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sábado, 2 de enero de 2021

Por qué la plena restauración del rito romano no es “arqueología tradicionalista”

Les ofrecemos hoy un nuevo artículo del Dr. Peter Kwasniewski, bien conocido de nuestros lectores. Aunque fue escrito en 2019, conserva su vigencia porque aborda el complicado asunto de fijar una fecha para la restauración litúrgica que sea coherente con la Tradición. A juicio del autor, ni el Misal intermedio de 1965 ni el de 1962 son expresión fiel de las oraciones y prescripciones que San Pío V, siguiendo las directrices del Concilio de Trento, ordenó codificar como rito romano. El objetivo era fijar una regla invariable para el culto en los tiempos en que el protestantismo se extendía por Europa. Pero San Pío V dejó a salvo aquellos ritos de más de doscientos años, los podían seguir siendo utilizados. Hay que tener en cuenta que el Código de Derecho Canónico de 1983 todavía señala que la ley no tiene fuerza derogatoria de la costumbre centenaria o inmemorial (canon 28), precisamente porque expresa un sentir del Pueblo de Dios que los dictados humanos no pueden contradecir. En materia litúrgica, esto significa un reflejo del sensum fidei que expresa una regla de fe. Habiendo fracasado el experimento de una "reforma de la reforma", queda preguntarse cómo volver a establecer una Misa que sea reflejo del culto a Dios en espíritu y verdad, guardando el gusto equilibrio entre Tradición e innovación, vale decir, que sea reflejo de un desarrollo orgánico del rito, el que no es ni puede quedar petrificado. El autor intenta responder esta pregunta. 

El artículo fue publicado en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las imágenes son las que acompañan la versión original. 

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Por qué la plena restauración del rito romano no es “arqueología tradicionalista”

Peter Kwasniewski 

El estolón (y no visible, la casulla plegada), ambas abolidas por Pío XII

En un reciente discurso, el arzobispo Thomas Gullickson, nuncio papal en Suiza y Lichtenstein, ha hecho un arrebatador alegato en favor de “volver a fojas cero” en el caso de la liturgia romana, abandonando lo que es ya un experimento fallido y reponiendo los ritos tradicionales de la Iglesia católica. Lo que ha hecho es proporcionarnos un vigoroso resumen de las materias a que se refiere, muy detalladamente, un libro recién publicado, The Case for Liturgical Restoration [Las razones para una restauración litúrgica].

Y, a continuación, con admirable franqueza, el arzobispo Gullickson formula la pregunta del millón de dólares:

 “Quiero evitar el tema candente de proponer una fecha a la cual hacer retroceder todo. Pensé hace algún tiempo que era suficiente con regresar al Misal de 1962 y a la reforma del Breviario de San Pío X, pero las maravillas del Triduo pre-Pío XII, tal como las hemos venido experimentando, me han dejado sin palabras en este punto. Quizá las enseñanzas de Benedicto XVI sobre el enriquecimiento mutuo de las dos formas puedan proporcionar el paradigma para resolver la cuestión de qué Misal y qué Breviario. Mi llamado a regresar a los textos actualmente aprobados de la forma extraordinaria está, entonces, inspirado en cierta urgencia por avanzar, de hacer progresar el proceso. No me siento cualificado para proponer una opinión en el punto específico de dónde comenzar la restauración”.

La postura que ha predominado en la “esfera tradicional” durante mucho tiempo es que debiéramos contentarnos con 1962 como punto de partida para una sana liturgia futura. Después de todo, la de 1962 es la última editio typica anterior a las conmociones causadas por el Concilio, se la reconoce todavía como en continuidad con el rito tridentino, y ha sido impuesta por la autoridad de la Iglesia en el motu proprio Summorum Pontificum.

Desde una postura contraria, Dom Hugh Somerville-Knapman, de Dominus mihi adjutor, insiste en que debemos tomar en serio la constitución Sacrosanctum Concilium y, si lo hacemos, el Misal de 1962 no reunirá los requisitos exigidos:

“Todavía advierto cierta validez en una reforma moderada de la liturgia de acuerdo con el tono modesto que quiso el Concilio: lecturas en vernáculo, abandono de la duplicación que supone que el celebrante tenga que decir las oraciones, etcétera, cuando son cantadas por otros ministros, una preparación del sacerdote menos obstructiva al comienzo de la Misa, etcétera. Y la orden conciliar de hacer una reforma no puede simplemente ser olvidada como si nunca hubiera existido: hay que enfrentarla y asumirla, ya sea reformando la reforma hecha en su nombre, o mediante un acto específico del magisterio que la abrogue”.

“Es por esto que los ritos interinos me interesan: OM65 [el Ordo Missae de l965] es, claramente, la Misa del Concilio Vaticano II, y además está en continuidad orgánica con la tradición litúrgica. Dejó intacto el Canon, así como también conservó el respeto integral propio de la acción litúrgica. Incluso Lefebvre la aprobó. Lo que distorsiona nuestra percepción del OM65 es que hemos asistido a 50 años de desarrollos desde entonces, y no podemos evitar ver el OM65 como contaminado por éstos”.

“Además, el MR62 [Misal Romano de 1962] es un punto más bien arbitrario  de detención de la tradición litúrgica. Para algunos tradicionalistas comprometidos, dicho Misal es imperfecto, incluso contaminado. ¿Es mejor un Misal pre-1953? ¿O uno pre-Pío XII? ¿O, quizá, uno pre-Pío X? ¿Por qué no tomar el toro por las astas y defender el Misal pre-Trento -después de todo, Geoffrey Hull ve en éste la semilla de la decadencia litúrgica-? De este modo vamos a terminar en una situación en que cada uno elige sus propios principios idiosincráticos de un conjunto variable de ellos. Lo cual es eclesiológicamente imposible. La Iglesia católica tiene una autoridad magisterial que establece la unidad en la liturgia. Que ella, lastimosamente, haya estado ausente en las últimas décadas no es un argumento para ignorar totalmente su existencia. Por ese camino podríamos terminar siendo protestantes”.

Dom Hugh está dispuesto a admitir que Bugnini & Co. estuvieron atareados detrás de las bambalinas durante las décadas de 1960 y 1970 complotando y, eventualmente, llevando a cabo la violación y pillaje de todo lo que quedaba de la tradición litúrgica occidental. Piensa, sin embargo, que puertas afuera del Politburó, el Misal de 1965 fue visto en general por todos -y todavía puede ser así visto hoy- como la reforma que cumple con los deseos del Concilio. Este debería, pues, ser el punto al que nos lleva el “volver a fojas cero”” (para redondear en el tema de cómo fue el Misal de 1965, léase el informe de monseñor Charles Pope).

Un Misal de mediados de la década de 1960: tratando de mantenerse al día con los cambios

Con todo, a mi parecer las posiciones de 1962 (purista) y de 1965 (reformista) están rápidamente perdiendo adeptos en todo el mundo, especialmente a medida que Internet sigue extendiendo la conciencia de las inconsultas y, a veces, catastróficas reformas que se hicieron, a lo largo del siglo XX, a varios aspectos de la liturgia romana, entre las cuales destacan las hechas a la Semana Santa. Puesto que yo también estoy en desacuerdo con las posiciones de 1962 y 1965, quisiera argumentar en favor del regreso a la última editio typica anterior a las revolucionarias alteraciones de Pío XII: el Missale Romanum de Benedicto XV, publicado en 1920[1].

El principal argumento usado para defender la adhesión a 1962 es que todos debiéramos hacer “lo que la Iglesia nos pide que hagamos”. Pero ¿quién, o qué, es “la Iglesia” aquí? En esta época de caos ya no es evidente de por sí que “Iglesia” se refiere a una autoridad que está dictando leyes para el bien común del pueblo de Dios. Desde al menos 1948 en adelante, “Iglesia” en el ámbito litúrgico ha significado un conjunto de radicales que luchan por cortar los vínculos con la Tradición y que han procurado cumplir su agenda de simplificación, abreviación, modernización y utilitarismo pastoral en la Iglesia, con aprobación papal, es decir, con abuso del poder papal. No se trata de órdenes jurídicamente correctas que hay que obedecer, sino de aberraciones que merecen ser resistidas -por cierto, con paciencia, inteligencia y según modos ajustados a principios, pero igualmente con la intención firme de restaurar la integridad y plenitud del rito romano al punto como existía antes de que el Movimiento Litúrgico, en su fase cancerígena, tomara el control en los niveles superiores y llevara al rito romano al punto muerto del Novus Ordo-.

Durante un largo período traté, sinceramente, de comprender, apreciar y adherir a Sacrosanctum Concilium. Pero no me fue posible, después de leer a Michael Davies y, posteriormente, Phoenix from the Ashes de Henry Sire y la biografía escrita por Yves Chiron de Annibale Bugnini, ver en aquel documento sino un programa, cuidadosamente urdido, de revolución litúrgica. Dicho documento se contradice en varios puntos y se refugia frecuentemente en burdas ambigüedades que fueron deliberadamente implantadas en él -y sabemos esto último por investigaciones fundadas en documentos; no hacen falta aquí teorías conspirativas-.

Me convencí de la evaporación de la validez de Sacrosanctum Concilium luego de una profunda reflexión y gracias a una conferencia de Wolfram Schrems sobre el significado de la abolición, realizada por ella, de la hora de Prima en el Oficio Divino. Un Concilio que osa abolir un antiguo oficio litúrgico, recibido ininterrumpidamente de modo universal, se vicia a sí mismo desde la partida. Dado que ninguno de los documentos del Concilio Vaticano II contiene declaraciones de fide ni anathemas, no queda expresamente comprometido el carisma de la infalibilidad. Y supuesta su naturaleza misma, un puñado de recomendaciones pastorales prácticas puede estar equivocado, y existen pruebas, que aumentan continuamente, de que los fines y los medios del ala radical del Movimiento Litúrgico erraron gravemente el blanco. Las suposiciones del Concilio sobre lo que “había que hacer” a la liturgia fueron una errónea lectura de sociología y de  psicología de la religión. Sus propuestas de reforma se fundaron en suposiciones modernas que no han resistido el paso del tiempo y, de hecho, fueron ya eficazmente criticadas antes del Concilio y durante él. Por esto es que me parece insustancial el que el año 1965 refleje mejor las ideas, mutuamente conflictivas y a veces problemáticas, del Concilio.

Además, resulta difícil sostener la idea de que el Ordo Missae de 1965 representa la implementación de Sacrosanctum Concilium, a la luz de las reiteradas declaraciones de Pablo VI de que lo que promulgó en 1969 es el cumplimiento cabal de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia (véase aquí y aquí los ejemplos seleccionados por el selectivo y papólatra sitio Pray Tell; analizo aquí los desastrosos discursos de 1965 y 1969). Públicamente se presentó a 1965 (aunque no siempre coherentemente) como un paso intermedio en el proceso evolucionario que se alejaba de la liturgia medieval-barroca y se encaminaba a una liturgia moderna relevante.

El “momento de la verdad” llega, me parece, cuando los estudiantes de liturgia se dan cuenta de que 1962 es extremadamente parecido a 1965 en el siguiente aspecto: se trató de un Misal intermedio en cuya preparación Bugnini y los demás liturgistas que trabajaban en el Vaticano cambiaron todo lo que pensaron que podían hacer pasar disimuladamente. Incluso atribuyéndoles las mejores intenciones, aquellos liturgistas habían experimentado un triunfo renovacionista con la “reforma” de la Semana Santa de Pío XII, una reforma notable como ejemplo de dramática deformación de algunos de los más antiguos e intensos ritos de la Iglesia -y siguieron adelante con el impulso de ahí derivado-. La abolición en tiempos de Pío XII de la mayor parte de las octavas y vigilias, de múltiples colectas, de las casullas dobladas, entre otras cosas, es parte del mismo triste cuento de podar partes de lo que era más distintivo y valioso de la herencia romana[2].

Esta es la razón de por qué no es arbitrario que los tradicionalistas digan que el Misal circa 1948 -lo cual significa, en la práctica, la editio typica de 1920- es el punto al que hay que volver. El motivo es sencillo:  con excepción de unas pocas fiestas añadidas (el calendario es la parte de la liturgia que más cambia), es, en todos los aspectos más importantes, el Misal codificado por Trento. Es, simplemente, el rito tridentino. Para quienes creemos que el rito tridentino representa, en su totalidad y en cada una de sus partes, el apogeo, orgánicamente desarrollado, del rito romano, el cual es nuestro deber recibir con gratitud como un legado intemporal (al modo como los católicos griegos reciben sus ritos litúrgicos, que también alcanzaron la madurez durante la Edad Media), un Misal pre-Pacelli nos proporciona todo lo que estamos buscando, e incontaminado.

Hay quienes gustan de indicar cuáles son las “mejoras” que se podría hacer al antiguo Misal, pero los que han vivido muchos años, e íntimamente, con sus contenidos, son normalmente los menos convencidos de que las mejoras serían realmente tales. He mostrado algunos ejemplos aquí, aquí y aquí[3].

Un Misal de altar de 1931 de la Abadía de Maria Laach

Algún interlocutor podría decirnos: “Aguarde un poco. ¿No es todo esto “anticuarianismo tradicionalista”? ¿No somos culpables de hacer lo mismo que hacen nuestros oponentes, es decir, retroceder a formas más antiguas y despreciar los desarrollos posteriores?”.

No: nada de lo que aquí propongo significa “anticuarianismo tradicionalista”. Lo que sí está claro es que el Movimiento Litúrgico se descarriló después de la Segunda Guerra Mundial. Los cambios que se hicieron a los libros litúrgicos desde ese momento en adelante fueron motivados por teorías globales sobre “qué es lo mejor para la Iglesia moderna”, lo cual condujo a las abundantes contradicciones y ambigüedades de la Sacrosanctum Concilium, al reino del terror de Montini-Bugnini y a esa desgraciada coronación de todo esto que fue el Ordo Missae de 1969, junto con otros ritos de ese período.

La idea no es retroceder indefinidamente, sino tomar un Misal que es, en esencia, el codificado por Trento y Pío V, con el tipo de pequeñas adiciones o enmiendas que caracteriza al lento progreso de la liturgia a través de las épocas. Como el P. Hunwicke gusta de decir, durante muchos siglos desde Pío V ha sido posible tomar un Misal viejo, ponerlo sobre el altar y decir la Misa. Los cambios son tan menores que el Misal es virtualmente el mismo desde Quo Primum hasta el siglo XX[4]. Los santos van y vienen, pero incluso el calendario permanece notablemente estable. Sin embargo, luego del reinado de Pío XII, es mucho más difícil que un Misal “viejo” y uno “nuevo” (por ejemplo, los de 1955 de Pacelli, 1962 de Roncalli y 1965 de Montini) compartan el mismo espacio eclesial: no se los puede intercambiar unos por otros incluso en algunos momentos muy importantes del año litúrgico. Esto ya demuestra, de un modo basto y general, que se ha producido una ruptura, incluso antes del Novus Ordo.

La condición impuesta por Pío V de que sólo los ritos que tuvieran más de 200 años pudieran seguir usándose después de la promulgación del Misal tridentino es otra forma de explicar que nuestra argumentación aquí se basa en el sentido común. Un rito de menos de 200 años podría parecer como algo improvisado a nivel local, pero un rito que tiene 200 años o más posee el peso de lo “inmemorial”, algo que no debe ser ni perturbado ni reemplazado. He aquí, en verdad, la razón fundamental de la ilegitimidad del Novus Ordo: aquello que éste vino a reemplazar no era simplemente algo con más de 200 años, sino con 2000 años de historia de uso continuo, que muestra ausencia de rupturas mayores y sólo exhibe una asimilación y expansión graduales. Pero la norma de 200 años de Pío V sugiere también que resucitar algo con menos de 200 años no es necesariamente un ejemplo de anticuarianismo, sino que podría ser una recuperación, simple e inteligente, de algo que se perdió por casualidad, por error en la transmisión, o por una mala política. Así, si ciertas octavas y vigilias se abolieron sólo hace unas cuantas décadas, y si la racionalidad de ello merece ser rechazada, la recuperación de las mismas no puede ser, de modo alguno, ejemplo de anticuarianismo. Después de todo, tal como lo muestra The Case por Liturgical Restoration (pp. 14 y 16), el Antiguo Testamento proporciona ejemplos de restauraciones litúrgicas mucho más dramáticas que lo que la recuperación de ritos pre-Pacelli es para nosotros.

El anticuarianismo o arqueologismo -a menudo acompañado del adjetivo “falso”- es el intento de saltarse a pies juntos los desarrollos medievales y de la Contra-Reforma, a fin de llegar una liturgia cristiana supuestamente “original, auténtica”. El término anticuarianismo no puede aplicarse correctamente cuando se hace a un lado deformaciones modernistas, progresivistas o utilitarias. ¡Qué irónico resultaría si una reacción contra el falso anticuarianismo pudiera ser ahora catalogada como un ejemplo de lo mismo! Digámoslo del siguiente modo: los católicos han sido siempre inteligentemente anticuarios en cuanto que se han preocupado muchísimo y han procurado preservar su legado y tratado de recuperarlo, cuando ha sido saqueado o dañado. El Movimiento Litúrgico, por otra parte, nos dio el espectáculo de un anticuarianismo arbitrario, violento, programático. Estos dos fenómenos son tan distintos entre sí como el patriotismo y el nacionalismo.

Nuestra situación, en la Iglesia latina, ha alcanzado la nitidez de un dibujo impreso: (1) el rito papal moderno, risiblemente denominado rito romano, se ha afirmado como una pseudo-tradición vernacular, “versus populista”, informal, banal y horizontal, como un colaborador de New Liturgical Movement, William Riccio, lo ha descrito con feroz acierto; (2) la “reforma de la reforma”, por la que habían apostado todo lo que les quedaba algunos conservadores esperanzados durante el reinado de Benedicto XVI, no sólo está muerta, sino enterrada y profundamente enterrada; (3) la liturgia latina tradicional, aunque no está fácilmente disponible para todos los que la deseen, está firmemente enraizada en las nuevas generaciones, en todos los continentes y casi en todos los países del mundo, y no da señales de debilidad. Muchos clérigos tradicionalistas preferirían usar un Misal de la primera mitad del siglo XX, y los que no, de los cuales hay muchos, admitirán, en momentos de sinceridad con amigos de confianza, que experimentan dificultades con el ersatz de Semana Santa y con el Misal de Juan XXIII. Para parafrasear a C.S. Lewis, si uno ha doblado en la dirección equivocada, la única manera de seguir adelante es volver atrás; tal es el modo más rápido de continuar.

En este artículo he explicado por qué es legítimo, digno de alabanza y verdaderamente necesario buscar la restauración de la plenitud de la liturgia romana que se perdió en el período post-guerra. No toco aquí la cuestión, más delicada y discutible, de qué clase de autorización, dada por quién, se requiere o podría requerirse para usar una versión más antigua del Misal. No se sigue, del simple hecho de que una versión anterior del Misal es mejor, que cada cual está ipso facto autorizado para permitirse el uso del mismo. Pero sin embargo de los permisos ya otorgado o de los que falta que se otorguen, no deberíamos considerar el año 1962 como el vecindario en que la vida litúrgica puede asentarse. En comparación con el gueto, asolado por las riñas, del Novus Ordo, en que las bandas opuestas de progresistas y conservadores se trenzan en una guerrilla interminable, el statu quo de 1962 parece como mucho más seguro, más amable, más cómodo. Sin embargo, es un estacionamiento, una estación de paso en el camino hacia algo mejor.


[1] No hace falta decir que las fiestas particulares que entraron posteriormente en el calendario, como la de santa Teresa de Lisieux, debieran quedar incluidas.

[2] El arzobispo Gullickson dice, en el mismo discurso: “Y a propósito: en cuanto al calendario, ¿no es mejor el más viejo? Yo diré un vibrante 'sí', en especial si se habla de vigilias y octavas, y si se trata de dar el nombre correcto a los tiempos del año”.

[3] La cuestión de la reforma del Oficio Divino por Pío X es un semillero de problemas aparte. Es fácil advertir que la Iglesia debiera restaurar algunos elementos del Oficio romano tradicional que se perdieron, como los salmos Laudate en Laudes, pero no es en absoluto fácil decir cómo debiera hacerse. La situación del Oficio es muchísimo más compleja que la del Misal del altar o de los otros ritos sacramentales. Afortunadamente, los monjes benedictinos tienen la posibilidad de usar el Antiphonale Monasticum, que quedó casi intacto cuando la ruptura de Pío X.

[4] Se ven cambios más dramáticos en la explicitación de las rúbricas. Clemente VIII hizo un considerable “relanzamiento” del Misal de Pío V, enderezado a aclarar las rubricas. Cualquier edición del Misal, desde Pío X en adelante, incluye un enorme bloque de rúbricas al comienzo, que nunca había estado ahí. Sin embargo, es indiscutible que uno podría usar cualquier edición del Misal, con efecto en la mayoría de las fiestas y del ciclo temporal.

sábado, 3 de octubre de 2020

¿Significa “participatio actuosa” lo mismo que “participación activa”?

Les ofrecemos hoy un artículo de Augusto Merino Medina, conocido de nuestros lectores, donde aborda una cuestión trascendental para entender los cambios experimentados por la liturgia romana en el último siglo. Se trata del concepto de "participación activa", que se ha esgrimido como el argumento de mayor peso pastoral para el cambio de los ritos: el objetivo detrás de la reforma es que los fieles puedan participar de manera más directa e intensa en la liturgia. Sin embargo, si se acude a las fuentes, se comprueba que ese término significa en realidad otra cosa, y que nada tiene que ver sólo con comportamientos externos o con la lengua usada en las oraciones. El artículo recurre a esas fuentes y a los propósitos detrás del Movimiento Litúrgico al que se refería Pío XII en Mediator Dei (1947) para dar luz sobre el verdadero sentido que tiene la participación de los fieles en la liturgia, que puede explicarse también con aquella frase de San Juan de dar a Dios culto en espíritu y verdad (Jn 4, 23). 

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¿Significa “participatio actuosa” lo mismo que “participación activa”?

Augusto Merino Medina 

Como se sabe, entre los varios propósitos con que se llevó a cabo la supuesta “reforma” litúrgica posconciliar por los miembros de Consilium, figura de modo muy preeminente, entre los que fueron declarados abiertamente, el de facilitar la “participación” de los fieles en la liturgia.  

El tema había sido recurrente, y muy apreciado, por los miembros del Mouvement Liturgique, cuyas ideas fueron las que, sin contrapeso, dominaron en la fabricación de la nueva Misa. Dom Bernard Botte (1883-1980), benedictino belga que formó parte de Consilium y a quien se debe, en gran parte, la creación -de infausta memoria- de la “Plegaria Eucarística II”, ilustra muy bien, al comienzo de su “Le mouvement liturgique. Temoignage et souvenirs”, el clima en que se abordaba esta cuestión: “La Misa era dicha por un viejo Padre casi afónico; incluso desde las primeras filas no se oía más que un murmullo. Nos poníamos de pie al evangelio, pero a nadie se le ocurría decirnos de qué hablaba este Evangelio. No se sabía ni siquiera qué santo se celebraba o por qué difuntos se decía la Misa con ornamentos negros. No existía el misal de los fieles. Uno podía sumergirse en algún libro de oraciones, sin importar cuál, pero nos espantaban la somnolencia, de vez en cuando, haciéndonos recitar en voz alta algunas decenas del rosario o cantar algún motete en latín o algún cántico en francés. El único momento en que rezábamos con el sacerdote tenía lugar al final de la Misa, cuando el celebrante, arrodillado delante del altar, recitaba las tres Avemarías y la Salve y demás oraciones prescritas por León XIII. […] En las dos parroquias de mi ciudad natal, las cosas no eran mucho mejores. Había Misas cantadas, pero se trataba de un diálogo entre el clero y el organista. El pueblo permanecía mudo y pasivo. Cada uno podía, a su antojo, recitar el rosario o zambullirse en Las más bellas oraciones de San Alfonso de Liguori o en la Imitación de Cristo. […] Era, pues, el clero quien tenía a su cargo la liturgia”[1].

Como se puede apreciar, es la “pasividad” de los fieles el blanco al que se dirige todas las críticas y el mal que, supuestamente, la reforma litúrgica debía remediar.

Dom Bernard Botte OSB
(Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)

Aparte de que, en un mundo como el moderno, la “actividad”, sobre todo la “productiva”, cuenta con todas las alabanzas y la “pasividad” merece todos los juicios peyorativos, fueron precisamente algunos Papas, comenzando por San Pío X, considerado por muchos como el martillo del modernismo, quienes se refirieron primeramente, en la época contemporánea, a lo que hoy se conoce como “participación” de los fieles. San Pío X, en el motu proprio Inter pastoralis officii sollicitudines, de 22 de noviembre de 1903, más conocido y citado por su título italiano, Tra le sollicitudine, escribe “participatio divinorum mysteriorum atque Ecclesiae communium et solemnium precum”. En la traducción castellana, a “participatio” (“participación”) se añadió, sin justificación alguna, el adjetivo “activa”, que no figura en el texto latino: “la participación activa en los sacrosantos misterios y en la pública y solemne oración de la Iglesia”. Y lo mismo ocurre con la traducción del mencionado texto al italiano y a las demás lenguas modernas.

En este caso, Pío X se refería, concretamente, a estimular en los fieles el canto gregoriano durante las celebraciones litúrgicas. Pío XI recogió la preocupación por el uso del gregoriano y, para conmemorar el vigésimo quinto aniversario del motu proprio de Pío X, publicó la Constitución Apostólica Divini cultus, de 20 de diciembre de 1928, donde escribe “fideles conveniunt ut pietatem inde, tamquam ex praecipuo fonte, hauriant, veneranda Ecclesiae mysteria ac publicas sollemnesque preces actuose participando”, agregando en el núm. IX del mismo texto: “Quo autem actuosius fideles divinum cultum participent”. La traducción al castellano que se hizo del primero de dichos textos fue: “la participación activa en los sacrosantos misterios y en la oración solemne de la Iglesia”. Y la del segundo: “A fin de que los fieles tomen parte más activa en el culto divino”. En este caso, el adjetivo “actuosius” fue traducido como “más activo”. De nuevo, en las traducciones al italiano y demás lenguas modernas se procedió del mismo modo.

En su encíclica Mediator Dei, Pío XII aborda extensa y profundamente el tema de la participación del pueblo en la sagrada liturgia, sin dejar lugar a dudas sobre cuál es el verdadero sentido de la participación de los fieles en ella, es decir, una penetración cada vez más profunda en el espíritu sacrificial de la acción sagrada y el ofrecimiento espiritual de sí mismo por parte de cada cristiano que asiste al Santo Sacrificio, en unión lo más íntima posible con el sacrificio que Jesús ofrece de Sí Mismo por manos del sacerdote. En el horizonte de la mente del Papa está, finalmente, la actitud contemplativa, que es la cima de la actividad espiritual, la actividad espiritual más intensa, e insiste en los muy diversos medios que existen para acceder a ella, y que están a disposición de los fieles, además del misal individual.

En este breve análisis de las traducciones de estos textos papales, nos limitaremos aquí, en el caso de Pío XII, a señalar que, cuando éste se refiere a la “participación” de los fieles, lo hace continuando el uso de la misma expresión empleada por Pío X, como lo ilustra, entre otros muchos, el siguiente texto: “atque adeo christiana plebs Liturgiam tam actuose participet, ut haec reapse sacra actio fiat”. Ahora bien, este texto, siguiendo el hilo de incorrectas traducciones, que data desde Pío X, está vertido al castellano del siguiente modo: “y así el pueblo fiel participe tan activamente en la liturgia, que realmente sea una acción sagrada”.

Se puede apreciar que, de este modo, a lo largo de medio siglo, los traductores de los textos latinos han dado, mañosamente, en verter la expresión latina “actuose” por “activamente”. No sorprende, pues, que la Constitución Sacrosanctum Consilium sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano haya usado las mismas expresiones ya referidas, poniendo en práctica la estrategia de los modernistas del Mouvement Liturgique de no llamar la atención de la jerarquía con sus novedades.

En efecto, dicha Constitución dice lo siguiente: “Ideo sacris pastoribus advigilandum est ut in actione liturgica non solum observentur leges ad validam et licitam celebrationem, sed ut fideles scienter, actuose et fructuose eandem participent” (núm,. 11), lo cual está traducido, como era de esperarse, del siguiente modo: “sino también para que los fieles participen en ella consciente, activa y fructuosamente”.

Pío XII en su oratorio privado
(Foto: FSSPX)

Este juego de prestidigitación lingüística continúa en el resto de los lugares donde dicha Constitución habla de participación de los fieles: “Valde cupit Mater Ecclesia ut fideles universi ad plenam illam, consciam atque actuosam liturgicarum celebrationum participationem ducantur” (núm. 14) (“La santa madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas”); “Quae totius populi plena et actuosa participatio, in instauranda et fovenda sacra Liturgia, summopere est attendenda” (núm. 14) (“hay que tener muy en cuenta esta plena y activa participación de todo el pueblo”); “Liturgicam institutionem necnon actuosam fidelium participationem, internam et externam”(núm. 19) (“Los pastores de almas fomenten con diligencia y paciencia la educación litúrgica y la participación activa de los fieles, interna y externa”); “eaque populus christianus, in quantum fieri potest, facile percipere atque plena, actuosa et communitatis propria celebratione participare possit” (núm. 21) (“el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria”); “cum frequentia et actuosa participatione fidelium” (núm. 27) (“con asistencia y participación activa de los fieles”); “Ad actuosam participationem promovendam, populi acclamationes, responsiones, psalmodia, antiphonae, cantica, necnon actiones seu gestus et corporis habitus foveantur” (núm. 30) (“Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales”); “in plenaria et actuosa participatione totius plebis” (núm. 41) (“la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios”); “sacram actionem conscie, pie et actuose participent” (núm. 48) (“participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada”); “atque pia et actuosa fidelium participatio facilior reddatur” (núm. 50) (“más fácil la piadosa y activa participación de los fieles”); “ratione habita normae primariae de conscia, actuosa et facili participatione fidelium” (núm. 79) (“la norma fundamental de la participación consciente, activa y fácil de los fieles); “populus actuose participet” (núm. 113) (“el pueblo participa activamente”); “universus fidelium coetus actuosam participationem sibi propriam praestare valeat, ad normam art. 28 et 30” (núm. 114) (“toda la comunidad de los fieles pueda aportar la participación activa que le corresponde, a tenor de los artículos 28 y 30”); ad fidelium actuosam participationem obtinendam idoneae sint” (núm. 124) (“para conseguir la participación activa de los fieles”).

Por su parte, en el mismo período, es decir, la primera mitad del sigo XX, los experimentadores litúrgicos anteriores al Concilio Vaticano II, especialmente los pertenecientes al Mouvement Liturgique, todos los cuales, por lo general, procedieron en sus experimentos sin autorización de la jerarquía o a espaldas de ella, desarrollaron la idea de “actividad” de los fieles en el rito sagrado, concibiendo ésta principalmente de un modo exterior, como un conjunto de acciones físicas de los fieles, en reacción contra esa “somnolencia”, “mudez” y “pasividad” física que era, según decía Dom Botte -partícipe de dicho Mouvement-, la tónica de su presencia en la Misa.

El punto, naturalmente, es si tal modo de entender la participación de los fieles coincide con lo que los Papas, durante ese período, han entendido y expresado mediante el término “actuosus”, prolongando la doctrina católica.

El tema de la traducción defectuosa, sea por ignorancia o por algún motivo no declarado, es de máxima importancia. Quizá sería excesivo sospechar de intenciones ocultas en los traductores de Tra le sollicitudine, aunque en aquella época de lucha contra el modernismo ello no sea imposible como manifestación solapada de éste. Lo que ocurrió ya durante Pío XI y Pío XII, plantea, en cambio, dudas justificadas, considerando especialmente que el modernismo, lejos de desaparecer de la Iglesia después de la arremetida de Pío X, se había replegado, escondido y camuflado en los centros de estudio de la liturgia, como el citado Mouvement Liturgique. Es sabido que, por la vía de las traducciones, los modernistas, ya sin freno después del Concilio, incurrieron en gravísimas distorsiones. Como ilustración de esto, basta recordar lo que, al respecto, cuenta el P. Louis Bouyer: “En una de sus reuniones [de la Comisión Teológica Internacional] el P. Lubac aprovechó la ocasión para someter a la consideración de los miembros de lengua francesa una carta destinada al Papa [Pablo VI] que ponía en evidencia todos los disparates, evidentemente deliberados, existentes en la versión francesa de los nuevos libros litúrgicos, que había sido, no obstante, declarada conforme al texto latino auténtico por Bugnini […] Todos, impactados por el carácter escandaloso de esta manipulación, incluido el P. Congar, tan preocupado de no oponerse a lo que él llamaba “la renovación de la Iglesia”, firmaron este documento abrumador sin dudarlo un instante. Ocho días después, Bugnini era expulsado por el Papa […]”[2].

No hay motivos, pues, para creer inocente el agregado del adjetivo “activa” al texto antes citado de Pío X ni la traducción de “actuosa” por “activa” en los textos de los otros Papas mencionados y, especialmente en los textos de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia. En efecto, la idea de una “actividad” de los fieles laicos en el Santo Sacrificio no fue pensada por los modernistas sólo a fin de poner término a una “pasividad” negativa que los alejaba de los misterios sagrados, privándolos, supuestamente, de las gracias que ésos confieren, sino que como un paso práctico hacia la derogación teórica de la doctrina sobre la diferencia esencial entre el sacerdocio común de los fieles, que adquieren éstos por el bautismo, y el sacerdocio ministerial, que se adquiere por el sacramento del orden sagrado. 

Recuérdese que, desde comienzos del siglo XX, coincidiendo con el inicio de su perversión respecto de la concepción inicial del Mouvement Liturgique, Dom Lambert Beauduin (1873-1960) y otros miembros de éste vincularon íntimamente la liturgia con el movimiento ecuménico, por lo que, como al final vino a quedar claro, al momento de llevarse a cabo la revisión ordenada por el Concilio Vaticano II, entre los objetivos que se habían propuesto los miembros de Consilium para dicha revisión estaba el de quitar de la liturgia de la Misa todo rastro ritual y, por ende, teológico que pudiera ofender la sensibilidad protestante, la cual en este punto, como se sabe, no reconoce la especificidad del sacerdocio ministerial conferido por el sacramento del orden sagrado[3]. Encargar a los laicos determinadas actividades y funciones en la Misa fue, pues, un modo de proclamar de modo práctico que ellos tienen derecho a realizarlas debido a un sacerdocio, cada vez más conceptualmente inespecífico, del que forman parte. Naturalmente, tal cosa es absolutamente ajena a la doctrina católica. Hay que puntualizar, con todo, que los noveles modos de actividad de los fieles laicos y las nuevas funciones que se les asignó fueron frecuentemente resultado más de los abusos litúrgicos que se iniciaron acabadas las tareas de Consilium, pero al amparo del clima que éste creó y fomentó.

Dom Lambert Beauduin OSB

Una sencilla revisión de cualquier diccionario latino nos revela que “actuosus” no significa “activo”, sino que conlleva la idea, más bien, de intensidad, vehemencia, profundidad, vivacidad en una determinada acción.  La “actuositas” puede consistir en una experiencia interior profunda, vívida, honda, perfectamente compatible con una total falta de actividad corporal exterior. De hecho, la actividad específicamente humana, máximamente humana por tanto, es la de conocer intelectualmente, cuya culminación es, al cabo, la contemplación pura. Esta no requiere de movimientos corporales exteriores, porque, al contrario, como se sabe, suele realizarse de mejor modo en la más perfecta quietud, reposo y silencio. Es cierto que las acciones interiores de un ente corpóreo, como es el hombre, se manifiestan exteriormente de algún modo o en algún grado; pero la experiencia contemplativa, por ejemplo, difícilmente se expresará en acciones tales como leer la epístola desde el presbiterio sin estar autorizado para ello, o en trajinar por él llevando copones consagrados, o en distribuír la comunión sin ser clérigo de manos ungidas.

Una participación “actuosa” puede, pues, alcanzar el máximo de intensidad asequible al ser humano sin necesidad de desplazamiento físico, sin gesticulaciones ni gestos, sin decir ni hacer nada audible o visible. Y es a ésta a la que se han referido los pontífices antes mencionados cuando hablaron de “participatio” y de “participatio actuosa”. De ellos, quien más se ha extendido en este tema, abordándolo sistemáticamente, es Pío XII en su ya mencionada encíclica.

Parte diciendo el pontífice que “para que todos los pecadores se purifiquen en la sangre del Cordero, es necesaria su propia colaboración. Aunque Cristo, hablando en términos generales, haya reconciliado a todo el género humano con el Padre por medio de su muerte cruenta, quiso, sin embargo, que todos se acercasen y fuesen llevados a la cruz por medio de los sacramentos y por medio del sacrificio de la Eucaristía, para poder obtener los frutos de salvación por Él en la misma cruz ganados. Con esta participación actual y personal, de la misma manera que los miembros se asemejan cada día más a la Cabeza divina, así también la salvación que de la Cabeza viene, afluye en los miembros, de manera que cada uno de nosotros puede repetir las palabras de San Pablo: «Estoy clavado en la cruz juntamente con Cristo, y yo vivo, o más bien no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí»” (Mediator Dei, núm. 97).

Esa colaboración de que habla el Papa se materializa en el esfuerzo de cada uno por unirse al Santo Sacrificio: “Conviene, pues, venerables hermanos, que todos los fieles se den cuenta de que su principal deber y su mayor dignidad consiste en la participación en el sacrificio eucarístico; y eso, no con un espíritu pasivo y negligente, discurriendo y divagando por otras cosas, sino de un modo tan intenso y tan activo, que estrechísimamente se unan con el Sumo Sacerdote, según aquello del Apóstol: «Habéis de tener en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo»; y ofrezcan aquel sacrificio juntamente con Él y por Él, y con Él se ofrezcan también a sí mismos” (Mediator Dei, núm. 99).

Este ofrecimiento del sacrificio por parte de los fieles y este ofrecimiento de sí mismos es objeto de un análisis cuidadoso de Pío XII: “al poner el sacerdote sobre el altar la divina víctima, la ofrece a Dios Padre como una oblación a gloria de la Santísima Trinidad y para el bien de toda la Iglesia. En esta oblación, en sentido estricto, participan los fieles a su manera y bajo un doble aspecto; pues no sólo por manos del sacerdote, sino también en cierto modo juntamente con él, ofrecen el sacrificio; con la cual participación también la oblación del pueblo pertenece al culto litúrgico” (Mediator Dei, núm. 113). Inmediatamente el Papa aclara el sentido de este ofrecimiento por parte de los fieles, como si hubiera tenido presentes las tendencias protestantizantes, en lo relativo al sacerdocio cristiano, que comenzaban a aflorar en medios cercanos al Mouvement Liturgique: “Pero no se dice que el pueblo ofrezca juntamente con el sacerdote porque los miembros de la Iglesia realicen el rito litúrgico visible de la misma manera que el sacerdote, lo cual es propio exclusivamente del ministro destinado a ello por Dios, sino porque une sus votos de alabanza, de impetración, de expiación y de acción de gracias a los votos o intención del sacerdote, más aún, del mismo Sumo Sacerdote, para que sean ofrecidos a Dios Padre en la misma oblación de la víctima, incluso con el mismo rito externo del sacerdote” (Mediator Dei, núm. 115).

El Papa insiste especialmente en este punto, que posteriormente dio pie a tantos errores teológicos y abusos litúrgicos: “En estos casos se alega erróneamente el carácter social del sacrificio eucarístico” (Mediator Dei, núm. 118). Inmediatamente se sale al paso de las nuevas teorías teológicas que comenzaban a campear ya en aquella época, y aclara el papa: “de ningún modo se requiere que el pueblo ratifique lo que hace el ministro del altar” (Mediator Dei, núm. 118).

El P. Louis Bouyer (der.)
(Foto: Aleteia)

Con todo, el ofrecimiento que el fiel hace de sí mismo uniéndose a este sacrificio es presentado como algo que, en hondura y extensión, abarca a la vida entera, no limitándose a una vivencia restringida al momento en que se realiza la acción sagrada:

“120. Mas para que la oblación con la cual en este sacrificio los fieles ofrecen al Padre celestial la víctima divina alcance su pleno efecto, conviene añadir otra cosa: es preciso que se inmolen a sí mismos como hostias.

“121. Y ciertamente esta inmolación no se reduce sólo al sacrificio litúrgico, pues el Príncipe de los Apóstoles quiere que, puesto que somos edificados en Cristo como piedras vivas, podamos como «un orden de sacerdotes santos ofrecer víctimas espirituales que sean agradables a Dios por Jesucristo»; y el apóstol San Pablo, sin hacer ninguna distinción de tiempo, exhorta a los cristianos con estas palabras: «Os ruego... que le ofrezcáis vuestros cuerpos como una hostia viva, santa y agradable a sus ojos, que es el culto racional que debéis ofrecerle».

“122. Mas cuando sobre todo los fieles participan en la acción litúrgica con tan gran piedad y atención, que de ellos se puede decir en verdad: «cuya fe y devoción te es conocida» entonces no podrá menos de suceder sino que la fe de cada uno actúe más vivamente por medio de la caridad, que la piedad se fortalezca y arda, que todos y cada uno se consagren a procurar la divina gloria y que, ardientemente deseosos de asemejarse a Jesucristo, que sufrió tan acerbos dolores, se ofrezcan como hostia espiritual con el Sumo Sacerdote y por su medio”.

Y a fin de que quede clara la profundidad que se exige a la participación del fiel cristiano, añade el pontífice:

“Y casi del mismo modo, en los sagrados libros de la liturgia, se advierte a los cristianos que se acercan al altar para participar en el santo sacrificio: «Ofrézcase en este... altar el culto de la inocencia, inmólese la soberbia, sacrifíquese la ira, mortifíquese la lujuria y toda lascivia, ofrézcase en vez de incienso el sacrificio de la castidad, y en vez de pichones el sacrificio de la inocencia». Así pues, mientras estamos junto al altar hemos de transformar nuestra alma de manera que se extinga totalmente en ella todo lo que es pecado, e intensamente se fomente y robustezca cuanto engendra la vida eterna por medio de Jesucristo, de modo que nos hagamos, junto con la Hostia inmaculada, víctima aceptable al Eterno Padre” (núm. 123).

Es ésta la participación “actuosa”, es decir, intensa, profunda, viva, que se pide a los fieles, más que cualquier actividad exterior como el cantar o el desempeñar determinados encargos y movimientos y traslaciones dentro del templo. Vale la pena citar en extenso algunos otros párrafos de Mediator Dei en que el Papa desarrolla estas ideas:

125. Todos los elementos de la liturgia conducen, pues, a que nuestra alma reproduzca en sí misma la imagen de nuestro divino Redentor, según aquello del Apóstol de las gentes: «Estoy clavado juntamente con Cristo en la cruz, y yo vivo, o más bien no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí». Por lo cual nos hacemos como una hostia, juntamente con Cristo, para aumentar la gloria del Eterno Padre.

“126. A eso, pues, los fieles deben dirigir y elevar sus almas al ofrecer la víctima divina en el sacrificio eucarístico. Pues si, como escribe San Agustín, nuestro misterio está puesto en la mesa del Señor, es decir, el mismo Cristo Señor nuestro en cuanto es Cabeza y símbolo de aquella unión por la cual nosotros somos el Cuerpo místico de Cristo y miembros de su Cuerpo; si San Roberto Belarmino, conforme a la mente de San Agustín, enseña que en el sacrificio del altar está significado el sacrificio general por el cual todo el Cuerpo místico de Cristo, es decir, todo el mundo redimido, es ofrecido a Dios por el gran Sacerdote, Cristo; nada puede pensarse más recto ni más justo que el inmolarnos también todos nosotros al Eterno Padre, juntamente con nuestra Cabeza, que por nosotros sufrió. Porque en el sacramento del altar, según el mismo San Agustín, se muestra a la Iglesia que en el sacrificio que ofrece, ella misma es ofrecida.

“127. Adviertan, pues, los fieles cristianos a qué dignidad los ha elevado el sagrado bautismo, y no se contenten con participar en el sacrificio eucarístico con aquella intención general que es propia de los miembros de Cristo y de los hijos de la Iglesia, sino que, unidos de la manera más espontánea e íntima que sea posible con el Sumo Sacerdote y con su ministro en la tierra, según el espíritu de la sagrada liturgia, se unan con El de un modo particular cuando se realiza la consagración de la Hostia divina, y la ofrezcan juntamente con El al pronunciarse aquellas solemnes palabras: «Por El, con El y en El, a ti, Dios Padre omnipotente, en unidad del Espíritu Santo, es dada toda honra y gloria por todos los siglos de los siglos»; a las cuales palabras el pueblo responde: «Amén». Y no se olviden los fieles cristianos de ofrecer, juntamente con su divina Cabeza clavada en la cruz, a sí propios, sus preocupaciones, sus dolores, angustias, miserias y necesidades”.

Ahora bien, para salir al encuentro de críticas como las que hace Dom Botte, que hemos citado anteriormente, el Papa escribe:

“128. Son, pues, muy dignos de alabanza los que, deseosos de que el pueblo cristiano participe más fácilmente y con mayor provecho en el sacrificio eucarístico, se esfuerzan en poner el «Misal Romano» en manos de los fieles, de modo que, en unión con el sacerdote, oren con él con sus mismas palabras y con los mismos sentimientos de la Iglesia; y del mismo modo son de alabar los que se afanan por que la liturgia, aun externamente, sea una acción sagrada, en la cual tomen realmente parte todos los presentes. Esto puede hacerse de muchas maneras, bien sea que todo el pueblo, según las normas de los sagrados ritos, responda ordenadamente a las palabras del sacerdote, o entone cánticos adaptados a las diversas partes del sacrificio, o haga entrambas cosas, o bien en las misas solemnes responda alternativamente a las preces del mismo ministro de Jesucristo y se una al cántico litúrgico”.

Monseñor Annibale Bugnini con el papa Pablo VI

Pío XII, sin embargo, con auténtico espíritu “pastoral”, lleno de comprensión y pronto a rechazar exigencias de comportamiento externas  uniformes por parte de los fieles, agrega, en un párrafo que, seguramente, ha de haber causado escozor entre los adeptos del Mouvement Liturgique, que se constituían en exigentes “peritos” y jueces de los asistentes a la Santa Misa:

133. […] no pocos fieles cristianos son incapaces de usar el «Misal Romano», aunque esté traducido en lengua vulgar; y no todos están preparados para entender rectamente los ritos y las fórmulas litúrgicas. El talento, la índole y la mente de los hombres son tan diversos y tan desemejantes unos de otros, que no todos pueden sentirse igualmente movidos y guiados con las preces, los cánticos y las acciones sagradas realizadas en común. Además, las necesidades de las almas y sus preferencias no son iguales en todos, ni siempre perduran las mismas en una misma persona. ¿Quién, llevado de ese prejuicio, se atreverá a afirmar que todos esos cristianos no pueden participar en el sacrificio eucarístico y gozar de sus beneficios? Pueden, ciertamente, echar mano de otra manera, que a algunos les resulta más fácil: como, por ejemplo, meditando piadosamente los misterios de Jesucristo, o haciendo otros ejercicios de piedad, y rezando otras oraciones que, aunque diferentes de los sagrados ritos en la forma, sin embargo concuerdan con ellos por su misma naturaleza”.

Esto trae a la memoria los sardónicos comentarios de Dom Botte sobre el pueblo que “permanecía mudo y pasivo. Cada uno podía, a su antojo, recitar el rosario o zambullirse en Las más bellas oraciones de San Alfonso de Liguori o en la Imitación de Cristo. Quizá esos cristianos “mudos y pasivos” se unían interiormente con una intensidad mucho mayor y más profunda al Santo Sacrificio que otros que se perdían en el misal buscando sin éxito, durante largos minutos, esta página o la otra. Esa participación, hecha de un modo espiritual e intenso, puede llegar a su culminación en la “comunión del augusto sacramento”.

Finalmente, y ante la insistencia de los miembros del Mouvement Liturgique en una participación exterior visible y audible de los fieles en la liturgia, el Papa declara:

Pero todavía hay algo de mucho mayor importancia, venerables hermanos, que queremos recomendar con especial interés a vuestra diligencia y celo apostólico. Todo lo que se refiere al culto religioso externo tiene realmente su importancia; pero el alma de todo ello ha de ser que los cristianos vivan la vida de la liturgia, nutriendo y fomentando su inspiración sobrenatural” (núm. 242).

Así pues, Pío XII realiza una magistral exposición del sentido que tiene una “participatio actuosa”, que no se confunde para nada con esa “participación activa” que ha llegado a ser hoy el criterio de la participación de los fieles en la liturgia reformada, especialmente del Santo Sacrificio, para cuya realización se los somete a una regimentación de las posturas corporales como nunca se había dado antes en la Iglesia, se los “anima” mediante explicaciones extemporáneas, sobre la marcha, de los ritos, rompiendo con ello impertinentemente el clima sagrado de recogimiento que debe existir en la acción sagrada, y se les impone la realización de una serie de actividades y funciones que siempre fueron propias del clero ungido, comunicando con ello la sensación de que el pueblo es tan sacerdote, y al mismo título, que el celebrante. Y todo ello sin que el pueblo haya mejorado un ápice su adecuada comprensión de lo que es, en esencia, la Misa; por el contrario, se le ha inculcado la errónea idea protestante de que ella no es sino “la cena del Señor”, expresión prácticamente inexistente en los dos mil años de existencia de la Iglesia, la cual fue empleada por primera vez, con asiduidad, por Lutero.


[1] Botte, B., Le Mouvement Liturgique. Témoignage et souvenirs, París, Desclée et Cie., 1973, p. 10.

[2] Bouyer, L., Mémoires, París, Editions du Cerf, 2014, pp. 203-204.

[3] Annibale Bugnini, quien dirigió el Consilium, haciendo de él lo que quiso según sus propios objetivos, declaró en una entrevista  que la reforma litúrgica llevaba la impronta del “deseo de apartar cualquier piedra que pudiera constituir aunque fuera la mera sombra de un obstáculo o de un desagrado para los hermanos separados”. Citado por Petrucci, Pier Paolo, “Per non dimenticare”, Una Vox, enero de 2014, disponible aquí. El propio Pablo VI declaró en una oportunidad que “[a]l esfuerzo que se pide a los hermanos separados para que vuelvan a la unidad, debe corresponder el esfuerzo, por mortificante que nos resulte, de purificar a la Iglesia romana en sus ritos, para que se vuelva deseable y habitable”. Véase Guitton, J., Paolo VI segreto, Milán, San Paolo, 4a ed., 2004, p. 59.

sábado, 24 de agosto de 2019

FIUV Position Paper 23: La forma extraordinaria y China

En una entrada anterior explicamos nuestro propósito de traducir los Position Papers sobre el Misal de 1962 que desde hace algún tiempo viene preparando la Federación Internacional Una Voce, de la cual nuestra Asociación es capítulo chileno desde su creación en 1966. 

En esta ocasión les ofrecemos la traducción del Position Paper 23 y que versa sobre la forma extraordinaria y China, cuyo original en inglés puede consultarse aquí. Dicho texto fue preparado en el mes de enero de 2015. Para facilitar su lectura hemos agregado un título (Texto) para separar su contenido del resumen (Abstract) que lo precede. 

Cabe hacer notar que el texto que ofrecemos hoy es anterior al Acuerdo provisional entre la Santa Sede y la República Popular de China sobre el nombramiento de los obispos, que fue firmado en Pekín el 22 de septiembre de 2018 por S.R.E. Antoine Camilleri, subsecretario de la Santa Sede para las relaciones con los Estados, y Wang Chao, viceministro de Asuntos Exteriores de China. Se trata de un acuerdo enderezado al restablecimiento pleno de las relaciones diplomáticas entre China y la Santa Sede, rotas desde 1951. Mediante dicho acuerdo, cuyo contenido no fue publicado y sólo ha sido conocido a través de un comunicado de prensa, el Papa reconocería a los obispos nombrados por el gobierno chino y, a su vez, éste reconocería al Romano Pontífice como la autoridad suprema de la Iglesia católica.​ El acuerdo ha sido contestado por la Iglesia clandestina de China

El mismo día en que se suscribió el acuerdo, el papa Francisco admitió a la plena comunión eclesial a ocho obispos de la Asociación Católica Patriótica China, que habían recibido la ordenación episcopal sin mandato de la Sede Apostólica, y creó la diócesis de Chengdé en la China continental.


***

La forma extraordinaria y China

Resumen

Debido al carácter único de la historia reciente de la Iglesia católica en China, se ha continuado usando en ella la forma extraordinaria junto con la forma ordinaria. Este trabajo defiende la idea de que la afinidad entre la cultura china clásica, especialmente el confucianismo, y la fe, sigue siendo relevante en el contexto de la forma extraordinaria, puesto que los valores de la continuidad, la disciplina y el respeto por lo sagrado continúan siendo positivamente valorados y necesarios en la China actual. La forma extraordinaria es, además, una ayuda en muchas de las dificultades que confrontan hoy día a la Iglesia en China, incluyendo las del pluralismo lingüístico, la deficiente catequesis y la indisciplina litúrgica.

Los comentarios a este texto pueden enviarse a positio@fiuv.

Monjes trapistas chinos que fueron asesinados en marzo de 1947 por las tropas comunistas al mando del general Zhu De

Texto

1. La compleja historia reciente de la Iglesia en China ha conducido a la sobrevivencia de la forma extraordinaria paralelamente a la de la forma ordinaria -la cual no fue introducida sino en la década de 1980[1]-. Esto plantea las cuestiones de la relación entre la forma extraordinaria y la cultura china, de la evangelización, de la actitud del Estado y de las necesidades y recursos de la Iglesia en China en la actualidad.

2. La Asociación Católica Patriótica China [en inglés CPCA], que forma parte de la Oficina de Asuntos Religiosos del Estado, fue creada en 1957, como organización aprobada para los fieles católicos, en contraste con la Iglesia “subterránea”. Hoy la mayoría de los obispos de la CPCA ejercen un ministerio legítimo[2], y los fieles de la Iglesia clandestina están autorizados para asistir a las celebraciones por ellos realizadas. Sin embargo, sigue siendo imposible establecer una Conferencia Episcopal que sea reconocida por la Santa Sede[3].

3. Sumando la CPCA y la Iglesia subterránea, existen, de acuerdo con un cálculo prudente, unos 15 millones de fieles. A pesar de las muchas dificultades de la Iglesia en China, ella crece rápidamente, aunque menos rápido que algunos grupos protestantes.

 Seminaristas chinos en una misión jesuítica (1900)

Las misiones jesuitas y la cultura china.

4. Las misiones jesuitas de los siglos XVII y XVIII realizaron notables adelantos de inculturación al enfrentarse con la refinada cultura de la China imperial, echando mano de los aspectos de la cultura europea que eran interesantes y valiosos para los chinos, e incorporando la cultura de ese país en la vida de la naciente Iglesia católica.

5. Una idea central, en el enfoque jesuita, especialmente asociado con el trabajo del Siervo de Dios Mateo Ricci, s.j., (1522-1610), fue la afinidad del confucianismo con la fe[4]. El P. Ricci adoptó la expresión confucianista “Señor del Cielo” para referirse a Dios[5], y comenzó a traducir los textos claves del confucianismo. Este subraya tanto los deberes del individuo hacia la familia y la sociedad como el profundo respeto por la tradición.

6. El concepto de Confucio “li”, traducido a menudo como “rito”, pero que abarca los rituales tanto sociales como religiosos, conecta la idea de la importancia objetiva del comportamiento cultural y religioso con la vida moral, tal como se ilustra en dos textos confucianistas que se reproduce en el Apéndice A. De modo sorprendente, pero sin rehuir en el primero de ellos la importancia del culto sacrificial pagano, los jesuitas, en el segundo texto, traducen “li” como “primaevum temperamentum naturae rationalis[6], reflejo de su amplio alcance y de su conexión con el auto-control y la vida moral. Las ideas de Confucio encuentran muchos ecos en la tradición católica: la integración de la cultura como un todo, incluyendo el arte, la música, la literatura y las costumbres en una sociedad católica; el papel de la liturgia como fundamento de la vida cristiana[7] y el énfasis en la importancia objetiva del rito como una acción, no como una mera enseñanza, cosa que se manifiesta particularmente por el uso del silencio en la oración litúrgica[8].

7. Las misiones jesuitas se vieron seriamente afectadas por la larga controversia sobre los “ritos chinos”[9], cuya compatibilidad con la fe fue largamente discutida y condujo a una prolongada persecución de la Iglesia. En 1939, Pío XII dispuso que los católicos podían lícitamente asistir a ellos[10].

 Frontispicio de China Illustrata, por Athanasius Kirchner

La Iglesia bajo el comunismo.

8. Sin embargo, desde 1949 el nuevo gobierno chino rechazó la cultura china clásica y todo lo que tuviera sabor a interferencia extranjera. Esta política se aplicó con particular ferocidad durante la Revolución Cultural (1966-1976). Hoy los cristianos de todo tipo siguen enfrentando restricciones y persecuciones en la actual China, lo que se demuestra con el hecho de que hay sólo 8 iglesias católicas[11] en Pekín, ciudad de más de 21 millones de almas.

9. En los últimos años, el Estado ha suavizado su postura ante la cultura clásica y las religiones tradicionales, fundando incluso Institutos Confucio en todo el mundo para promover la cultura china y la enseñanza de la lengua china. Debido a que la ideología comunista se ha visto erosionada por el colapso de la Unión Soviética y el rápido desarrollo económico, “la falta de fe” es vista como un problema social mayor incluso en los niveles oficiales.

10. La pregunta que surge es si el catolicismo pudiera llegar a ser considerado oficialmente como fuente de estabilidad social en vez de ser fuente de subversión, con el agravante de ser foránea[12]. Un paralelo histórico esperanzador es el término de los ataques de Bismarck a la Iglesia, el Kulturkampf de 1878. Aunque Bismarck había considerado a la Iglesia católica como un desafío al poder del Estado, terminó viéndola como una defensa contra el socialismo[13]. La liturgia tradicional expresa, mediante su lenguaje y su ritual, los valores de la continuidad, de la integridad y del respeto por lo sagrado, que son ampliamente reconocidos como en extremo necesarios en la China del siglo XXI[14]

 Matteo Ricci, SJ

El uso del vernáculo en la Iglesia en la China actual.

11. Uno de los primeros proyectos jesuitas fue la traducción del Misal Romano al mandarín[15], cuyo papel en la cultura clásica china pareció hacerlo apropiado como lengua litúrgica aun cuando, o especialmente porque, no era la lengua del habla cotidiana. En el contexto de la controversia sobre los ritos chinos y la persecución de la Iglesia, jamás se afincó el uso de ese Misal.

12. La vernacularización, desde el Concilio Vaticano II, ha procedido sin una análoga conexión con la cultura clásica. El mandarín de la forma ordinaria en la China de hoy es moderno tanto en el estilo como en el vocabulario, usa “caracteres simplificados”[16], y además se ha revisado oraciones en vernáculo muy antiguas[17].

13. Sin embargo, el mandarín no es la única lengua de la China continental, y los otros vernáculos, para los que no existen Misales especiales, presentan una serie de dificultades. Uno de los problemas es que no existen traducciones de la liturgia a lenguas no chinas habladas por poblaciones numerosas, tales como el hmong, el tibetano, el uighur y el monogoliano[18].

14. Surgen otros problemas en el caso de los fieles que hablan dialectos chinos o lenguas regionales. La más importante de éstas es el cantonés, que es también la lengua de Hong Kong y Macao, y la lengua más comúnmente usada por la diáspora china. El método que usan las congregaciones en que dominan los hablantes de estas lenguas, que son mutuamente incomprensibles, es leer el texto en mandarín con la pronunciación del lugar. Esto puede hacer inteligibles las palabras, pero se está lejos de que las palabras, como se las entiende localmente, sean necesariamente las que elegiría un traductor competente del texto original. Además, la gramática es la misma que la del mandarín.

15. El resultado en su conjunto puede ser comprendido por los oyentes en la medida en que la lengua local se parece al mandarín y los fieles han sido educados en éste. Para los hablantes de cantonés, especialmente aquéllos de la diáspora que no han tenido el beneficio de una educación china, y cuya segunda lengua, si la tienen, probablemente es el inglés u otro idioma más que el mandarín, el resultado es a menudo totalmente incomprensible. El problema se exacerba cuando los textos son cantados[19]. Esta dificultad no podría ser resuelta simplemente traduciendo el Misal al cantonés y las otras lenguas regionales, porque ellas no tienen una forma escrita oficial[20].

16. La lectura de un texto en mandarín con una pronunciación diversa no puede, de hecho, ser descrito como una lengua natural. El método chino de escritura tradicionalmente ayudaba a quienes no hablaban mandarín a comprender un texto compuesto por un hablante de mandarín, e incluso a escribir un texto que pudiera, a su vez, ser comprendido. La lectura en alta voz de un texto en mandarín con una pronunciación local no constituye el uso de una lengua que pudiera ser hablada por nadie. Se presenta, pues, el problema de la utilidad de semejante lengua artificial en la liturgia: se trata de algo que está lejos de lo ideal[21].

17. Una última dificultad es que la Iglesia corre el peligro de ser vista como aliada de la política estatal de la promoción del mandarín[22], lo cual se hace a costa no sólo de las lenguas minoritarias, sino de las culturas que las usan, las cuales ya están siendo presionadas por el acelerado desarrollo económico y la urbanización.

18. Por todas estas razones, el uso del latín en la liturgia tiene obvias ventajas[23].

 Godfrey Kneller, Michael Alphonsus Shen Fu-Tsung (d. 1691),"El converso chino"
(Imagen: Wikimedia Commons)

Las necesidades y recursos de la Iglesia en China.

19. La celebración de la forma extraordinaria en China hoy día está limitada sobre todo por la ausencia de latín en el clero más joven. Las deficiencias de la formación en los seminarios fueron advertidas por Benedicto XVI en su carta de2007 a los católicos chinos[24]. La ausencia del latín en la liturgia refuerza su ausencia en el estudio de la teología[25], aun cuando el estudio académico del latín ha crecido en China[26].

20. Otras preocupaciones de Benedicto XVI en su carta son la inadecuada catequesis, incluso la de los adultos convertidos a la fe[27], y los problemas de disciplina, especialmente en el área del celibato sacerdotal[28]. La disciplina y el contenido teológico de la forma extraordinaria tiene especiales ventajas en este contexto, y puede atestiguar de muchas enseñanzas de la Iglesia, aun cuando no sea la forma usada más a menudo.

21. Por otra parte, han aparecido desarrollos litúrgicos no autorizados, como la recepción de la comunión de pie y en la mano[29]. La disciplina litúrgica asociada a la forma extraordinaria es especialmente útil en este contexto.

22. Algunos recursos importantes para el aprendizaje de la forma extraordinaria están disponibles últimamente en China[30], y está reapareciendo el canto gregoriano[31].

 Iglesia del Salvador o Iglesia Xishiku (Pekín)

Conclusión.   

23. Este trabajo ha presentado la idea de una particular afinidad de la antigua tradición litúrgica con la cultura china y las necesidades de la sociedad china actual, así como su utilidad para resolver los desafíos que tiene la Iglesia en ese país. La posición excepcional de China deriva tanto de su diversidad, incluida la de lenguas; de su desarrollo extraordinariamente rápido, y de la pérdida de continuidad en relación con su propia cultura y valores clásicos, como resultado del régimen comunista. Las cualidades de estabilidad y universalidad, representadas por la forma extraordinaria del rito romano, su reafirmación de la importancia del respeto, y las riquezas teológicas de sus ceremonias y textos, parecen particularmente adecuadas para esta situación. Por una casualidad de la historia china, la forma extraordinaria está a disposición de los fieles chinos, quienes la aprecian, mucho más ampliamente que en casi cualquier otro país del mundo. Para que esto continúe, sin embargo, se debe prestar especial atención a la formación de una nueva generación de sacerdotes que la celebren.

 Frontispicio del libro De Christiana expeditione apud Sinas (Augsburgo, 1615)

Apéndice A: dos textos confucianistas.

La afinidad del confucianismo con la fe católica, proclamada por el P. Mateo Ricci y sus sucesores, así como sus propios logros en la penetración de la cultura china, puede ser ilustrada con dos pasajes de las Analectas de Confucio, traducidas al latín por el P. Ricci y sus continuadores jesuitas. Ellas fueron publicadas en 1687 con el título Confucius Sinarum Philosophus sive Scientia Sinensis Latine Exposita.

Traducción del latín.

VIII 21: Confucio dijo: En cuanto al emperador Yu, no tengo ni puedo encontrar nada que reprocharle. Fue sobrio y notablemente moderado en la bebida y la comida, pero fue excepcionalmente generoso, espléndido y elegante en todo lo relativo a los alcoholes. Por lo general, sus vestidos eran muy sencillos, pero cuando llevaba a cabo rituales sagrados, sus vestiduras sacerdotales y su tocado tenían una ornamentación exquisita y esplendorosa. El Palacio era humilde, lejos de todo lujo, pero desplegaba y gastaba todos los recursos de su imaginación y sus caudales en la canalización del agua que había que conducir hasta el océano, y en la construcción de tranques para las épocas de sequía. Así pues, no tengo ni puedo descubrir nada que reprocharle a Yu.

XII 1: Superarse a sí mismo, y volver así a la juvenil moderación de naturaleza racional [li], es adquirir la inocencia del corazón y la perfección [ren]. Si todos los mortales se superaran a sí mismos por sólo un día y regresaran a la moderación, el mundo entero volvería a su innata inocencia y a la perfección.

Texto en latín.

VIII 21: Confucius ait: Quod attinet ad Yu Imperatorem, ego non habeo nec invenio, quod arguam. Parcus erat ac mire temperans potus et cibi: Idem tamen maxime liberalis, magnificus, ac mundus erga spiritus. Admodum vulgaris passim erat ei vestitus: Eiusdem tamen summus quidam ornatus ac splendour erat in veste sacerdotali et tiara, quotiescumque sacris operabatur. Humile erat minimeque sumptuosum Palatium: Idem tamen exerebat et exhauriebat omnes animi, et aerarii facultates in aquarum in mare derivandarum ductus et earumdem receptacula pro siccitatis tempore. In Yu ergo non habeo ego nec invenio quod arguam.

XII 1: Vincere seipsum, atque ita reidire ad primaevum illud temperamentum naturae rationalis [li], hoc est obtinuisse cordis innocentiam et pefectionem [ren]. Mortales universi vel unico die si vincerent seipsos et redirent ad temperamentum illud; tunc orbis universis rediret ad innocentiam nativam et perfectionem

[Nota de la Redacción: La versión original en inglés de este Position Paper ofrece dos versiones en ese idioma del texto de Confucio, una desde el latín y otra adaptada de acuerdo al uso actual. Aquí sólo se ofrece la primera y, en consecuencia, se suprimen las notas 32 y 33 dedicada a referir la fuente de la versión moderna y explicar los cambios idiomáticos de las traducciones inglesas]. 

 Peter Paul Rubens, Retrato de Nicolas Trigault en traje chino

Apéndice B: Oraciones por la Iglesia del silencio.

Oración compuesta por Pío XII y promulgada, con indulgencia, el 16 de julio de 1957[31].

Oh, Señor Jesús, Rey de los mártires, vos sois el consuelo de los afligidos y el firme apoyo de todos los que sufren por amor a vos y por su lealtad a vuestra Esposa, la Santa Madre Iglesia. Escuchad, por vuestra bondad, nuestras fervientes plegarias por nuestros hermanos de la “Iglesia del Silencio”, para que no se desalienten jamás en la lucha ni vacilen en su fe, sino que, por el contrario, gusten de la dulzura de los consuelos que reserváis a aquellas almas a quienes incluis en el numero de vuestros compañeros en el monte de la cruz.

Sed vos la fuerza invencible que sostenga en sus pruebas a quienes tienen que sufrir los tormentos y la violencia, el hambre y la fatiga, y les asegure las recompensas que habéis prometido a quienes perseveren hasta el fin.

Hay muchos que están expuestos a presiones morales que, a veces, resultan más peligrosas porque más engañosas: para ellos sed vos la luz que ilumine su inteligencia, para que puedan ver con claridad el camino de la verdad. Sed también para ellos la fuente de fuerza que sostenga sus voluntades, a fin de que puedan triunfar en todas las crisis y no ceder jamás a la duda o la debilidad.
           
Finalmente, hay quienes ven imposible profesar abiertamente su fe, llevar una vida cristiana normal, recibir los santos sacramentos con frecuencia y hablar familiarmente con sus guías espirituales: sed vos mismo para ellos un altar escondido, un templo invisible; sed la plenitud de la gracia y una voz paternal que los ayude y los anime, y los dé un remedio para sus corazones adoloridos y los llene de gozo y paz.

Que nuestras oraciones fervientes los ayuden, y nuestra solidaridad fraternal les dé la seguridad de que no están solos. Que su ejemplo redunde en la edificación de toda la Iglesia y que sea particularmente beneficioso para aquellos que los miran con gran afecto.

Conceded, oh Señor, que se abrevie el periodo de su prueba y que muy pronto todos, incluso sus opresores ya convertidos, puedan gozar de libertad para serviros y adoraros, que con el Padre y el Espíritu Santo vivís y reináis por todos los siglos de los siglos. Amén.    

Oración compuesta por San Juan XXIII, promulgada con indulgencia el 23 de enero de 1959.

Oh, Jesús, Hijo de Dios, que por amor a vuestra Iglesia os entregasteis por ella para santificarla y hacerla aparecer en vuestra presencia gloriosa y sin mácula (Ef. 5, 23-27), mirad con ojos de piedad las aflicciones que vuestra esposa mística sufre en algunos lugares del mundo católico, y ahora especialmente en el vasto país de China.

Vos bien conocéis, oh Señor, las trampas que ponen peligro las almas de vuestros fieles, vos sabéis las calumnias que se insinúan contra vuestros pastores, vuestros ministros y vuestros fieles seguidores, que desean ardientemente la expansión del Evangelio y de vuestro reino, que no es de este mundo. Cuán persistentes y perniciosos son los esfuerzos por rasgar la vestidura inconsútil de vuestra esposa, la Iglesia una, santa, católica y romana, separando las jerarquías y comunidades locales del único centro de la verdad, la autoridad y la salvación, la Sede de Pedro.

Confrontados con tan malvado espectáculo os pedimos, primeramente, perdón por las ofensas que os hemos hecho. En verdad, las palabras que dirigisteis a Saulo de Tarso en el camino a Damasco, “Saulo, Saulo, por qué me persigues” (Act. 9, 4), tan verdaderas en la historia antigua y la reciente, pueden aplicarse también en nuestros días.

Pero nosotros confiaremos siempre en el poder de vuestro Padre, cuando dijisteis levantado en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23, 24). Ya que vuestro sacrificio fue la fuente de salvación universal, así, por vuestra gracia, haced que el martirio que la Iglesia, vuestra Esposa y nuestra Madre, sufre en diversos lugares, redunde en la salvación de todos los hombres.

Oh, Príncipe de la paz, conceded que los obispos y sacerdotes, los religiosos y los laicos puedan siempre y en todas partes “preservar cuidadosamente la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Ef. 4, 3). Que vuestro omnipotente poder venza todas las contingencias humanas para que el Pastor y los rebaños sigan obedientes al Pastor universal, el obispo de Roma, que siente en su corazón la responsabilidad por aquella suprema aspiración del amor: “Padre Santo, guarda en tu nombre a aquéllos que me has dado, para que sean uno como nosotros somos uno” (Jn 17, 11).

Finalmente, oh Redentor, mirad con bondad los méritos y oraciones de vuestra Madre y Madre nuestra, la soberana Reina de las Misiones y de la Iglesia universal. Mirad también los trabajos, los sacrificios y la sangre de los incontables mártires de la fe que por todas partes han sido y todavía son testigos vuestros. Sobre todo, recordad vuestra preciosa Sangre, derramada por muchos para la remisión de los pecados, y conceded vuestra paz a China y al mundo entero porque la esperanza, la victoria y la paz sólo se obtienen a través de vos, nuestro inmortal Señor y Rey de los tiempos y las naciones”.



[1] La forma ordinaria comenzó a ser considerada por la CPCA en 1984. La primera Misa en chino, en la diócesis de Shanghai fue dicha en el Seminario de Seshan para la fiesta de San Jerónimo (30 de setiembre) de 1989. Se produjo un retraso parecido en la implementación de la reforma en algunos países del bloque soviético en Europa central.

[2] En los últimos años, la Santa Sede ha accedido previamente a la ordenación de algunos obispos de la CPCA, y en otros casos los obispos ordenados sin mandato papal se han reconciliado con la Santa Sede después de su ordenación.

[4] En contraste con otros sistemas filosófico-religiosos que hay en China, como el taoísmo y el budismo.

[5] Tianzhu: el término es todavía usado por los católicos chinos actualmente. Los protestantes usan otro término, shangdi.

[6] Traducción: “juvenil moderación de naturaleza racional”.

[7] Véase Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium (1963), núm. 14: la liturgia “es la fuente primaria e indispensable de la que los fieles han de derivar el verdadero espíritu cristiano”.

[8] Véase Federación Internacional Una Voce, Position Paper 9: El silencio e inaudibilidad en la forma extraordinaria, especialmente el núm. 10.

[9] Se trata de ceremonias que honran a la familia y los ancestros de la comunidad y al propio Confucio, llevadas a cabo en contextos domésticos y cívicos.

[10] Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe, Decreto Plane compertum est8 de diciembre de 1939.

[11] Incluida la capilla del seminario diocesano, pero sin comprender los lugares no públicos de culto. La Iglesia clandestina usa a menudo casas particulares para celebrar la Misa. Otra indicación de la falta de lugares de culto es que tiene que recurrirse a distribuir billetes para la admisión a la Misa de Medianoche en Navidad. Los billetes se distribuyen, gratuitamente, en las Misas del tercero y cuarto domingos de Adviento a los fieles que los desean, pero con limitación de números.

[12] En un articulo fechado el 1 de noviembre de 2014, The Economist informaba: “En años recientes, las preocupaciones del Partido [Comunista chino] se han trasladado desde las creencias de la gente a la conservación de la estabilidad y del monopolio del poder del partido. Si trabajar con las iglesias ayuda a alcanzar estos fines, así lo hará, aunque todavía teme alentar una fuente alternativa de autoridad”. El artículo informaba acerca de funcionarios del gobierno que pedían ayuda a los cristianos de Hong Kong para fundar ONGs e instituciones de caridad, y acerca de gobiernos locales en algunas partes de China que respaldan la construcción de algunas iglesias cristianas favorecidas, incluso cuando en otras partes se demuele iglesias a la fuerza. Informaba también sobre la desventaja de los católicos por la hostilidad del Estado chino a la adhesión a la Santa Sede.

[13] Lo que se expresó en términos electorales por la creciente importancia del Partido de Centro.

[14] El reconocimiento se hizo manifiesto no sólo por el cambio de la actitud del Estado hacia las religiones tradicionales y el confucianismo, sino por iniciativas como el “Consenso de Oxford”, una declaración de preocupaciones comunes de los intelectuales chinos de las tradiciones de la New Left, del Neo Confucianismo y del Cristianismo en un encuentro realizado en Oxford, Inglaterra, en 2013.

[15] Fue traducido por el P. Ludovic Bugli, s.j., y autorizado por Pablo V en 1615.

[16] En los Misales se usa los caracteres chinos tradicionales, y en otros contextos, en Hong Kong, Macao y Taiwan. El sistema de escritura “simplificado” ha sido promovido por el Estado chino desde la década de 1950, y el Misal de la forma ordinaria que lo usa fue producido por las autoridades de la CPCA a partir de 1992.

[17] Sigue usándose versiones tradicionales junto con nuevas traducciones.

[18] También se habla coreano, tanto por los chinos de etnia coreana del noreste como por visitantes e inmigrantes. Aunque existe un Misal coreano, las congregaciones coreanas en China tienden a enfrentarse con una liturgia hablada mayormente en mandarín, en que los fieles responden en coreano. Estas confusiones lingüísticas pueden verse también en congregaciones que incluyen miembros que hablan mandarín y cantonés, incluso en Misas organizadas por la colectividad china en Londres. 

[19] Uno de los muchos ejemplos posibles, y no el más angustiante, es la respuesta a la Oración de los fieles (Oración Universal), el equivalente de "Te rogamos, óyenos" o "Escúchanos, Señor te rogamos" que se dice en castellano. En mandarín se emplea, y con un entorno musical particular y ampliamente utilizado, la frase "Señor del cielo" (o "Señor celestial"), la cual suena perfectamente correcta en ese idioma, mientras que en cantonés significa "cerdo celestial" (o "cerdo de cielo"). La forma en que esto sucede se describe a continuación; el cambio proviene de la función del tono en el significado de las palabras cantonesas.

天    主    聽         我     禱      聲     (palabras en mandarín).
tin1 jyu2 ting3 ngo5 tou2 sing1  (pronunciación cantonesa).
So   So    Mi       Fa     So     La      (solfeo de la línea).
tin1 jyu1 ting6 ngo4 tou1 sing1   (cómo suena cuando se canta).

[20] Con algún esfuerzo, el cantonés puede escribirse informalmente con el uso de homónimos, o sea, usando un carácter mandarín para representar una palabra no en mandarín, o no lo que la palabra significa, sino una palabra cantonesa que suena igual.

[21] El uso de lenguas artificiales en la liturgia, como el esperanto, es más restringido que el uso de lenguas naturales. Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Liturgiam Authenticam (2001), núm. 17: “En lo relativo al uso de lenguas 'artificiales', propuesto de vez en cuando, se reserva estrictamente a la Santa Sede la aprobación de textos, así como el otorgamiento de autorización para su uso en celebraciones litúrgicas. Se dará la autorización sólo en casos particulares y por el bien pastoral de los fieles, luego de consultados los obispos especialmente involucrados” (Circa usum linguarum «artificiosarum» qui interdum temporum decursu est propositus, textuum approbatio, necnon facultatis concessio, eos in actionibus liturgicis adhibendi, Sanctae Sedi stricte reservatur, quae facultas solummodo in peculiaribus rerum adiunctis atque pro bono pastorali fidelium tribuitur, collatis consiliis cum Episcopis quibus maius interest). Este pasaje concluye con una nota al pie que hace referencia al permiso dado para el uso del esperanto en la liturgia. En cuanto lengua deliberadamente creada para ser usada por escrito y verbalmente, el esperanto, aunque más artificial, es en todo caso más coherente, lingüísticamente, que las lenguas aquí consideradas.

[22] La lengua china “estándar” -el mandarín- es, por ejemplo, a menudo la lengua de instrucción en las escuelas, con preferencia al dialecto local.

[23] Cfr. Juan XXIII, Constitución Veterum Sapientia (1962), núm. 3: “Por su propia naturaleza, el latín es máximamente apropiado para promover todas las culturas en los diversos pueblos, ya que no da origen a celos, no favorece a ningún grupo sino que se presenta a sí mismo con imparcialidad, benévolo y amigable con todos” (Suae enim sponte naturae lingua Latina ad provehendum apud populos quoslibet omnem humanitatis cultum est peraccommodata: cum invidiam non commoveat, singulis gentibus se aequabilem praestet, nullius partibus faveat, omnibus postremo sit grata et amica”).

[24] Benedicto XVI, Carta a [...] la Iglesia católica de la República Popular China, cit., núm. 8.

[26] Especialmente en el Latinitas Sinica o el Centro de Latín de Pekín, en la Universidad de Estudios Extranjeros de Pekín; también se han fundado centros de enseñanza del latín en la Universidad Renmin de Pekín, en la Universidad Sun Yat-san de Guangzhou y en la Universidad Fudan, en Shanghai.

[27] Benedicto XVI, Carta a [...] la Iglesia católica de la República Popular China, cit., núm. 17.

[28] Benedicto XVI, Carta a [...] la Iglesia católica de la República Popular China, cit., núm. 14.

[29] Sin una Conferencia Episcopal reconocida por la Santa Sede, no se puede ni siquiera pedir permiso para esto en China. La práctica se ha extendido en ambas formas del rito romano desde fines de la década de 1990, especialmente durante la epidemia producida por el virus H5N1 (la epidemia de neumonía atípica o gripe aviar) de 2003, aunque está todavía lejos de ser práctica universal.

[30] En particular, el obispo Li Jingfeng de la diócesis de Fengxiang, en la provincia de Shaanxi, ha publicado por propia iniciativa una edición del Misal de 1962 con una traducción paralela, con fines de estudio. Es también digna de atención la presentación, en el verano de 2014, de una versión del video instructivo para aprender la forma extraordinaria producido por la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, con comentarios en mandarín y cantonés, una iniciativa de la comunidad católica tradicional de Hong Kong.

[31] Es promovido especialmente en la Escuela de Música Guang Qi dirigida por la diócesis de Shanghai, a cuyos cursos asisten músicos de toda China.

[32]  Eliminada por la Redacción [véase arriba la explicación]. 

[33] Eliminada por la Redacción [véase arriba la explicación]. 

[34] Las indulgencias para estas oraciones no se renovaron en el Enchiridion Indulgentiarum de 1968 ni en las ediciones posteriores.