se han desarrollado en la propia África, o sea, los de las “grandes Iglesias africanas de Egipto y Etiopía”[7]. Aunque en muchos sentidos son diferentes del rito latino, esos ritos, como todos los ritos orientales en general, tienen todavía mucho en común con la forma extraordinaria, como se ha analizado en el Positio Paper 21[8].

6. Es significativo, en este contexto, que el grupo religioso sincrético conocido como Legio Maria[9], que se ha extendido desde Kenia a muchos países del Este de África[10], ha retenido la liturgia latina propia de sus orígenes católicos[11].

7. Al ofrecer un esquema litúrgico y espiritual que rinde el debido homenaje a los principios tradicionales ya mencionados, la Iglesia, en la forma extraordinaria, otorga un lugar de refugio a una cultura religiosa que, de otro modo, se ve en el peligro de ser abrumada por actitudes y prácticas inspiradas por ideas de la post Ilustración occidental en una versión deteriorada, según una forma comercial. Benedicto XVI llamó “shock cultural” a esta invasión cultural[12], y los obispos de África, en el Sínodo de 1994, exclamaron “nuestra identidad está siendo pulverizada como en un mortero”. Semejante asalto a la cultura africana ha sido apropiadamente descrito como “neo-colonialismo”.

8. Este conflicto entre los principios tradicionales de la espiritualidad africana y las influencias culturales occidentales crea un inusual contexto para muchos progresistas litúrgicos, que a menudo han expresado explícitamente que sus propuestas son intentos de avenirse con el triunfo de la cultura post -ilustrada; triunfo que, a su juicio, no puede ya ser discutido. Cualquiera sea la evaluación que se haga de este proyecto en el contexto del mundo desarrollado, la propuesta de hacer concesiones al racionalismo, por ejemplo, mediante la exclusión del silencio y del ceremonial complejo en la liturgia, o de hacer concesiones al romanticismo mediante la promoción de la informalidad y la espontaneidad, adquiere un aspecto muy diferente en el contexto africano: existe un auténtico peligro de que tales tendencias coadyuven al ataque neocolonialista sobre la espiritualidad africana.

 Misa tradicional en África
(Foto: Rorate Caeli)

La inculturación.

9. Si se considera el progreso histórico de la fe en Europa, Hispanoamérica y Asia, resulta claro que, aunque el catolicismo latino ha tenido una importante influencia en las culturas locales, no las ha destruido[13] sino que, más bien, las ha hecho capaces de desarrollarse como auténticas expresiones del genio de los pueblos de esas regiones[14]. El resultado es la maravillosa diversidad de la cultura católica que se puede observar en todo el mundo. La transformación cultural, política y religiosa de África en el período colonial tiende a oscurecer la aplicación a dicho continente de esta generalización, pero hay que insistir en ella, y la demanda de “inculturación” hay que mirarla en este contexto. Como Pablo VI ha dicho, “[p]uesto que la enseñanza de Cristo y la redención cumplen, renuevan y perfeccionan todos los bienes innatos que hay en los usos tradicionales de los hombres, se sigue que el hombre africano, cuando se lo inicia en la religión cristiana, no se ve en absoluto forzado a auto-repudiarse, sino que, por el contrario, retoma 'en espíritu y en verdad' (Jo. 4, 24) las antiguas fuerzas de su pueblo”[15].

10. El tema se complica, sin embargo, por las fuerzas opuestas del sincretismo y del protestantismo evangélico. Estas últimas tienden a rechazar toda huella de cultura africana. Los cultos sincréticos y las congregaciones evangélicas son comunes en África y se expanden con rapidez, con las críticas en contrario por parte de la Iglesia católica.

11. Esta situación realza la importancia del discernimiento en la inculturación, cuestión a la que el magisterio papal ha concedido importancia repetidamente[16]. La inculturación indiscreta ha conducido, a veces, a abusos litúrgicos[17] y a la construcción de iglesias indignas de la liturgia[18].

12. Donde la inculturación se realiza del mejor modo es en el contexto de una liturgia estable que, aunque claramente diferente del culto pagano, apela sin embargo a las auténticas sensibilidades religiosas africanas. En tal contexto no es un problema permitir, por ejemplo, importantes prácticas africanas, tal como la referente al precio de la novia, o el uso de nombres indígenas, las cuales resultan contrarias a ciertas fuerzas que consideran que tales cosas deben necesariamente ser excluidas para rechazar el paganismo[19].

13. En relación con este punto, el magisterio papal ha subrayado el problema de las supersticiones, la brujería y el miedo de espíritus malignos, cosas que se encuentran en las religiones africanas tradicionales y que no pueden ser fácilmente excluidas de las comunidades cristianas recientes[20]. La forma extraordinaria, especialmente mediante las bendiciones del Ritual Romano, produce el efecto de proteger efectivamente a los fieles y del calmar el espíritu de los supersticiosos, como sociedad que fue, ella misma, víctima de las supersticiones y de la brujería, tanto reales como imaginarias, y dicha forma refleja la sabiduría de la Iglesia al enfrentarlas[21].

14. Para un gran número de africanos, la realidad de la liturgia en vernáculo no significa liturgia en la lengua madre, sino en una segunda lengua, a menudo una lengua colonial o, en el Este de África, el suajili[22]. El enorme número de lenguas en África -sólo Nigeria tiene más de 500 grupos de lenguas- significa que sería imposible producir Misales en todas ellas[23] o proporcionar sacerdotes que pudieran usarlos. En Sudáfrica, por ejemplo, en la liturgia católica se usa sólo cuatro de las nueve lenguas indígenas oficiales[24]; en Kenya, país con 69 lenguas, sólo se usa el inglés y el suajili.

15. Incluso si se superara estos obstáculos, cada parroquia urbana alberga hablantes de muchas lenguas, que pueden incluir las de los inmigrantes o refugiados de otros países. Las limitaciones de tiempo y de clero significan que hay que emplear una lingua franca, formal o informal.

16. El resultado práctico es el uso muy extendido de las antiguas lenguas coloniales en la liturgia, con un concomitante aumento de la percepción de prestigio de esas lenguas. El latín no sólo tiene la virtud de no pertenecer a ninguna tribu en particular[25] sino también de no ser la lengua de ninguna potencia colonial ni de ninguna influencia cultural europea o americana. Como lo dijo Juan XXIII: “Por su naturaleza misma, el latín es máximamente apropiado para promover todas las culturas entre los diversos pueblos, por cuanto no da lugar al surgimiento de celos ni favorece a grupo alguno, sino que se presenta a todos con igual imparcialidad, buena y amigable con todos”[26].

17. Una de las consecuencias de la pluralidad lingüística de África es el deseo de los africanos de aprender lenguas nuevas. Es común incluso que los menos educados posean una segunda o una tercera lengua. El deseo de aprender lenguas nuevas no excluye el latín, cuando a éste se le da un lugar en la liturgia.

 Sacerdote de la FSSP celebra Misa en África
(Imagen: captura de Youtube)

Las perspectivas de la forma extraordinaria en África.

18. La disponibilidad de la forma extraordinaria es limitada hoy en África[27]. Allí, como en todas partes, entrenar a un número suficiente de sacerdotes para que la celebren presenta dificultades. Otro factor ha sido la gran preocupación de los católicos africanos por la unidad con la Santa Sede durante el largo período en que la situación jurídica de los antiguos libros litúrgicos fue poco clara. Ahora que ésta ha sido aclarada, las actitudes pueden comenzar a cambiar.

19. Hoy está entregado a los obispos africanos y a las órdenes religiosas activas en África el asegurar que “las riquezas que se han desarrollado en la fe y la oración de la Iglesia”[28] estén a disposición de los católicos africanos, tal como debiera ser el caso con todos los católicos. Las circunstancias de la Iglesia en ese continente no debieran hacernos dudar de ofrecer allá este tesoro, sino alentarnos a promoverlo todo lo posible. Así como la forma extraordinaria tuvo parte en la evangelización de África en el pasado, puede seguir alimentando hoy la vida espiritual de los católicos africanos.



[1] Es digno de destacar que en Roma se han reunidos dos Sínodos especiales sobre África, en 1994 y en 2009: el primero llevó a la Exhortación Apostólica Ecclesia in Africa (1995) de Juan Pablo II y el segundo a la Exhortación Apostólica Africae munus (2011) de Benedicto XVI.

[2] Juan Pablo II, Ecclesia in Africa, núm. 47: "quandoquidem ipsae significanter animum exprimunt magnae gentium partis". Cfr. el Mensaje del Sínodo (1994), núm. 21: “Debe darse especial atención a nuestras costumbres y tradiciones, en cuanto que constituyen nuestro patrimonio cultural”.

[3] Juan Pablo II, Ecclesia in Africa, núm. 48: “ut intra vos inspiciatis. Vestrarum traditionum divitias respicite, fidem respicite quam hac in congressione celebravimus.’ Esta es una cita tomada de la homilía de Juan Pablo II enLilongwe durante una visita a África (6 de mayo de 1989).

[4] Bujo, B., African Theology in Social Context (trad. de John O’Donohue, Eugene OR., Wipf and Stock, 1992), p. 30.

[5] Véase Bujo, African Theology, cit., p. 25 y passim.

[6] Juan Pablo II, Ecclesia in Africa, núm. 42: “Los africanos tienen un profundo sentido religioso, un sentido de lo sagrado, de la existencia de Dios Creador y de un mundo espiritual. La realidad del pecado en sus formas individual y social está muy presente en la conciencia de estos pueblos, como también la necesidad de ritos de purificación y expiación” ("Africani alto religionis sensu praediti sunt, sacrarum rerum sensu, Dei creatoris existentiae sensu et rerum spiritualium. Peccatum, in suis tum privatis tum socialibus formis, in illorum populorum conscientia inest, atque necessitas quoque purificationis et expiationis rituum animadvertitur") Cfr. Benedicto XVI, Encuentro con los periodistas (23 de marzo de 2009): “Por otra parte, el espíritu de recogimiento en las liturgias, el fuerte sentido de lo sagrado, me causaron una gran impresión: en las liturgias, los grupos no se ponían en primer lugar, no atraían a sí la atención, pero sí había presencia de lo sagrado, de Dios mismo: del mismo modo, en el modo cómo se movían, se veía siempre su respeto y conciencia de la presencia divina. Esto me causó una gran impresión”. Cf. Pablo VI, Motu proprio Africae terrarum (1967), núm. 8.

[7] Mensaje del Sínodo publicado por el Sínodo Especial de Obispos de Africa, 6 de mayo de 1994. Cfr. Juan Pblo II, Ecclesia in Africa, núm. 31: “Al recordar las antiguas glorias del África cristiana, deseamos expresar nuestro profundo respeto por las Iglesias con las que no estamos en plena comunión, la Iglesia Griega del Patriarcado de Alejandría, la Iglesia Copta de Egipto y la Iglesia de Etiopía, que comparten con la Iglesia católica un común origen y la herencia doctrinal y espiritual de los grandes Padres y santos, no sólo de sus propios países, sino de toda la Iglesia primitiva: ellos trabajaron y sufrieron mucho para mantener vivo el nombre cristiano en África a través de todas las vicisitudes de la historia” ("Attamen, dum veterum Africae christianae laudum redintegramus memoriam, eas impensa prosequi observantia placet Ecclesias, quibus haud plena utimur communione: Ecclesiam dicimus Graecam Alexandrini Patriarchatus, Ecclesiam Coptam Aegypti et Ecclesiam Aethiopicam. Ipsae enim communes cum catholica Ecclesia et doctrinam et spiritualem disciplinam hereditarias habent a magnis Patribus sanctisque viris, qui non modo ad earum regiones, sed ad universam etiam Ecclesiam antiquam pertinent. Huc accedit quod tot egregia opera patraverunt durasque acerbitates perpessae sunt, ne umquam per varietatem temporum christianum nomen in Africa restingueretur"). Este pasaje es parte de una extensa cita de Pablo VI, Africae terrarum (1967).

[9] Su nombre oficial es “Legio Maria de la Misión de la Iglesia Africana”. Fundada a comienzos de la década de 1960 entre los Luo, de Kenya, hoy tiene más de un millón de adherentes.

[10] Especialmente Tanzania, Uganda, Rwanda, Burundi, la República Democrática del Congo y Etiopía.

[11] Véase Kustenbauder, M., “Believing in the Black Messiah: The Legio Maria Church in an African Christian Lanscape”, Nova Religio: The Journal of Alternative and Emergent Religions, vol. 13, núm. 1 (2009), pp. 11-40: “Los elementos materiales de la cristiandad católico-romana -reconocibles tan fácilmente por los observadores occidentales en las túnicas flotantes, los grandes rosarios y la Misa en latín de los seguidores de la Legio Maria- permanecen intactos sólo en cuanto que han ayudado a los Legios a reformular la fe cristiana al interior de su propio complejo cultural” (p. 14).

[12] Benedicto XVI, Africae munus, núm. 11. Cfr. Mensaje del Sínodo, núm. 15: “Pero la cultura que dio su identidad a nuestro pueblo está en una grave crisis. En vísperas del siglo XXI, cuando nuestra identidad está siendo pulverizada en el mortero de una inmisericorde cadena de acontecimientos, la necesidad fundamental es de profetas que se alcen y hablen en nombre del Dios de la esperanza para la creación de una nueva identidad”.

[13] Cfr. Juan Pablo II, Ecclesia in Africa, núm. 59: “En varias ocasiones los Padres Sinodales subrayaron la especial importancia de la evangelización de la inculturación, el proceso por el que la 'catequesis se 'encarna' en las diversas culturas'” ("Crebrius extulerunt synodales Patres momentum praecipuum quod habet in ipsa evangelizatione insertio in culturam: processus nempe quo catechetica institutio diversis in culturis veluti concorporatur"). Este pasaje es cita de Juan Pablo II, Exhortación apostólica Catechesi Tradendae, (1979), núm. 53.   

[14] De muchas formas el papel de la Iglesia ha sido ayudar a las culturas locales a resistir las influencias exteriores potencialmente destructivas, especialmente haciendo posible el registro permanente de la literatura y la música importantes, y abriendo nuevos caminos al arte y la arquitectura para la expresión de las ideas culturales locales. Ejemplo de esto sería la preservación de la poesía vernácula original de las Islas Británicas y de Escandinavia, y las tradiciones artísticas propias, especialmente las de los irlandeses. Estos monumentos culturales de la alta Edad Media siguen siendo considerados como fundamentales por las diversas tradiciones culturales de estos países hasta la actualidad. De un modo diferente, la Iglesia hizo posible la sobresaliente y única contribución al estilo barroco de la arquitectura en Hispanoamérica.

[15] Pablo VI, Africae terrarum, núm. 14: "Cum enim Christi doctrina et redemptio omnia compleat, renovet et perficiat bona, in traditis hominum moribus insita, Africanus idcirco homo, dum christianis sacris initiatur, non cogitur quidem semetipsum repudiare, sed veteres suae gentis virtutes in spiritu et veritate (Jn 4, 24) resumit".

[16] Véase Benedicto XVI, Africae munus, núm. 37: “El Espíritu Santo hace que el Evangelio permee todas las culturas, sin convertirse en el servidor de ninguna. Los obispos debieran preocuparse de esta necesidad de inculturación, respetando las normas establecidas por la Iglesia. Mediante el discernimiento de qué elementos culturales y tradiciones son contrarias al Evangelio, podrán separar la buena semilla de la maleza (cf. Mt. 13, 26)”. Cfr. Pablo VI, Africae terrarum, núm. 8.

[17]  Benedicto XVI, Africae munus, núm. 153: “Exhorto a toda la Iglesia en África a tener particular cuidado con la celebración de la Eucaristía, memorial del sacrificio de Jesucristo, signo de unidad y vínculo de caridad, banquete pascual y prenda de vida eterna. La Eucaristía debiera ser celebrada con dignidad y belleza, de acuerdo con las normas prescritas”.

[18] Benedicto XVI, Africae munus, núm. 154: “Es necesario también asegurarse de que la arquitectura de estos edificios sagrados sea digna de los misterios que celebran y esté de acuerdo con la legislación eclesiástica y el estilo del lugar”.

[19] Véase Bujo, African Theology, cit., pp. 44-47. Aunque parece que Bujo quiere extender la recepción por la Iglesia de la cultura africana también a la poligamia y al uso de materia inválida para la Misa, su lista de las cosas que se ha perdido en la cristianización incluye nombres indígenas, conocimiento de plantas medicinales, uso de los tambores, arte y todas las costumbres que rodean a ciertos eventos de la caza y de la vida.

[20] Benedicto XVI, Africae munus, núm. 93: “La brujería, que se usa en las religiones tradicionales, está experimentando actualmente cierto regreso. Reaparecen ciertos miedos antiguos, creando paralizantes lazos de subordinación. La ansiedad por la salud, el bienestar, los hijos, el clima y la protección respecto de espíritus malignos lleva a que la gente recurra a prácticas de las religiones africanas tradicionales que son incompatibles con las enseñanzas cristianas. El problema de la 'doble afiliación' a la cristiandad y a las religiones africanas tradicionales sigue siendo un desafío.

[21] Benedicto XVI, en su Carta a los Obispos que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum (2007), advierte la “sacralidad” de la forma extraordinaria.

[22] Aunque es usado y comprendido por muchos más, sólo 15 millones de africanos hablan suajili como lengua madre.

[23] Los obispos analizaron el proyecto de traducir las Sagradas Escrituras a todas las lenguas africanas en el Mensaje, núm. 18 del Sínodo. La Congregación para el Culto Divino, en su Instrucción Linguam Authenticam (2001), núm. 21, hace notar el problema de encontrar un registro sagrado en cada lengua para ser usado en la liturgia. En relación con las “traducciones destinadas a los pueblos que han recibido recientemente la fe cristiana”, advierte: “En especial, se debe usar cautela en la introducción de palabras tomadas de religiones no cristianas”.

[24] En Johannesburgo (metrópolis de 6 millones, incluidos los hablantes de todas las lenguas oficiales), tres de tales lenguas, como máximo, serían usadas. Hay que tomar en cuenta que la Iglesia en Sudáfrica tiene recursos incomparablemente mejores que otros países africanos. En algunas parroquias de ciudades multilingüísticas aun las lenguas indígenas más importantes tienden a obtener los horarios menos cómodos de Misas.

[25] Juan Pablo II, Ecclesia in Africa, núm. 49: “Se ha hecho ver, con razón, que, dentro de las fronteras que fueron establecidas por los poderes coloniales, la coexistencia de grupos étnicos con diferentes tradiciones, lenguas e incluso religiones, se encuentra a menudo con obstáculos surgidos de una grave hostilidad mutua. 'Las oposiciones tribales ponen en peligro, si no la paz, al menos el esfuerzo por el bien común de la sociedad, y crean también dificultades para la vida de las Iglesias y la aceptación de pastores de otros grupos étnicos'. Esta es la razón por la que la Iglesia en Africa siente el desafío de la especial responsabilidad de sanar estas divisiones” ("Merito sane dictum est intra fines qui ex colonicis regiminibus manarunt, translaticiarum consuetudinum, sermonum et etiam religionum diversarum coniunctam exsistentiam saepe ob mutuas contentiones impedimento esse. 'Tribuum dissentiones in discrimen vocant, si non pacem, in universum societatis saltem bonum commune adipiscendum, atque difficultates quoque afferunt Ecclesiarum vitae necnon aliarum stirpium pastoribus recipiendis'. Quocirca Africana Ecclesia animadvertit se teneri certo officio has divisiones minuendi”). Este pasaje cita un documento de la Pontificia Comisión Justicia y Paz, La Iglesia ante el racismo. Para una sociedad más fraterna (1988).

[26] Juan XXIII, Constitución Apostólica Veterum Sapientia (1962), núm. 3: "Suae enim sponte naturae lingua Latina ad provehendum apud populos quoslibet omnem humanitatis cultum est peraccommodata: cum invidiam non commoveat, singulis gentibus se aequabilem praestet, nullius partibus faveat, omnibus postremo sit grata et amica".

[27] El Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote (ICRSS) tiene un apostolado en la diócesis de Mouila, en Gabón, y la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (FSSP) una en la diócesis de Orlu, en Nigeria. La forma extraordinaria existe en varios lugares en Sudáfrica gracias al trabajo de Una Voce Sudáfrica. El sitio web Wikimissa tiene una lista de clero diocesano que la celebra en Natitingou, Libreville, Gabón, y Bujumbara, Burundi. En otros países presta servicio la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX), que también está presente en algunos de los países  ya mencionados: Yaounde y Douala, Camerún; Accra, Ghana; Mauritius; Nairobi y otros lugares en Keyna; La Reunion; Arivonimamo, Madagascar; Omaruru y Windhoek, Namibia; Kampala y otros lugares en Uganda; Dar es Salaam, Tanzania; Mansa, Zambia; y Harare y Tafara, Zimbabwe.

[28] Benedicto XVI, Carta a los Obispos que acompaña al motu proprio Summorum Pontificum (2007).