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viernes, 20 de agosto de 2021

Comentarios del Evangelio según el año litúrgico

"En el tiempo de la Iglesia, situado entre la Pascua de Cristo, ya realizada una vez por todas, y su consumación en el Reino de Dios, la liturgia celebrada en días fijos está toda ella impregnada por la novedad del Misterio de Cristo" (CCE 1164). "El año litúrgico es el desarrollo de los diversos aspectos del único misterio pascual" (CCE 1171), de suerte que no sigue la cronología del año civil: comienza el primer Domingo de Adviento y concluye el sábado siguiente al Último Domingo de Pentecostés (Domingo XXIV después de Pentecostés). Se compone de estaciones o Tiempos litúrgicos, llamados Ciclo Temporal o Propio de su tiempo. Su objetivo es mostrarnos a nuestro Señor en el marco tradicional de los grandes misterios de nuestra fe. Simultáneamente con este Ciclo se desenvuelve otro secundario, denominado Ciclo Santoral o Propio de lo Santos, que se compone de todas las fiestas de las almas santas que Dios asocia a Jesús en su obra salvífica, comenzando por su Santísima Madre, ligada por un vínculo estrecho e indisoluble al misterio de la Encarnación y de la Redención. 

El Ciclo Temporal está dividido en dos partes: el Ciclo de Navidad y el Ciclo Pascual. Cada uno de ellos se subdivide a su vez en un Tiempo antes, durante y después de esta dos grandes fiestas centrales de la fe cristiana, los que tienen por finalidad preparar al alma, hacérselas celebrar solemnemente y prolongarlas durante varias semanas.

El Ciclo Santoral "venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo" (CCE 1172) y "hace memoria de los mártires y los demás santos" (CCE 1173) que cantan la gloria de Dios. Durante este tiempo se celebran las fiestas de la Santísima Virgen María, de los Santos Ángeles y de los demás santos, donde comparecen San Juan Bautista, precursor del Mesías, San José, San Pedro y San Pablo, los demás Apóstoles y todos aquellas personas cuya santidad ha sido declarada por la Iglesia durante los siglos, con indicación de una fecha concreta en la que se celebra su fiesta o memoria. Las distintas fiestas de este Ciclo tienen una jerarquía establecida. 

Para cada uno de los domingos y fiestas señalados a continuación hemos publicado en esta bitácora un comentario con el Evangelio del día, que esperamos sea de provecho espiritual para nuestros lectores. Los propios del año pueden ser descargados desde este sitio. 

***

CICLO DE NAVIDAD (MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN)


El Ciclo de Navidad celebra el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y se extiende entre el Primer Domingo de Adviento y el Domingo de Septuagésima. Se compone de un tiempo de preparación (Tiempo de Adviento), un tiempo de celebración (Navidad y Epifanía) y un tiempo de prolongación (Tiempo después de Epifanía). Sus colores son, respectivamente, el morado, el banco y el verde. 

Tiempo de Adviento

Domingo I de Adviento

Domingo II de Adviento

Domingo III de Adviento (Gaudete)

Domingo IV de Adviento

Tiempo de Navidad

Natividad del Señor (25 de diciembre)

Domingo en la Infraoctava de Navidad

Circuncisión del Señor (1° de enero)

Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús (domingo después de la Circuncisión o 2 de enero)

Tiempo de Epifanía

Epifanía del Señor (6 de enero)

Fiesta de la Sagrada Familia (Domingo I de Epifanía)

Conmemoración del Bautismo de Nuestro Señor

Domingo II de Epifanía

Domingo III de Epifanía

Domingo IV de Epifanía

Domingo V de Epifanía

Domingo VI de Epifanía

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CICLO DE PASCUA (MISTERIO DE LA REDENCIÓN)

El Ciclo de Pascua celebra el Misterio de la Encarnación y se extiende entre el Domingo de Septuagésima y el Primer Domingo de Adviento. Se compone de un tiempo de preparación, que se divide a su vez en tres tiempos menores: preparación remota (Tiempo de Septuagésima), preparación próxima (Tiempo de Cuaresma) y preparación inmediata (Tiempo de Pasión); un tiempo de celebración (Pascua, Ascensión y Pentecostés) y un tiempo de prolongación (Tiempo después de Pentecostés). Sus colores son, respectivamente, el morado, el blanco y el rojo, y el verde. 

Tiempo de Septuagésima

Domingo de Septuagésima

Domingo de Sexagésima

Domingo de Quincuagésima

Tiempo de Cuaresma

Miércoles de Ceniza

Domingo I de Cuaresma

Domingo II de Cuaresma

Domingo III de Cuaresma 

Domingo IV de Cuaresma (Laetare) 

Tiempo de Pasión 

Domingo I de Pasión

Domingo II de Pasión (Domingo de Ramos)

Jueves Santo

Viernes Santo 

Vigilia Pascual

Tiempo Pascual

Domingo de Resurrección

Domingo de la Octava de Pascua (Domingo in Albis)

Domingo II después de Pascua (Domingo del Buen Pastor)

Domingo III después de Pascua

Domingo IV después de Pascua

Domingo V después de Pascua

Tiempo de la Ascensión

Ascensión de Nuestro Señor

Domingo después de la Ascensión

Tiempo de Pentecostés

Domingo de Pentecostés

Tiempo después de Pentecostés

Fiesta de la Santísima Trinidad (Domingo I después de Pentecostés)

Fiesta del Santísimo Cuerpo de Cristo (Corpus Christi)

Domingo de la infraoctava del Santísimo Cuerpo de Cristo

Domingo II después de Pentecostés

Fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús

Domingo de la infraoctava del Sagrado Corazón (Domingo III después de Pentecostés)

Domingo IV después de Pentecostés

Domingo V después de Pentecostés

Domingo VI después de Pentecostés

Domingo VII después de Pentecostés

Domingo VIII después de Pentecostés

Domingo IX después de Pentecostés

Domingo X después de Pentecostés

Domingo XI después de Pentecostés

Domingo XI después de Pentecostés

Domingo XII después de Pentecostés

Domingo XIII después de Pentecostés

Domingo XIV después de Pentecostés

Domingo XV después de Pentecostés

Domingo XVI después de Pentecostés

Domingo XVII después de Pentecostés

Domingo XVIII después de Pentecostés

Domingo XIX después de Pentecostés

Domingo XX después de Pentecostés

Domingo de Cristo Rey (último domingo de octubre)

Domingo XXI después de Pentecostés

Domingo XXII después de Pentecostés

Domingo XXIII después de Pentecostés

Último Domingo (Domingo XXIV después de Pentecostés)

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CICLO SANTORAL 

El Ciclo Santoral presenta diferencias entre el calendario de la Iglesia universal y el de las distintas diócesis, así como entre países o familias espirituales. Revisar las distintas fiestas y memorias de esta Ciclo resulta casi imposible. Hemos hecho una selección de algunas de ellas basada en aquellas que menciona el Catecismo de San Pío X. Los propios de los santos pueden ser descargados desde este sitio. 

Fiestas de la Santísima Virgen María

Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre)

Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América (12 de diciembre)

Purificación de María (21 de febrero)

Anunciación de María (25 de marzo)

María Reina (31 de mayo)

Visitación de Santa María (2 de julio)

Nuestra Señora del Carmen (16 de julio)

Asunción de María (15 de agosto)

Inmaculado Corazón de María (22 de agosto)

Natividad de María (8 de septiembre)

Santísimo Nombre de María (12 de septiembre)

Siete Dolores de María (15 de septiembre)

Maternidad de la Bienaventurada Virgen María (11 de octubre)

Presentación de María (21 de noviembre)

Fiestas de los Santos Ángeles

San Gabriel Arcángel (24 de marzo)

San Miguel Arcángel (29 de septiembre)

San Rafael Arcángel (24 de octubre)

Santos Ángeles Custodios (2 de octubre)

Fiestas de los Santos

San Esteban, protomártir (26 de diciembre)

San Juan, Evangelista (27 de diciembre)

Santos Inocentes (28 de diciembre)

San José (19 de marzo)

San Juan Bautista (24 de junio)

San Pedro y San Pablo (29 de junio)

Santiago el Mayor (25 de julio)

Dedicación de la Catedral 

San Mateo, Evangelista (21 de septiembre)

San Marcos, Evangelista (25 de abril)

San Lucas, Evangelista (18 de octubre)

Todos los Santos (1° de noviembre)

Todos los fieles difuntos (2 de noviembre)

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Nota de la Redacción: El texto que sirve de introducción a esta entrada ha sido tomado de Misal diario y Vesperal de Dom Gaspar Lefebvre (trad. de Dom Germán Prado, Brujas Desclée de Brouwer y Cía, 1946, pp. 10-11), con algunas adaptaciones de estilo y la inclusión de algunas citas del Catecismo de la Iglesia Católica. El listado de las fiestas del temporal reproduce aquel que se ofrece en el Missel quotidien complet pour la forme extraordinaire du rite romain (Le Barroux, Éditions Sainte-Madeleine, 2016, p. 2). Los créditos de las imágenes utilizadas en esta entrada son los siguientes: el calendario litúrgico proviene de Et maintenant une histoire!, mientras que los grabados de la Adoración de los Magos, la Crucifixión y la Santísima Virgen se encuentran publicados en Pinterest (aquí, aquí y aquí, respectivamente). 

jueves, 28 de enero de 2021

Tercer Domingo después de Epifanía

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt 8, 1-13):

“En aquel tiempo, habiendo bajado Jesús del monte, siguióle mucho gentío; y viniendo a él un leproso, le adoraba, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Y extendiendo Jesús la mano le tocó, diciendo: Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio de su lepra. Y le dijo Jesús: Mira que a nadie lo cuentes; pero ve, muéstrate al sacerdote y ofrece la ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva a ellos de testimonio. Y habiendo entrado en Cafarnaúm, llegóse a El un centurión, y le rogó diciendo: Señor, tengo un criado postrado en casa, paralítico, y sufre mucho. A lo que respondió Jesús: Yo iré y le curaré. Y replicó el centurión: Señor, yo no soy digno de que entres bajo mi techo; mas di una sola palabra, y será curado mi siervo. Pues yo soy un hombre que, aunque bajo la potestad de otro, como tengo soldados a mi mando, digo al uno: Vete y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. Al oírle Jesús, quedó admirado, y dijo a los que le seguían: En verdad os digo, no he hallado tanta fe en Israel. Pues también os digo: muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; pero los hijos destinados a este reino serán arrojados a las tinieblas del exterior, donde habrá llanto y rechinar de dientes. Y dijo al centurión: Vete, y te suceda como has creído. Y sanó el siervo en aquella hora”.

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Los dos episodios que nos narra el trozo del Evangelio que se lee hoy constituyen una magnífica lección de cómo orar.

Hay muchos no cristianos, y aun muchos cristianos, que dicen: ¿para qué orar? ¿Acaso no conoce ya Dios nuestras necesidades? Y ¿acaso no es bueno en sumo grado como para satisfacerlas? ¿Qué añade nuestra oración a ese conocimiento y a esa bondad?

Es cierto que Dios conoce todas nuestras necesidades y cuitas. Y también es cierto que Él puede satisfacerlas y remediarlas todas. Pero lo que añade la oración es el acto de humildad y el acto de fe del hombre que suplica.

Así lo vemos en el caso del leproso: expone ese pobre hombre al Señor el destino aciago que le ha tocado, y se postra a sus pies, esperando. No clama ni reclama, no exige, no apremia. Da por supuesta su propia impotencia y la omnipotencia divina y dice, simplemente: “si quieres, puedes”.

A veces en la vida corriente nos toca oír, a algún mendigo, una declaración de su propio desvalimiento, de su absoluta necesidad de todo: “una monedita, o -y aquí esta esa declaración de total desvalimiento- cualquier otra cosita…”. El mendigo no exige esto o lo otro; pide lo que queramos -o podamos- darle. Es la revelación de su total pobreza y carencia. Es el reconocimiento de su realidad.

Así también el leproso: muestra su necesidad con la humildad de quien sabe que no puede más que esperar; no pide con voluntariosa actitud. Sólo se muestra tal como es. Y recordamos a Santa Teresa de Ávila, que define la humildad como “andar en verdad”, es decir, en reconocernos tal como somos.

San Agustín, al tratar de la oración, nos dice que, a menudo, Dios no oye nuestras oraciones o porque pedimos cosas que no nos convienen o, las que nos convienen, las pedimos mal. La actitud de total rendición del leproso es una lección maravillosa: sabe que, si el Señor lo quiere, puede sanarlo; pero le deja a Él la decisión de si le conviene o no ser curado de la lepra. Y esta petición tácita es un acto expreso de humildad.

En la historia del centurión, el Evangelio nos enseña que lo que mueve a Dios, lo que, si se pudiera decir así, vence a Dios, es la fe del hombre. También el centurión es humilde, es decir, conoce su propia realidad, tal como es: él es hombre que, aunque está sometido a jefes superiores, tiene también inferiores a quienes da órdenes, que son obedecidas. Y, elevándose sobre este hecho de su realidad vivida, le dice al Señor: si yo, que estoy sometido a otros, puedo hacer que se me obedezca, Tú, que no tienes superior, con mucha mayor razón puedes también hacerlo.

Es la fe en el poder divino lo que admira a Jesús -el Evangelista nos presenta al Hijo del hombre como un hombre cabal, capaz de asombrarse, de conmoverse, de sentirse impactado- es la fe del centurión. Por supuesto hay que destacar también su humildad, que la Iglesia ha inmortalizado para siempre en esa plegaria de la liturgia de la Misa que recitamos justo antes de la Comunión: “yo no soy digno”. Pero el Señor, aun reconociendo esa humildad, no puede sino alabar de un modo extraordinario la fe de ese hombre.

Y la omnipotencia del Señor es aquí “vencida”, como en tantas otras ocasiones del Evangelio podemos constatar, por la fe: “hágase como quieras”. Pero más que eso: que se te haga a la medida de tu fe; no se te haría lo que pides si no fuera por tu fe; la medida de tu fe es la medida de lo que conseguirás de Mí.

La oración colecta de este domingo resume más estupendamente que en muchas otras ocasiones, lo esencial de la enseñanza del Evangelio del día, la conciencia de nuestra invalidez y la confianza en lo que Dios quiera para nuestro bien: “Omnipotente y sempiterno Dios, mira propicio nuestra flaqueza; y extiende, para protegernos, la diestra de tu Majestad”. No se pide ni este bien concreto ni el otro: le mostramos nuestra flaqueza -nuestra lepra- pedimos lo que Él quiera darnos. “Señor, si quieres”.  

Paolo Veronés, Jesús y el centurión, 1571, Museo del Prado (España)
(Imagen: Museo del Prado)

lunes, 18 de enero de 2021

Segundo Domingo después de Epifanía

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 2, 1-11):

“En aquel tiempo, celebráronse una bodas en Caná de Galilea, y estaba la madre de Jesús allí. Fue también convidado Jesús con sus discípulos a las bodas. Y llegando a faltar el vino, la madre de Jesús le dice: ¡No tienen vino! Respondióle Jesús: Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? Aún no ha llegado mi hora. Dijo su madre a los que servían: Haced cuanto Él os dijere. Había allí seis cántaros de piedra destinados a las purificaciones judaicas, cabiendo en cada uno dos o tres metretas. Y Jesús les dijo: Llenad de agua los cántaros. Y los llenaron hasta el borde. Y Jesús les dijo: Sacad ahora, y llevad al maestresala. Y así lo hicieron. Y luego que gustó el maestresala el agua hecha vino, como no sabía de dónde era (aunque los sirvientes lo sabían, porque habían sacado el agua), llamó al esposo y le dijo: Todos suelen servir al principio buen vino, y después que los convidados están alegres, entonces sacan el más flojo; mas tú reservaste el buen vino para lo último. Este fue el primer milagro que hizo Jesús en Caná de Galilea; y manifestó su gloria, y creyeron en Él sus discípulos”.

***

En la fiesta de Navidad aparece sobre la tierra la Gloria de Dios encarnada en un pequeño niño. En la de Epifanía, la Gloria de Dios es proclamada a toda la humanidad, no en la forma de un hombre de veinticinco años, en la plenitud de su  fuerza y esplendor, sino en la de un niño de poca edad, en una pobre casa, protegido por su madre y su padre. En la fiesta de la Sagrada Familia hemos visto cómo Jesús permanece en el seno de ella treinta años, diez veces más que el tiempo que emplea en darse a conocer como el Mesías de Israel y a dar a conocer al mundo que ha llegado la Salvación. Y en este domingo segundo después de Epifanía se nos dice que el primero de los milagros que realizó en la tierra el Hijo de Dios, manifestando a sus discípulos su Gloria, por petición de su madre, en una fiesta de matrimonio, que es el pilar y el punto de partida de la familia.

De este modo, la Iglesia inequívocamente nos dice mediante su liturgia -que es el modo óptimo que tiene de comunicarnos la Revelación divina- que es la unión fecunda del hombre y de la mujer el lugar donde comienza el plan de restauración del orden querido por Dios para esa Creación suya.

La contemplación de la obra salvífica de Dios produce un pasmo maravillado por el arte con que el Creador va superando, con una admirable simetría que llega a superar la belleza primigenia, el desorden que introdujo el Enemigo (“Oh Dios, que maravillosamente formaste la dignidad de la naturaleza humana, y más maravillosamente la restauraste”, Ofertorio de la Misa). Porque, paso a paso, sacando bien del mal, Dios Omnipotente va venciendo, en su propio juego, al Autor del desorden, y crea así un orden todavía mejor (“Oh, felix culpa!”): y así, puesto que en un árbol comenzó el pecado, por un árbol redime Dios al pecador; y puesto que fue dañado el ayuntamiento de Adán y Eva que nos transmitió la herencia del pecado, fue sagrado el matrimonio de María y José, para que cada detalle de la obra de la amorosa redención fuera el reverso de la obra odiosa de la corrupción, de modo que “multiformis proditoris/ ars ut artem falleret/, et medelan ferret inde/ hostis unde laeserat” (“que el arte del traidor fuera vencido por el arte, y que por donde surgió la herida, por ahí mismo llegara el remedio”), como se canta en himno Pange Lingua el Jueves Santo.

Es por la restauración del acto conyugal, y de la familia que de él deriva, por donde comienza, para quien quiera salvarse, la restauración del orden de la vida humana, que es el orden cósmico transpuesto a la escala racional, propia del hombre. Y puesto que el amor conyugal de dos no es perfecto sino cuando es fecundo y surge el tercero, el hijo, sólo con éste se tiene, en el mundo material, la representación, sin duda imperfecta pero real, de la vida Trinitaria: por eso el matrimonio es un “sacramento grande”, como dice San Pablo (Ef 5, 32); pero lo es porque, en el limitado mundo creatural que es el del hombre, es una imagen de esa Trinidad. 

Y  como la Providencia todavía ha dado un tiempo al Enemigo para que ponga a prueba a los elegidos, no es de extrañar que el ataque final de éste apunte precisamente a esa unión conyugal y esa familia que son el “sacramento grande” de Dios en medio de la humanidad, el que nos muestra que Dios es, efectivamente, amor; el que nos revela que, por sobre el amor/eros, está el amor/ágape (C. S. Lewis, Los cuatro amores). No es el sexto mandamiento el primero de todos; pero el Enemigo hace tropezar en él a la mayor parte, quizá, de quienes van al Infierno, porque ensuciada y esterilizada y abortada la fecundidad del amor humano, se desfigura la imagen más palpable sobre la tierra del amor Trinitario, el amor que nos salva, y se pervierte en el hombre la participación que Dios le ha concedido en la obra creadora de vida.

Naturalmente, las revelaciones de Fátima son privadas y no compelen a la fe; pero sin duda tienen, entre muchos otros decisivos factores a su favor, el hacernos comprender el porqué del ataque inmisericorde a la santidad del sexo, de la unión conyugal y de la familia que hoy vemos, y por qué este desorden está a la cabeza y al interior de todos los demás desórdenes.

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Paolo Veronese, Las bodas de Caná, 1563, Museo del Louvre (Francia)
(Imagen: Wikipedia)

lunes, 16 de noviembre de 2020

Domingo VI después de Epifanía

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mt. 13, 31-35):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a las turbas esta parábola: Semejante es el reino de los cielos a un grano de mostaza, que tomó un hombre y lo sembró en su campo: ésta, en verdad, es la menor de todas las semillas; pero, cuando crece, es mayor que todas las legumbres, y se hace árbol, de modo que las aves del cielo vienen a anidar en sus ramas. Díjoles otra parábola: Semejante es el reino de los cielos a la levadura que tomó la mujer, y la mezcló en tres celemines de harina,   hasta que toda la masa quedó fermentada. Todas estas cosas dijo Jesús al pueblo en parábolas, y no le hablaba sin parábolas, para que se cumpliese lo dicho por el Profeta: “Abriré mi boca para hablar con parábolas, publicaré cosas ocultas desde la creación del mundo””.

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Suele comentarse este pasaje del Evangelio interpretando que el hombre que sembró la semilla de mostaza es Dios, que hace crecer ésta, la menor de todas, mucho más que todas las demás hierbas, hasta que se convierte casi en un árbol, donde vienen a anidar las aves.

Pero San Veda el Venerable, santo inglés de la Alta Edad Media, nos dice, en las lecturas del Tercer Nocturno de los Maitines de este domingo, que se puede entender también que el sembrador de la semilla es el propio hombre, que la siembra en su propia alma.

Si se entiende de este modo, la parábola está también cargada de enseñanzas. Porque del hombre depende poner manos a la obra en el cultivo de su propia alma. Del querer del hombre depende su salvación, así como su perdición eterna depende también de su querer. Alguien preguntó una vez a Santo Tomás de Aquino, a quien sus discípulos apodaban “el buey mudo” por lo extremadamente parco que era en el hablar, qué hacía falta para ser santo. Y Santo Tomás respondió, con su parquedad: “Querer”.

Es cierto que el comienzo de toda obra buena del hombre -absolutamente toda obra buena- es la gracia de Dios: sin Él, no hay ni siquiera querer en el orden espiritual. Lo dice claramente San Pablo: “Pues Dios es el que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito” (Filip. 2, 13). Y, luego de que, por gracia de Dios, queremos, es Él quien lleva a cabo la buena obra y la perfecciona. En el mismo tono de esta parábola, dice San Pablo en otra parte: “Yo planté, Apolo regó; pero quien dio el crecimiento fue Dios. Ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento […] Porque nosotros sólo somos cooperadores de Dios” (1 Cor. 3, 6-9). Y la Iglesia, cuyas antiquísimas oraciones rezuman la más ortodoxa teología, ora del siguiente modo en las Letanías de los Santos (Vigilia del Sábado Santo): “Actiones nostras, quaesumus, Domine, aspirando praeveni et adiuvando prosequere, ut cuncta nostra oratio et operatio a te semper incipiat et per te coepta finiatur” (“Te rogamos, Señor, que inspires nuestras acciones y con tu ayuda las encamines, para que toda oración y obra nuestra tenga siempre en Ti su principio y lo que por Ti ha comenzado, llegue a su fin”). Uno recuerda aquí a San Agustín: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

Si miramos las cosas desde una perspectiva puramente humana, el hombre puede plantar en su alma semillas tan espléndidas como la filosofía de Platón o de Aristóteles, y cultivar en sí su espíritu, refinándolo. Al lado de esas grandes semillas humanas, la palabra de Dios es “la menor de todas”, y tanto, que causó risa en los filósofos griegos a quienes San Pablo se la dio a conocer en el ágora. Y, por eso, dirigiéndose a los Corintios escribe el mismo Apóstol: “los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles” (1 Cor. 1, 22-24). 

Pero es a esa mínima entre todas las semillas (“escandalosa”, “necia”) a la que Dios da crecimiento en el alma del hombre, si éste quiere ahí sembrarla, y la transforma en algo mucho más maravilloso que toda otra hierba aromática de la cultura y de la vida intelectual o moral, y la convierte en un verdadero árbol (“será como árbol plantado a la vera del arroyo, que a su tiempo da su fruto, cuyas hojas no se marchitan”; Sal. 1, 3).

Árbol de mostaza

Y para adquirir en su interior esta riqueza superabundante, rebozante, y eterna, que es como un agua incontenible que se desborda (dice Jesús “Al que cree en Mí, según dice la Escritura, ríos de agua viva le manarán de las entrañas”, Jn., 7, 38), el hombre no tiene más que prestar su colaboración a la obra de Dios en él. O sea, no tiene más que querer. Y aún para este mero querer, Dios lo ayuda con su gracia: lo ayuda incluso a querer, como nos enseña San Pablo.

Por la infinita bondad de un Dios que ayuda a querer la buena obra y luego a realizarla, el hombre puede hacer de su alma un jardín interior de preciosos árboles, plantados junto a unos arroyos de agua viva. Y por esa misma infinita bondad, puede el hombre sembrar no sólo la mínima semilla de la palabra de Dios, sino también las demás con que el Señor se ha dignado hermosear maravillosamente la tierra, como la filosofía de Platón y Aristóteles, que nos enseñan a pensar rectamente.

De nuevo, en la oración de doy, la Iglesia exhibe, en apretadísima síntesis,  la espléndida riqueza de contenido de su liturgia: “ Te rogamos, oh Dios omnipotente, que pensando siempre conforme a la recta razón, hablemos y obremos cual a Ti te agrada”.