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martes, 3 de diciembre de 2019

Por qué usar la patena de la comunión

A continuación ofrecemos a nuestros lectores una nueva traducción del Dr. Peter Kwasniewski, colaborador habitual de esta bitácora. El artículo llama a conservar o a reintroducir donde haya sido abandonado el uso de la patena de comunión para los fieles. En efecto, su uso muestra nuestra devoción y respeto hacia el Santísimo y reafirma de ese modo la fe de los fieles en la Presencia Verdadera.

El artículo fue publicado originalmente en New Liturgical Movement y ha sido traducido por la Redacción. Las fotos son las que acompañan al artículo original.


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Por qué debiera conservarse -o reintroducirse- el uso de la bandeja de comunión

Peter Kwasniewski

En la época en que todavía asistía yo diariamente a la Misa Novus Ordo, hubo un año en que, no sé debido a qué epidemia de dedos blandengues, pude muchas veces ver hostias que caían al suelo, cosa que ocurrió con tres sacerdotes diferentes. Estos episodios tuvieron dos consecuencias: me afirmaron en mi convicción de que no pudo darse nada más necio que cambiar el sistema de dar la comunión a los fieles en la lengua, arrodillados en el comulgatorio, por el otro, complicado e informal, de hacer cola y estirar la mano o la lengua -a diversas alturas en relación con quien daba la comunión-, y me impulsaron a investigar qué fue lo que ocurrió con la bandeja comunión, sostenida por un monaguillo para recoger las hostias o los fragmentos de ellas [Nota de la Redacción: véase la entrada que en su día le dedicamos a la bandeja de comunión en esta bitácora]. 

La historia de las bandejas de comunión resultó ser considerablemente más interesante que lo que me había imaginado: monseñor Charles Pope la cuenta aquí. Aunque se trata de un desarrollo reciente (siglo XIX), el uso de esas bandejas fue muy razonable. Después de todo, aunque el “mantel de comunión” fue el método tradicional y posee todavía un atractivo tanto estético como devocional, no resulta muy adecuado para recoger nada, a menos que se lo suspenda cuidadosamente bajo cada comulgante, tal como se observa en la práctica bizantina, o en las Misas de Primera Comunión del rito romano (véase la fotografía de más abajo). Así pues, la invención de la bandeja de comunión fue una idea brillante y fue muy merecida su aceptación universal en el mundo católico. Se la puede considerar un ejemplo clásico de desarrollo orgánico: se satisface una necesidad real con una solución apropiada que se acopla armoniosamente con lo que ya existe.

Ya nos podremos imaginar que ocurrió con esas bandejas en la década de 1960: en el prisa por modernizar, las patenas, junto con los manípulos, los birretes, los amitos, los manteles de comunión, los comulgatorios delante del altar y cientos de otros rasgos comunes de las iglesias católicas, fueron vistos como extras demasiado prolijos, complicaciones de sacristía, restos de escrupulosidades que interferían con las transacciones expeditivas y con las líneas puras de la nueva estética, en la que se pensaba que menos era más, más “auténtico” y más “espiritual”.

Sin embargo, no se requiere una experiencia muy larga para darse cuenta de que, cuando se usa una bandeja de comunión, a veces caen sobre ella fragmentos de hostias, que ahí quedan recogidos[1]. De por sí esto debiera bastar para volver a considerar seriamente la importancia de mantener el uso de la bandeja de comunión o de reintroducirlo ahí donde ha desaparecido.

Lo que me llama la atención es que esto es, también, mens ecclesiae, como se puede ver recientemente en 2004, en la Instrucción Redemptionis Sacramentum de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que declara (núm. 93): “La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento (Patina pro communione fidelium oportet retineatur, ad vitandum periculum ut hostia sacra vel quoddam eius fragmentum cadat)”.

En este punto, Redemptionis Sacramentum cita el núm. 118 de la Instrucción General del Misal Romano, que enumera todas las cosas que deben prepararse sobre la credencia y que incluye “la patena [patina] para la comunión de los fieles”[2]. Es cierto que una lectura atenta de la Instrucción General del Misal Romano parece sugerir que esta bandeja está mandada sólo para cuando se usa la intinción (véase núm. 287), pero se trata de una práctica de sentido común permitida por dicha Instrucción General y recomendable, ciertamente, por muchas razones.

 Mantel de comunión y la patena usándose simultáneamente (Primera Comunión en Alemania)

Una de ellas no la hemos mencionado todavía: además de su utilidad, la bandeja de comunión recuerda a los fieles el misterio de Aquel que se presenta a nosotros bajo la especie sacramental del pan. Él es el Señor de la gloria, oculto por el humilde velo de un alimento, y debemos aproximarnos a Él y tocarlo con la máxima reverencia. La bandeja es un modo simple y sutil de enfatizar que la comunión no es una señal meramente simbólica de pertenecer a una comunidad, sino una auténtica participación en la divina carne del Redentor. Cuando recuperamos pequeños signos como éste -y, en condiciones ideales, debiéramos restaurar también el comulgatorio, y el mantel de comunión- hacemos lo que está de nuestra parte para revertir las escandalosamente malas estadísticas sobre la ignorancia y falta de fe en la transubstanciación que caracteriza a los católicos estadounidenses y también a los católicos de muchas otras partes del mundo.

Otra razón para usar la bandeja de comunión es que sutilmente anima a los fieles a recibir la comunión en la lengua, ya que ella parece adquirir su utilidad máximamente en esa situación. Se transmite la señal de que con la recepción en la lengua ocurre algo especial que la recepción en la mano hace imposible. Desde un punto de vista psicológico, ello podría traducirse así: “La persona que me antecede recibe un trato especial, puesto que el sacerdote y el monaguillo cooperan en el acto de darle la comunión. Quizá yo debiera hacer lo mismo. Me parece ahora lo más apropiado”. Apostaría a que un “boomer” [Nota de la Redacción: Un “boomer” es una persona nacida durante el “baby boom” que tuvo lugar después de la Segunda Guerra Mundial, entre 1946 y 1965] no habrá de razonar de esta forma, pero sí lo harán otros con menos equipaje a cuestas.

Aunque a veces se usan bandejas de comunión sin mango, las que tienen un mango largo son mucho más apropiadas para los monaguillos. Si en algún lugar específico se sigue usando el modelo usual, ineficiente e impersonal, de “hacer fila”, el acólito debiera ponerse a un costado del sacerdote y sostener la patena bajo la barbilla de todo comulgante que reciba la hostia en la lengua. Es más difícil decir qué debiera hacerse en el caso de los que la reciben en la mano, aparte de decir que no debieran hacerlo, y punto. Pero esto ha sido abordado en muchos otros artículos de New Litiurgical Movement, y no es la cuestión central en éste.

Para quienes toman en serio aquello de “grano tras grano de arena”, reintroducir la bandeja de comunión sería un granito simple y barato, que podría contribuir de inmediato.




[1] No hay ningún método perfecto. Raramente una hostia dará en la bandeja un bote para luego caer a suelo, cosa que vi pasar una vez con la primera generación de hostias bajas en gluten, que tienden a ser más duras que blandas [Nota de la Redacción: La Congregación para la Doctrina de la Fe, en respuesta de 29 de octubre de 1982, señaló que no era posible consagrar hostias sin gluten, porque de esa forma desaparecen uno de los accidentes del pan]. Tales accidentes, en todo caso, pueden evitarse siempre que la patena quede bien cerca de la barbilla del comulgante, de modo que no haya mucho espacio por donde la hostia pueda caerse. 

[2] Nota de la Redacción: La traducción oficial al castellano disponible en el sitio web de la Sede Apostólica usa la expresión que hemos puesto en el cuerpo de este artículo, vale decir, habla de "la patena para la Comunión de los fieles" (núm. 118, c). El original en latín dice en esa parte: "patina pro Communione fidelium". Sin embargo, la forma usual de denominar el artículo en cuestión es "bandeja de comunión", que se utiliza en la versión castellana de la Instrucción Redemptionis Sacramentum. 

domingo, 2 de diciembre de 2018

Las luces en la liturgia

La liturgia contempla el uso de velas y cirios en múltiples oportunidades. Se trata de piezas cilíndricas de cera o parafina, de mayor o menor grosor, con un pabilo en su eje y que se utilizaba originalmente para alumbrar, honrando así los misterios que se celebran. Ya en los Hechos de los Apóstoles se narra que, cuando los primeros cristianos se reunían para la fracción del pan, "había muchas lámparas en la sala donde estaban reunidos" (Hch 20, 8). En la actualidad, y más allá de su función práctica, desplazada por el uso de la iluminación eléctrica, las velas revisten al culto de un significado simbólico, como expresión de fe, fiesta, ofrenda, atención y presencia divina. Ellas son un símbolo de Cristo, quien se anunció como la "luz del mundo" (Jn 8, 12), con clara referencia a que Él es el Verbo Eterno de Dios que existe desde la creación del Universo. De igual forma que las velas alumbran y se consumen, Cristo se ofreció a sí mismo en sacrificio por todo el género humano y murió sobre la cruz. Por eso, San Anselmo decía que el cuerpo de la vela representa la Carne de Cristo; la mecha que la atraviesa simboliza Su Alma; y la llama es un símbolo de Su Divinidad Asimismo, la luz que desprenden nos recuerdan que Cristo nos mandó velar, vale decir, mantener nuestras propias lámparas encendidas y con carga en espera de la venida del Esposo (Mt 25, 1-13; Lc 12, 35). 

La disciplina litúrgica contempla la utilización de velas en distintos momentos: 

(a) Los recién bautizados reciben una vela encendida desde el cirio pascual, para indicar que su vida ha sido iluminada por la gracia de Cristo. 


Bautizo en España

    (b) Algo similar ocurre con la profesión religiosa, como símbolo de una nueva vida que nace merced a esa consagración plena a la vida en Cristo. 


Profesión de dos hermanas benedictinas de María Reina de los Apóstoles (Missouri, Estados Unidos)
(Foto: Catholicvs)

(c) Sobre el altar se deposita el número de candeleros que sea necesario según el tipo de celebración. Las velas se encienden ante de comenzar la Santa Misa como un signo simple y expresivo del respeto que la feligresía debe mostrar hacia el misterio que se cumple en el altar.  La costumbre de usar estos candeleros se remonta al siglo XII y se generaliza hacia el siglo XV, convirtiéndose en obligatoria durante el siglo XVI. 

(d) En ocasiones se usan candelabros, que son candeleros con dos o más brazos, los que permiten la presencia de un mayor número de velas para realzar la ornamentación y esplendor en las fiestas litúrgicas. Así ocurre, por ejemplo, cuando se expone el Santísimo Sacramento, especialmente si es en forma solemne, y durante la Semana Santa, cuando se utiliza el tenebrario, un candelabro de quince velas y forma triangular que acompaña el Oficio de Tinieblas. El uso de candelabros proviene de la liturgia hebrea, donde se usaba uno famoso de siete brazos (Ex 25, 31-40), cuyas luces arden también en torno al Trono de Dios en la visión de San Juan (Ap 4, 5).



Disposición de los candeleros y candelabros sobre el altar


(e) Las velas pueden acompañar asimismo la procesión de entrada de los ministros y la lectura del Evangelio. En este caso se utilizan unos candeleros portátiles, que son de mayor altura que los que se ponen sobre el altar. Estos están hechos de tal manera, con un nodo y una base, que pueden mantenerse en pie sin ser sostenidos, por ejemplo, sobre la credencia. Ellos son llevados por los ceroferarios en la procesión de entrada de la Misa, y se utilizan durante la lectura del Evangelio y desde el Sanctus hasta la Comunión. En teoría, estos candelabros reemplazan a las antorchas (funalia), comúnmente consistentes en una vara de metal dorado en cuyo ápice se clava una vela o cirio, aunque en su origen era de una sola pieza. Cuando las hay, se mantienen en la sacristía mientras no son usadas. 


Ceroferarios con antorchas

(f) De manera constante brilla una lámpara especial delante del sagrario, alimentada con aceite (de preferencia de oliva) y cera, para indicar la presencia de Jesús sacramentado. La costumbre comenzó en el siglo XIII y se hizo obligatoria en el siglo XVI, como una manifestación del respeto al Santísimo Sacramento que por entonces comenzaba a ser atacado por la herejía protestante. Aunque una sola lámpara es obligatoria, puede haber un número mayor siempre que sea impar. En las basílicas romanas, por ejemplo, era habitual el uso de siete lámparas delante del altar del tabernáculo, en recuerdo de los siete ángeles que Tobías (Tb 12, 15) y San Juan (Ap 8, 6-8) sitúan delante del Trono de Dios. La iglesia oriental suele emplear trece lámparas, que representan a Cristo rodeado por los doce apóstoles. 


Lámpara del sagrario

    Viene a colación a propósito de esta luz litúrgica el recuerdo de Santa Edith Stein (1891-1942) y su visita a la catedral de Fráncfort: "Entramos unos minutos a la catedral y, mientras permanecíamos dentro en un silencio respetuoso, entró una mujer con la cesta de la compra, se arrodilló en un banco y permaneció en esa postura el tiempo suficiente para rezar una breve plegaria.  Aquello era completamente nuevo para mí. En las sinagogas y en las iglesias protestantes que yo había visitado se entra sólo para los actos litúrgicos de la comunidad. Pero aquí alguien puede entrar en un iglesia vacía, durante las horas laborables de un día cualquiera de la semana, para mantener una conversación familiar. Jamás he podido olvidar esto". Este hecho marcó el comienzo de su conversión, que acabó con el ingreso al Carmelo de Colonia a la edad de 41 años. 

   (g) Durante el tiempo pascual se ubica en el presbiterio, hacia el lado izquierdo del altar y sobre un candelero especial, un cirio grueso que se bendice en la vigilia pascual y arde en los oficios litúrgicos más solemnes que se celebran entre el Domingo de Resurrección y el de Pentecostés, en el rito del bautismo y en las exequias. Se trata del cirio pascual, que tiene un claro significado con la luz que Cristo, verdadera luz del mundo, quiere transmitirnos y que se expresa gráficamente en la procesión de entrada de la Vigilia Pascual, cuando las luces de la iglesia se van encendiendo paulatinamente al avance del celebrante que porta en sus manos el cirio encendido en el exterior. 


Celebración de la Vigilia Pascual en Nantes, Francia
(Foto: Catholicvs)


(h) En la fiesta de la Candelaria, que se celebra el 2 de febrero, la Iglesia cierra el ciclo santoral del tiempo de Epifanía y recuerda la Presentación de Jesús en el templo y la Purificación de Nuestra Señora. La liturgia de esa día comienza con la bendición y la procesión de las candelas, donde se manifiesta que Cristo es, en palabras del anciano Simeón, la luz que ilumine los gentiles, según se lee en el Evangelio de la fiesta (Lc 2, 22-32).

Celebración de la Fiesta de la Candelaria en el Seminario Notre Dame (Estados Unidos)

(i) Antiguamente, antes de la Consagración mandaban las rúbricas que se encendiese otra tercera vela, que ardería hasta la Comunión (de ahí que se la llame también "vela del Sanctus"). Se toleraba el uso de prescindir de ella, pero el ordinario podía exigir el cumplimiento de las rúbricas. En la revisión de 1960, esta exigencia desaparece y se señala simplemente que la costumbre de encender dicha vela adicional se ha de conservar ahí donde exista (Rubricarum Instructum, núm. 530).  En Hispanoamérica, esta costumbre se cumplía mediante el empleo de una palmatoria. 

(j) Cada domingo de Adviento se enciende una vela distinta alrededor de una corona, las cuales siguen los colores propios de este tiempo: morado y rosado.

(k) La tradición nos cuenta  que San Blas curó a un niño que se ahogaba con una espina de pescado que se le había atascado en la garganta. De ahí que sea considerado el patrono de los enfermos de garganta (faringe) y de los otorrinolaringólogos. Este milagro ha dado origen a un particular sacramental, conocido popularmente como “la bendición de las gargantas” y que se celebra el 3 de febrero, día en que la Iglesia honra al obispo de Sebaste. El nombre oficial del rito es Benedictio candelarum in festo S. Blasii, Episcopi et Martyris, y consiste en verdad en dos sacramentales distintos: (i) la bendición de velas (si no se bendijeron el día anterior, fiesta de la Candelaria) y (ii) la bendición de las gargantas  de los fieles con esas velas, usando dos de ellas en forma de cruz. Este sacramental figura en el Bendicional de 1952, aunque ha desaparecido de la última edición típica del Misal romano y del Bendicional reformado. 

Bendición en la Fiesta de San Blas

jueves, 5 de abril de 2018

La sintonía entre los arreglos florales y la liturgia

Después de los rigores y austeridad predominantes durante el tiempo de Cuaresma y la Semana Santa, el Tiempo Pascual resulta una época señalada para reintroducir en los templos la práctica de colocar arreglos florales en el presbiterio y los altares. En efecto, junto con el retorno del sonido del órgano, el canto del Gloria y el Aleluya, entre otros, estos arreglos son una demostración externa del gozo del tiempo que vivimos, que nos recuerda la gloriosa Resurrección de Nuestro Señor, y la esperanza de nuestra propia resurrección. Es por esto que parece oportuno reseñar algunos principios orientadores para un buen y decoroso uso de esta práctica tan arraigada, tema que sólo hemos tratado tangencialmente a propósito de los accesorios del altar (el cual se puede consultar aquí).

Martin Schongauer: Madonna en el jardín de rosas
(Wikipedia Commons)

A continuación les ofrecemos una traducción del artículo "Accenting the Liturgical Rites: Thoughts on the Tasteful Arrangements of Flowers in Churches" del profesor Shawn R. Tribe, aparecido en el blog Liturgical Arts Journal (el cual se puede consultar aquí). El profesor Tribe gentilmente nos ha concedido su permiso para efectuar esta traducción, de manera que vayan nuestros agradecimientos a su persona. La traducción ha sido preparada por la Redacción. 

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Acentuando los ritos litúrgicos: Consideraciones sobre arreglos florales de buen gusto en las iglesias
 
Shawn R. Tribe

Créditos: Michela Gobbi
(Liturgical Arts Journal)

Existen dos tiempos litúrgicos donde mi mente se vuelca sobre el asunto de los arreglos florales en nuestros presbiterios: en la Navidad y durante la Pascua. Esto no es para nada sorprendente, por cuanto aquellos son los dos momentos del año en que la mayoría de las parroquias en el orbe católico mantienen la práctica de esta maravillosa tradición. En cierta medida, esto resulta una pena al tratarse de una espléndida tradición, que merece una mayor ocurrencia.

Varias fiestas a lo largo del año litúrgico, fuera de la Navidad y la Pascua, se beneficiarían de esta práctica, incluso durante las estaciones de primavera y verano [Nota de la Redacción: el autor hace referencia a la primavera y verano del hemisferio norte, que ocurre fuera del tiempo de Navidad], y especialmente en aquellos períodos del año en el que las flores silvestres pueden ser utilizadas. Si se me permite una pequeña digresión sobre este punto: la práctica de utilizar flores locales no sólo hace a esta tradición asequible, sino que también creo que posee, en sí misma, un positivo simbolismo. Algo que era un objeto cotidiano en un campo o a la orilla del camino, repentinamente se redestina desde su humilde condición a convertirse en un ornamento festivo al servicio de la liturgia; por así decirlo, lo ordinario se convierte en extraordinario. Si esto no es una aguda simbología de la vida del cristiano, no sé qué otra cosa sería. La cosecha de estas flores puede incluso tomar la forma de un grato apostolado para la feligresía, en especial las familias.

En efecto, por ese lado sería negligente en no mencionar que esta práctica puede ser beneficiosa fuera de la misma liturgia y dentro del contexto de la iglesia doméstica, ya sea que esto implique colocar flores al costado de una imagen o en otro lugar. La vida espiritual de la familia debiera ser idealmente eco de la vida litúrgica de la iglesia y estar enraizada en lo mismo. Este sería otra forma de hacer eso, particularmente si esta práctica puede ser revitalizada en nuestras parroquias.

Sin embargo, existe una segunda razón por la cual mi atención se vuelve a esta cuestión en estos dos tiempos del año litúrgico. Desgraciadamente, una de las tendencias más comunes que presenciamos en Navidad y la Pascua es que, habitualmente, se le da prioridad a la cantidad por sobre la calidad. Los presbiterios tienden a saturarse de poinsettias [Nota de la Redacción: la flor de la Navidad], y lirios; pudiendo parecer a veces como si el altar estuviera siendo rezagado al fondo, perdido en un enjambre de flores. Este enfoque es uno de los que me gustaría poder decir que es más honrado en la inobservancia que en la observancia, pero los hechos son precisamente opuestos.

Ahora me gustaría ser claro: que los fieles y las parroquias pongan flores es positivo y valioso. Me alegra que lo hagan y debieran ser incentivados para hacerlo. Eso sí, como en todo, el gusto tiene que estar formado, y el arte de los arreglos florares litúrgicos tiene que ser aprendido. Como tal, lo que vea acá no es una oportunidad para criticar sino que una oportunidad para continuar mejorando y refinando esta práctica.

Entonces, ¿qué debiera guiar nuestras reflexiones?

El primer punto que debiera ser analizado es uno de principios. Los arreglos florales debieran acentuar lo litúrgico y no dominarlo. Cuando se utilizan muchas flores, el efecto es usualmente este último. Los altares son opacados y saturados. El ceremonial frecuentemente se vuelve complicado y el clero y los acólitos deben navegar alrededor de los arreglos florales. Con poco se puede llegar muy lejos, y unos pocos arreglos bien localizados pueden utilizarse para acentuar el altar y el presbiterio en vez de saturarlo.

El segundo elemento a considerar es el de la tradición. Generalmente, las plantas en macetero nunca se han puesto sobre altares, gradas, etcétera. Esto es tanto por lo práctico, ya que previene que se ensucie el altar y los lienzos, como por lo estético, ya que las flores en macetero se ven pesadas; las flores cortadas y puestas en floreros, por el contrario, se ven más refinadas, delicadas y elegantes.

La celebración versus populum evidentemente ha complicado esta cuestión, ya que la locación de los arreglos se volvió un problema. Ponerlos sobre un altar no es una opción en este caso (ni tampoco se encuentra necesariamente en línea con la Instrucción General del Misal Romano) así como tampoco recomendaría la práctica común de ubicarlos delante de dichos altares –para esto me refiero nuevamente al principio enunciado más arriba: el altar no debiera ser opacado o convertido en el fondo de algo más-. Qué hacer en estas circunstancias dependerá entonces de la arquitectura particular y de las posibilidades que ofrezca un determinado presbiterio, si nos encontramos en el contexto de una celebración versus populum. El caso de la celebración ad Orientem tiende a ser mucho más sencilla, independiente si el altar está exento o no, las rúbricas de usus antiquior parecieran no prohibir el colocar flores sobre el altar.

Teniendo en mente estas consideraciones, a continuación les ofrezco algunos lineamientos generales y consideraciones que podrían ser útiles para tomar esas decisiones al respecto.

Lineamientos y consideraciones

1. En los casos en que una iglesia preserve su altar mayor originar o sus retablos se encuentren en su lugar pero no se usen para la liturgia, sugeriría ubicar los arreglos en floreros en el mismo lugar donde se habrían ubicado en dicho altar como si este siguiera estando en uso. Esto es particularmente efectivo cuando el altar se encuentra próximo al nuevo altar exento. Esto no solo salva el problema de ubicar las flores en una liturgia versus populum, sino que también tiene el efecto positivo de hacer aparecer las flores al fondo, no así el altar.

2. En cuanto a la liturgia orientada de manera tradicional, la manera de proceder será ubicar las flores cortadas en floreros altos (idealmente un juego de floreros de bronce o, en su defecto, de vidrio), teniendo en cuenta que una cantidad moderada es casi siempre suficiente. No hay necesidad de atiborrar la iglesia o de llenar cada espacio imaginable con ellas. De nuevo, las flores acentúan. Como guía se puede utilizar el número de candelabros para determinar el número de arreglos florales, ubicando estos últimos entre aquéllos. Esto resultará en 2, 4 ó 6 arreglos, generalmente. Mi sugerencia es tomar el número de candelabros, restar dos, y eso resultará intuitivamente en el número de floreros. Excepciones pueden existir, por supuesto, dependiendo de factores como las gradas, el largo del altar, entre otras.
  
Aquí advertirán el uso de colores muy complementarios. Ver punto 5 infra
(Liturgical Arts Journal)

3. Se debe considerar las proporciones del altar y los candelabros. Las flores no deben aparecer ni muy grandes ni muy pequeñas, de modo que no parezca que dominan el altar y sus demás elementos o se vean tan pequeñas que parezcan un añadido de última hora.

Bien proporcionado
(Liturgical Arts Journal)

4. La simetría de los arreglos florales es importante. Un número igual de arreglos, de una misma altura, en cada lado del norte y sur litúrgico pareciera ser lo que mejor funciona. Cuatro arreglos florales parecieran funcionar particularmente bien en la mayoría de los altares mayores. Dos arreglos también pueden verse bien, pero con mayor dificultad, ya que se deberá compensar éstos, haciéndolos más grandes.


Simetría. Un tercio de la altura puede funcionar bien con candelabros muy altos
(Liturgical Arts Journal)

Dos arreglos grandes en lugar de cuatro pequeños, esto funcional particularmente bien en un caso como este en que hay más de una grada
(Liturgical Arts Journal)

Habitualmente veo arreglos florales ubicados en el medio, detrás o delante, de la cruz del altar o semejantes. Los insto a evitar esa tentación. Tener un solo arreglo ubicado sobre todo el resto del conjunto termina destruyendo la simetría y pareciendo fuera de lugar.
  
5. Los colores de los ornamentos sagrados y la decoración del presbiterio debe además ser considerado. En mi experiencia, los arreglos florales generalmente funcionan mejor cuando existe una correlación o complementariedad entre los colores litúrgicos usados en dicha iglesia (por ejemplo, para paramentos, frontales, diseño del altar, etcétera) y los colores de la decoración florar. Los colores complementarios pueden ser muy importantes para agregar algo de interés visual y hacer aparecer las flores como un acento festivo.


No es necesario usar un color para las flores, pero puede funcionar bien en iglesias que son muy coloridas
(Liturgical Arts Journal)

Este es un buen ejemplo de uso de colores complementarios. El color damasco de las flores combina particularmente bien con el dorado de los paramentos y el plateado de los candelabros
(Liturgical Arts Journal)

Como se señaló anteriormente, como aproximarse en esto en lo que respecta a la liturgia versus populum es un poco más desafiante, particularmente si no existe un altar orientado tradicionalmente detrás. Si bien puede ser más difícil establecer directrices generales en estos casos dado lo relacionado que se encuentra con las particularidades individuales de cada iglesia, no me cabe duda de que se pueda hacer, y que estos principios puedan ser aplicables en la mayoría de los casos. Invitaría a los lectores a enviar fotografías con ejemplos de lugares donde esto se ha logrado.

sábado, 10 de febrero de 2018

Glosario litúrgico

Durante todo el tiempo que llevamos escribiendo habitualmente esta bitácora, que pretende difundir la Misa tradicional en Santiago de Chile y, en la medida de lo posible en otros lugares, hemos dedicado bastantes entradas a la formación litúrgica. Nos hemos ocupado así de los diversos elementos materiales relacionados con la liturgia católica, sea en su forma ordinaria o extraordinaria. Todas esas entradas se encuentran dispersas y ahora, a sugerencia de varios lectores, hemos decidido reunirlas en un glosario que facilite su consulta. Se trata de un trabajo en progreso, que se irá complementando con las nuevas entradas que publicaremos en lo sucesivo. De momento, se puede consultar en el listado que enseguida se ofrece, ordenadas alfabéticamente, todas aquellas cosas relacionadas con las celebraciones litúrgicas o con el atuendo clerical publicadas hasta el día de hoy. Para facilitar su consulta, dejaremos esta entrada con un acceso directa desde la barra izquierda, junto a los otros enlaces de interés. Cualquier comentario o sugerencia para mejorar este glosario es bienvenido. 

Recordamos a nuestros lectores que, desde la misma barra lateral, se puede acceder al listado de las traducciones al castellano de los Position Papers sobre el misal romano de 1962 preparados por la Federación Internacional Una Voce (FIUV) y al elenco de institutos tradicionales relacionados con la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, aunque algunos de ellos sean de erección diocesana. 

 (Foto: CC Watershed)

***

A

Acetre
Acólito (ministro de altar)
Acólito (orden menor)

B


C


D


E


F


G


H


I


L


M

Ministerios laicales (aquí, aquí y aquí)
Ministros sagrados
Misa de campaña (aquí y aquí)

N


O


P

Plegaria eucarística II (aquí y aquí)

Q


R

Ritos existentes en la Iglesia católica (aquí y aquí)

S


T 


V