sábado, 10 de febrero de 2018

Glosario litúrgico

Durante todo el tiempo que llevamos escribiendo habitualmente esta bitácora, que pretende difundir la Misa tradicional en Santiago de Chile y, en la medida de lo posible en otros lugares, hemos dedicado bastantes entradas a la formación litúrgica. Nos hemos ocupado así de los diversos elementos materiales relacionados con la liturgia católica, sea en su forma ordinaria o extraordinaria. Todas esas entradas se encuentran dispersas y ahora, a sugerencia de varios lectores, hemos decidido reunirlas en un glosario que facilite su consulta. Se trata de un trabajo en progreso, que se irá complementando con las nuevas entradas que publicaremos en lo sucesivo. De momento, se puede consultar en el listado que enseguida se ofrece, ordenadas alfabéticamente, todas aquellas cosas relacionadas con las celebraciones litúrgicas o con el atuendo clerical publicadas hasta el día de hoy. Para facilitar su consulta, dejaremos esta entrada con un acceso directa desde la barra izquierda, junto a los otros enlaces de interés. Cualquier comentario o sugerencia para mejorar este glosario es bienvenido. 

Recordamos a nuestros lectores que, desde la misma barra lateral, se puede acceder al listado de las traducciones al castellano de los Position Papers sobre el misal romano de 1962 preparados por la Federación Internacional Una Voce (FIUV) y al elenco de institutos tradicionales relacionados con la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, aunque algunos de ellos sean de erección diocesana. 

 (Foto: CC Watershed)

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A

Acetre
Acólito (ministro de altar)
Acólito (orden menor)

B


C


D


E


F


G


H


I


L


M

Ministerios laicales (aquí, aquí y aquí)
Ministros sagrados
Misa de campaña (aquí y aquí)

N


O


P

Plegaria eucarística II (aquí y aquí)

Q


R

Ritos existentes en la Iglesia católica (aquí y aquí)

S


T 


V

miércoles, 7 de febrero de 2018

Sobre la prioridad de la religión y la adoración respecto de la comunión

Una vez más, y siguiendo con el artículo anterior que les hemos ofrecido, el Prof. Peter Kwasniewski, bien conocido de nuestros lectores, nos recuerda la importancia de poner las cosas en su debido lugar. En este caso se refiere a la prioridad que tiene la virtud de la religión y la adoración respecto de la comunión en la Santa Misa, la cual muchas veces tiende a olvidarse, diluyendo el Sacrifico eucarístico en una cena comunitaria o en un acto de oración del Pueblo de Dios que se reúne en torno a sí. El artículo fue publicado originalmente en inglés por el sitio New Liturgical Movement y puede verse aquí. La traducción ha sido preparada por la Redacción. 

 Prof. Peter Kwasniewski

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Prioridad de la religión y la adoración por sobre la comunión

Peter Kwasniewski

El Concilio de Trento hizo, sobre el “verdadero y singular sacrificio”, la siguiente declaración, muy famosa, encareciendo que se la enseñara a los fieles: 

“El mismo Dios, pues, y Señor nuestro, aunque se había de ofrecer a sí mismo a Dios Padre una vez, por medio de la muerte en el ara de la cruz, para obrar desde ella la redención eterna, con todo, como su sacerdocio no había de acabarse con su muerte, para dejar en la última cena de la noche misma en que era entregado, a su amada esposa la Iglesia un sacrificio visible, según requiere la condición de los hombres, en el que se representase el sacrificio cruento que por una vez se había de hacer en la cruz, y permaneciese su memoria hasta el fin del mundo, y se aplicase su saludable virtud a la remisión de los pecados que cotidianamente cometemos; al mismo tiempo que se declaró sacerdote según el orden de Melchisedech, constituido para toda la eternidad, ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y vino […] Esta es finalmente aquella oblación que se figuraba en varias semejanzas de los sacrificios en los tiempos de la ley natural y de la escrita, pues incluye todos los bienes que aquellos significaban, como consumación y perfección de todos ellos” (Sesión XXII, capítulo I).

El Concilio se refiere a continuación a los efectos de este sacrificio:

“Y por cuanto en este divino sacrificio que se hace en la Misa, se contiene y sacrifica incruentamente aquel mismo Cristo que se ofreció por una vez cruentamente en el ara de la cruz, enseña el santo Concilio que este sacrificio es con toda verdad propiciatorio, y que se logra por él que, si nos acercamos al Señor contritos y penitentes, con sincero corazón, y recta fe, con temor y reverencia, conseguiremos misericordia, y hallaremos su gracia por medio de sus oportunos auxilios […] De aquí es que no sólo se ofrece con justa razón por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades de los fieles que viven, sino también, según la tradición de los Apóstoles, por los que han muerto en Cristo sin estar plenamente purgados” (Sesión XXII, capítulo 2).

Asimismo, el mismo Concilio no dudó en afirmar, contra los errores de los protestantes, la adorable Presencia Real de Nuestro Señor Jesucristo:

“En primer lugar enseña el santo Concilio, y clara y sencillamente confiesa, que después de la consagración del pan y del vino, se contiene en el saludable sacramento de la santa Eucaristía verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo las especies de aquellas cosas sensibles” (Sesión XIII, capítulo 1).

Después de declarar que la Eucaristía fue instituida no sólo como alimento espiritual sino también como memorial de las riquezas del divino amor de Cristo, para que pudiéramos venerar Su memoria y anunciar su Muerte hasta que venga a juzgar al mundo, los Padres prosiguen:

“No queda, pues, motivo alguno de duda de que todos los fieles cristianos hayan de venerar a este santísimo Sacramento, y prestarle, según la costumbre siempre recibida en la Iglesia católica, el culto de latría que se debe al mismo Dios. Ni se le debe tributar menos adoración con el pretexto de que fue instituido por Cristo nuestro Señor para recibirlo; pues creemos que está presente en él aquel mismo Dios de quien el Padre Eterno, introduciéndole en el mundo, dice: Adórenle todos los Ángeles de Dios; el mismo a quien los Magos postrados adoraron; y quien finalmente, según el testimonio de la Escritura, fue adorado por los Apóstoles en Galilea” (Sesión XIII, capítulo 5).

Es del modo de celebrar la Misa que se había desarrollado en Occidente mucho antes del Concilio de Trento –especialmente en lo relativo al Canon en silencio y a las elevaciones- que surgen estos dogmas, al mismo tiempo que lo confirman. El silencio y las elevaciones permiten que uno se conecte con los venerables misterios y los venere en sí mismos, porque son dignos de toda veneración, y porque nuestra salvación está simbolizada y resumida en ellos. De este modo se nos hace ver el propósito intrínseco de asistir a Misa, además del de recibir la comunión: se nos da en ella la oportunidad de plegarnos a la adoración celeste del Cordero, ante quien se postran los ancianos y los ángeles frente al trono, y los Magos frente al pesebre. La transubstanciación es la analogía litúrgica de la encarnación. Es una reivindicación para el Reino de Dios de un rincón del mundo material: como lo ha expresado alguien, Dios establece una cabeza de puente en la playa de un territorio enemigo, o abre para nosotros un corredor por el cual podemos ascender en espíritu hasta el Cielo. Nosotros ansiamos los atrios del Señor y le pedimos que nos conduzca a ellos, como se ruega en tantas oraciones de poscomunión.

Cada vez que se celebra la Misa en forma de cena, versus populum, sin silencio, sin elevaciones realizadas con gravedad ni doble genuflexión, con una aclamación conmemorativa que interrumpe el acto de adoración de la fe, y con un ars celebrandi que tiene como tónica general la informalidad, estos rasgos socavan los dogmas tridentinos antes citados y debilitan el sensus fidelium. No resulta extraño que, en tales circunstancias, recibir la comunión se convierta en la culminación de la ceremonia y, en realidad, en su único objetivo, de modo que si uno no la recibe, queda “excluido”. Si no se comulga, ¿para qué ir a Misa?

En cambio, si el centro focal es el ofrecimiento hecho por el sacerdote del santo sacrificio, como un acto propio de la virtud de la religión –dar a Dios, en justicia, el recto culto que se le debe, que todo ser humano le debe eternamente, cualquiera sea su estado o condición-, entonces todos y cada uno tienen un motivo profundo, obligatorio, ineludible para ir a Misa. De hecho, la Misa es el único modo por el cual podemos satisfacer nuestra deuda con Dios de ofrecerle un culto que lo satisfaga perfectamente, incluso con independencia de si recibimos o no el alimento espiritual en la comunión. 

 (Foto: New Liturgical Movement)

Si se analiza la cuestión desde esta perspectiva, logramos comprender, al cabo, un hecho hagiográfico que puede parecernos, en un comienzo, sorprendente: el que tantos santos hayan asistido a Misa dos o más veces al día, a menudo sin comulgar. Santo Tomás de Aquino celebraba una Misa que era ayudada por su secretario Reginaldo y, a continuación, cambiaban los papeles y Tomás ayudaba la Misa de Reginaldo. San Luis Rey oía Misa dos veces al día. Este modo de actuar se hace perfectamente comprensible a la luz de los dogmas tridentinos. Puesto que la Misa es un verdadero y adecuado sacrificio que, por sí mismo, agrada infinitamente a Dios, asistir a ella y unirse con un homenaje interior al que presta el sacerdote, es un acto perfecto de la más excelente de las virtudes morales, la virtud de la religión, que honra a Dios como lo ordena el primer Mandamiento. Y puesto que el Señor Jesucristo está real, verdadera y sustancialmente presente bajo las formas de pan y de vino, somos llevados ante la sala misma del trono del Rey de Reyes y Señor de los Señores a fin de ofrecerle el acto de adoración que Él merece y Él mismo recompensa. 

Sólo por estas dos razones –ejercitar la virtud de la religión y adorar al Señor en privilegiada intimidad-, el asistir a Misa es la mejor acción que puede realizar un católico. Por cierto, hay que equilibrar las prácticas religiosas con los demás deberes que se tiene en la vida, pero si Santo Tomás, que escribió 50 volúmenes in folio, y San Luis, que gobernada un reino y peleaba en las Cruzadas, encontraron el tiempo suficiente para oír dos Misas al día, es muy difícil encontrar excusas para no asistir a una Misa al día (suponiendo que tengamos a nuestra disposición una Misa verdaderamente devota y reverente, cosa con que, por desgracia, no se puede contar siempre hoy). Y todo esto al margen de considerar todavía aquel acto, el más maravilloso y benévolo de la condescendencia divina, por el cual se nos permite y, más todavía, se nos invita, si estamos rectamente preparados, a aproximarnos con temor y temblor al altar del “sacrificio total y último” y a tomar parte de los misterios santísimos y vivificantes de Cristo, de la carne y sangre de Dios. 

Sobre todo en estos confusos tiempos que vivimos, parece de vital importancia no tergiversar el orden inherente de estos elementos, ni ponerlos cabeza abajo, ni confundirlos.

1. La Misa es el primer acto en que, por medio del sacrificio de Cristo, rendimos, como es nuestro deber, culto a Dios Uno y Trino por ser Él quien es, porque es digno de Él y porque nos infligimos un daño si no enderezamos hacia Él nuestras mentes y nuestros corazones[1].  Como dice Santo Tomás, ofendemos a Dios con nuestros pecados no porque le causemos un daño a Él sino porque dañamos a la criatura racional, que Él ama (es decir, a aquélla cuyo bien Él quiere). Este culto comprende los actos asociados con el ofrecimiento de la Misa, es decir, adoración, contrición, súplica, acción de gracias y alabanza, cada uno de los cuales tiene aspectos interiores y exteriores, como lo explica Santo Tomás en la Secunda Secundae de la Suma.

2. Debido a que la Misa es el augusto sacrificio de Cristo, nos pone en la presencia misma del divino Redentor, “el Cordero que fue degollado”, quien “es digno de recibir el poder, la divinidad, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la bendición” (Ap. 5, 12). Es por esto que San Agustín dice que antes de recibir, debemos adorar: pecaríamos si no adoráramos[2].

3. La Misa, en tercer lugar, es el banquete sacrificial del Cordero, en que participamos de su carne y de su sangre para nuestra santificación y salvación, siempre que no estemos conscientes de algún pecado mortal no confesado, el cual implica vivir en un estado de vida que la ley divina no permite.

4. A continuación, muy en cuarto lugar, se podría hablar de la Misa como un acontecimiento social en que el pueblo de Dios se presenta como tal pueblo, en el que la unidad de la Iglesia se representa y realiza, y en que se satisface algunas de nuestras necesidades como entes sociales.

Pero lo que hemos venido viendo en los últimos cincuenta años es precisamente la inversión de estos cuatro elementos, de modo que se pone en primer lugar la Misa como acontecimiento social; comulgar es puesto en segundo lugar; la idea de adoración es puesta, en sordina, en tercer lugar, y la noción de la Misa como sacrificio propiciatorio e impetratorio es puesta tan lejos que se hace ininteligible.

A la luz de esta total inversión podríamos considerar de nuevo la provocativa propuesta de Joseph Ratzinger de un “ayuno eucarístico”: ¿no existen, acaso, ocasiones en que, para evitar el sutil peligro de recibir el sacramento como algo obvio o de recibirlo para solidarizar con los demás, debiéramos abstenernos de comulgar, aun pudiendo hacerlo? ¿No debiéramos en algunas ocasiones intensificar nuestra hambre eucarística y obligarnos, así, a vencer la rutina, y la distracción y la trivialización? No debiera entenderse esto en contradicción con la recomendación de la comunión frecuente hecha por Pío X, ni tampoco con el hecho de que la Eucaristía se instituyó como alimento espiritual para nosotros: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre está en Mí y Yo en él”; “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. Como regla general, quienes están debidamente preparados, debieran comulgar: los sedientos en el desierto deben beber el agua que se les da. Ratzinger, sin duda, estaría de acuerdo con esto.

El punto central que sostenemos aquí es que existen varios misterios esencialmente relacionados con el santo sacrificio de la Misa y que ellos, tal como han sido definidos con máxima claridad por el Concilio de Trento, debieran configurar nuestra comprensión de la naturaleza de la sagrada liturgia y de nuestra participación en ella. Existe un nexus mysteriorum, una red de misterios en que se iluminan unos a otros y en que hay una interdependencia entre ellos, según cierto orden[3]. La forma de la liturgia y el ars celebrandi del celebrante o bien reflejarán y ampliarán fielmente estos misterios, en beneficio del pueblo cristiano, o bien introducirán concepciones equivocadas, distracciones, obstáculos e incluso errores a su respecto, lo cual tendrá dañinas consecuencias para toda la Iglesia militante.



[1] Es falso decir que la Misa es, ante todo, una comida, o que es una comida y un sacrificio al mismo nivel. Es, más bien, un sacrificio en el que se nos permite participar de la víctima, tal como en el Antiguo Testamento existieron sacrificios de los que los sacerdotes podían comer. Una comida en sí misma no es un sacrificio, pero un sacrificio sí puede ser comida. Esta es la razón por la que la Misa no es una actualización de la Ultima Cena, como creen muchos protestantes (y muchos católicos no instruidos), sino un hacer presente la oblación del Hijo de Dios en la Cruz el Viernes Santo. Por esto es que es no solamente engañoso sino incluso herético el enfatizar la mesa del Cuerpo y de la Sangre de Cristo tanto, o incluso más, que el altar sobre el cual esta víctima es sacrificada sacramentalmente, y celebrar la liturgia de un modo tal que el elemento cena toma precedencia sobre el elemento oblación. Es por una buena razón que el Concilio de Trento, cuando define la Misa, la llama reiteradamente sacrificio antes de referirse al uso que hacen de él los hombres como alimento y remedio. 

[2] Enarr.in Ps. 98:9 (CCSL 39:1385).

[3] El método cartujo de participar en la Misa, publicado recientemente en New Liturgical Movement por Gregory DiPippo, proporciona un vívido ejemplo de este nexus mysteriorum al conducir al fiel a través de las diversas partes y oraciones de la Misa, y le muestra cómo hay que unirse a Cristo en cada una de ellas. Esto es ver toda la liturgia como un prolongado acto de comunión, incluso con anticipación a aproximarse al altar para recibir la hostia.

sábado, 3 de febrero de 2018

Los accesorios del altar (V)

Retomamos una antigua serie dedicada a los accesorios del altar para referirnos a algunos elementos materiales de la liturgia que habían quedado sin explicar o a los que habíamos aludido de manera incidental. Se trata del antipendio, el sagrario y el conopeo.  


El antipendio

El antipendio es un paramento que sirve para cubrir y decorar la parte inferior de los altares por su frente y costados, entre la mesa y el suelo, teniendo en cuenta que en esa parte solían custodiarse las reliquias. Su nombre proviene del la palabra latina antipendium, que significa algo que está colgado adelante (de ante, delante, y pendere, colgar). Este paramento se designa también como pallium altaris o, más comúnmente, como frente o frontal de altar.

Antipendio rojo de reciente factura de la Iglesia de la Santísima Trinidad de los Peregrinos en Roma

Con antecedentes rastreables en los sarcófagos esculpidos, el antipendio se ha utilizado en las iglesias paleocristianas desde el siglo IV, y su evolución posterior originó los retablos de la Baja Edad Media. Al principio eran cortinajes de ricos tejidos (tapices o estofas), pero enseguida comenzaron a emplearse algunos de metales preciosos, haciéndose cada vez más frecuentes en el arte bizantino y en Italia. Entre los siglos X y XIII prevalecieron aquellos confeccionados de plata y cobre esmaltado, según consta por documentos de donaciones y por los restos que han llegado hasta nosotros, así como aquellos hechos a imitación suya de madera pintada o en relieve, que fueron especialmente usuales durante el románico catalán. Es también el caso de la célebre Pala d'Oro que se conserva en la Catedral de San Marcos de Venecia, cuyo destino inicial era el de ser un antipendio. Durante el gótico se usaron con preferencia los frontales de piezas de seda, bordadas con figuras o escenas bíblicas. Ya desde el siglo XVII se adaptan al frente del altar unos bastidores con telas de seda, o con lienzos pintados o de guadamecí, que se cambian según el color litúrgico de la fiesta (aunque nunca negro en el altar reservado al Santísimo Sacramento, reemplazándose éste por el morado), sin que falten a veces los de plata repujada.

La función del antipendio era conferir a los altares una cierta elegancia en aquella parte frontal que miraba hacia los fieles, como símbolo del valor que la Iglesia da la mesa donde Cristo se ofrece y nos invita a participar de la Eucaristía.

Antipendio de la Iglesia anglicana de Santa María, Redcliffe, Bristol
(Foto: Wikipedia)

Con la reforma litúrgica posconciliar y el reemplazo de los altares tradicionales por otros exentos puestos en medio del presbiterio, la mayoría de las veces con escaso gusto y con claro desprecio del estilo arquitectónico del templo, el antipendio cayó en desuso. En la forma extraordinaria sigue siendo utilizado. Su uso también se conserva en la Iglesia anglicana y en las Iglesias orientales. 

El sagrario

El sagrario o tabernáculo es el nombre con el que se designa el lugar donde se guarda y deposita a Cristo sacramentado. Debe ser uno solo, inamovible, elaborado de materia sólida e inviolable, no transparente y cerrado de tal manera que se evite al máximo el peligro de profanación (OGMR 314). Ha de estar bendito según el rito previsto en el Ritual Romano antes de destinarlo al uso litúrgico. La finalidad de esta reserva es permitir la comunión de los enfermos o de quienes no han podido asistir a Misa, así como mantener el culto eucarístico en los templos.

Sagrario abierto

Históricamente, la reserva del Santísimo Sacramento ha tenido prácticas muy variadas. En la era de las persecuciones se guardaban las formas consagradas en delicados lienzos o en pequeñas cajas preciosas que los fieles se llevaban a sus casas y custodiaban con la máxima reverencia. En la época constantiniana y en los siglos posteriores inmediatos, se suspendía mediante una columba eucarística, la cual era una caja de oro con forma de paloma que estaba sobre el altar y pendía del baldaquino, a veces velada. Otra costumbre era colocar a Cristo eucarístico en una arqueta dentro de un nicho del ábside, en la sacristía o simplemente sobre el altar. Más adelante, cuando se establecieron los retablos fijos, el Santísimo se comenzó a poner en una caja construida en obra detrás del retablo. En algunas iglesias importantes, como las catedrales de la Corona de Aragón, se colocaba en un alto camarín detrás del retablo, perforándose éste en un gran espacio ovalado y cubierto con cristales para que a través de ellos se vea de lejos la luz que ilumina el mencionado camarín. Desde el siglo XVI, el sagrario se añadió a la propia factura del retablo y pasa formar parte integrante de él, al igual que ocurrió con el altar. El origen de esta práctica fue la reacción contra el creciente protestantismo, que negaba la presencia real, verdadera y sustancial de Cristo en las especies sacramentales, de suerte que se quiso ligar en un solo conjunto el altar  donde se ofrece el sacrificio propiciatorio con aquel lugar que servía para reservar al Santísimo fuera de la Misa. 

Columba eucarística velada utilizada en el uso anglo-católico
Con el deseo de separar las funciones del altar y el sagrario, la reforma posconciliar dispuso que en este último fuese destinado a "la parte más noble de la iglesia, insigne, visible, hermosamente adornada y apta para la oración" (OGMR 314), siendo conveniente en razón del signo que "en el altar en el que se celebra la Misa no haya sagrario en el que se conserve la Santísima Eucaristía" (OGMR 315). 

El conopeo

En la acepción que ahora interesa, el conopeo es el velo en forma de pabellón que se utiliza para cubrir por fuera y completamente el sagrario en que se reserva la Eucaristía. La expresión proviene del latín conopēum, y éste del griego κωνωπεῖον (kōnōpeîon), expresión que designa un velo, un mosquitero o una colgadura de cama. Aunque se ha dicho que su función es resaltar la presencia del Santísimo al interior del sagrario, parece que la finalidad de este paramento, así como el del velo que cubre el copón, era más bien de orden higiénico: lo que se buscaba era preservar las formas consagradas del polvo y los insectos. La misma explicación está detrás de las rúbricas que ordenan cubrir el cáliz hasta que llega el momento de consagrar el vino, para evitar que caiga en el interior cualquier cosa que pueda afectar la materia del sacramento. 

El conopeo se usa siempre que el sagrario no está empotrado en una pared, sino de alguna forma separado del muro o del resto del retablo. En caso contrario, el sagrario se cubre con una pequeña cortinilla, casi idéntica a aquella interior dispuesta frente a la puerta, que por cierto no era obligatoria aunque si loable (Sagrada Congregación de Ritos, decreto de 20 de octubre de 1890). 

Conopeo del oratorio de la Casa de Retiros de Molinoviejo, perteneciente al Opus Dei

El conopeo debe estar confeccionado en alguna tela decente, y nunca de puntillas o encajes del todo transparentes, ni siquiera bajo el pretexto de resaltar la rica factura del sagrario. Puede ser siempre blanco, o del color del Oficio del día, excluido el negro. Para la bendición con el Santísimo Sacramento, siempre se usa el blanco. La misma regla rige para la cortinilla, la que suele tener bordados alusivos al Santísimo Sacramento. Aunque mayoritariamente en desuso después de la reforma litúrgica, el conopeo viene mencionado todavía en el Ritual de la Sagrada Comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa (1979) como un signo para evidenciar la presencia del Santísimo dentro del sagrario (núm. 11).

Cortinilla interior del sagrario de la Iglesia de San Alberto de Sevilla (Oratorio de San Felipe Neri)

Como conopeo de designa también la umbela, umbraculum o pabellón, una de las insignias propias del Santo Padre, y con el que se significa (junto con el tintinábulo) el carácter de basílica conferido a una iglesia. Es una especie de sombrilla a modo de baldaquino semi abierto, con anchas rayas alternadas de color dorado y rojo, que son los colores tradicionales del Romano Pontífice, dado que el blanco no comenzó a ser utilizado por los papas hasta el final de las Guerras Napoleónicas.

La umbela de la Catedral primada de Braga

jueves, 1 de febrero de 2018

Aviso importante sobre la suspensión de la Misa durante febrero

La Asociación Magnificat, capítulo chileno de la Federación Internacional Una Voce, lamenta comunicar que, debido al inicio del período de vacaciones de la universidad que generosamente nos acoge domingo a domingo poniendo a disposición de Magnificat la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, la celebración dominical de la Santa Misa en dicha iglesia se suspenderá durante el mes de febrero, reanudándose el servicio litúrgico el domingo 4 de marzo. Puede empero consultarse el Directorio de Misas que publicamos hace algún tiempo para ver otros lugares donde se celebra la Misa tradicional en Santiago y en otras ciudades de Chile.

Esta bitácora seguirá actualizándose normalmente, aunque con una periodicidad de dos entradas por semana.

 (Foto: Asociación Litúrgica Magnificat)