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viernes, 20 de agosto de 2021

Comentarios del Evangelio según el año litúrgico

"En el tiempo de la Iglesia, situado entre la Pascua de Cristo, ya realizada una vez por todas, y su consumación en el Reino de Dios, la liturgia celebrada en días fijos está toda ella impregnada por la novedad del Misterio de Cristo" (CCE 1164). "El año litúrgico es el desarrollo de los diversos aspectos del único misterio pascual" (CCE 1171), de suerte que no sigue la cronología del año civil: comienza el primer Domingo de Adviento y concluye el sábado siguiente al Último Domingo de Pentecostés (Domingo XXIV después de Pentecostés). Se compone de estaciones o Tiempos litúrgicos, llamados Ciclo Temporal o Propio de su tiempo. Su objetivo es mostrarnos a nuestro Señor en el marco tradicional de los grandes misterios de nuestra fe. Simultáneamente con este Ciclo se desenvuelve otro secundario, denominado Ciclo Santoral o Propio de lo Santos, que se compone de todas las fiestas de las almas santas que Dios asocia a Jesús en su obra salvífica, comenzando por su Santísima Madre, ligada por un vínculo estrecho e indisoluble al misterio de la Encarnación y de la Redención. 

El Ciclo Temporal está dividido en dos partes: el Ciclo de Navidad y el Ciclo Pascual. Cada uno de ellos se subdivide a su vez en un Tiempo antes, durante y después de esta dos grandes fiestas centrales de la fe cristiana, los que tienen por finalidad preparar al alma, hacérselas celebrar solemnemente y prolongarlas durante varias semanas.

El Ciclo Santoral "venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo" (CCE 1172) y "hace memoria de los mártires y los demás santos" (CCE 1173) que cantan la gloria de Dios. Durante este tiempo se celebran las fiestas de la Santísima Virgen María, de los Santos Ángeles y de los demás santos, donde comparecen San Juan Bautista, precursor del Mesías, San José, San Pedro y San Pablo, los demás Apóstoles y todos aquellas personas cuya santidad ha sido declarada por la Iglesia durante los siglos, con indicación de una fecha concreta en la que se celebra su fiesta o memoria. Las distintas fiestas de este Ciclo tienen una jerarquía establecida. 

Para cada uno de los domingos y fiestas señalados a continuación hemos publicado en esta bitácora un comentario con el Evangelio del día, que esperamos sea de provecho espiritual para nuestros lectores. Los propios del año pueden ser descargados desde este sitio. 

***

CICLO DE NAVIDAD (MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN)


El Ciclo de Navidad celebra el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y se extiende entre el Primer Domingo de Adviento y el Domingo de Septuagésima. Se compone de un tiempo de preparación (Tiempo de Adviento), un tiempo de celebración (Navidad y Epifanía) y un tiempo de prolongación (Tiempo después de Epifanía). Sus colores son, respectivamente, el morado, el banco y el verde. 

Tiempo de Adviento

Domingo I de Adviento

Domingo II de Adviento

Domingo III de Adviento (Gaudete)

Domingo IV de Adviento

Tiempo de Navidad

Natividad del Señor (25 de diciembre)

Domingo en la Infraoctava de Navidad

Circuncisión del Señor (1° de enero)

Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús (domingo después de la Circuncisión o 2 de enero)

Tiempo de Epifanía

Epifanía del Señor (6 de enero)

Fiesta de la Sagrada Familia (Domingo I de Epifanía)

Conmemoración del Bautismo de Nuestro Señor

Domingo II de Epifanía

Domingo III de Epifanía

Domingo IV de Epifanía

Domingo V de Epifanía

Domingo VI de Epifanía

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CICLO DE PASCUA (MISTERIO DE LA REDENCIÓN)

El Ciclo de Pascua celebra el Misterio de la Encarnación y se extiende entre el Domingo de Septuagésima y el Primer Domingo de Adviento. Se compone de un tiempo de preparación, que se divide a su vez en tres tiempos menores: preparación remota (Tiempo de Septuagésima), preparación próxima (Tiempo de Cuaresma) y preparación inmediata (Tiempo de Pasión); un tiempo de celebración (Pascua, Ascensión y Pentecostés) y un tiempo de prolongación (Tiempo después de Pentecostés). Sus colores son, respectivamente, el morado, el blanco y el rojo, y el verde. 

Tiempo de Septuagésima

Domingo de Septuagésima

Domingo de Sexagésima

Domingo de Quincuagésima

Tiempo de Cuaresma

Miércoles de Ceniza

Domingo I de Cuaresma

Domingo II de Cuaresma

Domingo III de Cuaresma 

Domingo IV de Cuaresma (Laetare) 

Tiempo de Pasión 

Domingo I de Pasión

Domingo II de Pasión (Domingo de Ramos)

Jueves Santo

Viernes Santo 

Vigilia Pascual

Tiempo Pascual

Domingo de Resurrección

Domingo de la Octava de Pascua (Domingo in Albis)

Domingo II después de Pascua (Domingo del Buen Pastor)

Domingo III después de Pascua

Domingo IV después de Pascua

Domingo V después de Pascua

Tiempo de la Ascensión

Ascensión de Nuestro Señor

Domingo después de la Ascensión

Tiempo de Pentecostés

Domingo de Pentecostés

Tiempo después de Pentecostés

Fiesta de la Santísima Trinidad (Domingo I después de Pentecostés)

Fiesta del Santísimo Cuerpo de Cristo (Corpus Christi)

Domingo de la infraoctava del Santísimo Cuerpo de Cristo

Domingo II después de Pentecostés

Fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús

Domingo de la infraoctava del Sagrado Corazón (Domingo III después de Pentecostés)

Domingo IV después de Pentecostés

Domingo V después de Pentecostés

Domingo VI después de Pentecostés

Domingo VII después de Pentecostés

Domingo VIII después de Pentecostés

Domingo IX después de Pentecostés

Domingo X después de Pentecostés

Domingo XI después de Pentecostés

Domingo XI después de Pentecostés

Domingo XII después de Pentecostés

Domingo XIII después de Pentecostés

Domingo XIV después de Pentecostés

Domingo XV después de Pentecostés

Domingo XVI después de Pentecostés

Domingo XVII después de Pentecostés

Domingo XVIII después de Pentecostés

Domingo XIX después de Pentecostés

Domingo XX después de Pentecostés

Domingo de Cristo Rey (último domingo de octubre)

Domingo XXI después de Pentecostés

Domingo XXII después de Pentecostés

Domingo XXIII después de Pentecostés

Último Domingo (Domingo XXIV después de Pentecostés)

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CICLO SANTORAL 

El Ciclo Santoral presenta diferencias entre el calendario de la Iglesia universal y el de las distintas diócesis, así como entre países o familias espirituales. Revisar las distintas fiestas y memorias de esta Ciclo resulta casi imposible. Hemos hecho una selección de algunas de ellas basada en aquellas que menciona el Catecismo de San Pío X. Los propios de los santos pueden ser descargados desde este sitio. 

Fiestas de la Santísima Virgen María

Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre)

Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América (12 de diciembre)

Purificación de María (21 de febrero)

Anunciación de María (25 de marzo)

María Reina (31 de mayo)

Visitación de Santa María (2 de julio)

Nuestra Señora del Carmen (16 de julio)

Asunción de María (15 de agosto)

Inmaculado Corazón de María (22 de agosto)

Natividad de María (8 de septiembre)

Santísimo Nombre de María (12 de septiembre)

Siete Dolores de María (15 de septiembre)

Maternidad de la Bienaventurada Virgen María (11 de octubre)

Presentación de María (21 de noviembre)

Fiestas de los Santos Ángeles

San Gabriel Arcángel (24 de marzo)

San Miguel Arcángel (29 de septiembre)

San Rafael Arcángel (24 de octubre)

Santos Ángeles Custodios (2 de octubre)

Fiestas de los Santos

San Esteban, protomártir (26 de diciembre)

San Juan, Evangelista (27 de diciembre)

Santos Inocentes (28 de diciembre)

San José (19 de marzo)

San Juan Bautista (24 de junio)

San Pedro y San Pablo (29 de junio)

Santiago el Mayor (25 de julio)

Dedicación de la Catedral 

San Mateo, Evangelista (21 de septiembre)

San Marcos, Evangelista (25 de abril)

San Lucas, Evangelista (18 de octubre)

Todos los Santos (1° de noviembre)

Todos los fieles difuntos (2 de noviembre)

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Nota de la Redacción: El texto que sirve de introducción a esta entrada ha sido tomado de Misal diario y Vesperal de Dom Gaspar Lefebvre (trad. de Dom Germán Prado, Brujas Desclée de Brouwer y Cía, 1946, pp. 10-11), con algunas adaptaciones de estilo y la inclusión de algunas citas del Catecismo de la Iglesia Católica. El listado de las fiestas del temporal reproduce aquel que se ofrece en el Missel quotidien complet pour la forme extraordinaire du rite romain (Le Barroux, Éditions Sainte-Madeleine, 2016, p. 2). Los créditos de las imágenes utilizadas en esta entrada son los siguientes: el calendario litúrgico proviene de Et maintenant une histoire!, mientras que los grabados de la Adoración de los Magos, la Crucifixión y la Santísima Virgen se encuentran publicados en Pinterest (aquí, aquí y aquí, respectivamente). 

jueves, 13 de mayo de 2021

La Ascensión del Señor

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Mc 16, 14-20):

“En aquel tiempo, estando sentados a la mesa los once discípulos, aparecióseles Jesús, y les dio en rostro con su incredulidad y dureza de corazón, por no haber creído a los que lo habían visto resucitado.  Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todas las criaturas. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, se condenará. Y estas señales seguirán a los que creyeren: Lanzarán demonios en mi nombre; hablarán nuevas lenguas; quitarán serpientes, y si bebieren algún veneno, no les dañará; pondrán manos sobre los enfermos y los sanarán. Y el Señor Jesús después de hablarles, subióse al cielo, y está sentado a la diestra de Dios. Mas ellos salieron y predicaron en todas partes con la ayuda del Señor, que confirmaba su doctrina con los milagros que la acompañaban”.

***

En estos tiempos, quizá los más aciagos que jamás haya vivido la Iglesia, la fiesta de la Ascensión ha sido disminuida y degradada, desplazándosela de su lugar propio, que es el día cuarenta (número lleno de sagrados simbolismos) después de la Resurrección, y poniéndola (como si estuviera en manos humanas el cronograma de Dios) en el domingo siguiente. O sea, sin negarla, se le ha quitado visibilidad, se la ha hecho, simplemente, desaparecer de la vista de los fieles, que es una forma mañosa de quitarla de la fe.

Sin embargo, este sacratísimo día culmina la obra del Redentor, y sin él, la obra redentora queda inexplicablemente trunca, sin meta, incomprensible. En el sagrado Canon romano, hoy sacrílegamente desplazado por ¡razones “pastorales”! (es más breve y no aburre al “público”…), se mantiene la unión del magno acontecimiento que hoy día conmemoramos con el resto de la obra salvadora. Se dice, en efecto, en el “Unde et memores”, que se reza inmediatamente después de la consagración: “Por esto, recordando, Señor, nosotros siervos tuyos, y también tu pueblo santo, la bienaventurada Pasión del mismo Jesucristo, tu Hijo, Señor Nuestro, y su Resurrección de entre los muertos, como también su gloriosa Ascensión a los cielos, ofrecemos a tu excelsa Majestad, de tus mismos dones y dádivas, la Hostia pura […]”.  

Condenado por su soberbia el más alto de los ángeles del mundo inmaterial antes de la creación del mundo material, y ya transformado en el monstruoso Lucifer, se vengó en el hombre, el más alto de los seres del universo material, haciéndolo pecar y logrando, lleno de envidia, que se le expulsara del paraíso terrenal y se le condenara a la muerte, a la cual inicialmente no estaba el hombre destinado. Creyó con esto haber arruinado para siempre el plan de Dios. Pero Dios supera las maquinaciones más astutas del Enemigo. Porque, habiéndose encarnado y hecho hombre el Verbo, y habiendo voluntariamente, por nuestro bien, padecido la muerte, resucitó por ser Dios, y derrotó la muerte con que el Diablo creía haber destruido la armonía y perfección querida por Dios para el cosmos material. Y así, por donde el Maligno había vencido, por ahí mismo fue derrotado.

Porque, en efecto, con Jesús resucitado nuestra naturaleza superó a la muerte, gran triunfo del Diablo y, teniéndolo a Jesús como cabeza, entró a la gloria de Dios. A esa Cabeza gloriosa e inmortal estamos nosotros incorporados, somos su Cuerpo místico. Y por eso, hemos también vencido a la muerte, si es que, como dice San Pablo, morimos también con Él. Y sí: hemos muerto en el bautismo. Pero cada uno debe seguir al Señor también en Su muerte física (porque la Suya no fue una muerte meramente mística), muerte de hombre, muerte biológica, con su agonía y la exhalación dolorosa de un último suspiro: debemos, como Él nos ha dicho, cargar nuestra cruz y seguirlo en todo.

Una vez redimidos, estamos de nuevo en la situación de poder ascender a Dios, según fue el plan primero que Él en su sabiduría había previsto. Pero estamos, como dicen los Santos Padres, en un pie infinitamente mejor que antes, para que fuera también infinitamente derrotado el Malo: porque si éste nos quitó por envidia el paraíso terrenal, con Cristo, hombre como nosotros y Cabeza nuestra, estamos sentados ahora a la diestra del Padre, ante el asombro de los ángeles, que ven una naturaleza material puesta por encima de ellos e instalada en el Trono de Dios.

Para ascender como Cristo es que existimos ahora, si morimos con Él. Él ha ascendido primero para señalarnos el camino que nos espera y recorreremos si le somos fieles. ¿No es esto un destino magnífico, insuperable, inenarrable en su gloria? ¡Este es el cristianismo como lo entendieron los Apóstoles y los Santos Padres de la Iglesia! ¡La ascensión de Pedro, de Juan, de Diego, que sigue a la ascensión del Señor!

Pues bien: esto es lo que hoy celebramos, y esto, en toda su singularidad y sacralidad, es lo que la liturgia degradada nos quita de la vista. Con lo sagrado no se juega. Nadie puede hacerlo, ni los obispos ni el Papa. Pero lo han hecho.

Mientras esperamos de la bondad de Dios la restauración, si está en su divino plan, de la sagrada liturgia, oremos fervientemente para tener siempre presente en la mente, hasta que llegue el día de nuestra propia ascensión, aquello que hoy, ilegítimamente, se nos quita de la vista, y digamos la oración del día de hoy que nos transmite la liturgia intocada por “reformadores”: “Concede, te rogamos, oh Dios Omnipotente, que pues creemos que en este día subió al cielo tu Unigénito y Redentor nuestro, habitemos también espiritualmente con Él en el cielo”.

Benvenuto Tisi da Garofalo, La Ascensión del Señor, 1775, Museo de Bellas Artes de Boston (EE.UU.)
(Imagen: Wikipedia)

domingo, 9 de mayo de 2021

Domingo V después de Pascua

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 16, 23-30):

“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: En verdad, en verdad os digo: Que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedidle y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo. Estas cosas os he dicho usando de comparaciones. Llegó el tiempo en que ya no os hablaré con parábolas, sino que abiertamente os anunciaré las cosas del Padre. Entonces le pediréis en mi nombre; y no os digo que rogaré al Padre por vosotros, pues el mismo Padre os ama, porque vosotros me amasteis, y habéis creído que Yo salí de Dios. Salí del Padre y vine al mundo; otra vez dejo el mundo voy al Padre. Dícenle los discípulos: Ahora sí que hablas claro, y no dices ningún enigma. Ahora conocemos que sabes todas las cosas, y no es preciso que nadie te pregunte: en esto creemos que has salido de Dios”.

***

Hay tantos católicos que dejan la Iglesia y más todavía, abandonan la fe y toda vida espiritual, porque no reciben de Dios lo que, con gran intensidad y constancia, han pedido por largo tiempo. Creen que, porque Dios no los oye, no existe. Pero Dios sabe mucho mejor que sus hijos qué darles y cuándo dárselo. Lo cual se entiende con sólo remitirse al caso de esos niños que, en los supermercados, berrean escandalosamente pidiendo a su padre que les compre esta cosa o la otra: el padre sabe mucho mejor qué es lo que les conviene tener y qué no, y no les compra lo que piden, por mucho que chillen.

Oigamos esto mismo expresado, en mucho mejores términos, por San Agustín:

“'Si algo pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará'. En partes anteriores de este discurso del Señor ya hemos dicho, a causa de ésos que en el nombre de Cristo piden al Padre algunas cosas, pero no las reciben, que cualquier cosa que se pide contra los intereses de la salvación no se pide en el nombre del Salvador. Por cierto, cuando dice 'En mi nombre', ha de comprenderse que habla de esto: no del sonido de las letras y sílabas, sino de lo que significa el sonido mismo y de lo que mediante ese sonido se entiende recta y verdaderamente. Por ende, quien acerca de Cristo opina lo que no ha de opinarse acerca del único Hijo de Dios, no pide en su nombre, aunque con las letras y las sílabas se mencione a Cristo, porque pide en el nombre de ése que se imagina ser Cristo. Quien, en cambio, opina lo que acerca de Cristo ha de opinarse, ese mismo pide en Su nombre y, si no pide contra su salvación sempiterna, recibe lo que pide. Ahora bien, recibe cuando debe recibir, pues ciertas cosas no se niegan, sino que se difieren para ser dadas en tiempo conveniente”.

Hay muchos que piden no por sí mismos y sus necesidades sino que piden por otros: los hijos, los amigos, los pobres. Y no lo consiguen. Veamos qué dice San Agustín:

“Lo que asevera, 'os dará', ha de entenderse absolutamente de forma que se sepa que estas palabras aluden a los beneficios que atañen propiamente a quienes piden. En efecto, todos los santos son escuchados en favor de sí mismos; en cambio, no son escuchados en favor de todos, amigos o enemigos suyos o cualesquiera otros, porque no está dicho 'dará' en cualquier caso, sino: 'os dará'”. 

Puede ser el caso que muchos por quienes pedimos no reciben de Dios porque Él no fuerza sus dones sobre quienes no quieren recibirlos o no son dignos de recibirlos. No obstante lo cual, debemos pedir por que sus disposiciones interiores cambien y se salven finalmente: la misericordia de Dios sabrá qué fibras tocar, sin forzar la libertad de esas personas, para que se dispongan a recibir de Dios, para hacerse dignos de ello.

Y prosigue San Agustín en su comentario:

“Hasta ahora -afirma Jesús- no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea pleno. Este gozo al que llama “pleno” es en realidad un gozo no carnal, sino espiritual y, cuando éste sea tan grande que nada haya que añadirle, entonces será pleno. Cualquier cosa, pues, que se pide con vistas a conseguir este gozo, ha de pedirse en el nombre de Cristo, si entendemos correctamente la divina gracia, si verdaderamente demandamos la vida feliz. En cambio, cualquier otra cosa que se pida, es como no pedir nada, no porque lo que se pide no sea absolutamente ninguna realidad, sino porque cualquier otra cosa que se ansía es nada en comparación con tan gran realidad”. 

¿Pedimos salud, o dinero, o buena suerte? Puede que Dios, que ve mucho más que nosotros, sepa nada de eso sirva a nuestra salvación. Y, como el padre en el supermercado, no nos lo da.

Añade finalmente San Agustín:

“Y lo que sigue: Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre, puede entenderse de dos modos: o que no habéis pedido en mi Nombre porque no conocisteis mi Nombre como debía conocerse, o que no habéis pedido nada porque lo que habéis pedido ha de tenerse por nada en comparación con esa realidad que debisteis pedir. Por tanto, exhorta Jesús a que en su Nombre pidan no nada, sino el gozo pleno —porque si piden alguna otra cosa, es lo mismo que no pedir nada—, y así dice: 'Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea pleno', esto es, en mi Nombre pedid y recibiréis esto: que vuestro gozo sea pleno. En efecto, la misericordia divina nunca defraudará a sus santos si perseveran en pedir ese bien”.

El Greco, Santo Domingo en oración, circa 1600-1610, colección privada
(Imagen: Wikicommons)

jueves, 6 de mayo de 2021

Domingo IV después de Pascua


Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Lc 16, 5-14):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Me voy a Aquel que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas? Mas porque os he dicho estas cosas, vuestro corazón se ha llenado de tristeza. Pero Yo os digo la verdad: Os conviene que Yo me vaya, porque si Yo no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré. Y cuando Él venga, convencerá al mundo en orden al pecado, en orden a la justicia y en orden al juicio. En orden al pecado por cuanto no han creído en Mí; respecto a la justicia, porque Yo me voy al Padre, y ya no me veréis; y tocante al juicio, porque el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. Aun tengo otras muchas cosas que deciros, mas por ahora no podéis comprenderlas. Mas al venir el Espíritu de verdad, Él os enseñará todas las verdades; pues no hablará de suyo, sino que dirá las cosas que habrá oído, y os anunciará las venideras. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío, y os lo anunciará”.

***

El Evangelio de hoy es difícil de comprender. Veamos lo que, en El Año Litúrgico nos dice Dom Prosper Guéranger (1805-1875), quien a su vez recurre, para su explicación, a la autoridad de San Agustín en el comentario que este Doctor hizo de este mismo texto:

“Jesús, que pronunciaba estas palabras la víspera de la Pasión, no se limita a mostrarnos la venida del Espíritu Santo como la consolación de sus fieles; al mismo tiempo nos la presenta como temible para aquéllos que desconocen a su Salvador. Las palabras de Jesús son tan misteriosas como terribles; tomemos la explicación de San Agustín, el Doctor de los doctores. 'Cuando viniere el Espíritu Santo—dice el Salvador— convencerá, al mundo en lo que se refiere al pecado' [en otros términos, presentará querella contra el mundo, sentado en el banquillo de los reos, por este primer concepto]. ¿Por qué? 'Porque los hombres no han creído en Jesús' [o sea, al reo en el banquillo se le imputa el gran pecado, que es el pecado de incredulidad]. ¡Cuánta no será, en efecto, la responsabilidad de aquéllos que habiendo sido testigos de las maravillas obradas por el Redentor no dieron fe a su palabra! Jerusalén oirá decir que el Espíritu Santo ha descendido sobre los discípulos de Jesús, y permanecerá tan indiferente como estuvo a los prodigios que lo mostraban como su Mesías. La venida del Espíritu Santo será como el preludio de la ruina de esta ciudad deicida.

“Jesús añade que 'el Consolador convencerá al mundo con respecto a la justicia, porque—dice—yo voy al Padre y vosotros no me veréis más' [es decir, al irse y ser glorificado en el cielo, sus apóstoles alcanzarán la justicia, la santidad, con lo cual su vida será un reproche constante para el mundo pecador: he aquí la segunda querella, la querella contra el mundo por su injusticia, por su recalcitrante falta de santidad]. Los Apóstoles y aquéllos que creyeron en su palabra serán santos y justos por la fe. Ellos creyeron en aquél que había ido al Padre, en aquél que no vieron ya en este mundo. Jerusalén, al contrario, no guardará recuerdo de Él sino para blasfemarle; la justicia, la santidad, la fe de aquéllos que creyeron será su condenación y el Espíritu Santo les abandonará a su suerte.

“Jesús dice también: 'El Consolador convencerá al mundo en lo que se refiere al juicio" [es decir, la tercera querella contra el mundo, el reo en el banquillo, consistirá en que, a pesar de sus pretendidas virtudes, tiene como rector a Satanás, que ya ha sido sometido a juicio y condenado]. Y ¿por qué?: 'porque el príncipe de este mundo ya está juzgado'. Aquellos que no siguen a Jesucristo tienen sin embargo un Jefe al que sí siguen. Este Jefe es Satanás. Y el juicio de Satanás está ya pronunciado. El Espíritu Santo advierte, pues, a los discípulos del mundo que su príncipe está para siempre sepultado en la reprobación. Que ellos reflexionen; porque, añade San Agustín, 'el orgullo del hombre se engañaría al esperar en el perdón; que medite con frecuencia los castigos que sufren los ángeles soberbios'".

Las dificultades de comprensión de este texto son, como puede verse, tan grandes como su importancia: el mundo es un reo que está en el banquillo de los acusados, y el acusador no es nadie menos que el Espíritu Santo. ¿Abrirse al mundo la Iglesia? ¿Abrir la Iglesia sus puertas y ventanas para que el soplo infecto del mundo la llene de su humo y confusión? ¿Bajar el castillo su puente levadizo para que lo invadan las huestes del mal? ¿Bajarlo para salir por él al mundo sin reparo ni precaución alguna? ¿Una Iglesia “en salida” que se arroja a los brazos del reo cuyo Jefe es Satanás, que ya ha sido condenado en el juicio?

¡Qué terrible deslizamiento se ha producido, durante los últimos 50 o 60 años, desde la idea de “mundo” como “creación de Dios, creación que ha salido buena de las manos divinas” hasta la idea de “mundo como el ejército de un Jefe, Satanás, que ya está condenado”! Ciertamente los discípulos fueron enviados al mundo a predicar el Evangelio a todos sus habitantes; pero se les advirtió que debían precaverse contra los demonios y serpientes y bebidas ponzoñosas que ahí encontrarán (Mc 16, 17-18).

Pieter Boel, Large Vanitas (Still-Life), 1663, Palais des Beaux-Arts, Lille (Francia)
(Imagen: Wikicommons)

miércoles, 28 de abril de 2021

Domingo III después de Pascua

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 16, 16-22):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Dentro de poco ya no me veréis; mas poco después me volveréis a ver; porque me voy al Padre. Entonces algunos de ellos se dijeron unos a otros: ¿Qué nos querrá decir con esto: Dentro de poco no me veréis; mas poco después me volveréis a ver; porque me voy al Padre? Y decían: ¿Qué es esto que nos dice: Un poco? No sabemos lo que quiere decir. Entendió Jesús que le querían preguntar y les dijo: Disputáis entre vosotros de esto que he dicho: Dentro de poco ya no me veréis; mas poco después me volveréis a ver. En verdad, en verdad os digo: Que vosotros lloraréis y gemiréis, mas el mundo se gozará; y vosotros andaréis tristes, y vuestra tristeza se transformará en gozo. La mujer, cuando pare, está triste, porque viene su hora; mas cuando ha dado a luz un niño, ya no se acuerda del apuro por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. Pues también ahora vosotros tenéis tristeza; mas otra vez os veré, y se gozará vuestro corazón; y ninguno os arrebatará vuestro gozo”.

***

Muchos, al ver los aciagos tiempos que vive la Iglesia, tanto a causa del mundo hostil, recaído en el paganismo, que la rodea, como de la apostasía y los escándalos en su interior, se preguntan, como los discípulos, “¿Qué es esto de un poco?”. Son ya, a lo menos, ciento cincuenta años desde que comenzaron a abatirse sobre la Iglesia sucesivas calamidades, y ante el espectáculo de la pérdida de la fe de tantos millones de católicos y de la autodestrucción (como decía Pablo VI, sin reconocer su tremenda responsabilidad en ello) que la propia Iglesia lleva dramáticamente a cabo, esto de “un poco” parece intolerable.

Los propios cristianos de la primera generación ya padecían de impaciencia ante el “retraso” del Señor en volver, y clamaban “Maran atha” (Ap. 22, 20), “¡El Señor viene!”, como si, diciéndolo de este modo, diciendo que “ya era” lo que “todavía no era”, pudieran adelantar su regreso. Buscando señales en los sucesos históricos de la proximidad del Señor y del término de las atroces persecuciones que padecían, muchos católicos de entonces, víctimas de una patología de la esperanza, creían que estaba a la vuelta de la esquina ese “milenio”, es decir, ese feliz período de simbólicos mil años que debía preceder a la “parusía” o regreso del Señor, que se menciona en el capítulo 20 del Apocalipsis. Les parecía, en efecto, de que ya no era posible que ocurrieran mayores males a la Iglesia y que, habiendo ya bebido ésta el cáliz hasta las heces, se aproximaba la recompensa final.

Pero ya San Pedro debió salir a corregir esta esperanza desesperada o, lo que es lo mismo, esta falta de esperanza. En su segunda epístola escribe: “¿Dónde está la promesa de su venida? Porque desde que murieron los padres, todo permanece igual desde el principio de la creación” (2 Pe 3, 4). Y responde a esta pregunta, que se hacían muchos en su época, del siguiente modo: “Carísimos, no se os oculte que delante de Dios un solo día es como mil años, y mil años como un solo día. No retrasa el Señor la promesa, como algunos creen; es que pacientemente os aguarda, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan a penitencia” (2 Pe 3, 8-9).

Sí: nuestros tiempos son terribles, seguramente los más terribles desde el principio; pero no son para nosotros un mal, sino una ocasión de penitencia y enmienda. ¡Cuánto mejor hubiera sido nacer, piensan algunos, en períodos considerados “felices” para la Iglesia, como el siglo XIII (o cualquiera otro idealizado por una imaginación impaciente)! Pero ha sido la voluntad del Señor que naciéramos cuando nacimos y tuviéramos que enfrentarnos y padecer lo que hoy nos ha tocado. Con la prueba viene la paciencia; con la paciencia, la esperanza.

Pero los horrores de aquellos primeros siglos fueron tales que muchos en la Iglesia no hicieron caso de las palabras de San Pedro, el primer papa. Y siguieron escudriñando los acontecimientos para descubrir uno que sí fuera (“¡éste sí!”) la señal de que los tiempos se acercaban a su fin. Hoy hay muchos que, retomando especulaciones teológicas erróneas de gran antigüedad, llevan a cabo el mismo escudriñamiento: la monstruosa e incomprensible presencia actual de dos papas simultáneos (a pesar de que hubo época en que tuvimos tres al mismo tiempo); la apostasía de los obispos casi en masa (no obstante que ya apostataron durante la herejía de Arrio en el siglo IV); la heterodoxia (para no decir más) de uno, al menos, de nuestros dos papas (aun cuando ya hubo papas herejes en el pasado de la Iglesia, como Honorio I, condenado como hereje por un concilio general el año 680, y como Juan XXII, aunque este último, ante las “dubia” que le presentaron los teólogos, echó pie atrás in extremis y se retractó). Y en cuanto ya no a la doctrina de la fe sino a la moral, cuya relajación es hoy alentada desde el propio Vaticano, ya hubo descarrilamientos morales del clero iguales o peores que los actuales en el siglo X y en el siglo XV y en muchos otros.

Siguiendo los pasos de San Pedro, San Agustín quitó fundamento a toda esperanza milenarista y desalentó toda esperanza desesperada: este “siglo que envejece” no será para nosotros mejor que lo que fue el suyo para el Señor; y si al Maestro lo trataron como lo hicieron, a nosotros nos tratarán igual. No vino Jesús a prometernos tiempos felices, sino que Él mismo anunció, al momento de ser apresado, que se iniciaba el “poder de las tinieblas” (Lc 22, 53).

Lo que a nosotros nos toca es ir “orando y, con el mazo, dando”. Por muchos “signos de los tiempos” que creamos ver de que ya no es posible nada peor y que viene el fin (signos que desde hace unos 60 años los falsos profetas, y con otros fines, ven por todas partes), nosotros debemos atenernos a las sobrias palabras del Señor, para sanarnos las patologías de la esperanza y crecer en la esperanza, “virtud teologal”: “No os toca a vosotros conocer los tiempos y los momentos que el Padre ha fijado en virtud de su poder” (Hch 1, 7).

Gustave Doré, El triunfo de la Cristiandad sobre el paganismo, circa 1866
(Imagen: Pinterest)

miércoles, 21 de abril de 2021

Domingo II después de Pascua (Domingo del Buen Pastor)

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 10, 11-16):

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor sacrifica su vida por sus ovejas. Pero el mercenario, el que no es propio Pastor, como no son suyas las ovejas, viendo venir el lobo, desampara las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y dispersa el rebaño; el mercenario huye, porque es asalariado y no tiene interés en las ovejas. Yo soy el Buen Pastor, y conozco mis ovejas, y las ovejas mías me conocen a Mí. Así como el Padre me conoce a Mí, así conozco Yo al Padre, y doy mi vida por mis ovejas. Tengo también otras ovejas que no son de este aprisco, las cuales debo Yo recoger, y oirán mi voz, y se hará un solo rebaño y un solo Pastor”.

***

San Agustín, en un sermón, largo por la enorme importancia del tema, habla así de los pastores de la Iglesia:

“Esto dice el Señor Dios: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan sólo a sí mismos! […] Este es el primer motivo por el que se censura a estos pastores: se apacientan a sí mismos, no a las ovejas. ¿Quiénes son los que se apacientan a sí mismos? Aquellos de quienes dice el Apóstol: Pues todos buscan sus intereses, no los de Jesucristo. En nosotros, a quienes el Señor nos puso -porque así él lo quiso, no por nuestros méritos- en este puesto del que hemos de dar cuenta con gran peligro, se dan dos aspectos que hay que distinguir: uno, que somos cristianos; otro, que estamos al frente de vosotros, en atención a vosotros mismos. En el hecho de ser cristianos miramos nuestra propia utilidad; en el hecho de estar al frente de vosotros, la vuestra. Son muchos los que, siendo cristianos, sin estar al frente de otros, llegan hasta Dios, quizá caminando más ligeros, al llevar una carga menor. Nosotros, en cambio, dejando de lado el hecho de ser cristianos, razón por la que hemos de dar cuenta a Dios de nuestra vida, estamos también al frente de vosotros, razón por la que debemos dar cuenta a Dios de nuestro servicio”.

Y continúa, especificando en qué consiste ese servicio:

“Lejos, pues, de mí deciros: «Vivid como queráis, estad seguros, Dios no hace perecer a nadie; basta con que tengáis la fe cristiana. Él no hace perecer a los que redimió, a aquellos por quienes derramó su sangre. Y si queréis deleitar vuestro ánimo con los espectáculos públicos, id tranquilos. ¿Qué tienen de malo? Id, celebrad, participad en esa fiesta que se celebra en todas las ciudades en medio del regocijo de los comensales y de los que creen hallar gozo en los festines públicos, cuando en realidad se pierden. La misericordia de Dios es grande y todo lo perdona. Coronaos de rosas antes de que se marchiten. Celebrad banquetes en la casa de vuestro Dios cuando os venga en gana; llenaos de comida y de vino en compañía de los vuestros: con ese fin se nos dio esta criatura: para gozar de ella. Dios no la dio a los malvados y paganos, privándoos a vosotros de ella». Si yo hablara así, quizá congregaría mayores multitudes; y, aunque hubiera algunos que, al escucharme hablar así, pensaran que no hablo sabiamente, habría unos pocos a los que ofendería, pero me congraciaría con una muchedumbre. Si me comportara así, si no os hablara la palabra de Dios ni la de Cristo, sino la mía, sería un pastor que se apacienta a sí mismo, no a las ovejas”.

Otros pastores, “temiendo herir a aquellos a los que hablan, no sólo no les preparan para las tentaciones inminentes, sino que hasta les prometen la felicidad de este mundo, que Dios no ha prometido ni al mismo mundo. Dios predice que han de venir fatigas sobre fatigas al mundo mismo hasta el fin, ¿y tú quieres que el cristiano esté exento de ellas? Por el hecho de ser cristiano, ha de sufrir en este mundo todavía un poco más”.

Y se explaya sobre cómo hay que entender la misericordia de Dios:

“Presta atención a la Escritura que te dice: Azota a todo el que acepta como hijo. Y prepárate para ser azotado o en ningún modo pretendas ser acogido como hijo. Él -dice- azota a todo el que acoge como hijo y ¿vas a ser tú la excepción? Si quedas excluido de sufrir los azotes, quedas excluido también del número de los hijos. Es tan verdad que azota a todo hijo, que hasta azotó a su Hijo único. El Hijo único, nacido de la sustancia del Padre, igual al Padre en la condición divina, la Palabra por la que fueron hechas todas las cosas, no tenía por qué ser azotado: con este fin se revistió de carne, para no escapar al azote. Quien, pues, azota al Hijo único sin pecado, ¿dejará libre del azote al hijo adoptado y con pecado? El Apóstol dice que fuimos llamados a ser hijos de adopción. Hemos recibido la adopción de hijos para ser coherederos con su Hijo único y para ser también su herencia: “Pídeme y te daré en herencia los pueblos”. En sus sufrimientos nos propuso un ejemplo”.

Pide San Agustín en este sermón que recemos por los pastores, por la terrible responsabilidad que tienen. En estos aciagos días que vive la Iglesia, no debe pasar uno solo sin que los laicos oremos por los obispos que nos gobiernan; jamás, quizá, habían experimentado en la historia de la Iglesia tantas adversidades en el cumplimiento de su responsabilidad. Jamás la apostasía y abandono de sus deberes los había tentado como hoy. Y eso que ya San Juan Crisóstomo decía, en su tiempo, que el infierno está pavimentado con calaveras de obispos.

 Cristóbal García Salmerón, El Buen Pastor, 1660-1665, Museo del Prado (España)
(Imagen: Wikicommons)

jueves, 15 de abril de 2021

Domingo in Albis

Miniatura de Evangeliario de Ada
(Imagen: Wikicommons) 

El texto del Evangelio de hoy es el siguiente (Jn 20, 19-31):

“En aquel tiempo, aquel mismo día primero después del Sábado, siendo ya tarde y estando cerradas las puertas de la casa en donde se hallaban juntos los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y apareciéndose en medio de ellos les dijo: ¡La paz sea con vosotros! Esto dicho, mostróles manos y costado. Llenáronse de gozo los discípulos viendo al Señor. Díjoles de nuevo: ¡La paz sea con vosotros! Como mi Padre me envió, así también Yo os envío. Dichas esas palabras, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Quedan perdonados los pecados a aquéllos a quienes los perdonareis; y quedan retenidos a los que se los retuviereis. Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le dijeron: Hemos visto al Señor. Mas él les dijo: Si no viere en sus manos la hendidura de los clavos y metiere el dedo en el agujero de los clavos y metiere mi mano en su costado, no lo creeré. Y al cabo de ocho días, estaban otra vez sus discípulos dentro, y Tomás con ellos. Vino Jesús estando cerradas las puertas, y apareciéndose en medio de ellos, les dijo: La paz sea con vosotros. Y después dijo a Tomás: Mete aquí tu dedo, y mira mis manos; trae tu mano, métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino fiel. Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Díjole Jesús: Porque me has visto, Tomás, has creído: Bienaventurados los que, sin haber visto, han creído. Otros muchos milagros hizo Jesús ante sus discípulos, que no están escritos en este libro. Mas éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que creyendo, tengáis vida en su nombre”.

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Es verdaderamente querible la figura de Tomás, que nos ha hecho tanto bien. Porque su falta de fe fue ocasión para que nuestra propia fe se fortaleciera: las pruebas que él exigió para creer le fueron dadas, y con creces. Y al palpar el Cuerpo resucitado de Jesús, su fe fue ensanchada por la misericordia divina de modo tan maravilloso que ya no sólo creyó en el milagro, sino que penetrando en el misterio mucho más profundamente que otros que también creyeron en milagros del Señor, Tomás vio algo que los demás no vieron: vio ante sí a Dios. Y esa exclamación “¡Señor mío, y Dios mío!” da cuenta de que Tomás vio, instantáneamente, lo que muchos otros discípulos se demoraron todavía algún tiempo en ver. Tomás, por medio de lo visible, fue llevado en un momento a la visión de lo invisible.

Esta inicial falta de fe de Tomás dio lugar también a una bienaventuranza que nos concierne directamente a todos quienes hemos llegado a formar parte de la Iglesia a través del tiempo: “Bienaventurados los que sin haber visto, han creído”. A las alegrías de este glorioso tiempo pascual debe añadirse esta, inmensa, que la Iglesia nos hace recordar: el Señor nos ha llamado, a cada uno de nosotros, “bienaventurado”. Como si las magnificencias de la bondad de Dios hubieran sido pocas, se nos añade todavía más: este consuelo de saber que nuestra fe, por incipiente que sea, nos hace bienaventurados. ¡Dicho por Jesús mismo! ¡Es Él quien te lo dice a ti, con tu nombre y, aún más, con tu propio familiar apodo, como dice la Escritura! ¡No te dice “Juan, bienaventurado”, te dice “Juancho, bienaventurado”!

Un caso de falta de fe, de debilidad y aun de pecado de infidelidad, se transforma en manos del Señor Resucitado en ocasión de bien y de bondad, confirmándose así que Dios saca bien del mal, y permite el mal por el bien que Él sabe hacerlo producir, para frustración y furia del Maligno y para beneficio nuestro y de todo el orden magnífico de su creación. J. R. R. Tolkien escribe en El Silmarilion que, en los comienzos, todos los seres formaban una magnífica orquesta y que, cuando uno de los violines quiso destacarse del resto saliéndose de la partitura y la armonía, su soberbia y disonancia terminó siendo, al cabo, aprovechada para incrementar por contraste, integrada nuevamente en el todo por el arte consumado del Creador, la belleza de la música que Él había compuesto.

El caso de Tomás no es una bella alegoría, sin embargo, sino la realidad. Lo cual nos hace reflexionar con qué paciencia y caridad debemos tratar a quienes pecan y son infieles a la bondad del Señor. Los demás apóstoles no lo insultaron ni  maltrataron por no creer ni para conminarlo a creer: los discípulos no se dejaron tentar por ese “celo amargo” que experimentan tantos apóstoles que desconfían de la omnipotencia del Señor, quien sabe esperar, que no coacciona sino atrae con dulzura, que da “tiempo al tiempo”, siempre anhelando que el pecador se arrepienta, poniéndole al alcance todo tipo de piadosos “obstáculos” que lo hagan recapacitar, y que perdona ante el menor signo de arrepentimiento. Dios es feliz de perdonar porque quiere nuestra salvación: ésa es su voluntad, que todos nos salvemos.

En estos días en que la virtud teologal de la fe es puesta de relieve de modo tan maravilloso, tengamos presente la virtud teologal de la esperanza, que es la que nos da confianza y nos sostiene en medio de nuestras aborrecibles renuncias y debilidades. El pecador que tiene esperanza, habiendo pecado, se levanta de un salto, como impulsado por un resorte y recuerda lo que le dice el Señor: “Bienaventurado porque, sin haber visto, has creído”.

Caravaggio, La incredulidad de santo Tomás, 1602, Palacio de Sanssouci (Alemania)
(Imagen: Wikipedia)