Les ofrecemos la traducción de un breve comentario de Maximilien Bernard publicado en Riposte Catholique el 14 de marzo de 2022 sobre la Santa Misa celebrada en la Iglesia del Gesú, en Roma, para celebrar el cuarto centenario de la canonización de San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Ávila, San Felipe Neri y San Francesco Savio. El papa Francisco asistió a la Misa desde el coro y predicó la homilía.
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Abuso litúrgico
Maximilien Bernard
En la carta que acompaña al motu proprio Traditionis Custodes, el papa Francisco pide a los obispos “estar vigilantes para que cada liturgia sea celebrada con decoro y fidelidad a los libros litúrgicos promulgados después del Concilio Vaticano II, sin las excentricidades que pueden fácilmente degenerar en abusos. Los seminaristas y todos los sacerdotes nuevos deben ser formados en la fidelidad a la observancia de las prescripciones del Misal y de los libros litúrgicos, en las que se refleja la reforma litúrgica querida por el Concilio Vaticano II”.
Celebración litúrgica en la Capilla Sixtina, aparentemente de Viernes Santo, donde el Papa asiste desde el trono, con mitra y manto, sin presidir (el cardenal celebrante está sentado, con mitra, a la derecha del altar)
El sábado 12 de marzo el Santo Padre Francisco ha participado en una Misa presidida por el Rev. Padre Arturo Sosa s.j., con motivo de los cuatrocientos años de la canonización de los jesuitas Ignacio de Loyola y Francesco Saverio, de la carmelita descalza Teresa de Ávila y del oratoriano Felipe Neri. La Oficina de Prensa del Vaticano ha comunicado que el Santo Padre presidiría, como era lo evidente, la celebración eucarística, pero no ocurrió así. En la iglesia del Santo Nombre de Jesús en Roma, iglesia madre de la Compañía de Jesús, el Pontífice ha preferido retroceder y dejar la celebración al Superior General. Que el Pontífice asista a la Misa, no tiene nada de mal: el papa puede asistir a una celebración eucarística con muceta y estola. Pero no: Francisco no se puso nada sobre la sotana.
Sin embargo, pronunció la homilía. Y luego, al momento de la consagración, concelebró. Sin estola, sin ningún paramento litúrgico, tendió la mano y pronunció las palabras de la consagración.
¡En la sala de prensa fue el caos! Nadie sabía cómo presentar el suceso en el Bulletino Quotidiano de la Santa Sede. La Oficina de Prensa escribió: “Después de mediodía, tuvo lugar la Misa en presencia del Santo Padre Francisco”, y Vatican News escribió: “El papa Francisco concelebra la Santa Misa”, sin hablar del hecho que Francisco estuvo sentado en los momentos principales de la celebración.
(Foto: artículo original)
¿Cómo se puede esperar que los fieles comprendan qué es el sentido de lo sagrado si es el Papa mismo quien no da el buen ejemplo?
El orden sagrado es el sacramento que da la potestad de ejercitar los sagrados misterios que miran al culto de Dios y la salvación de las almas, e imprime en el alma del que lo recibe el carácter de ministro de Dios. Precisamente se llama orden porque consiste en varios grados, subordinado el uno al otro, de los cuales resulta una jerarquía (véase aquí y aquí las entradas dedicadas las órdenes sagradas). El supremo de esos grados es el episcopado, que encierra la plenitud del sacerdocio; después sigue el presbiterado, luego el diaconado y, finalmente, el subdiaconado y las órdenes menores (ostiario, lector, exorcista y acólito). Desde el punto de vista sacramental, el Papa tiene la plenitud del orden sagrado por su consagración episcopal; de ahí que el elegido para el pontificado que ya ostenta el carácter episcopal, obtiene la potestad plena y suprema sobre la Iglesia desde el momento mismo de su aceptación o, en caso contrario, conjuntamente con su consagración episcopal (canon 332, § 1 CIC). Sin embargo, él es el sucesor de San Pedro en la Cátedra de Roma, por lo que es cabeza visible de la Iglesia como Vicario de Cristo, y goza de una potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia y que puede siempre ejercer libremente (canon 331 CIC). En esencia, el sacerdocio consiste en que el varón que ha recibido este sacramento es capaz de actuar y de hablar como sólo Jesús puede hacerlo, puesto que participa del nuevo y eterno sacerdocio de Cristo, recibido una vez y para siempre. Por eso, el sacerdote habla en primera persona cuando realiza la acción propia de cada sacramento, porque es consciente de que la gracia de cada uno de ellos procede de Cristo y es Éste quien actúa. Pues bien, es ese poder recibido de Cristo el que les permite realizar los ritos sagrados y ceremonias de la Iglesia, el cual se significa mediante el empleo de ornamentos e insignias sagradas para mostrar que el modo de comportarse ha de ser otro porque nos adentramos en una acción que es distinta a las comunes de nuestra vida. En otras palabras, la diversidad de ministerios se manifiesta exteriormente en la celebración de la Eucaristía y los demás sacramentos por la diferencia de las vestiduras sagradas, de suerte que ellas deben sobresalir como un signo del servicio propio de cada ministro. Lo mismo ocurre con el color de las vestimentas, que indican el tiempo litúrgico y la fiesta del día. Vestimentas y colores ayudan, por ende, a comprender mejor el misterio que tiene lugar delante de los fieles y por obra del sacerdote que actúa en persona de Cristo.
Marceliano Santa María y Sedano, La Misa de pontifical (1887)
Esto explica que sea conveniente que las vestiduras sagradas contribuyan al decoro de la acción sagrada, y se distingan de las vestimentas ordinarias, igual que ocurre con la lengua usada para el culto. Con todo, la belleza y la nobleza de cada una de las vestiduras no se ha de buscar en la abundancia de los adornos sobreañadidos, sino en el material que se emplea y en su forma. Especial cuidado se debe tener con el ornato, el cual consistirá en figuras o imágenes y símbolos que indiquen el uso litúrgico, evitando todo lo que desdiga del uso sagrado. La diferencia de grados en el orden sagrado explicado, entonces, que también haya vestiduras que son comunes a todos los ministros y otras que los diferencian según su servicio concreto. Por eso, hay una secuencia para que el ministro se revista, poniendo en evidencia cuál es el significado concreto que cada uno de ellos quiere transmitir.
Los ornamentos propios del subdiácono, el diácono y el sacerdote
Los ornamentos para celebrar los santos misterios se prepararan en la sacristía, que agrupa las dependencias que antiguamente tenían las basílicas: vestiarium, oblationarium, diaconium y secretarium. Por eso, según la importancia de la iglesia, la sacristía comprende uno o más salones. Ella es el lugar donde se revisten los sacerdotes y están guardados los ornamentos y otras cosas pertenecientes al culto divino. Antes de una celebración litúrgica se deben de preparar ahí los ornamentos litúrgicos que se usarán, los cuales se disponen sobre una mesa o sobre la cubierta del armario donde se guardan esas vestiduras. Estos han de colocarse de modo que los clérigos puedan revestirse con facilidad. Se suelen disponer en orden inverso al que se revisten, de modo que el primer ornamento que se coloca es el último que se reviste. Su color depende del tiempo litúrgico o la fiesta del día.
La casulla (o la dalmática o la tunicela, según el caso) se extiende con la parte de atrás hacia arriba, que puede doblarse al revés, para que pueda ponerse con facilidad. Si se trata de un obispo, debe llevar dalmática y tunicela, las que se colocan encima de la casulla, pues el obispo las llevará bajo ésta y como símbolo de la plenitud del orden sagrado.
La estolase dispone sobre la casulla o dalmática, de manera que el centro pueda cogerse directamente y colocarse en los hombros sin tener que girarla. A su lado, se prepara el manípulo.
El cíngulo se prepara sobre la estola. Puede doblarse para que las borlas queden juntas.
El alba se extiende sobre los ornamentos ya dispuestos con la parte de la espalda hacia arriba; así puede colocarse con facilidad.
El amito se dispone sobre todos los ornamentos, con el extremo de las cintas alejado del borde de la mesa.
Cuando un presbítero celebra la Santa Misa, es común que coja él mismo los ornamentos de la mesa y se revista solo, salvo el cíngulo, que el acólito o monaguillo que lo asiste le pasa al celebrante por la espalda, poniendo las borlas del lado derecho, para que aquél pueda tomarlo con facilidad y ceñírselo. La manera de revestirse es la siguiente. Al entrar a la sacristía, el sacerdotecomienza por lavarse las manos, como signo de purificación exterior para celebrar el Santo Sacrificio. Esta primera acción, al igual que todas las que le siguen, van acompañadas de oraciones especiales pronunciadas por el sacerdote que se reviste, las cuales ayudan al celebrante a comprender mejor cada uno de de los elementos de su ministerio sacerdotal. Ellas ponen de manifiesto el acontecimiento interior y la tarea que deriva del servicio propio de cada ministro, los que convergen en la idea que han de revestirse de Cristo, entregarse a él como Él se entregó por nosotros. De ahí que el ornamento distintivo del sacerdocio sea la casulla, que se distingue no por su forma, que puede variar por razones de estilo o la moda de la época, sino por la manera en que ella cae sobre los hombros de quien la viste y por la cruz que tiene en la espalda. Quiere significar que el sacerdote, haciéndose uno con Cristo, ha aceptado tomar su cruz y seguirlo. Cuando el ministro comienza a revestirse, el monaguillo que lo asiste se ha de colocar a su izquierda par ayudar a que revista, presentándole los ornamentos y ajustándoselos cuando sea necesario. Una vez que el sacerdote se haya ceñido el amito y el alba, el cíngulo se lo entregará por detrás, con ambas manos, cuidando que caigan las borlas a la derecha. Después debe ayudar al sacerdote a ajustar bien el alba, de modo que caiga en redondo a la misma altura por todas partes, y ayudarle con el fiador del manípulo sobre el brazo izquierdo. El monaguillo ha de cuidar que la cruz de la estola quede en el centro del cuello del sacerdote. Cabe consignar que en la forma tradicional del rito romano, a diferencia de lo que ocurre en el rito reformado, el sacerdote lleva la estola cruzada de derecha a izquierda sobre el pecho. Una vez que el sacerdote ha revestido la casulla dará una última ojeada para ver si hay algún defecto a corregir, si la casulla está doblada, etcétera.
Acto seguido, pasando al lado derecho, el monaguillo le entrega al sacerdote la birreta o el bonete hispánico, según sea el caso, besando primero la birreta y después la mano del celebrante. Enseguida, se pone delante para marchar hacia la iglesia.
S.E.R. el Cardenal Burke es revestido para la celebración de una Misa pontifical en el usus antiquior (Foto: New Liturgical Movement)
Los ornamentos del obispo
Si un obispo celebra, a un lado de los ornamentos (sobre el detalle y las particularidades de las insignias y ornamentos pontificales nos hemos referido en detalle previamente en una serie de entradas) se coloca la mitra, y sobre una bandeja puede disponerse tanto el solideo como la cruz pectoral. Si celebra un arzobispo metropolitano, en esa misma bandeja o en otra se prepara el palio y, debajo de éste, las agujas que lo sujetan.
Conforme al uso tradicional, cuando el obispo celebra la Santa Misa los ornamentos no se colocan sobre una mesa, sino sobre el altar de la sacristía, para significar que se reviste de Cristo y lo hace en la plenitud del sacramento del orden. Sobre las formas de celebrar la Santa Misa que el rito tradicional ha previsto para un obispo nos hemos referido aquí.
Muestra de los ornamentos propios de una Misa papal
(Foto: Life)
Los ornamentos del Papa
Antes de la celebración de la Misa papal (sobre
las particularidades de las distintas formas que tiene el Romano Pontífice de celebrar la Santa Misaen el rito
tradicional nos hemos
referido aquí y aquí; y sobre la situación de la liturgia papal luego de las reformas de Pablo VI aquí), el Santo Padre entraba procesionalmente a la Basílica de San Pedro del Vaticano. Una vez dentro, le eran removidos el manto papal (véase sobre esta prenda aquí y aquí) y la estola, quedando sólo con la falda papal, el amito y el alba. Luego de lavarse las manos, se revestía con los ornamentos propios de su supremo ministerio. Para la Misa papal, la disposición de éstos era la siguiente: mitra, tiara, capillo salvacera, bandeja con palio y agujas, estola, casulla, manípulo y debajo el subcinctorium, bandeja con quirotecas, cáligas y sandalias, bandeja con pectoral y cordón dorado llamado crucicordio, dalmática con parte externa del fanón, tunicela con parte interna del fanón.
En una entrada anterior hemos tratado de la Sacristía papal, integrada hoy en la Oficina para la Celebraciones Pontificias del Romano Pontífice, pero conviene volver a ella para relatar cuál era el sentido histórico de ese oficio y el contenido del Tesoro Vaticano. Antiguamente, dicha dependencia estaba a cargo del Sacrista del papa. Hasta 1991, año en que se suprimió el oficio, la costumbre fue que éste estuviese confiado a un religioso proveniente de la Orden de San Agustín (históricamente conocida como Orden de Ermitaños de San Agustín), quien recibía la designación de prefecto. Hay crónicas de que ya en 1287 un agustino de nombre Novellis ejercía el cargo. Mediante una bula de 1497, el papa Alejandro VI mandó que este oficio se confiriese siempre a un agustino, aun cuando no fuese prelado. Con el tiempo, el Sacrista del papa siempre fue un obispo titular (llamados hasta 1882 obispos in partibus infidelium, pues por lo general su sede había quedado en medio de las tierras ocupadas por infieles). El último de ellos fue el holandés Pietro Canisio van Lierde O.S.A. (1907-1995).
El Sacrista del papa tenía bajo su custodia todos los ornamentos, vasos de oro y de plata, cruces, incensarios, cálices, relicarios y otras cosas preciosas guardadas en la sacristía papal. Sin embargo, hay que tener presente que ella no conserva un tesoro tan antiguo como el que es posible encontrar en otras sedes europeas. El Vaticano sufrió un expolio considerable por parte de Napoleón Bonaparte cuando éste ocupó Roma en 1798, puesto que sus tropas se llevaron muchísimas cosas como parte de su botín: cálices, cruces, báculos. Movimos por el furor laicista de la recién declara República Romana, los soldados franceses quemaron asimismo muchas vestiduras litúrgicas para aprovechar el oro que éstas contenían. Además, cuando fue acordado el Tratado de Tolentino en 1797, el papa Pío VI (1775-1799) ya había debido vender muchos objetos preciosos para pagar la compensación acordada con Napoleón en el armisticio de Bolonia (1796) y que ascendía a 10 millones de libras tornesas en especie y 5 millones en diamantes, que debían pagarse antes del 5 de marzo de ese mismo año junto con las 1.600.000 restantes; más otros 15 millones adicionales debían ser pagados antes de abril, junto con 800 caballos y otras tantas reses.
De hecho, esto explica el origen de la llamada "tiara de papel maché". Cuando tras la muerte de Pío VI en Valence (Francia) fue elegido Pío VII (1800-1823), su coronación tuvo que celebrarse improvisadamente en el Monasterio de San Jorge de Venecia por hallarse la ciudad de Roma bajo ocupación francesa. Dado que no había tiara con que coronar al nuevo Sumo Pontífice, se fabricó urgentemente una para la ceremonia. Se hizo de cartón piedra (papel maché) forrado con tela y galones y se adornó con ricas joyas cedidas por damas de la nobleza veneciana. A falta de otra, esta tiara fue usada durante algunos años por el nuevo Papa, y recién en 1820 se la sustituyó por otra confeccionada en plata. Con todo, debido a su peso ligero y comodidad, que la hacía una buena alternativa respecto de las antiguas tiaras, sobre todo el Santo Padre tenía más edad, la tiara de papel maché siguió siendo utilizada por algunos años. Su último uso fue en 1845, cuando una nueva tiara ligera, pero de metal, fue mandada fabricar para el papa Gregorio XVI (1831-1846).
Por lo demás, Napoléon se burló también de Pío VII con una tiara. Después de su coronación en París, donde el propio emperador se había puesto la corona en presencia del Papa, en 1804 regaló a éste una tiara muy bella y preciosa repleta de esmeraldas (todas ellas provenientes del expolio practicado a la tiara de Pío VI), pero que en su interior estaba llena de madera. El resultado era una tiara de algo más de 8 kilos de peso (aquella de Pablo VI en forma de bala pesaba, por ejemplo, 4 kilos y medio) y demasiado pequeña para una cabeza humana, de suerte que no pudo ser utilizada por su destinatario. Se dice que el gesto fue para hacerle entender al Papa que su reino había terminado, al punto que contenía grabados los nombres de varias victorias bélicas de Napoléon, y que un cardenal reemplazó con versos tomados de las Escrituras. Durante la insurrección de 1831, esta tiara fue enterrada en los Jardines Vaticanos y sufrió importantes daños como consecuencia de esta desesperada medida por preservarla. Fue restaurada en 1834 y se aprovechó de ajustar el tamaño de su copa para permitir que pudiese ser vestida. El beato Pío IX (1846-1878) la utilizó en varias ocasiones, comenzando por su Misa de coronación celebrada el 21 de junio de 1846 y concluyendo en 1870 con ocasión de las ceremonias del Concilio Vaticano I. Se cuenta, empero, que este Papa utilizaba ocasionalmente la tiara de papel maché durante las largas ceremonias y, especialmente, cuando no podía ser visto desde corta distancia. Con excepción de una esmeralda y ocho rubíes, Benedicto XV (1914-1922) hizo remover todas las piedras preciosas de este tiara y sustituirlas por réplicas de cristal coloreado. El dinero obtenido con la venta de las joyas originales fue destinado a las víctimas de la Primera Guerra Mundial.
Dibujo del diseño original de la tiara regalada por Napoleón a Pío VII en 1804
Después del expolio napoleónico, en el Tesoro Vaticano han quedado algunas vestiduras de Urbano VIII (1623-1644) y de Paulo V (1605-1621), y algunos cálices góticos que son los más antiguos. Entre los más preciosos se conserva el de Pío IX, usado por primera vez para celebrar la Misa en que se proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre de 1854. Hay también objetos de valor de León XIII (1878-1903), San Pío X (1903-1914), Benedicto XV (1914-1922) y Pío XI (1922-1939). Entre los objetos preciosos, hay también una tiara donada por Isabel II de España y la mitra ofrecida a León XIII por Guillermo II, emperador de Alemania, con ocasión del sexagésimo aniversario de sacerdocio (1897). El Tesoro Vaticano puede ser visitado por los fieles (véase aquí la información).
Algunos de estos objetos se usan todavía, como las mitras y las capas pluviales. Para elegir cuál de ellas se utilizará en una función litúrgica, el Custodio del Sagrario Apostólico se pone de acuerdo con el Maestro de ceremonias litúrgicas pontificias y seleccionan la más conveniente. Las vestiduras más antiguas, como las de Paulo V, son difíciles de utilizar, y las de Urbano VIII ya no se usan. Hay otros objetos litúrgicos, en cambio, como la capa pluvial de Benedicto XV y la de San Juan XXIII que Benedicto XVI usó en 2008 para el Te Deum de acción de gracias de fin de año. Entre los ornamentos de valor, hay una casulla romana roja que se remonta al siglo XVI. Desde el punto de vista estético, tal vez unas de las vestiduras más bellas son aquellas que el beato Pablo VI mandó realizar él mismo. También durante el Año Santo de 2000, San Juan Pablo II encargó muchas otras, y algo similar hizo Francisco cuando asumió el ministerio petrino. Respecto a los cálices, se suelen emplear todos los que existe en la sacristía papal. La cruz pectoral más antigua que se conserva se remonta a Pío IX y es también la más valiosa.
Benedicto XVI durante las Vísperas de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (31 de diciembre de 2008)
El Sacrista del papa tenía diversos cometidos. Cuando el Santo Padre celebraba pontifical o privadamente, aquél probaba el pan y el vino del siguiente modo: si lo hace pontificalmente, el cardenal que le sirve de diácono presentaba tres hostias al sacrista y se come dos de ellas; si celebra particularmente, antes del ofertorio le presenta dos hostias al sacrista y éste se come una de ellas, y un camarero le echaba en una taza dorada de plata agua y vino de las vinajeras. El sacrista cuidaba de conservar y renovar cada ocho días una gran hostia consagrada para dar el viático al Papa in articulo mortis, correspondiéndole administrarle la extremaunción, dado que era su párroco. Cuando el Papa viajaba, el Sacrista ejercía una especie de jurisdicción especial sobre todos los que lo acompañaban, y en señala de ella llevaba un bastón en la mano. Incluso, la brida de la mula del Santo Padre era sostenía por dos espolistas, uno criado del Papa y otro del Sacrista. Distribuía a los cardenales las Misas que debían celebrar solemnemente, después de haber manifestado la primera distribución hecha al primer cardenal presbítero. Repartía también a los prelados asistentes las Misas que debían decir en la capilla del papa. Distribuía igualmente las reliquias y firmaba los memoriales de las indulgencias, que pedían para sí o para otros los peregrinos que visitaban el Vaticano (cumple recordar que la práctica de las indulgencias fue regulada por la Congregación de las Indulgencias, creada por Clemente VIII e integrada a la Curia Romana en 1669, cuyas competencias fueron transferidas en 1908 al Santo Oficio y en 1917 a la Penitenciaria apostólica).
Si el Sacrista era obispo o estaba constituido en dignidad, tenía asiento en la capilla en presencia del Papa entre los prelados asistentes. Si no se hallaba presente el Santo Padre, se sentaba entre los prelados según su antigüedad sin tener en consideración su condición de prelado asistente; si no tenía la dignidad episcopal, ocupa su puesto después del último obispo o del último abad mitrado. En este último caso, llevaba igualmente muceta y mantelete como los prelados de Roma. Cuando moría el Papa, el Sacrista entraba en el cónclave en calidad de primer conclavista, decía diariamente la Misa para los cardenales y les administraba los sacramentos, lo mismo que al resto de las personas que formaban parte del encierro. La Constitución Universi Dominici gregis (1996) todavía prevé el ingreso de dos religiosos adscritos la Sacristía Pontificia, quienes acompañan al Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias y a dos ceremonieros (artículo 46). Las confesiones son oídas por algunos religiosos de varias lenguas que también ingresan a la clausura de la Casa Santa Marta (artículo 46).
El Sacrista era en otro tiempo el bibliotecario del Papa. Fue Sixto IV (1471-1484) quien separó ambos oficios mediante la bula Ad decorem militantis Ecclesiae (15 de junio de 1475) y le asignó un presupuesto fijo para la conservación del patrimonio bibliográfico que conservaba la Santa Sede. Muy preocupado por el cultivo de las artes, nombró bibliotecario a Bartolomeo Platina (1421-1481), autor entre otras obras de una vida de los papas (Vitæ Pontificum, 1479), quien elaboró un primer catálogo en 1481. La Biblioteca Apostólica Vaticana poseía entonces más de 3.500 manuscritos, lo que la convertía en la mayor del mundo occidental. Para acabar, les ofrecemos un vídeo con un reportaje sobre monseñor Pietro Canisio van Lierde O.S.A., la última persona que sirvió el cargo de Sacrista del papa, abolido en 1991.
La Oficina para las Celebraciones Litúrgicas Pontificias es un organismo independiente de la Curia Romana al cual "le corresponde preparar todo lo necesario para las celebraciones litúrgicas y otras funciones sagradas que celebre el Sumo Pontífice u otro en su nombre, y dirigirlas según las prescripciones vigentes del derecho litúrgico" (artículo 182 de la Constitución apostólica Pastor Bonus).
Ya desde el siglo VIII existía un prelado experto en materia litúrgica, designado para dirigir las celebraciones litúrgicas, el cual tenía el nombro de Maestro de Ceremonias Apostólicas (Magister Cæremoniarum Apostolicarum). El cuidado en las celebraciones hizo que éstas se volvieran un modelo para las liturgias presididas por los obispos en sus diócesis, lo que explica la difusión del rito romano antes del motu proprio Quo primum tempore (1570) que fija el nuevo misal. A partir del siglo XV adquirieron notable fama algunos de estos Maestros de Ceremonias debido a que comenzaron a publicar sus diarios, como ocurrió con Johann Burchard (1450-1506) y Paris de Grassis (1470-1528), función que los sucesivos Prefectos y Maestros de Ceremonias Pontificias han continuado hasta el presente, conservado sus escritos en un archivo especial. Después de diversas provisiones de la Cámara Apostólica (4 de enero de 1533, 11 de junio de 1550 y 15 de septiembre de 1560), Pío IV, a través de un breve apostólico de 10 de mayo de 1563, confirmaba algunos de los derechos de estos estos ceremonieros, ya reconocidos por los Papas desde tiempos inmemoriales.
En los siglos posteriores a este prelado se le dotó de un equipo, que se integró en un organismo denominado Prefectura de Ceremonias Papales. En virtud de sucesivas regulaciones dadas por los Romanos Pontífices, la última de las cuales provino de Benedicto XV en 1917, losMagistri Caerimoniarum S.R.E. et Sedis Apostolicae formaban un Collegium presidido por el Praefectus, el cual era designado por el Santo Padre mediante breve apostólico, adquiriendo al mismo tiempo los grados de prelado doméstico (hoy prelado de honor de Su Santidad) y de protonotario apostólica ad instar (hoy protonotario apostólico supernumerario). Los otros maestros de ceremonias tenían el grado de capellanes secretos (hoy capellanes de Su Santidad) de por vida. Elegido el Sumo Pontífice, hacían las veces de camareros secretos participantes (hoy prelados de antecámara) hasta la designación de unos nuevos. Eran asimismo consultores por derecho proprio de la Sagrada Congregación de Ritos y ostentaban el título de "Custodios de los ritos de la Iglesia latina" (Rituum Ecclesiae Latinae Custodes).
El beato Pablo VI celebra Misa privada asistido por monseñor Enrico Dante
En 1970, a raíz de la reforma litúrgica y de la reorganización de la Curia Romana, la antigua Prefectura se transformó en Oficina de las Ceremonias Pontificias; el Prefecto se volvió Maestro de Ceremonias; y los maestros de ceremonias (doce en total, ocho titulares y cuatro adjuntos) pasaron a llamarse ceremonieros pontificios. Con la Constitución apostólica Pastor Bonus (1988), la institución cambió su nombre al actual, Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice (artículo 182), y adquirió una completa autonomía (artículo 2, §3).
De acuerdo con esta nueva configuración, la Oficina es presidida por el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, a quien le compete la preparación de las celebraciones en Roma y en los viajes apostólicos a Italia y a las demás naciones. Éste dirige a los demás ceremonieros, quienes lo asisten en su trabajo, y cuenta con la ayuda de un cuerpo de oficiales y otro de consultores. La Oficina es responsable asimismo de la Sacristía Pontificia, donde se custodian los vasos sagrados, las vestiduras litúrgicas y otros objetos del culto papal, y cuida de las capillas del Palacio Apostólico (Sixtina, Paulina y Redemptoris Mater). Mayor información se puede obtener directamente desde el sitio de la Oficina, donde está publicada la programación de las ceremonias que celebra el Papa.
El papa Francisco acompañado por el Maestro de Ceremonias Pontificias y los actuales ceremonieros
(a) El Maestro de Ceremonias Litúrgicas Pontificias.
Su principal función es supervisar la preparación de todo lo necesario para las celebraciones litúrgicas y otras funciones sagradas que celebre el Sumo Pontífice, sea en las basílicas papales, en su visita a las parroquias romanas o en sus viajes apostólicos por Italia o el resto del mundo, cuidando de que en ellas su desarrollo se produzca con arreglo a los ceremoniales y usos autorizados. Debe velar por la adecuada revisión y actualización de las celebraciones según la necesidad y la utilidad, siempre en armonía con el espíritu de renovación litúrgica querido por el Concilio Vaticano II y por las particularidades propias de las ceremonias pontificias.
Además de su cometido principal, el Maestro de Ceremonias del Papa también ayuda a los cardenales durante los consistorios, la toma de posesión de sus iglesias titulares, en las celebraciones solemnes de la Misa u otros oficios litúrgicos importantes. Desde el momento en que un cardenal ha sido creado en consistorio, el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias le asigna un ceremoniero concreto que lo asistirá de ahí en adelante.
Monseñor Enrico Dante, Maestro de Ceremonias Litúrgicas Pontificias entre 1947 y 1965
De igual manera, el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias se encarga de organizar todas aquellas que tienen lugar durante la sede vacante. Sin embargo, en ninguna de ellas sirve como ceremoniero, pues sólo lo es del Santo Padre y nunca de algún cardenal. Esto significa que está presente en todas las funciones litúrgicas, pero vistiendo su hábito coral propio y no las vestiduras características de ceremoniero pontificio. Asimismo, cumple once funciones específicas en este período: (i) una vez que se ha constatado la muerte del Papa, debe revestir el cadáver con ornamentos rojos, y ponerle la mitra, el palio y la férula; (ii) después ha de disponer a qué lugar del Palacio Apostólico debe trasladarse el cuerpo hasta que sea llevado a la Basílica de San Pedro para ser velado; (iii) antes de la Misa exequial, cuando ya que se ha colocado el cadáver en el ataúd, junto con el secretario del Papa debe colocar un velo de seda blanca sobre el rostro del difunto; (iv) finalmente, debe introducir en el ataúd una bolsa con monedas acuñadas durante el pontificado del Papa difunto y un tubo en el que se enrolla la Rogitio, un documento en el que se narra la vida del pontífice fallecido, el que sella con el sello de su Oficina; (v) antes del cónclave, se debe encargar de que se confeccionen sotanas blancas de diversas tallas (generalmente, tres), así como zapatos rojos, camisas blancas y fajas, los cuales se disponen en la llamada "Sala de las lágrimas" contigua a la Capilla Sixtina; (vi) asimismo, antes del cónclave debe prestar juramento ante el Camarlengo de que guardará secreto de todo lo que vea y oiga referente al cónclave, quedando obligado bajo pena de excomunión; (vii) una vez que los cardenales han ingresado a la Capilla Sixtina y prestado juramento, pronuncia el solemne "extra omnes", para que todos, salvo los cardenales, el predicador, algunas personas destinadas al servicio del cónclave y él mismo salgan de la Capilla, aunque ha de abandonar el lugar durante las votaciones; (viii) cuando un varón haya recibido los votos suficientes para ser electo como Romano Pontífice, el Maestro es avisado y debe entrar a la Capilla junto con el Secretario del Colegio Cardenalicio, para atestiguar, en su caso, la aceptación del elegido; (ix) tras esta aceptación, actuando como notario y teniendo como testigos a dos ceremonieros que son llamados en aquel momento, levanta acta de la aceptación del nuevo Pontífice y del nombre que éste ha tomado para suceder a San Pedro; (x) se dirige entonces con el nuevo Papa a la "Sala de las lágrimas", donde ayuda a éste a vestirse con el hábito de coro papal; (xi) su último cometido es acompañar al nuevo papa hasta la Logia de las bendiciones mientras le explica el ceremonial, y servirle como primer ceremoniero durante cuando imparte la Bendición Urbi et Orbi.
La "Sala de las lágrimas" preparada antes de inicio del cónclave de 2013
El cargo de Maestro de Ceremonias Litúrgicas Pontificias es provisto directamente por el Santo Padre por un plazo de cinco años, pudiendo ser renovado por períodos equivalentes. De hecho, esa ha sido la práctica usual. Desde el 1° de octubre de 2007 ostenta esta función monseñor Guido Marini, formado con el Cardenal Guiseppe Siri (1906-1989) en la Arquidiócesis de Génova, quien estuvo precedido durante el siglo anterior por Piero Marini (1987-2007), John Magee (1982-1987), Virgilio Noè (1970-1982), Enrico Dante (1947-1965), Carlo Respighi (1918-1947) y Francesco Riggi (1895-1918), casi todos ellos con servicio a más de un Papa. Durante los años de la reforma litúrgica posconciliar (1965-1970), el cargo permaneció vacante. Cuando monseñor Enrico Dante (1884-1967) fue creado cardenal, la función de Prefecto de las Ceremonias Pontificias no fue provisto debido a los cambios que estaba experimentando la liturgia y la Curia. El beato Pablo VI designó un regente interino para dicha Prefectura, cargo que desempeñó primero Salvatore Capoferri (1965-1968) y después Adone Terzariol (1968-1970). Por su parte, Annibale Bugnini fue nombrado delegado para las ceremonias dirigidas por los ceremonieros pontificios, función que cumplió entre 1967 y 1970.
Monseñor Guido Marini cierra las puertas de la Capilla Sixtina tras el "extra omnes" con que se inició el cónclave de 2013
Su cometido es ayudar al Maestro de Ceremonias en las sagradas celebraciones del Santo Padre. En ellas cuidan de que todo se desarrolle a la perfección. Los ceremonieros pontificios auxilian también a los cardenales en las celebraciones que llevan a cabo en nombre del Papa, como las consagraciones episcopales celebradas en Roma, así como en la toma de posesión de sus diaconías, iglesias o diócesis titulares. Como ha quedado dicho, el Maestro de Ceremonias asigna a cada cardenal un ceremoniero específico a contar del día de su creación. Asimismo, los ceremonieros tienen funciones específicas en los cónclaves para la elección papal. El Maestro de Celebraciones puede actuar como ceremoniero, pero sólo del Papa.
S.E.R. Piero Marini, Maestro de Ceremonias Pontificio, y S.E.R. Stanisław Dziwisz, Secretario de San Juan Pablo II, cubren el rostro de este último, ambos vestidos con hábito coral
Los ceremonieros pontificios son nombrados por el Secretario de Estado por un período de cinco años, siendo este cargo igualmente renovable. Cumplen actualmente esta función (véase aquí la biografía de cada uno de ellos):
Mons.Pier Enrico Stefanetti
Mons.Diego Giovanni Ravelli
Mons.Marco Agostini
Mons.Massimiliano Matteo Boiardi, F.S.C.B.
Mons.Vincenzo Peroni
Mons.Ján Dubina
Mons.Krzysztof Marcjanowicz
Los ceremonieros pontificios no visten su hábito coral, sino su vestimenta propia: sotana morada, faja morada y, encima, la sobrepelliz. El Maestro de las Celebraciones Litúrgicas del Santo Padre, cuando actúa como primer ceremoniero, viste como los demás. Si ha sido ordenado obispo, agrega encima de la sobrepelliz la cruz pectoral con cordón. Si el Santo Padre no viste hábito coral u ornamentos litúrgicos en una ceremonia, o cuando asisten al papa en una Misa privada, los ceremonieros pontificios y el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas usan sotana negra bajo la sobrepelliz. De igual forma, cuando asisten al Papa en una bendición sencilla, llevan el hábito piano que les corresponde sin sobrepelliz.
Monseñor Guido Marini con monseñor Franceso Camaldo, Decano de los Ceremonieros Pontificios
Un detalle curioso es la posición de las manos que adoptan los ceremonieros. Si se observa cualquier foto de monseñor Guido Marini sirviendo como ceremoniero, se podrá notar que tiene las manos juntas conforme al modo clásico: une palma con palma, con todos los dedos unidos, y el pulgar derecho cruzado sobre el izquierdo. Sin embargo, cuando si se presta atención a las imágenes de sus predecesores en el cargo de Maestros de Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, fácilmente se notará que no ponían las manos así, sino que unían las palmas pero no los dedos, pues éstos se ponían sobre el costado de la palma de la otra mano.
San Juan Pablo II con su Maestro de Ceremonias, monseñor Pierto Marini (a la derecha), y monseñor Francesco Camaldo (a la izquierda)
Esto se debe a que antes se distinguía entre juntar las manos como posición propia del celebrante, y poner las manos en posición de ceremoniero. Se decía que la posición de las manos unidas en la forma clásica era para quien tenía el papel activo en la celebración, pero no para quien ayuda o sirve durante ésta. Se ha dicho que monseñor Marini no sigue esta tradición debido a que las manos juntas es una posición que deriva del medioevo, donde los siervos juntaban las manos para ponerlas entre las manos del señor, como un acto de presentación, homenaje y servidumbre, lo cual puede verse en innumerables cuadros de la época. Así pues, la forma en la que une las manos el actual Maestro de Ceremonias Pontificias es en realidad una acto de humildad de quien realiza un servicio.
Monseñor Marini acompaña al papa Francisco en la Misa celebrada en el Estadio Renato Dall'Ara de Boloña
La Oficina cuenta con algunos funcionarios que auxilian al Maestro en tareas concretas, como la elaboración de los cuadernillos que se usan en las celebraciones. Están adscritos a la Oficina para las celebraciones litúrgicas del Sumo Pontífice como oficiales:
Mons.Vincenzo Peroni
Mons.Ján Dubina
Rev.daSr. Maria Pia Morigi, P.D.D.M.
Rev.daSr. Maria Priscilla Laureti, M.D.R.
Sig. Giuseppe Passeri
Dott.ssaChiara Maragoni
Dott.ssaChiara Rocciolo
(d) Los consultores
La Oficina cuenta con un cuerpo de consultores que aconseja al Maestro en los distintos aspectos de planificación y disposición de las celebraciones pontificias. Asimismo, ellos preparan documentos relativos la dimensión ritual de la liturgia (véase aquí los publicados hasta el momento). Actualmente cumplen esta función las siguientes personas:
Rev. P. Silvano Maria Maggiani, O.S.M.
Rev.P. Corrado Maggioni, S.M.M.
Rev.P. Giuseppe Midili, O. Carm.
Mons.Angelo Lameri
S.E.R.Mons. Manuel Nin, O.S.B.
(e) La Sacristía Pontificia
La Sacristía Pontificia ha estado vinculada con la Orden de San Agustín desde 1352, cuando Clemente VI eligió de entre sus religiosos a su sacristán, aunque ya en 1297 hay noticias de que el agustino Novelli había desempeñado esa función. Alejandro VI confió esta tarea exclusivamente a dicha orden mediante la bula Ad sacram (1497), y Clemente VIII elevó el cargo de sacristán a la dignidad episcopal en 1595, puesto que hasta entonces no era necesario que éste fuese a la vez prelado. Sucesivamente, León XII (1823-1829) estableció que el sacristán fuera también párroco de los Palacios Apostólicos y camarlengo de los párrocos de Roma. En 1929, con la creación del Estado de la Ciudad del Vaticano merced a los Pactos de San Juan de Letrán suscritos con el Estado italiano, Pío XI estableció que el sacristán pro tempore fuese también el Vicario general de dicha ciudad, cuya sede era la Iglesia parroquial de Sant'Anna dei Palafrenieri (convertida en la parroquia de la Ciudad Estado del Vaticano en 1929). El beato Pablo VI, con el motu proprio Pontificalis domus (1968), definió el oficio de sacristán, llamado también comúnmente “el párroco del Papa”: a éste correspondía cuidar el culto divino y las capillas pontificias en el Palacio Apostólico, en la Casa Pontificia y en Castel Gandolfo; ocuparse del buen funcionamiento de la sacristía pontificia, de la lipsanoteca y del tesoro litúrgico, y ocupar el cargo de Vicario General de Su Santidad para la Ciudad del Vaticano, con excepción de algunos documentos papales y de lo publicado por L’Osservarore Romano. El cargo de varios siglos terminó el 14 de enero de 1991 cuando San Juan Pablo II, a través del quirógrafo Per la cura spirituale nella Città del Vaticano, suprimió la figura del sacristán como había sido concebida hasta entonces. A partir de ese momento, el cuidado espiritual del Estado de la Ciudad del Vaticano fue confiada al Arcipreste pro tempore de la Basílica de San Pedro, mientras que la jurisdicción sobre el Palacio lateranense pasó al cardenal vicario para la diócesis de Roma. El oficio de sacristán fue eliminado y sus funciones confiadas al Maestro de las celebraciones litúrgicas pontificias. La parroquia de Santa Ana continuó siendo atendida por los agustinos. El último Sacristán Pontificio fue el holandés Pietro Canisio van Lierde O.S.A. (1907-1995).
Reportaje sobre la sacristía papal
Desde entonces, los agustinos al servicio en la sacristía pontificia pasaron a depender del Maestro de Ceremonias, y uno de ellos fue nombrado Custodio del Sagrario Apostólico, vale decir, encargado de las reliquias y objetos preciosos que allí se conservan. Su deber principal es el de conservar los ornamentos litúrgicos que el Papa necesita para las celebraciones en la Basílica de San Pedro del Vaticano, para las capillas papales del Palacio Apostólico o en Roma, y en los viajes apostólicos. Hoy en día, la Sacristía Pontificia tiene confiada la preparación de los ornamentos, lienzos y vasos sagrados que requieren las celebraciones litúrgicas del Santo Padre, muchos de los cuales tienen una larga historia y han sido usados por diversos Papas. Quienes la sirven deben acudir asimismo a los apartamentos pontificios para disponer lo necesario cuando el Papa celebra Misa, llevando el ajuar directamente a la capilla. Su función se limita a aquellas celebraciones que preside el Papa o un cardenal en nombre de éste.
En la actualidad, la comunidad agustina que sirve el Palacio Apostólico está compuesta de tres religiosos: el P. Pavel Benedik, Custodio del Sagrario Pontificio, proveniente de la región de Kosice, Eslovaquia; el P. Nestor Bravo Bandalan Jr., oriundo de Filipinas; y el P. Olivier Gangola Bawa, originario de Kenia. Con ellos colaboran, a tiempo completo, tres laicos. La comunidad depende directamente del Prior general de la Orden y vive junto a la sala ducal del Palacio Apostólico. Por su parte, las hermanas agustinas oblatas del Niño Jesús son quienes se ocupan del lavado, planchado y remiendo todo lo que es utilizado para la Misa por el Papa y por los concelebrantes cuando preside el Romano Pontífice.
Por cierto, no cabe confundir la Sacristía Pontificia con aquel lugar físico que emplea el Papa para revestirse cuando celebra en la Basílica de San Pedro del Vaticano. Cuando éste preside alguna celebración litúrgica en dicha basílica, se reviste en una sacristía especial que sólo el usa, y que se encuentra en la parte de atrás, del lado derecho, si se mira el altar de frente. Esa sacristía está justo detrás de la Piedad de Miguel Ángel, y a un costado de la Puerta Santa, que habitualmente se encuentra tapiada. Desde ahí comienza la procesión de entrada.
La preparación de los píxides en la sacristía de la Basílica de San Pedro
(f) Los organistas para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice
De la Oficina dependen finalmente dos organistas que cuidan de la música sacra durante las celebraciones litúrgicas del Santo Padre: el estadounidense James Edward Goettsche y el español Juan Paradell Sóle. (g) La Capilla Musical Pontificia
A través de un motu proprio de 17 de enero 2019, el papa Francisco ha dispuesto que la Capilla Musical Pontificia, hasta entonces independiente, pase a formar parte de la Oficina para las Celebraciones Litúrgica del Sumo Pontífice. Ella es la schola cantorum o escolanía de la Capilla Sixtina. Se trata de un coro formado por cerca de 20 hombres y 35 niños que durante siglos ha acompañado al Papa con su canto durante las liturgias pontificias. Actualmente están dirigidos por el Maestro Massimo Palombella. Este fue el cargo que desempeñó entre 1956 y 1997 el Cardenal Domenico Bartolucci (1917-2013).
La Capilla Musical Pontificia con el papa Benedicto XVI en 2014 (Foto: Iglesiaactualidad)
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Actualización [21 de enero de 2019]: Esta entrada ha sido corregida para adaptarlo a lo dispuesto por un motu proprio de 17 de enero de 2019, por el cual la Capilla Musical Pontificia ha pasado a depender de la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice.
Actualización [3 de julio de 2021]:Religión en libertad ha publicado un interesante video sobre la Ciudad del Vaticano preparado por el canal Arquicultura. Se trata de una completa e interesante reconstrucción de la historia de los edificios vaticanos desde la muerte deSan Pedro hasta las últimas modificaciones.